Historias, Duca

Duca, que vivió en el siglo XV, es uno de los histo­riadores, propiamente dichos, que en aque­lla edad se libera del estrecho círculo de los acontecimientos ciudadanos y cortesanos y de las estériles y tristes controversias de toda especie, para abarcar las vicisitudes del vasto imperio bizantino, ya entonces caí­do en gran parte en poder de los turcos. Duca hace preceder su obra de una intro­ducción que, a la manera de las crónicas, contiene un compendio genealógico de his­toria universal y trata detalladamente de los acontecimientos ocurridos entre 1341 y 1462, con singular agudeza y espíritu crítico, revelándose acremente hostil a los turcos. Ha­biendo servido al podestá genovés de Focea y a los Gateluzzi, señores de Lesbos, es naturalmente partidario de la unión ecle­siástica con los latinos. En la parte principal de la obra pone a contribución sus experien­cias personales y autoridades bien elegidas. Su lengua es más viva de lo que solía ser la de los bizantinos, y se aproxima mucho al idioma popular.

C. Brichenti

Historias de Galitzia, Leopold Sacher-Masoch

[Galizische Geschichten]. Colección de novelas cortas del escritor alemán Leopold Sacher-Masoch (1836-1895), publicadas en Berna en 1876. Por haber vivido durante mucho tiempo en la Galitzia austríaca, Sacher-Masoch pudo conocer profundamente aquel ambiente tan diverso de usos y costumbres creado por la mezcla de razas distintas: polacos, pequeños rusos, judíos, etc., en continuo fermento por odios de clase y de tribu, que, con suma frecuencia, motivaron sangrientas revueltas.

Muchas de las novelas tienen como punto de partida los acontecimientos históricos, como la peste de 1830, la revolución polaca de 1846 y la constitución de la «guardia rural», y el alzamiento de los campesinos de 1863. Pero el sabor histórico se mantiene siempre como un motivo que sirve de fondo, sobre el que resalta la observación de los caracteres, dirigida con una fina intuición psicológica que desemboca en la creación de tipos. Así tenemos las narraciones «Magass el aventurero», «El jesuita» y «Nuestro di­putado», en las que se dibujan una serie de personajes que encierran todas las caracte­rísticas y pasiones de la pequeña burguesía galitziana.

En «Abe Nahum Wasserkrug» nos presenta la figura de un viejo judío de Brzosteck, que, exteriormente obsesionado por temores y supersticiones, no vacila des­pués en afrontar cualquier sacrificio mate­rial para educar e instruir al único hijo que ha podido escapar de la peste, llegando in­cluso a ocupar su lugar en una arriesgada misión a través del territorio infestado de bandas revolucionarias (nos hallamos en 1846). Un conjunto de intuiciones psicológi­cas y un talento narrativo nada común se manifiestan en «Los muertos son insacia­bles», «El viaje en trineo» y sobre todo en la que es, indudablemente, la mejor y más importante de las novelas que forman esta colección: «Don Juan de Kolomea», narra­ción larga dividida en tres partes. En ella aparece plenamente desarrollado el sombrío pesimismo en la concepción vital que aflora en todas estas Historias y que, desorbitado en las novelas posteriores, llevará al autor a representar aquel sensualismo patológico que de él tomará el nombre y se llamará «masoquismo». Un libertino ruso, con todo el aspecto de un «gentleman», durante un descanso obligado en una hostería campe­sina, cuenta la historia de su vida, que, par­tiendo de un matrimonio de amor y un feliz comienzo de su vida conyugal, se ve arras­trada, a través de una progresiva incom­prensión y un gradual envenenamiento de sus relaciones matrimoniales, a la infideli­dad y el libertinaje, único refugio «activo» posible después del fracaso de un ideal.

La primera parte de la novela constituye una sucesión de escenas de delicada intimi­dad sentimental — el baile, primer encuen­tro con la muchacha que más tarde será su esposa, la fiesta de la feria en el campo y la cacería del oso, pequeños triunfos que le crean un halo de gloria ante los ojos de la amada, el primer período de su vida ma­trimonial—; seguidamente, después de sur­gir los primeros sinsabores con el nacimiento de los hijos, la narración tiende, lenta pero inexorablemente — enfriamiento recíproco, duelo con el amante de la esposa — hacia un final que exteriormente no es trágico, pero que se manifiesta en la forma de una horri­ble componenda, la única que hace posible continuar la vida en un tono de equilibrio, pues es preciso engañar, para no ser enga­ñado. Esta tesis antimatrimonial no preten­de ser una crítica moral ni un triunfo de la inmoralidad, sino que se acepta más bien como la fatalidad de un proceso natural; el amor está concebido como una lucha sin cuartel de dos seres que, en un momento dado, ceden por creer que han hallado el equilibrio, pero después, del seno mismo de la naturaleza, surge la reacción, que se acepta como una «resurrección», cuyo pri­mer signo es el nacimiento de los hijos, que aleja a los dos seres y los libera de su trá­gico abandono.

Este desesperado escepticis­mo alcanza tintas mucho más sombrías en «El errante», donde la representación del «tipo», característica del arte de Sacher- Masoch, se pierde en la interpretación ge­nérica de una renuncia a la vida, perseguida en la huida de la vida misma, en el aban­dono de lo que el autor llama la «herencia de Caín», es decir, el triunfo de la bestia­lidad del hombre, la más cruel e inteligente de todas las bestias. El «Errante» es una figura de viejo salvaje de barba blanca y ojos oscuros de vengador, que aparece en el bosque, desvelado por el disparo de un cazador que acaba de abatir un águila; con aspereza reprocha al cazador el haber de­rramado sangre inútilmente, aunque sea la de un animal, y le revela que él, después de haber vivido y gozado, después de haber conocido el amor, el dolor, el hambre y las enfermedades, después de haber odiado y matado, había huido de la vida, por haber comprendido que todo aquel que vive, vive de la rapiña, con el solo fin de transmitir la vida, que es una maldición. La fuerza del pensamiento del escritor galitziano consiste en un pesimismo exaltado, y ello confiere a su estilo el vigor de expresión y de «color rhetoricus» que, unido a la eficacia de la exposición — con todos sus matices, del in­mediato al oratorio, sin perder nunca una cierta adherencia realista a la vida — y a la nota paisajista y descriptiva (no olvidemos las narraciones «La fiesta de la recolección» y «Los comediantes vagabundos») constituyen las dotes más salientes del arte de este narrador.

A. Cori

Historias, Éforo de Cumas

Obra en 29 libros, hoy perdida, de Éforo de Cumas, en Asia Menor (siglo IV a. de C.). En ella, dejando de lado el período mítico, se contaba la historia de los griegos y los bár­baros desde la invasión dórica en el Peloponeso (siglo XI a. de C.) hasta el año 356; su hijo Demófilo añadió un nuevo libro, completando la narración hasta los años 340- 339 (asedio de Perinto). Se conocen unos 250 fragmentos. La arquitectura de la obra es difícil de reconstruir; no obstante, cabe apreciar que se ocupaba extensamente de los tiempos más antiguos y tardaba bastante en llegar a su época; su estilo, dulce y pro­lijo, se extendía en digresiones y considera­ciones moralizadoras, de una moral llana y burguesa, así como en descripciones. Su principal mérito radica en haber sido el primero en escribir una historia universal que abarca a todos los griegos, de Oriente y de Occidente, y a los pueblos bárbaros, con los que los griegos entraron en contacto en sus distintas regiones; por tal motivo, lo elogia Polibio en muchas ocasiones.

A Éforo no le faltaba el sentido crítico, y así un fragmento demuestra que él había sido el primero en exponer la idea de que para los tiempos antiguos son más verosímiles los relatos menos ricos en detalles. Sin embargo, no se sabe si Éforo aplicó siempre este cri­terio metódico. Polibio le censura por su falta de conocimientos militares; no parece que sintiese un interés vivo por la investiga­ción, si no era de carácter erudito. De igual modo no le interesaba la política de su tiempo, que tan apasionante era para los griegos; era en el fondo un hombre de letras que procuraba ofrecer una narración inta­chable desde el punto de vista formal, y su pensamiento carecía de profundidad. Ello no impide que su historia, por su carácter universal, disfrutase de gran favor; se con­virtió, como se ha dicho, en la «Vulgata» de la historia griega, en la que los historiado­res posteriores se inspiraron ampliamente.

A. Passerini

Historias, Ammiano Marcelino

[Rerum gestarum libri]. Obra histórica de Ammiano Marcelino, escritor nacido en Antioquía, de noble familia griega, en la primera mitad del siglo IV d. de C., que participó activamente en los acontecimientos militares y en la vida política de su tiempo.

La obra, escrita en latín, como continuación de las Historias (v.) de Tácito, narraba, en 31 li­bros, los acontecimientos del imperio desde Nerva (96 d. de C.) a la muerte de Valente, en el año 378. Se han perdido los 13 primeros libros, que exponían la historia de 257 años, en forma algo más sucinta que en la parte que ha llegado hasta nuestros días; mucho más difusamente son expuestas las vicisi­tudes de los tiempos del autor, ya que los 18 libros conservados, que encierran mayor importancia que los perdidos, contienen la historia de 26 años. El libro XIV comienza con el año 353, en el que se inicia el reinado de Constancio, y alcanza hasta la muerte del César Galo (354). Con el libro XV aparece en calidad de César, Juliano, que representa la figura central de la narración hasta el libro XXVI; se describe su guerra victoriosa contra los germanos, sus expediciones en las Galias y Germania, los acontecimientos en Oriente y su sublevación contra el empera­dor Constancio, cuya muerte constituye el tema principal del libro XXI. Siguen las guerras de Juliano con los persas, su trágico fin, la paz deshonrosa concertada por su he­redero Joviano, y la muerte de éste. Según el propósito primitivo, aquí debía terminar la obra.

Pero estimulado por sus amigos y por el favor del público ante el que el autor leía la obra, decidió continuarla con la na­rración de los acontecimientos registrados en vida de los emperadores Valentiniano, Valente, Graciano y Valentiniano II; la obra termina con la muerte de este último en la batalla de Adrianópolis, en el año 378. Am­miano fue el único que se elevó muy por encima de los analistas, cronistas y biógra­fos contemporáneos y que intentó escribir una historia universal, abarcando con una visión de conjunto los acontecimientos de Oriente y de Occidente. La variedad de sus intereses geográficos, fisicomatemáticos, filosoficorreligiosos y sociales, aun rompien­do la línea de las narraciones, logró, sin embargo, mudar la fisonomía histórica de la obra, convirtiéndola en una composición enciclopédica.

Y, aunque ya era tradicional en las historias de la antigüedad el extenderse en digresiones sobre el carácter de los diversos pueblos (sarracenos, galos, tracios, egipcios y persas), lo que ofrece de totalmente nuevo y peculiar la historia de Ammiano es la investigación sobre los fenómenos cosmológicos (físicos, como la forma­ción de meteoros y cometas, o biológicos, como la formación de las perlas). Ello res­pondía a las exigencias críticas y a la con­ciencia del historiador de no escribir nada que no estuviese demostrado o documenta­do. Su método para conferir unidad a su historia, que lo es de la cultura y de la civilización romana en Oriente y Occidente, se basa sobre todo en una construcción simétrica de las partes; esta armónica dis­posición hace discernible su consciente tendencia a reducir a unidad la pluralidad de temas tratados.

C. Schick

Historias Color de Rosa, José Duarte Ramalho Ortigáo

[Histo­rias cor de rosa]. Seis cuentos del escritor portugués José Duarte Ramalho Ortigáo (1836-1915), publicados en 1870. El prime­ro, «La Danza», más que un cuento es una disertación donde se critican los bailes mo­dernos y se hace un romántico parangón en­tre la vida y una danza que principia y aca­ba en la tumba. En el segundo, «La muerte de Rosita», una muchacha enfermiza y sen­sible oye, por la noche y estando ausente su padre, que se abre la ventana junto a la que está sentada; asustada se refugia en la habitación de su madre, pero al entrar ella un hombre huye como un fantasma. Rosita se desmaya, enferma y muere, mientras su madre enloquece. «Gastón» es la historia de un amor platónico. Un hombre, en su pri­mera juventud, se enamora locamente de una mujer casada. Las aventuras de una vida rica y disipada no consiguen borrar de su corazón la imagen de aquel amor juvenil y cierto día, cansado y disgustado, escribe a Fanny recordándole el pasado.

Pero ella, que ya es vieja, se niega, aun amándolo, a verlo, para vivir siempre joven y hermosa en el recuerdo de él. «Él y Ella» es una aventura de viaje. Un portugués y una ale­mana se encuentran en un tren que se di­rige a una ciudad alemana; su conversación es cortés y ocasional hasta que un accidente ridículo (el viento se lleva el sombrero del portugués y éste lo sustituye por la gorra de otro viajero) los aproxima, y entre car­cajada y carcajada ella confiesa que le ama. «Una visita de pésame» y «En la aldea» pre­sentan situaciones que, más que por el ar­gumento, tienen su gracia por el estilo in­genioso y elegante con que son narradas. Aunque sea ésta una de las obras menos sig­nificativas del autor, por la técnica todavía imperfecta y por el frecuente recurso al epistolario para resolver los problemas na­rrativos, sin embargo en las Historias color de rosa no faltan algunas páginas claras, precisas en sus efectos plásticos y pictóricos. Es notable la ironía moralizadora que será la sal de la mejor producción de Ramalho.

L. Panarese