Historias de Juan VI Cantacuzeno

Son la descripción, en cuatro libros, de los acon­tecimientos del imperio bizantino de 1320 a 1356. La preceden dos epístolas ficticias: Nilo incita a Juan Cantacuzeno (1292-1383 aprox.), que aparece bajo el nombre de Cristódulo, a describir los acontecimientos de los que fue protagonista. Cristódulo pro­mete hacerlo. Impulsado no por el odio y el partidismo, que engendran la mentira, sino por el amor a la verdad, el autor des­cribe a los amigos de la verdad los hechos en que ha intervenido. Los dos primeros li­bros narran la lucha entre Andrónico II y Andrónico III y el reinado de este último hasta su muerte. Los dos últimos libros es­tán dedicados a la lucha de Cantacuzeno contra la regente Ana de Saboya, y a su gobierno como regente y emperador (Juan VI) hasta la abdicación a consecuencia de la toma de Constantinopla. La obra es rica en detalles biográficos. El autor se complace en hablar de sí mismo y no hace un mis­terio de sus buenas cualidades ni del poder que gozó; pone de relieve los actos lauda­bles y deja en la sombra los errores, de modo que a menudo, sin alterar la verdad por completo, la impresión general es in­exacta. Tampoco los acontecimientos están tratados del mismo modo, pues se valoriza, sobre todo, cuanto se refiere a la vida del autor.

L. Banti

Historias de la Ciudad de Florencia, Iacopo Nardi

[Istorie della cittá di Firenze). Cuando, después de la primera mitad del siglo XVI, la historiografía italiana empezó a rebajarse al nivel de ejercicio literario y de una descarada exaltación de los príncipes que la mantenían, Iacopo Nardi (1476- 1563) llevó nuevamente a ella la nobleza de intenciones que había inspirado las gran­des obras de Maquiavelo y de Guicciardini, consagrando esta obra, que es la mayor de las suyas, a los ideales republicanos de su juventud, a los que había seguido siendo tenazmente fiel aún en la adversa fortuna. Des­pués de mostrar su valor con las armas en la mano, en la heroica defensa de la República florentina, al regresar los Médicis, que le desterraron a Liorna, huyó de su destierro y se retiró a Venecia, para no tener que manchar su nombre con posibles debilidades y no traicionar aquellas austeras enseñanzas que habían exaltado su juventud de ardiente partidario de Savonarola.

En Venecia, pensando de nuevo, y con el alma aún no aplacada, en las vicisitudes de su partido, escribió en diez libros esta historia, que abra­za los sucesos exteriores e interiores de la ciudad de Florencia, desde la llegada de Carlos VIII (1494) a la subida al poder de Cosme (1538). Nardi es la última voz que se levanta en defensa de la libertad, defini­tivamente de baja con la instauración del principado de los Médicis. Hay que creer que no fue la timidez o el temor sino la dificul­tad de encontrar a un editor valiente como él, lo que impidió al autor publicar su obra; y el que en 1582, después de la muerte del autor, la publicó en Lyon, no se atrevió a darla en su texto íntegro. Hasta 250 años más tarde, cuando las referencias de Foscolo a las Historias empezaron a dar sus frutos, no fue publicada en Florencia la primera edición completa, a cargo de L. Arbib, en­tre 1838 y 1841. Esta edición de la mayor obra de Nardi, revela cuán imparcial era el autor aun con sus enemigos, y cómo su profundo sentimiento religioso le inspiraba la fe en una justicia divina que dirige la vida de los pueblos y tarde o temprano hace recaer sobre ellos mismos las consecuencias de sus errores y extravíos.

G. Franceschini

Historias, Heródoto de Halicarnaso

La obra por la que Heródoto de Halicarnaso (aprox. 484-425 a. de C.) mereció el sobre­nombre de padre de la Historia, no recibió de él ni el título ni la división; la actual, en nueve libros, cada uno de los cuales aparece bajo la denominación de una musa, procede de los eruditos alejandrinos.

Según dice el proemio, tiene como tema las luchas entre griegos y persas; pero la narración de tales luchas, aparte de ofrecer una brevísima alu­sión a los conflictos entre los pueblos de Asia y Europa en la era mitológica, va precedida de un amplísimo estudio de la historia per­sa, y Heródoto, tras haber narrado las gue­rras entre jonios y lidios (que son las pri­meras luchas mantenidas por los griegos y los bárbaros en época histórica), desde la derrota del rey Creso por parte de Ciro (546 a. de C.), aprovecha la coyuntura para contar cómo este último había sometido a medos y persas y cómo conquistó des­pués el Asia anterior, Babilonia, etc. (Li­bro I). Luego de un vastísimo tratado sobre Egipto (Libro II), narra la sumisión de este país, llevada a cabo por Cambises, hijo de Ciro, así como la muerte de aquél y la su­cesión de Darío, que reorganizó el imperio (Libro III) y llevó a cabo, más tarde, la gran expedición contra los escitas (cuyas costumbres se detiene a estudiar Heródoto), con lo que la orilla europea del Helesponto cae bajo la dominación persa (Libro IV). Después de haber narrado los progresos de los persas en la parte septentrional del mar Egeo y en Tracia, evoca la vida y costum­bres de esta región y sigue el desarrollo de la rebelión de los jonios hasta la muerte de Aristágoras. Reclaman los jonios la ayuda de Esparta y Atenas, países cuyas vicisitudes históricas son estudiadas en relación con cuanto se había expuesto en los libros pre­cedentes (Libro V).

En este momento, con la insurrección jónica (499-493 a. de C.) co­mienza el grandioso choque entre griegos y persas, que culmina en las batallas de Maratón (490 a. de C., Libro VI), de las Ter­mopilas, de Salamina (480; Libros VII-VIII), de Platea y de Micala (479); la conquista ateniense de Sestos, en el Helesponto (478) representó el abandono, por parte de los persas, de sus ambiciones de dominio en Europa, y, por lo tanto, con ello termina la obra de Heródoto (Libro IX). El mismo programa narrativo, aparte de otros mucho indicios, muestra hasta qué punto había sido atormentada la génesis de la obra. En efecto, las características internas y externas de los estudios dedicados a los diversos pueblos que sucesivamente fueron sometidos por los persas, se explican con la premisa de que debieron originalmente coordinarse en una descripción etnográfica e histórica del im­perio persa, y que no se convirtieron en el núcleo esencial de la obra hasta que, en el desarrollo de la narración, Heródoto se vio arrastrado por el apasionante interés que para él y para sus lectores tenía el con­flicto asiático con Grecia. Una vez compues­tos y, probablemente, publicados estos pa­sajes (Heródoto usa para designarlos el tér­mino Xóyoi; los cuales, de estructura seme­jante y conclusos en sí mismos, estaban des­tinados probablemente a las lecturas pú­blicas), fueron incorporados en nuevo pro­grama, con varios aditamentos: algunos fue­ron situados en el lugar por completo ade­cuado, según la crónica de la expansión persa (como el referente a los atenienses en Egipto, que tanto interés encerraba para él); otros, como el que se refiere a los lidios, fueron cambiados de sitio según las exigen­cias del nuevo tema; otros, finalmente — y así sabemos que sucedió con un \6yoc, sobre los asirios — fueron suprimidos.

Esta expli­cación de la génesis de la obra de Heródoto, da idea de su principal originalidad, ya que nos permite comprender cómo el autor fue pasando de la especulación teológica y de la curiosidad de los compiladores de noticias geográficas y etnográficas, a la investiga­ción con la que Heródoto designa su obra) de los hechos humanos averiguables mediante una tradición digna de fe. Antes de él, los escritores en prosa, que fueron denominados logógrafos, se habían preocu­pado, ante todo, de investigar y sistemati­zar, siguiendo el ejemplo de la poesía épica, los míticos relatos de los orígenes divinos y humanos, en genealogías y crónicas, y en recoger noticias sobre los descubrimientos geográficos. Naturalmente, Heródoto se halla todavía muy cerca de los logógrafos, tanto por su estilo fácil y fluido de narrador, como por su lengua (escribe todavía en dialecto jónico), como también por su mentalidad. Si, en realidad, concede escasa importancia a la mitología, la concede muy grande, en cambio, a las noticias geográficas y etno­gráficas, sacando provecho de sus múltiples viajes (visitó con certeza Egipto, Cirenaica, Siria, Babilonia, Calcis, Peonía y Macedo­nia). Sobre todo, sus intereses en el terreno de la geografía y la etnografía se orientan hacia todo cuanto le resultaba extraño y maravilloso, y sus descripciones, en sustan­cia, son un índice de las curiosidades re­cogidas, directamente o de oídas, sobre pue­blos y países.

Y como le atrae el detalle concreto y pintoresco, sin sutilizar dema­siado sobre la importancia de los hechos re­feridos o sobre su credibilidad, su obra tiene a veces el encanto de una fábula. No por ello le falta el sentido crítico (se han ha­llado huellas, incluso, de la enseñanza so­fística); pero sólo en raras ocasiones se permite dar su opinión, y prefiere que el lec­tor juzgue por sí mismo. Comete también errores, y graves, por mera precipitación o por ignorancia; pero la„ tentativas repetidamente hechas para demostrar una mala fe, han fracasado. Incluso en la historia hu­mana busca lo maravilloso: los grandes fenómenos políticos, sociales y económicos encierran para él escaso interés. Los aconte­cimientos registrados en un reino se diluyen frecuentemente en la biografía anecdótica del rey o de los principales personajes; las causas primeras de los grandes aconteci­mientos, que, sin duda, no ignoró Heródoto, quedan relegadas tras las causas secundarias o personales. También, en los hechos más importantes, como la batalla de Salamina o la de Platea, desbordan los detalles acerca de aventuras individuales, de heroísmos, astucias y frases memorables, que casi hacen olvidar la visión de conjunto. La filosofía de la historia de Heródoto tiene sus raíces en las ideas morales y religiosas del viejo mundo jónico; la expansión imperialista persa termina con una catástrofe porque así lo desean los dioses, envidiosos de la excesi­va prosperidad humana; ninguna fuerza del mundo, ningún suceso, podía salvar a los hombres, que habían incurrido en la envidia de los dioses; tal es su moral, semejante a la de las tragedias de Esquilo.

En cuanto a la imparcialidad, el primitivo intento de Heró­doto explica su posición frente a los prota­gonistas de la cruel contienda: en realidad, con frecuencia expresa una cálida simpatía hacia los griegos en general y los atenienses en particular, engendrada probablemente durante el período en que residió en la Ate­nas de Pericles, y exalta la superioridad ética de las libertades cívicas griegas y el heroísmo que su cultivo permitía a sus ciu­dadanos; pero con la misma frecuencia ad­mira la cultura de los pueblos que él reúne bajo el calificativo de bárbaros, y así exalta el poder persa, las grandes figuras de sus reyes o los admirables hechos de sus sol­dados; así, la historia se cierra precisamente con un elogio, por cierto bellísimo, de los persas (que prefirieron ser pobres, dominan­do a los demás, que vivir en la comodidad, pero sirviendo a otros), elogio que guarda semejanza con el tributado a los héroes de Maratón ( «En Grecia, la pobreza fue siempre congénita, pero con el valor, con el buen sentido, con la fuerza de las leyes, los grie­gos combatieron no sólo la pobreza sino también la sumisión al extranjero»), detalle que parece poco adecuado para cerrar una historia de griegos y persas escrita por un griego. Pero todo lo que era grande atraía la simpatía de Heródoto, que con su arte aparentemente ingenuo sabe comunicarla al lector. A. Passerini

Muchos escribieron historia, pero nadie pone en duda que existen dos que son preferibles a todos los demás, y que con sus diversas virtudes, consiguieron igual gloria: denso, sucinto y atento, Tucídides; dulce, ingenuo y fluido, Heródoto. (Quintiliano)

Quien haya leído a Heródoto no necesita leer otra historia. (Schopenhauer)

Tales y Heródoto, a decir verdad, deberían llamarse, más que «padres» de la filosofía y de la historia, «hijos» de nuestro interés por el desarrollo actual de estas disciplinas; somos nosotros los que saludamos a nues­tros hijos llamándoles «padres»… El pensa­miento de Heródoto y de los logógrafos está en realidad vinculado a las religiones, a los mitos, a las teogonias, cosmogonías y genealogías y a los relatos legendarios y épi­cos, que no fueron ya poesía, ni sólo poesía, sino antes bien, pensamientos, que equivale a decir metafísica e historia. (B. Croce)

Historias, Hecateo de Mileto

Bajo este título son generalmente de­signadas las obras de Hecateo de Mileto (VI-V a. de C.). Hecateo, siguiendo la cos­tumbre de los logógrafos jónicos, no com­ponía libros con un sentido unitario. Su producción logográfica consistía en relatos que tenían por lo común una base mítica (como las Genealogías o la Herología) o geográfica (Descripción de la Tierra).

No es posible precisar lo que pertenece ver­daderamente a Hecateo de cuanto se con­serva, ni lo que proviene de redacciones y falsificaciones posteriores, y ni siquiera cabe decir cuáles de los títulos, sugestivamente propuestos ya por los antiguos, reflejan me­jor las intenciones del historiador. La ver­dadera unidad en la obra de Hecateo se en­cuentra ante todo en su posición especula­tiva de viajero incansable que visita comar­cas y regiones lejanas para deducir de sus configuraciones geográficas las íntimas ne­cesidades del pueblo que allí habita. Hecateo fue lo que modernamente se llama un «geopolítico». Su premisa cultural arranca de la literatura de los Periplos (v.); pero en ellos tan sólo hallaba relaciones de viajes, con las medidas más o menos exactas de las distancias, con enumeraciones de los puer­tos y con los nombres de las playas. Su mé­rito consistió en no limitarse a las regiones costeras, como hasta entonces habían hecho casi todos los navegantes jónicos, sino fijar la mirada en el interior del país.

Cayó así en la cuenta de que muchos de los datos geográficos proporcionados por los periplógrafos eran falsos, debido a la precipitación con que realizaban sus mediciones. Mien­tras procedía a rectificar los errores mate­riales partiendo de cálculos más exactos, se le ocurrió pensar en si también pudieron ser imprecisas las nociones que se tenían de los pueblos. Y como la geografía, o ciencia del espacio terrestre, adolecía de errores seme­jantes, así también la historia, o sea la ciencia del tiempo pasado, podía estar aque­jada de iguales errores de valoración. Por ello se decidió a emprender una cruzada por la verdad contra los errores de todo género difundidos en el mundo griego, y dio a conocer a todos el Mar Mediterráneo hasta las Columnas de Hércules, en un gran periplo, bordeando las tres penínsulas euro­peas, las costas asiáticas y los desiertos líbi­cos. No dio crédito a ningún mito griego an­tiguo, reduciendo las gestas de las divini­dades a modestos hechos humanos, en una forma que más tarde utilizaría Evemero. La investigación de Hecateo, que los griegos llamaron «historia», no murió con él, ya que, reducida al campo etnográfico, resurgió vigorosamente con Herodoto.

F. Della Corte

Las Historias de Garibaldi, Ricarda Huch

[Die Geschichten von Garibaldi]. Obra de Ricarda Huch (1864-1947). En principio habían de ser tres, pero sólo se escribieron dos: La defensa de Roma [Die Verteidigung Roms], aparecida en 1906, y La lucha por Roma [Der Kampf um Rom], aparecida en 1906; la tercera historia que había de tratar de la vejez de Garibaldi nunca fue escrita.

El pri­mer volumen, La defensa de Roma, com­prende los acontecimientos de la república romana desde 1849 hasta la muerte de Anita en el pinar de Rávena; el segundo volumen, La lucha por Roma, comprende todos los preparativos y la ejecución de la campaña de los Mil en el Reino de las Dos Sicilias, en 1860, los acontecimientos en las Marcas y en Umbría y la tentativa de Aspromonte. En el primer volumen, junto a Garibaldi, el protagonista, es también importante la figura de Mazzini, pero la acción es una sola y uno solo el lugar, augusto y solemne, donde se desarrollan los acontecimientos : Roma, en realidad sólo una parte de Roma, el Janículo; en el segundo volumen, junto a la figura de Garibaldi, pululan muchísimas otras, y los acontecimientos y lugares (casi toda Italia, desde Liguria a Sicilia, del Piamonte a las Marcas, de Caprera a Calabria) son varios y dispersos, aun comprendiendo que todos los pensamientos del protagonista, Garibaldi, y todas sus acciones apuntaban, por caminos distintos y lejanos, a un único objetivo: Roma.

La ventaja, pues, del pri­mer volumen sobre el segundo es una mayor unidad de tiempo, de lugar, de acción e in­cluso de personajes, aunque también en el primero el coro de personajes menores es muy amplio; pero gira siempre en torno a los dos protagonistas o, mejor, en torno al protagonista principal, Garibaldi. Las carac­terísticas, la acción, la atmósfera formada por el coro de las escuadras de garibaldinos, llegadas a Roma de todos los rincones de Italia, constituyen la parte más logra­da del libro: los retratos rápidos, valien­tes, trazados con cuatro rasgos, pero hábiles, de algunas figuras (Manara y Masina, Monaldi y Mameli, etc.) no sólo ofrecen una señal segura del congénito vigor de la es­critora de esta forma de arte narrativo e histórico (ya ejercitada en los dos célebres volúmenes sobre el Romanticismo, apare­cidos algunos años antes y que más tarde se manifestará aun mejor en la Gran Gue­rra en alemania v.), sino que convienen enteramente al género, libre y amplio, ni novela, ni poema, ni obra histórica por completo, sino una mezcla de los tres — llamado por los alemanes «Dichtung» —, que era congénito al temperamento de la escritora, en el cual el interés por el ele­mento biográfico (o autobiográfico), la pasión y el deseo de objetividad, la tragedia y el idilio, los retratos de caracteres y las dis­cusiones ideológicas, coexistían activamente.

Ante el relieve del coro de personajes me­nores, las figuras de los dos protagonistas se desvanecen un poco: la de Mazzini, por vivas y profundas que sean sus frases y dramáticos los debates con su antagonista, no sale de cierta zona de idealismo un poco nebulosa; la de Garibaldi, más que continui­dad y desarrollo, tiene momentos de fuerte relieve, pero estáticos, de cuadro o de es­tatua, y algo teatrales. El segundo volumen no posee la unidad de lugar, ni de tiempo, ni de personajes del primero. El inmenso coro de todas las figuras históricas, que se mueven en todas partes de Italia, no gira en torno a Garibaldi. En la primera parte la tela es demasiado amplia, los hilos se tejen demasiado rápidamente, los cien per­sonajes están señalados con trazos demasiado veloces. Pero cuando empieza la verdadera acción, el desembarco en Sicilia, especial­mente en ciertos momentos de descanso y reflexión (por ejemplo el encuentro de Ga­ribaldi con Fray Pantaleón y luego con otro monje), Huch encuentra de nuevo la intimidad lírica de su arte.

En cambio, en la tercera parte, después de la toma de Nápoles, el volumen se desperdiga de nuevo en la variedad de los acontecimientos y de los personajes; pero hay que decir que precisa­mente después de la marcha triunfal, cuan­do Garibaldi sufre la amargura de las des­ilusiones, cuando al héroe «triumphator» su­cede el héroe «patiens», su figura se libera de cierta rigidez estatuaria, se hace más humana y simpática. En cuanto al estilo, en el primer volumen el exceso de entu­siasmo lírico y el peligro de las grandes tiradas retóricas hacen más apreciables las páginas donde el estilo se modera y obje­tiva en la valentía de los retratos rápidos y por las exigencias del ritmo narrativo; en cambio, en el segundo volumen, la excesiva acumulación de acontecimientos y de per­sonajes, la aridez algo mecánica con que se sigue a unos y a otros, hace que la obra me­jore en los momentos de pausa, o cuando Garibaldi está solo en Caprera. Pero tanto en el primero como en el segundo volumen el secreto de la viveza de estas páginas re­side en la simpatía sincera y congénita que Ricarda Huch sintió por el Resurgimiento italiano, en el que vio un movimiento polí­tico, social y casi religioso, el renacimiento de un pueblo, pero sin el mito de la fuerza ni del poderío, denominadores comunes de los derechos de otros pueblos.

B. Tecchi