Historia de Santo Domingo, fray Luis de Sousa

[Historia de S. Domingo]. Obra de fray Luis de Sousa (Manoel de Sousa Coutinho, 1555- 1632), redactada sobre materiales recogidos por el fraile Luis de Cácegas (1540-1610). Comprende tres partes, publicadas respecti­vamente en 1622, 1662 y 1678. Es la historia de la Orden Dominica en Portugal, prece­dida por la vida milagrosa de Santo Domingo y de la descripción de la cruzada contra los albigenses y la fundación de la Inquisición. Se da mucha importancia al elemento so­brenatural, como milagros, visiones, profe­cías, y todo está reducido a un monótono catálogo de crónica, con biografías de frai­les ilustres y relaciones sobre la expansión de la Orden o monografías de los conventos dominicos. Especialmente en estas últimas, Luis de Sousa hace alarde de una información minuciosa con exceso, desde los orí­genes del convento a los tiempos del autor. De ello nace una cronología general muy desordenada, que resulta aún más caótica por la continua introducción de capítulos sin relación con el tema general y por las inútiles polémicas con las órdenes de San Bernardo y San Francisco. Sin embargo, a pesar de tantos defectos, la obra es una buena fuente de noticias, casi siempre fide­dignas, sobre los conventos dominicos de Portugal, y representa el mejor texto en prosa hasta entonces publicado. A esta his­toria se añadió una cuarta parte, de 1614 en adelante, debida al fraile Lucas de Santa Catalina, en un estilo que contrasta con el sencillo y variado de Luis de Sousa, por la abundancia de erudición y de artificios re­tóricos.

L. Panarese

Historia de Santa Marta y Nuevo Reino de Granada, Pedro de Aguado

Del franciscano Pedro de Aguado, es la primera parte de su «Recopilación historial…», con que el autor inició la historiografía del descubrimiento y conquista de dicho territorio, correspon­diente, en líneas generales, a la actual Co­lombia. Marchó allí en 1560 ó 61 y pasó quince años evangelizando, siendo elegido (1573) provincial del convento de Santa Fe; regresó a España dos años después. Con lo que por sí sabía, completado con informes de otros frailes y de los propios actores de los sucesos, comenzó la Historia en colabo­ración con fray Antonio de Medrano, y, muerto éste pronto, la llevó a término él solo. Le decidió a ocuparse en ello — aun­que entiende que no era esa su misión, sino sólo la de catequista,- por lo que se sincera afirmando que le dedicaba las horas que le hubiesen correspondido de recreo — la ne­cesidad de que fueren divulgados por al­guien los hechos del descubrimiento que él conocía.

La obra se asemeja más a las es­critas por militares que a las de misioneros, tanto por la mucha parte que en ella se da a las expediciones guerreras, frente a la penuria de noticias eclesiásticas, como por su propio lenguaje. Sí tiene de común con las producciones de los religiosos la abun­dante información sobre los indígenas, con quienes convivían mucho más íntimamente que los civiles. Sin embargo, al tocar el tema del trato que se les debía, se inclina más a los procedimientos de rigor que a la blandura. Forma la obra dos gruesos volú­menes y comprende hasta 1568. Lo anterior al nombramiento de Fernández de Lugo como gobernador (1535) tiene deficiente in­formación y no faltan errores; el resto es en general muy puntual. El orden de expo­sición es geográfico, dedicando un libro a cada una de las regiones en que el territo­rio se divide. No fue impresa hasta nuestro siglo.

B. Sánchez Alonso

Historia de San Vardán y de la Guerra de los Armenios contra los Persas, Elíseo

[Patmuthiwn Vardanay ew Hayog paterazmin]. Obra del historiador ar­menio Elíseo (segunda mitad del siglo V), publicada en Venecia en 1828. Se conoce, sin embargo, otra edición publicada en Constantinopla con el título Historia de los SS. Vardanianos [Patmuthiwn srbog vardanaug]. Escrita por encargo del príncipe Da­vid Mamigonián para inmortalizar la victo­ria de la fe y la memoria de los mártires armenios, narra las persecuciones soporta­das por los armenios y, por fin, la guerra (449) del príncipe Vardán Mamigonián con­tra los invasores persas, que amenazaban con extirpar la religión cristiana e imponer la de Zoroastro. Elíseo, que fue secretario de Vardán y testigo ocular de la lucha, di­vide su obra en siete capítulos y añade otro estudiando a fondo los motivos por los que los persas atacaron Armenia. Los Sasánidas, sin embargo, a pesar de que ganaron la victoria de las armas, fueron derrotados moralmente por el pueblo armenio, que si­guió fiel a la religión cristiana, gracias a la viril actitud de la alta aristocracia, del pue­blo, del clero y del ejército, todos dispuestos a dar su vida por la fe de Cristo. Por esto Jesdigerde, rey de Persia, al fra­casar su plan, desahogó su ira contra los responsables persas y el príncipe armenio Vassak, apóstata y traidor, cuyo fin mise­rable es descrito con tétricos colores. La obra de Elíseo, por la vivacidad de la narra­ción, el sentido dramático y el profundo sentimiento religioso, más que una historia es un poema épico donde a menudo se en­cuentran espléndidas páginas de poesía. Por la clásica elegancia de su estilo recuerda los más famosos modelos griegos. Trad. italiana de G. Cappelletti (Venecia, 1840).

E. Pecikian

Historia de San Martín y de la Emancipación Sudamericana, Bartolomé Mitre

Obra del historiador y político argentino Bartolomé Mitre (1821-1906), redactada en Bue­nos Aires (1887-1890) y publicada por vez primera en dicha ciudad (1938-1940); la edición definitiva está en Obras Comple­tas, T. I.-IV. Es la obra de madurez del gran historiador argentino, aquella que me­jor expresa su concepción historiográfica — ya esbozada en la Historia de Belgrano, (v.) a la que acababa de dar forma defi­nitiva —, y donde acumula mayor infor­mación. Hasta entonces, había reducido sus esfuerzos a interpretar «el movimiento in­terno de la revolución argentina» en la biografía de uno de sus prohombres; ahora, sin renunciar al punto de partida biográ­fico desarrolló su interpretación en otros sentidos, que apenas apuntaban en la obra anterior. Por una parte, asimilando las ideas de Buckle, trató de explicar el fenómeno americano vinculándolo con la política eu­ropea, y por la otra, siguiendo la actuación militar de su personaje, se propuso estu­diar la revolución de los países sudameri­canos como el triunfo de dos acciones con­currentes: la que encarnaba Bolívar al Nor­te, y la de San Martín, al Sur, nombres que con el de Washington formaban el grupo superior de los grandes libertadores americanos.

Largos años de búsqueda per­mitieron a Mitre reunir un impresionante archivo de documentos, que él mismo pu­blicó, y sobre el que se funda toda la biblio­grafía posterior, que ha alimentado el culto de los argentinos por San Martín. Esta co­lección de documentos, con los de Bolívar y Miranda, son las fuentes más copiosas para el estudio de la revolución hispano­americana. La Historia de San Martín omite los episodios últimos de la vida del liber­tador, a partir de su renuncia en 1822, para narrar en dos capítulos complementarios el apogeo y decadencia de la revolución del Norte encarnada en Bolívar en los años que van desde las victorias de Junín y Ayacucho (1824) hasta la disolución de la Gran Colombia de 1830. El propósito es de abarcar, pues, la historia de la revolución americana del sur que Mitre concibe como «la revolución argentina americanizada», triunfante en Chile, Perú, y cediendo ante la colombiana honores del triunfo en vís­peras de la victoria. El planteamiento his­órico de Mitre, tradicional entre los inves­tigadores argentinos, ha originado una lar­ga polémica con eruditos colombianos y venezolanos.

J. Caillet-Bois

Historia de Santa Isabel de Hungría, Charles Forbes de Tryon

[Histoire de Sainte Elizabeth de Hongrie]. Obra hagiográfica del francés Charles Forbes de Tryon, conde de Montalembert (1810-1870), publicada en 1836. En la vida del católico liberal, ardiente defensor de los derechos de la libertad del clero, de las minorías nacionales y de los pueblos, representa un momento de ingenua fe reli­giosa. Concebida durante una estancia en alemania, después de la condena de Lamennais, con el que había fundado El Por­venir (v.), esta Vida evoca la antigua le­yenda de la santa, ya popular en alemania, donde a finales del siglo XII se escribió una historia anónima en verso, y otra del cronista sajón Johann Rothe a principios del siglo XV. El portugués Juan Matos Fra­goso (1608-1689) llevó a la escena la le­yenda con la comedia religiosa El Job de las mujeres: Santa Isabel, reina de Hun­gría.

Hija de Andrés II de Hungría, la jo­ven princesa tuvo una breve y piadosa exis­tencia (1207-1231); casada muy joven con el landgrave Ludovico IV de Túringia y Hesse, llevó una vida de ardiente piedad cristiana, y el hábito franciscano, que le envió el mismo San Francisco, marcó en ella su purísima ofrenda al ideal de Cristo. Su amor a los pobres fue desaprobado por su suegra, y su caridad llegó a ser verda­deramente heroica, ya que era siempre vigilada y denunciada. La leyenda de la santa se basa en gran parte sobre este anta­gonismo; así en el episodio del leproso que se transforma en Jesús, cuando la suegra quiere enseñar a su hijo el enfermo a quien pusieron en su cama, o bien en el célebre milagro de los panes transforma­dos en rosas. Montalembert, rebuscando en archivos y documentos testimonios de su «querida santa», recoge todas estas leyen­das y hace florecer un aire nuevo alrededor de la pía criatura muerta en Marburgo y pintada con celestial semblante en la cate­dral que a ella está dedicada. La historia se orna con elementos literarios, y la forma aparentemente romántica de la narración se transfigura en mito. Este carácter, a sa­biendas artístico, inspirado por la nostalgia del pasado, contribuyó a hacer apreciar la obra incluso a los que en ella veían de­fectos de pensamiento y de forma (Sainte- Beuve, el primero), y aún hoy en día se puede recordar por la delicadeza de sus páginas mejores. Gracioso y característico es el episodio del milagro de las rosas: mientras Isabel bajaba del monte con la comida para los pobres, su marido, que vuelve de cazar, la encuentra y ve que lleva en las manos, en vez de comida, rosas floridas. Ellas indican al marido la pureza cristiana de su esposa y son un anuncio de su vida de santidad. La obra es fruto de una apasionada juventud, aunque en su candor se resiente de la ausencia de pro­fundos problemas espirituales que pudieran animar su indagación.

C. Cordié

Espíritu brillante, inteligencia fácil y pronta, ingeniosa hasta en la hipótesis, nunca le detuvo, paralizó o empujó hacia adelante esa dialéctica interior, incesante y despótica, que caracteriza al hombre de pensamiento. En la voluntad y en la vida, Montalembert es serio y determinado. En el pensamiento no es mucho más que un dis­tinguido «dilettante». (Fernandez)

* La leyenda inspiró también el oratorio homónimo Die Legende der heiligen Elisabeth, de Franz Liszt (1811-1886), en dos par­tes y seis episodios, según texto de Otto Roquette, compuesto en 1858. Por sus caracte­rísticas narrativas y escénicas, este orato­rio se acerca mucho, especialmente en ciertas partes, al género teatral corriente en el teatro de Weimar. La leyenda de Santa Isabel tuvo, en efecto, en 1862, una realiza­ción escénica en forma de verdadero drama sagrado.

En el primer episodio la joven Isa­bel, princesa de Hungría, se presenta a Wartburg de Eisenach para casarse con Ludovico, hijo del landgrave Hermann. El carácter «teatral» es evidente desde estas primeras páginas: la presentación de Isabel, el en­cuentro de los novios, juegos y coros de muchachos, se suceden como escenas de ópera. De un modo análogo persiste la at­mósfera teatral en el segundo episodio, en la escena del encuentro de Ludovico, de vuelta de caza, con Isabel, que, sola y a escondidas, va a visitar a los pobres en sus chozas. Al reprochárselo su marido, Isabel le enseña los panes que lleva a sus pobres, y he aquí que los panes se han transformado milagrosamente en rosas. El episodio si­guiente se acerca, en cambio, al género «de concierto», formado por unos pasajes corales y una «Marcha de los Cruzados». Con una escena dramática comienza la segunda par­te: Ludovico ha muerto en la Cruzada, y su madre, por ambición de poder, echa a Isabel de Wartburgo. Cercana a su fin, Isabel evoca los recuerdos de su vida y pide a Dios con una plegaria emocionada la bendición para sus hijos.

Los infelices que tantas veces ha­bían recibido su socorro la asisten, la ali­vian y recogen su último suspiro. En el últi­mo episodio, después de un «Interludio fú­nebre», hay la canonización de Isabel en presencia del emperador Federico y de los obispos húngaros y alemanes. Con este ora­torio Liszt realiza una de sus obras más vi­gorosas y complejas; para su construcción utiliza el principio del tematismo, en el sen­tido del «leitmotiv» wagneriano, a fin de alcanzar la cohesión y unidad de los epi­sodios. Los temas principales aparecen, en efecto, con frecuencia, para subrayar perso­najes y acciones, tratados con gran libertad y con distintos aspectos rítmicos y melódi­cos; por ejemplo, la dulzura y bondad de Isabel son caracterizadas desde el principio por el tema, es utilizado para la «Marcha de los Cruza­dos», mientras una sencilla e ingenua me­lodía medieval da el tema del trío de la misma marcha. Sin embargo, el intento de Liszt de dar una música de carácter reli­gioso no se realiza más que de un modo parcial en esta Leyenda de Isabel: en ella las páginas místicas y contemplativas alter­nan con los episodios dramáticos y con tro­zos en que el autor de los poemas sinfónicos se abandona a su complacencia por lo des­criptivo y pintoresco. Es solamente en el Cristo (v), una de sus más significativas obras, donde Liszt concentrará sus aspira­ciones místicas, alejándose del oratorio es­cénico para realizar el oratorio propiamente dicho.

L. Córtese

Isabel tiene la lozanía y la ingenuidad de la leyenda que la creó, y deploramos, escuchándola, que el autor no la escribiera vara la escena… (Saint-Saéns)