Historias de Galitzia, Leopold Sacher-Masoch

[Galizische Geschichten]. Colección de novelas cortas del escritor alemán Leopold Sacher-Masoch (1836-1895), publicadas en Berna en 1876. Por haber vivido durante mucho tiempo en la Galitzia austríaca, Sacher-Masoch pudo conocer profundamente aquel ambiente tan diverso de usos y costumbres creado por la mezcla de razas distintas: polacos, pequeños rusos, judíos, etc., en continuo fermento por odios de clase y de tribu, que, con suma frecuencia, motivaron sangrientas revueltas.

Muchas de las novelas tienen como punto de partida los acontecimientos históricos, como la peste de 1830, la revolución polaca de 1846 y la constitución de la «guardia rural», y el alzamiento de los campesinos de 1863. Pero el sabor histórico se mantiene siempre como un motivo que sirve de fondo, sobre el que resalta la observación de los caracteres, dirigida con una fina intuición psicológica que desemboca en la creación de tipos. Así tenemos las narraciones «Magass el aventurero», «El jesuita» y «Nuestro di­putado», en las que se dibujan una serie de personajes que encierran todas las caracte­rísticas y pasiones de la pequeña burguesía galitziana.

En «Abe Nahum Wasserkrug» nos presenta la figura de un viejo judío de Brzosteck, que, exteriormente obsesionado por temores y supersticiones, no vacila des­pués en afrontar cualquier sacrificio mate­rial para educar e instruir al único hijo que ha podido escapar de la peste, llegando in­cluso a ocupar su lugar en una arriesgada misión a través del territorio infestado de bandas revolucionarias (nos hallamos en 1846). Un conjunto de intuiciones psicológi­cas y un talento narrativo nada común se manifiestan en «Los muertos son insacia­bles», «El viaje en trineo» y sobre todo en la que es, indudablemente, la mejor y más importante de las novelas que forman esta colección: «Don Juan de Kolomea», narra­ción larga dividida en tres partes. En ella aparece plenamente desarrollado el sombrío pesimismo en la concepción vital que aflora en todas estas Historias y que, desorbitado en las novelas posteriores, llevará al autor a representar aquel sensualismo patológico que de él tomará el nombre y se llamará «masoquismo». Un libertino ruso, con todo el aspecto de un «gentleman», durante un descanso obligado en una hostería campe­sina, cuenta la historia de su vida, que, par­tiendo de un matrimonio de amor y un feliz comienzo de su vida conyugal, se ve arras­trada, a través de una progresiva incom­prensión y un gradual envenenamiento de sus relaciones matrimoniales, a la infideli­dad y el libertinaje, único refugio «activo» posible después del fracaso de un ideal.

La primera parte de la novela constituye una sucesión de escenas de delicada intimi­dad sentimental — el baile, primer encuen­tro con la muchacha que más tarde será su esposa, la fiesta de la feria en el campo y la cacería del oso, pequeños triunfos que le crean un halo de gloria ante los ojos de la amada, el primer período de su vida ma­trimonial—; seguidamente, después de sur­gir los primeros sinsabores con el nacimiento de los hijos, la narración tiende, lenta pero inexorablemente — enfriamiento recíproco, duelo con el amante de la esposa — hacia un final que exteriormente no es trágico, pero que se manifiesta en la forma de una horri­ble componenda, la única que hace posible continuar la vida en un tono de equilibrio, pues es preciso engañar, para no ser enga­ñado. Esta tesis antimatrimonial no preten­de ser una crítica moral ni un triunfo de la inmoralidad, sino que se acepta más bien como la fatalidad de un proceso natural; el amor está concebido como una lucha sin cuartel de dos seres que, en un momento dado, ceden por creer que han hallado el equilibrio, pero después, del seno mismo de la naturaleza, surge la reacción, que se acepta como una «resurrección», cuyo pri­mer signo es el nacimiento de los hijos, que aleja a los dos seres y los libera de su trá­gico abandono.

Este desesperado escepticis­mo alcanza tintas mucho más sombrías en «El errante», donde la representación del «tipo», característica del arte de Sacher- Masoch, se pierde en la interpretación ge­nérica de una renuncia a la vida, perseguida en la huida de la vida misma, en el aban­dono de lo que el autor llama la «herencia de Caín», es decir, el triunfo de la bestia­lidad del hombre, la más cruel e inteligente de todas las bestias. El «Errante» es una figura de viejo salvaje de barba blanca y ojos oscuros de vengador, que aparece en el bosque, desvelado por el disparo de un cazador que acaba de abatir un águila; con aspereza reprocha al cazador el haber de­rramado sangre inútilmente, aunque sea la de un animal, y le revela que él, después de haber vivido y gozado, después de haber conocido el amor, el dolor, el hambre y las enfermedades, después de haber odiado y matado, había huido de la vida, por haber comprendido que todo aquel que vive, vive de la rapiña, con el solo fin de transmitir la vida, que es una maldición. La fuerza del pensamiento del escritor galitziano consiste en un pesimismo exaltado, y ello confiere a su estilo el vigor de expresión y de «color rhetoricus» que, unido a la eficacia de la exposición — con todos sus matices, del in­mediato al oratorio, sin perder nunca una cierta adherencia realista a la vida — y a la nota paisajista y descriptiva (no olvidemos las narraciones «La fiesta de la recolección» y «Los comediantes vagabundos») constituyen las dotes más salientes del arte de este narrador.

A. Cori