Las Historias de Belkin, Alexander Sergevič Pushkin

[Povjesti Belkina]. Narraciones del poeta y novelista ruso Alexander Sergevič Pushkin (1799- 1837), escritas en 1830. El autor las atribuye a un tal Ivan Petrovič Belkin, el cual, según él, las habría oído de boca de varias personas y las habría transcrito fielmente al ruso, enriqueciéndolas solamente en la forma.

Son cinco: «Un pistoletazo», «La tormenta de nieve», «El fabricante de ataúdes», «El jefe de Correos», «La señorita campesina».

El primero narra la historia de un viejo ren­cor. Silvio, el protagonista, es un gran tira­dor de pistola, autoritario y orgulloso, al que la guarnición de la ciudad venera como al ideal del valor. Un día, empero, se niega a batirse, y su prestigio queda, por este motivo, muy menguado. En realidad Silvio oculta un secreto: se niega a batirse porque quiere conservar su vida, que considera con­sagrada a una vieja venganza. En su juven­tud había tenido un duelo con un rival en petulancia, el cual había llegado al campo del honor haciendo ostentación de una burlona calma; falló después su tiro y, llegada la vez de Silvio, éste se había sentido humi­llado y ofendido por la serenidad e indife­rencia de su rival ante el peligro. Bajando entonces la pistola, difirió malignamente su tiro para una ocasión mejor. Pero ahora le han llegado noticias de que su antiguo rival va a casarse y quiere reivindicar su derecho.

La segunda parte de la aventura la cuenta el mismo adversario de Silvio, el conde B. Llegado de improviso a sorprender al conde en la casa de campo donde pasa su luna de miel, Silvio, con la pistola en la mano, retarda el momento fatal mientras que el conde, pálido y extraviado porque teme la inminente llegada de su esposa, le suplica que termine pronto. La mujer llega, en efecto, y Silvio, en su presencia, empieza a apuntar al conde, bromeando tan cruelmente que ella, llorando, se desmaya a sus pies. Llegado a este punto, Silvio baja el arma: satisfecho por la turbación y el temor ad­vertidos por fin en el rostro de su antiguo rival, se considera suficientemente vengado y parte para siempre. La segunda narración cuenta la aventura de una rica joven, María Gavrilovna, enamorada, contra la voluntad de sus padres, de un pobre alférez de infan­tería. El contrariado amor induce a los dos jóvenes a tomar la decisión de casarse en secreto y huir. Durante la noche escogida para la boda y la fuga, se desencadena una tormenta de nieve; el enamorado yerra el camino y no llega a la pequeña iglesia donde debía celebrarse la boda hasta muy entrada la mañana, no encontrando ya a nadie. De­sesperado se enrola en el ejército y muere durante la campaña francesa en Rusia. Unos años después, María, hecha ya mujer, acepta el amor del coronel Burmin, el cual, empero, le confiesa que tiene un lazo que lo ata: en una noche de tormenta fue a parar a una pequeña iglesia dispuesta para la celebra­ción de una boda y él, con imperdonable ligereza, se casó con una desconocida mu­chacha, sustituyendo al novio que no lle­gaba. María palidece: ella era la descono­cida muchacha, y Burmin se arroja a sus pies.

En la tercera narración el protagonis­ta es un fabricante de ataúdes, Adriano, un hombrecillo sombrío y pensativo que una noche, en casa de un vecino que celebra sus bodas de plata, es invitado a beber a la salud de sus muertos. Considerándose ofen­dido, Adriano, de regreso a su domicilio, lanza una despechada invitación a los muer­tos convidándoles a su casa. Le despierta un entierro, que lo tiene ocupado durante todo el día, y cuando a altas horas de la noche vuelve a su casa, la encuentra llena de sombras: los muertos que había convocado y que se arremolinan a su alrededor con sus espantosos semblantes. A la mañana si­guiente se despierta en su cama; la criada está preparando tranquilamente el te; Adria­no sólo ha soñado la fúnebre aventura.

En la cuarta narración conocemos a un viejo jefe de estación, padre de una hija única bellísima, Dunia; su mujer había muerto de parto. Él es un hombre jovial y feliz, pero un día Dunia huye con un húsar y, cuando la encuentra, es rechazado y ofendido por el raptor de su hija. Desde entonces vive atormentado por el continuo temor de que su adorada Dunia pueda ser abandonada y arrastrada a una vida vergonzosa; por fin muere. El que esto cuenta añade que se ha visto llegar una hermosa señora, en un rico carruaje, que ha llorado largamente sobre su tumba.

Finalmente, la quinta narración cuenta el amoroso engaño de una noble señorita de provincias. Hija de un gran señor, Lisa se enamora, haciéndose pasar por Aquilina, la hija del herrero, del hijo de su vecino Alejo. Sus respectivos padres no se tratan por diferencias de ideas, pero, reanudando sus relaciones a causa de un afortunado incidente, estrechan vínculos de buena vecindad y, deseando emparentar las dos familias, piensan casar a los dos jóvenes. Alejo, que a su vez está enamorado de Lisa, creyendo que es Aquilina se niega, prefiriendo vivir en la miseria antes que renunciar a su amor. Al dirigirse de impro­viso a casa de su vecino para tener una franca explicación con él, se encuentra en presencia de Lisa-Aquilina. La solución es fácil de adivinar.

El encanto de estas his­torias reside en la marcha rectilínea de la narración, a la vez realista y pintoresca. Pushkin ha superado en ellas los resabios byronianos de que adolecían sus primeras obras. Si el potente realismo de los dramas de Shakespeare le ayudó a librarse de las escorias del individualismo egocéntrico asi­milado a través de las lecturas de Byron, otro elemento aún más importante intervino luego, extendiendo su arte a un campo más vasto y más conforme con las tendencias de su genio: nos referimos a la que él definió como «la inmundicia multicolor de la Escuela Flamenca». De ella deriva aquel rea­lismo artístico que tanto influyó en la no­vela rusa posterior y que evita los grandes golpes de efecto y las exageraciones trágicas y románticas. El relieve estético de las His­torias de Belkin nace de la descarnada sen­cillez de sus personajes, de la naturalidad de los sentimientos, de la vivacidad de las escenas y de los ambientes; por estas cualidades, las Historias son verdaderas obras maestras a pesar de que el esquema narra­tivo termine de una manera algo forzada, con ciertos finales de prestidigitador, con­formes, por lo demás, con el gusto de la novelística popular.

G. Alliney

Hace mucho tiempo que no leéis la prosa de Pushkin. Hacedme el -favor de releer desde el principio las Historias de Belkin. Todos los escritores deben estudiarlas y reestudiarlas. Yo lo he hecho en estos últimos días y no puedo expresar la benéfica influencia que esta lectura ha ejercido sobre mí. (Tolstoi)

Incomprendido precursor de la futura cul­tura rusa. (Dostoyevski)

Historia Romana, Charles Rollin

[Histoire romaine]. Obra de Charles Rollin (1661- 1741), publicada en ocho volúmenes, a continuación de una Historia antigua, de 1738 a 1741, y cuyos últimos toques fueron da­dos después de la muerte del autor, por su discípulo Crevier.

Trata de la monarquía y la República hasta el triunfo de Octaviano. Rollin quiere demostrar que a través de las conquistas de Roma, se desarrolló un de­signio providencial, con una constancia y coherencia de acción y de resultados que superan la prudencia humana, y sobre cu­yas virtudes se basó la grandeza de la Urbe: el culto religioso, el amor de la libertad en cuanto sumisión exclusiva a las leyes, el amor y la devoción total a la patria, la dis­ciplina y la firmeza del carácter, la pasión de la gloria y la ambición de dominio. La organización de las relaciones sociales tem­plaba la desigualdad de clases, y las mis­mas luchas entre aristocracia y pueblo fa­vorecieron el mejoramiento de ambos. Las conquistas fueron necesarias para la unifi­cación y pacificación del mundo civilizado, que era condición necesaria para el adve­nimiento del cristianismo. Sobre este prin­cipio el relato de los hechos procede, acep­tando la tradición sin la menor crítica, en forma amable y comunicativa, con evidente intención pedagógica, animando con el ca­lor de la simpatía hechos y personajes que la pedantería erudita ha hecho rígidos.

Re­produce el método y el estilo mantenidos por Rollin en la escuela, donde la historia era enseñada a los fines de la educación moral (v. Tratado de los estudios). De es­caso valor como obra histórica, por el espí­ritu con que fue escrita y gracias al cual halló eco en las generaciones contemporá­neas, conserva notable fama y es símbolo de sus tiempos. Heredero de la admiración del siglo de Luis XIV por el clasicismo heroico, y al mismo tiempo, a través de Bossuet, del concepto de un plan providencial en la constitución del Imperio romano, transmitió a las generaciones revoluciona­rias — educadas en aquella historia enor­memente difundida — el ideal de las virtu­des civiles, de la libertad, del sacrificio a la patria y de la reverencia por las leyes que tan decisiva intervención tuvo en la vida cultural, política y jurídica prerrevolucionaria como también en la práctica de la Revolución.

P. Onnis

Historia Romana, Paulo Diácono

[Historia romana]. Obra de Paulo Wamefrido, conocido por la historia con el nombre de Paulo Diácono (aprox. 720-790). La edi­ción más reciente de esta obra es la editada al cuidado de Amedeo Crivellucci y publica­da en las Fuentes para la Historia de Italia en 1914. Fue escrita a instancias de Adelperga, hija de Desiderio y esposa de Arichi, duque de Benevento. La lectura del Breviarium de Eutropio (v. Breviario de His­toria romana) había suscitado un doloroso estupor en la piadosa princesa, viendo que en ella no se decía una palabra de la reli­gión cristiana ni de las luchas sostenidas por ella para el triunfo de la justicia y de la caridad entre los hombres, y le desagra­dó además el carácter sucinto y esque­mático de la narración, que constituye el mayor mérito de la obra de Eutropio. Ex­presó estos sentimientos a su maestro, Pau­lo Warnefrido, quien, inducido por sus súplicas, enriqueció el texto de Eutropio con copiosas adiciones, sacadas de San Je­rónimo, de Paulo Orosio (v. Historia con­tra los paganos), de Jordanes, y aumentó la obra en seis libros, prosiguiendo la narra­ción por otros dos siglos, desde fines del imperio de Joviano (364 d. de C.) hasta la muerte de Justiniano (656 d. de C.). La obra, que hoy es sólo una muestra del estado de la cultura en el siglo VII, fue más tarde continuada por el propio autor con la Historia de los longobardos (v.), su empresa más importante, la cual constituye para nosotros la fuente más interesante sobre aquel oscuro y proceloso período de la historia italiana.

G. Franceschini

Historias Barcelonesas, Carles Soldevila

[Històries barcelonines]. Obra del novelista, comedió­grafo y periodista catalán Carles Soldevila (1892) editada en 1950 y que comprende la mayoría de sus cuentos y narraciones, pu­blicados con anterioridad en l’abrandament (1917), Una atzagaiada i altres contes (1920), El senyoret Lluís (1927) y Una nit a Bonrepós (1929), además de algún cuento inédito o no recogido en volumen. L’abrandament es, en realidad, una novela corta donde Sol­devila nos cuenta la vida mediocre del pro­curador Lluciá Montoriol, el cual, conva­leciente de una grave enfermedad, va al campo para restablecerse. Allí rompe con la monotonía de una existencia pasiva junto a su hermana Angelina, al enamorarse, ya maduro, de Adelaida, una muchacha tam­bién mayor y de su misma clase social. Adelaida es grave, independiente y mari­mandona.

Al cabo de un tiempo Lluciá se arrepiente de su matrimonio, aunque pron­to la misma enfermedad que le atacó se lleva a su esposa. Lluciá reanuda entonces su vida gris y egoísta con Angelina, aun­que el recuerdo acuciante de su esposa no le abandona jamás. En general, el mundo narrativo de Soldevila es el de los ambien­tes de la típica burguesía barcelonesa. Con maestría y exigencia literaria el autor ana­liza preferentemente los caracteres femeni­nos, apacibles como el de Isabel en el cuen­to «Una altra ventafocs», o iracundos como la propia Adelaida o Eulalia en «L’heroi, la seva dona i el seu pare». Su estilo nor­mal, propio de un escritor nacido cuando la cultura catalana había pasado los titu­beos renacentistas, su «púdica causticidad» y su innata elegancia hicieron escribir a Carner que «el autor de estos cuentos no solamente es un ciudadano: es un mundano. Se adivina en los subrayados, en los eufe­mismos, en los silencios, casi en la pun­tuación».

A. Manent

Historia Religiosa de la Revolución Francesa, Pierre de la Gorce

[Histoire religieuse de la Révolution française]. Obra en cinco volú­menes, de Pierre de la Gorce (1846-1934), publicada entre 1909 y 1923. Es una historia de las vicisitudes de la Iglesia Católica fran­cesa desde principios de la Revolución hasta el concordato de 1801. El autor divide esta época en cuatro períodos.

El primero com­prende la supresión de los privilegios y de las órdenes religiosas y la constitución civil del clero; en el segundo período se anuncia la persecución legal, y con las matanzas de septiembre se inicia la acción directa popu­lar; en el tercer período, el de la revolución sangrienta, ve a los sacerdotes fieles o en­carcelados y atormentados, o combatiendo en la Vendée, y el culto no conformista mantenido en secreto a costa de mil ries­gos, mientras el oficial está dominado por los nuevos cultos de la Razón y del Ser Su­premo; el cuarto período señala el renaci­miento que se aprovecha primero de una precaria tolerancia, interrumpida por vio­lentas persecuciones, durante los gobiernos de Termidor y del Directorio. Finalmente el concordato establece la paz religiosa, después de laboriosas tentativas a cuyo desarro­llo está dedicado el quinto volumen de la obra. El estudio está llevado con probidad, sobre un enorme material informativo, que permite una representación viva y literaria­mente lograda de los ambientes, hechos y hombres, y penetra agudamente en la crisis de las conciencias.

Los sucesos revo­lucionarios en relación con la religión son estudiados no sólo en París, sino en toda Francia, y la narración toma pintoresco re­lieve con el fondo de las costumbres y ritos de las diversas provincias y por el carácter religioso de las antiguas ciudades. El autor, aun colocándose abiertamente en el punto de vista católico, no deja de señalar las causas que en el mismo clero y en las po­blaciones explican la crisis de la Iglesia francesa, y se esfuerza en ser imparcial; con todo, de la obra resalta, naturalmente, más el cuadro doloroso de las persecuciones que la obstinada resistencia de la Iglesia contra las reformas políticas que atrajo aquellas persecuciones. Ofreció, de todos modos, fuertes argumentos a la opinión de los historiadores que, aunque de opuesta y distinta orientación, juzgaron inoportuna y dañosa la política religiosa de la Revo­lución.

P. Onnis