El Hombre de Oro, Rufino Blanco Fombona

Obra de Rufino Blanco Fombona (1874-1944), el más prolífico de los escritores venezolanos del modernismo. Lo diferencia de otros de sus compa­ñeros de generación el espíritu violento, polémico y sarcástico que a veces predo­mina sobre la serenidad del arte. Fue uno de los iniciadores del llamado cuento criollista en la literatura venezolana. Este tipo de narración, aunque se inspiraba en su técnica, en los narradores europeos como Maupassant, describe escenas y personajes autóctonos. Las novelas de Blanco Fombona, entre las cuales las más nombradas son El hombre de hierro (v.) y El hombre de oro (1905), aluden más especialmente a la vida urbana de Venezuela y especialmente de la ciudad de Caracas, en los años de dictadura de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. La sátira política y el gusto casi morboso de pintar personajes vencidos o serviles — casi caricaturescos — hacen también de estas novelas obras polémicas. El panfletista político a veces absorbe al artista. Sin em­bargo, son la expresión de uno de los tem­peramentos más fogosos y originales de la literatura modernista en Venezuela, cuya obra se multiplica en las más variadas di­recciones: los estudios históricos, el libro de memorias, el ensayo, la poesía y el libelo político.

A. Lameda

El Hombre de Oro, Mór Jókai

[Az aranyember]. Una de las novelas más populares del escri­tor húngaro Mór (Mauricio) Jókai (1825- 1904), publicada en 1873. El autor mismo la reelaboró en un drama de cinco actos, con el mismo título, representado en 1884 y re­petido luego durante decenios. Michele Timár (v.), un laborioso armador de Komárom, durante un viaje por el Danubio, con riesgo de la propia vida, salva la de una muchacha turca y la del padre de ésta, un poderoso señor prófugo, que muere a conse­cuencia de las fatigas del viaje. Timár ha recibido de él un tesoro escondido, y se casa con la huérfana, Timea. Sus riquezas aumen­tan cada vez más: cualquier empresa que intente Timár se transforma en oro en sus manos. Pero su matrimonio no es feliz por­que la mujer, que se ha casado con él por gratitud, aun siéndole fiel, ama secretamente a otro. Timár piensa hasta en el suicidio, cuando por un equívoco se difunde la no­ticia de su muerte; de ello se aprovecha para retirarse a una lejana isla desconocida (Ada-Kaleh) del Danubio, en la que vive feliz con su nueva amada, Noemi, y funda una numerosa familia. Cuadro vivísimo de la vida burguesa en las pequeñas ciudades húngaras de principios del siglo XIX, El hombre de oro debía interesar, más que por la realidad que representaba, por la irreali­dad que campea en su parte final. La se­gunda vida de Timár es la segunda vida del sueño, fortísima en Jókai y no menos fuerte en el espíritu húngaro, que halla, en la pe­queña «Isla de nadie» una imprevista reali­dad: elemento nuevo en la literatura de su tiempo, en la que Jókai revelaba muchos aspectos de su vida interior.

M. Benedek

El Hombre de Mundo, Carlo Goldoni

 [L’uomo di mondo]. Comedia en tres actos, de Carlo Goldoni (1707-1793), y completa refundi­ción de la escena Momolo Cortesan, de la que estaba escrita solamente el papel de Momolo, con la que, en 1738 había Goldo­ni iniciado su reforma. La comedia se des­arrolla en torno a las alegres intrigas de Momolo (v.), mocetón irreflexivo dispuesto a sacar beneficio de cualquier parte. Ena­morado de la lavandera Esmeraldina, trata de convertirla en una bailarina, para hacerle la zancadilla al enamorado Lucendo; corte­jador de Beatriz, mujer de Silvio, se con­vierte de improviso en su criado y salva a los dos esposos de las intrigas del usurero Ladro (v.); amado por Leonor, hija del doctor Lombardi, cortejada a su vez por Octavio, logra que le apaleen los mismos que éste había ordenado que le apaleasen a él. Finalmente, convencido del amor de Leonor y disgustado por los engaños de Esmeraldi­na, decide abandonar su vida de soltero y los galanteos, que a nada le comprometían, para tomar esposa. Aunque muy movida, la comedia está falta de desarrollo; la figura de Momolo está llena de fuego, pero no tiene consecuencias, y su enmienda final es más deseada que natural. Pero Goldoni, a pesar de mantenerse ligado a la «comedia dell’arte», logra aquí apartar a Momolo del mundo arbitrario de las máscaras para hacer de él un tipo definido, un personaje simplemente dominado por el placer de vivir, que actúa en- todos los casos sin pensar jamás en el futuro. Esta comedia inspira a F. A. Bon la trilogía de Ludro (v. Ludro y su gran jornada).

U. Déttore

Su base es la clase media de la sociedad veneciana, más próxima al pueblo que a las clases elevadas; por eso da mayor importan­cia a lo cómico a base de los impulsos súbi­tos, ineducados e indisciplinados, propios de la clase baja, a la que se aproximaba mucho la burguesía veneciana, que no había adqui­rido todavía el refinamiento y delicadeza de formas, que son como el aire de la civili­zación. (De Sanctis)

El Hombre de los Cuarenta Escudos, Voltaire

[L’homme aux quarante écus]. Narración original de Voltaire (François- Marie Arouet, 1694-1778), publicada en 1767. Artísticamente es la narración menos feliz del autor, debido a la riqueza y variedad del contenido filosófico que ahoga a la fá­bula.

Su protagonista representa al hombre económicamente medio de Francia, con los cuarenta escudos de renta que saca de su pequeña propiedad. Desgraciadamente, los impuestos se le llevan por lo pronto doce, y el poder legislativo y ejecutivo, copropie­tario por derecho divino de todas las tie­rras, durante la última guerra le ha exigido veinte, y al no tenerlos, lo ha encarcelado. Al abandonar la prisión tropieza con un rico señor que es poseedor de ocho millones, contantes y sonantes y no ha tenido que pagar impuesto alguno; ello le lleva a pre­guntar que le explique el porqué a un geómetra y, después, a mi filósofo. Éste le explica el sistema de distribución de los impuestos en los otros países, entre los cuales el más acertado es el de Suiza; sintiendo curiosidad por todos los problemas, recoge luego las confidencias de un agricultor de­cepcionado, discute acerca de las diversas teorías que explican la generación y la fe­cundación, para llegar, como resultado final, a la duda. Porque nuevas cuestiones sur­gen: el daño social producido por las comu­nidades monásticas, la inutilidad de la pena de muerte, el horror de la tortura, la im­portancia de la instrucción y de los libros, la difusión del saber, y así sucesivamente.

Poco a poco, el protagonista ha terminado por hacerse una cultura y, mejorada su suerte, gracias a una oportuna herencia, se ha procurado una hermosa biblioteca. Ha dejado de ser el anónimo «hombre de los cuarenta escudos» y ahora es el señor An­drés, quien, sentado a la mesa, y entre las reverencias de los comensales, aborda las más distintas cuestiones: económicas, socia­les, literarias, artísticas e incluso teológicas, celebrando haber nacido en una época de progreso para la razón humana. La unidad central de este fragmentario y enciclopédico semillero de ideas hay que buscarla en el apasionado interés del escritor por los pro­blemas del bienestar social, que ve frustra­do a causa de las ingerencias de la reli­gión, de la mala distribución de los impues­tos, de la deplorable organización de la justicia y de la ceguera de la ignorancia.

E. C. Valla

El Hombre de Mundo, Ventura de la Vega

Comedia en cuatro actos, en verso, de Ventura de la Vega (1807-1865), estrenada en 1845.

Luis, hombre de mundo, ha sentado la cabeza al casarse con Clara, incomparable mujer de su casa, y vive feliz. Pero llega a su casa, re­gresando de un largo viaje, Juan, solterón impenitente y viejo compañero de franca­chelas, que se pone a recordarle las antiguas aventuras. Le habla de la magnífica burla que una mujer hizo a su marido, logrando que éste le presentara y admitiera en su casa a Luis, que era su amante… Repenti­namente cae en la cuenta de que Clara ha pedido a su esposo que le presente, trayéndolo a casa, un joven llamado Antonino, diciendo que éste corteja a su hermana Emi­lia, que con ellos convive. Así los dos jóve­nes podrán conocerse mejor. El hombre de mundo pierde la cabeza y cree que Clara y Antonino se entienden: tanto más cuando Emilia, por una casi morbosa altivez de su carácter asaz bien dibujado, se niega a ad­mitir que el joven venga a casa por ella; Clara, viendo al marido turbado, sospecha que éste tiene una amante; y Juan, que, enloquecido por Clara, se ha propuesto seducirla, estimula las sospechas de la dama. Luis trata de hacer que hable Ramón, el criado, pero emplea tanta cautela que el doméstico entiende mal y cree que su due­ño, vuelto a su libertinaje, se ha enamorado y está celoso de la cuñada.

De aquí surgen otros equívocos. Para ganarse la amistad de Ramón, Luis le regala un par de lujosos pendientes, para que con ellos intente con­quistar a la camarera, de la que está enamo­rado, pero desgraciadamente Clara había visto ya los pendientes en la tienda de un joyero y éste le dijo que serían suyos, por­que los compró su marido; Clara, a su vez, para obsequiar a Luis, compra un anillo, pero éste le gusta tanto a Emilia que ad­quiere otro igual para regalárselo a Antoni­no; y sucede que Luis, registrando las ropas de Clara, movido por las sospechas, encuen­tra el anillo, y cuando ve en el dedo de Antonino la «pareja», no tiene ya duda alguna de su infelicidad conyugal; cuando Clara, por su lado, advierte que la camarera lleva los pendientes que creía suyos, la tierra se le hunde bajo los pies.

Todos estos y muchos otros embrollos de menos importancia que se derivan de allí, quedan aclarados después de un modo natural y rápido. Es una come­dia de enredo y, por consiguiente, teatro de estricta tradición nacional española. Es, sin duda, la obra maestra del autor; brillantes las escenas y el diálogo, magistral el estilo, ágil la versificación. Salvando alguna escena un poco prolija, se puede aceptar el juicio que sobre ella emitió Menéndez Pelayo: «Comedia perfecta, quizá demasiado perfec­ta, es decir demasiado artificiosa».

F. Carlesi