El Hombre de los Campos o las Geórgicas Francesas, Jacques Delille

[L’Homme des champs ou les Géorgiques françaises]. Poema en cua­tro cantos del francés Jacques Delille (1738- 1813), publicado en. 1802 y con sucesivas refundiciones en 1805. Si la laboriosa tra­ducción de Virgilio muestra la maestría esti­lística de un escritor sin genialidad inven­tiva, y los mismos Jardines (v.) se reducen a ser una árida enumeración de preceptos sobre agricultura y costumbres agrícolas, este poema tiende a mostrar la sabiduría del que vive en la naturaleza y se entrega al encanto de una nueva verdad evidente por sí misma, en una paz que es una con­quista espiritual. Tras un canto a la tranquilidad del alma y al colorido de los jar­dines ingleses (I), el artista exalta al culti­vador que se sirve de la naturaleza para sustentarse a sí mismo y a sus semejantes y que civiliza la fuerza misma de las cosas (II); seguidamente se extiende en observa­ciones de buen naturalista, sobre el espec­táculo de todo lo creado y acerca de la va­riedad de las plantas y de los animales, como si se tratara de un gabinete de histo­ria natural al aire libre (III) y, finalmente, celebra la naturaleza sencilla y grandiosa, fiel amiga de los hombres que se refugian en su seno. La obra se sitúa voluntariamente como un nuevo canto geórgico del pueblo francés y pretende afirmar, con facilidad y decisión, los sentimientos que desde Bernardin de Saint-Pierre a Rousseau eran ya del común patrimonio espiritual. Ello contri­buyó a dar fama a un trabajo carente de espontaneidad y de verdadera poesía.

C. Cordié

El Hombre Delincuente en Relación con la Antropología, la Jurisprudencia y las Disciplinas Carcelarias, Cesare Lombroso

[L’uomo delinquente, in rapporto all’Antropología, alia Giurisprudenza ed alie Discipline carcerarie]. Obra fundamental de la Escuela italiana de antropología criminal, del psiquiatra Cesare Lombroso (1835-1909), publicada prime­ro en 1876, y de nuevo en 1889, enriquecida por nuevas investigaciones. Un tercer volu­men fue publicado en 1896.

A diferencia de la escuela clásica de criminología, que consi­deraba el delito abstrayéndolo del reo, y juzgándolo sólo como un incidente en la vida de su autor, aunque los alienistas reco­nocieron ya en muchos casos la imposibili­dad de delimitar las zonas de la locura y del delito, la nueva escuela antropológica de Lombroso fue la primera en demostrar, a través de numerosas investigaciones y estu­dios, que el delincuente constituye un tipo especial antropológico: se presenta con ano­malías físicas, anatómicas y funcionales más numerosas y graves que en el hombre mo­ralmente normal, en relación con las’ des­viaciones morales de la conducta; lo cual hace inducir un nexo causal entre tal estruc­tura anormal y las anomalías morales. El delito y la etiología del delito (estudiada en función de los meteoros, clima, orogra­fía, geología, raza, alimentación, alcoholis­mo, instrucción, influencias religiosas, educa­tivas, carcelarias, etc.) exigen una especial profilaxis y terapia, y métodos de defensa social y conjuntamente de regeneración del reo.

Máxima importancia asigna el autor a la correspondencia entre los «caracteres de­generativos» y las formas ancestrales «atá­vicas», que aparecen normalmente en el feto, que generalmente evolucionan o se transforman, pero alguna vez se fijan y mantienen en el adulto: referencia atávica extendida también a los fenómenos psíqui­cos: impulsividad, irritabilidad fisiopsíquica; repugnancia a un trabajo continuado y disciplinado. A esta influencia atávica Lombroso añade, en la génesis directa de las anomalías, un elemento puramente morboso como causa determinante: la epilepsia (su escuela agregará también la sífilis y el cre­tinismo). En el primer volumen estudia «la embriología del delito», esto es, el delito en su estado primitivo y naciente; «la ana­tomía patológica y la antropometría del delito» (con la conclusión de la anomalía del tipo anatómico y fisionómico del delin­cuente); la «biología y psicología del de­lincuente nato» (tatuaje y suicidio en los delincuentes; reincidencia y moral de los delincuentes; su religión; inteligencia e ins­trucción; jerga, pictografía, escritura, ges­tos, etc.). Llega a la conclusión de que el criminal es el hombre salvaje, y a la vez enfermo; los delincuentes natos son locos morales y epilépticos; la enfermedad, la de­generación, la monstruosidad, el atavismo, son los caracteres más constantes de los delincuentes natos.

El delito, en suma, apa­rece, a través de las estadísticas y del examen antropológico} como un fenómeno tan natural como el nacimiento, la muerte, la concepción, las enfermedades mentales, de las cuales es con frecuencia una triste va­riante. La maldad es verdaderamente «bru­tal». El segundo volumen trata en sus pri­meras tres partes del delincuente: epilépti­co, impulsivo, loco y criminaloide. Del epi­léptico se estudian los caracteres y su ana­logía con el criminalnato, las diferencias y responsabilidad de los epilépticos, el ata­vismo, etc. De los delincuentes «impulsivos o pasionales» (fuerza irresistible) se estudian las características, y las diferencias con los reos natos, las analogías con los epi­lépticos, etc. También del «delincuente loco» se estudia la analogía, en los movimientos y procedimientos criminosos, con el reo  nato. En todos los locos criminales emerge la frecuencia de las formas epileptoides: y para ellos, tan peligrosos, se reclama la necesidad, en pro de una defensa social, de un tratamiento como delincuentes. Separa­damente se hace un estudio de los delin­cuentes ocasionales: los pseudocriminales, los criminaloides, los epileptoides.

El tercer volumen de la obra está enteramente dedi­cado a la Etiología, la Profilaxis y Terapia del delito. En el último capítulo: «La utili­zación del delito. Simbiosis», encontramos un juicio que se puede destacar como con­clusión de la obra: «El nuevo camino… que este libro ha preparado en parte… es el de crear instituciones que nos permitan utili­zar al delincuente al igual que al hombre honrado, con ventaja para ambos…: el de­lito muchas veces nos puede revelar dónde anida mayormente la plaga social…, y por tanto indicarnos dónde deben converger nuestros cuidados profilácticos. Está próxi­mo el tiempo en que la sociedad encontrará el modo de hacer vivir, con un oportuno cuidado simbiótico, al criminaloide entre los adelantos de la civilización progresiva, no sólo soportándolo, sino también utilizándolo para su propia ventaja». La viva oposición a las ideas de Lombroso y su escuela no se ha apaciguado todavía, especialmente por lo que hace a la desvaloración de las fuer­zas morales del individuo, y del principio de la responsabilidad basada sobre la liber­tad: pero no obstante han ejercido una vas­ta influencia no sólo teórica sino también práctica y reformadora, en todas las na­ciones. G. Pioli

El Hombre del Espejo, Franz Werfel

[Der Spiegelmensch]. Trilogía dramática de Franz Werfel (1890-1945), publicada en 1920. La concepción es ésta: el hombre que ve su imagen reflejada en el espejo, tiene tres po­sibilidades de visión, según sea su valor: la primera, más vulgar, es aquella que le hace ver en el espejo y en el mundo sólo al propio yo; este hombre, en su torpeza, jamás podrá comprender el sentido profundo de la vida. La segunda visión es la de la escisión del individuo, gracias a la que en el hombre reflejado en el espejo ve a otro «yo», diferente del suyo, que le toma la delantera y le arrastra hasta la culpa; cuando el yo mejor escoge libremente la muerte como expiación, su enemigo queda vencido; el hombre sin más escisiones, reco­noce en todo cuanto le circunda no a otro «yo», sino a un «tú» y ama.

El hombre de la tercera visión, no tiene necesidad de ser redimido, porque él mismo es sobre la tierra su redentor. El protagonista de la trilogía, Thamal, sometido a la prueba del espejo, se reconoce nacido para la segunda visión: dispara contra su propia imagen que como un mono le mira en el espejo, y surge de éste una especie de espíritu loco, que le acompañará a través de toda la vida como su segundo yo, caricatura de sí mismo, mefistofélico espíritu tentador. Este espíritu triunfa primero sobre él induciéndole a toda clase de delitos. Pero tras de los dos camina un monje con las disciplinas y ésta es la salvación de Thamal, el cual, a la vista de éstas comprende poco a poco sus culpas, quiere expiarlas y pronuncia él mismo ante el juez su propia condena a muerte. De este modo se libera del «hombre del espejo» que, derrotado, desaparece en la nada. Todo se revela por fin como un sueño simbólico y Thamal busca su paz en la soledad de un convento, ingresando en una orden monás­tica y dedicándose a la contemplación de Dios. Este drama, del mismo tono que el Fausto, contrapone a la gravedad del problema— superación de la escisión del pro­pio yo — el humorismo centelleante de in­agotables hallazgos cómicos del mefistofélico «hombre del espejo», y es la obra más re­presentativa del período expresionista en la producción juvenil de Werfel.

Tal período comenzó en 1914 con un arreglo libre de Las Troyanas (v.) [Die Troerinnen] de Eu­rípides, en el que el personaje de Hécuba (v.) quiere encarnar el dolor de todas las mujeres que lloran a sus caídos en la gue­rra y protestar contra ésta. El mundo esta­ba, en efecto, en vísperas de la primera guerra mundial y el poeta sentía la necesi­dad de amonestar proféticamente, presen­tando, no ya problemas psicológicos indivi­duales, sino tipos, «personas» en el sentido antiguo, con la máscara sobre el rostro, que colocasen a la humanidad frente a sí mis­ma. Tal era el carácter del expresionismo teatral, al que Werfel se adhirió, introdu­ciendo también, en el Spiegelmensch, el psicoanálisis freudiano con el poder del sub­consciente, y un lenguaje escénico de giros, exclamaciones, éxtasis, monólogos, típica­mente expresionistas. Con esta obra se cie­rra, sin embargo, la fase expresionista de Werfel — el drama El taciturno [Der Schweiger], de escasa Importancia, marca el paso de la primera a la segunda manera, repre­sentada por Juárez y Maximiliano (v.) —; el modo expresionista aflorará sin embargo en sus dos últimas obras: Jacobowsky y el coronel (v.) en el campo del teatro, y La estrella de los no nacidos (v.) en el de la novela.

C. Baseggio-E. Rosenfeld

El Hombre del Destino, George Bernard Shaw

[The Man of Destiny). Comedia de George Bernard Shaw (1856-1950), estrenada en 1896 y edi­tada dos años después.

La acción, en la que nada hay de histórico, se desarrolla en una hospedería de Tabazzano, donde el autor imagina gratuitamente que se detiene Na­poleón Bonaparte camino de Milán después de su victoria en la batalla de Lodi. Una señora, medio inglesa, medio irlandesa, ha sustraído, disfrazada de caballero, un pa­quete de cartas dirigidas al gran caudillo para impedir que lea una comprometedora para Josefina, de la que ella es amiga. Sería superfluo decir cómo descubre Napoleón el hurto y consigue recoger sus cartas. La tra­ma tiene más de farsa que de drama histó­rico. Pero el interés de la comedia estriba en los dos caracteres: Napoleón, en el que ya madura una ambición heroica y egoísta a un tiempo, y la lady rica en recursos, falta de prejuicios, pero noble de corazón. Es notable lo que el autor, irlandés, pone en boca de Bonaparte sobre la índole y la política de los ingleses. «Ningún inglés es demasiado bajo para sentir escrúpulos, nin­gún inglés es demasiado alto para verse libre de su tiranía. Pero todos los ingleses han nacido con un milagroso poder que los hace dueños del mundo.

Cuando el inglés quiere una cosa no se dice nunca a sí mismo que la desea; espera hasta que nazca en él, nadie sabe cómo, la ardiente convicción de que es su deber moral y religioso procurarse lo que desea. Entonces se convierte en irresistible… Si quiere un nuevo mer­cado para sus productos, envía a un mi­sionero para que enseñe a los indígenas el Evangelio de paz. Los indígenas matan al misionero; el inglés empuña las armas en defensa del cristianismo, combate, con­quista, y se queda con el mercado como premio del cielo… Combate allí por prin­cipio patriótico, roba por principio comer­cial, y esclaviza por principio imperial… Sostiene a su rey por principio de lealtad y lo decapita por principio republicano. Su divisa es siempre el Deber, y no olvida nunca que una nación que permite a su Deber entrar en pugna con sus intereses está perdida». La comedia es una bagatela («trifle», la llama el autor); pero es amena y vivaz.

E. Di C. Seregni

En un momento de ocio de 1895 emprendí esta pequeña obra escénica titulada The Man of Destiny que es poco más que un hábil juguete, escrito para dar lugar a que dos actores principales desplieguen todo su virtuosismo. (G. B. Shaw)

El Hombre de la Oreja Cortada, Edmond About

[L’Homme á Voreille cassée]. Novela de Edmond About (1828-1885). Se podría hacer el resumen de cada capítulo de esta obra explicando como un coronel del Imperio, de veinticuatro años de edad, condenado a muerte por los prusianos en 1813, fue dise­cado por un profesor de Dantzig que reali­zaba investigaciones sobre la resurrección de los seres humanos… Como esta momia pasa de la colección de M. de Humboldt a las manos de un joven ingeniero francés, que regresa de Rusia, a donde marchó en busca de fortuna para conseguir la mano de su prometida… Como el coronel «muer­to» en 1813 a la edad de veinticuatro años, resucita en 1850, con la apariencia de un hombre de aquella edad, y de los «quid pro quos» que de estas extrañas circuns­tancias se derivan… y se podría seguir resu­miendo así y cansando al lector hasta el agotamiento.

Pero la pluma paciente, y muy posiblemente irónica, de Edmond About ha hecho de esta historia de episodios rocambolescos, una narración para dormir desde el principio, ciertamente, pero para dormir bajo la benévola lámpara de las veladas del Segundo Imperio, entre un «whist» y un «faraón». La atmósfera burguesa de una época reposada presta un aspecto solemne y un tanto pedante a la historia tumultuosa de este «resucitado» que evoca, en contra­punto, el fracaso de las campañas napoleó­nicas, en un lenguaje florido y enfático. About, en verdad, da a veces la impresión de parodiarse a sí mismo. Después de mil aventuras, el «resucitado», buscando a la hija que tuvo en 1813, que «tiene actualmente cuarenta y seis años y podría a su vez ser mi madre» se lamenta, descubre en la sensible Clementina que no es su hija, sino su nieta, ya que después de todo él nació en el año 1789 y lógica y legalmente tiene a la sazón setenta años, a pesar de su sueño de cuarenta y seis.

Para colmo de desgra­cias, el ministro le niega el grado de gene­ral, siempre a causa de su estado civil. Verdaderamente son demasiadas emociones: casa a Clementina a su agrado, la dota rica­mente y muere en su lecho, quizá, habiéndose suicidado. «Resucitado el 17 de agosto, muere el 17 del mes siguiente, sin remedio. Su segunda vida había durado menos de treinta y un días. Pero empleó bien su tiem­po; es preciso hacerle justicia». Es preciso, asimismo, reconocer que Edmond About tra­zó bien, en su género y según su .talento, esta historia de «época», pero que se pro­longa más allá de la época y que dista de ser un almacén de antigüedades.