Inscripciones, Recuerdos y Misivas, Wolfgang Goethe

[Inschriften, Denk-und Sende-Blátter]. Son noventa y ocho breves poesías de Wolfgang Goethe (1749-1832) recogidas en la úl­tima edición del volumen Poesías (v.) con algunos comentarios del autor. En su ma­yor parte se refieren a personalidades con­temporáneas del poeta y acontecimientos del último período de su vida. En ellas se refleja el Goethe sociable, en sus relaciones con el gran mundo de la Corte de Weimar, con literatos, hombres políticos y mujeres elegantes. Son pura y simplemente poesías de ocasión, originadas ora por una visita de Altezas reales e imperiales, ora dando las gracias o acompañando un regalo, ora (como la que va digirida a Byron) en ho­menaje a poetas. Con la Trilogía de la pa­sión (v.) enlazan las estrofas 32-37 manda­das «desde Marienbad a un grupo de ami­gos reunidos» en agosto de 1823, que sig­nifican, según el comentario del propio Goethe, «galantería, simpatía, afecto y pa­sión en pugna con la vida mundana y el trabajo cotidiano». Este comentario revela del modo más acertado el carácter de casi todas las poesías de esta colección, que re­presentan la faceta exterior de la vida de Goethe, mostrándonos, empero, con la con­cisa precisión de su estilo, el continuo vigor de su espíritu perennemente móvil, que le permitía dar valor de eternidad incluso a todo momento del tiempo que parecería perdido.

G. F. Ajroldi

Inscripciones Cristianas de la Ciudad de Roma Anteriores al Siglo Séptimo, Giovanni Battista De Rossi

[Inscriptiones christianae urbis Romae séptimo saeculo antiquiores]. Cuerpo de las inscripciones cristianas de Roma (texto, interpretación, discusión-y co­mentario), iniciado por Giovanni Battista De Rossi (1822-1894), el autor de la Roma subterránea cristiana (v.). Sólo fue publi­cado íntegro por el autor el primer volu­men, en 1861, mientras que del segundo únicamente publicó la primera parte en 1888. La obra, continuada por Gatti como suplemento al volumen I, en 1915, fue ter­minada por Angelo Salvagni, en 1922, con la colección de las inscripciones de origen incierto, en las iglesias y en los museos y en las colecciones de Roma y de las demás ciudades de Italia.

El plan establecido por De Rossi consistía en reproducir fielmente las inscripciones por medio de dibujos; de­mostrar su autenticidad cristiana; dar el texto genuino y su interpretación, y dando también a conocer sus copias manuscritas, con sus variantes; formar por lo tanto un gran «corpus» de ciencia epigráfica en seis volúmenes. Fundamento de todo el trabajo, la fijación de la época de las inscripciones; y como una décima parte apenas de las ins­cripciones cristianas de Roma, del período indicado (calculado por De Rossi en unas once mil, número hoy elevado a más de treinta mil) tienen fecha cierta, De Rossi escogió para el primer volumen el estudio de las inscripciones sepulcrales de fecha segura, disponiéndolas por orden de años, meses y días desde el año 71 (Gatti, sin embargo, ha puesto en tela de juicio el carácter cristiano de esta primera inscrip­ción) , hasta el final del siglo V. Hizo seguir a éstas las inscripciones de fecha incierta, reconstruidas con criterios internos, espe­cialmente el estilo de la época, que en la era de las persecuciones es sencillo, tímido, simbólico («vive en Dios»; «en el Señor»; «en paz»; «ten reposo»; «Dios te dé reposo»; «ruega por nosotros», etc.) desprovisto de datos históricos y elogios; mientras que en el período de la paz el estilo es frío, a menudo enfático, verboso, elogioso para el difunto más que expresivo de sentimientos de afecto y religión. El segundo volumen, según designio del autor, había de ser el más importante, y contener una selección de las inscripciones cristianas más notables, distribuidas por clases, destinadas a ilustrar los dogmas, los ritos, las costumbres de la Iglesia primitiva; mientras que los otros cuatro volúmenes habían de tratar del res­to de las inscripciones cristianas de Roma.

En cambio, la parte del segundo que corres­ponde a De Rossi contiene la publicación de los manuscritos epigráficos precedidos de una docta disertación, y para no defraudar la expectación de la prometida historia dog­mática, disciplinal y moral, por medio de textos epigráficos, al organizar el Museo Epigráfico Cristiano Pío-Lateranense con ese criterio, hizo reproducir en heliotipia los cuadros de las inscripciones, y formó con este título un álbum ofrecido en home­naje a Pío IX con motivo de su jubileo episcopal.

G. Pioli

Las Inquietudes de Celinda, Carlo Goldoni

[Le inquietudini di Zelinda]. Tercera comedia de la trilogía dedicada a Celinda y Lindoro (v. Los amores de Celinda y Lindoro y Los celos de Lindoro) de Carlo Goldoni (1707- 1793), en tres actos, representada por vez primera en 1765. Hallamos aquí los mismos personajes de las dos primeras comedias, excepto don Roberto, que ha muerto, aun­que un testamento inoportuno nos lo mantiene presente En efecto, mientras la viuda Eleonora, cautivada por don Filiberto, y el hijo don Flaminio, enamorado de Bárbara, esperan impacientes conocer la última voluntad del difunto para poder realizar sus deseos, éste ha señalado como condición para recibir la herencia, que la esposa siga viuda y que el hijo renuncie a su matrimo­nio, instituyendo como herederos univer­sales, si así no sucediese, a sus criados Ce- linda y Lindoro. Sobre el fondo de esta si­tuación se desenvuelven las inquietudes de Celinda, la cual se considera descuidada por su esposo, ya que éste, después de haberse sentido excesivamente celoso, parece estarlo ahoya demasiado poco. El enredo acaba por ser arreglado por el abogado Ciccognini, quien asegura la felicidad de la viuda y de Flaminio, los cuales renuncian a la herencia a cambio de una rica com­pensación, y el bienestar a los dos esposos, que son confirmados como herederos. La comedia, aunque mantenida por la inagota­ble vena goldoniana, es tal vez la menos feliz de las tres: Celinda continúa siendo prudente y delicada, pero Lindoro palidece. No obstante, desde otro punto de vista, no deja de tener importancia el modo con que termina esta triple farsa de criados y amos: don Flaminio acaba por casarse con una cantante, Celinda y Lindoro se enriquecen, y en la graciosa trilogía se encierra así, sin darse cuenta, como siempre sucede en este autor, el germen de una pequeña epopeya de desarreglos sociales.

U. Dèttore

Las Inquietudes de Shanti Andía, Pío Baroja

Obra del gran novelista español Pío Baroja (1872-1956). Es una bella novela de mar, del mar Cantábrico principalmente, cu­yas hermosuras se cantan con el mismo en­tusiasmo (teniendo en cuenta la diversidad de estilo y temperamento) que Blasco Ibáñez cantara el Mediterráneo. El protago­nista, un muchacho vasco y aventurero, narra su niñez apasionada por el mar que brama junto a la costa de su pueblo, su juventud marinera, su madurez de marino y de hombre, junto con sus amores — en verdad menos interesantes e importantes que cuanto atañe al mar y a sus hombres — y sus venturas y desventuras como nave­gante. A su propia historia se entremezcla la de un tío suyo, aventurero y marino tam­bién, que al final de su vida viene a instalarse — al margen de la familia — en el pueblo natal y con cuya hija, una delicada muchacha, se casa Shanti Andía después de batallar con las olas de muchos mares y con el oleaje de su propia juventud soña­dora y valerosa.

Una buena y documentada información sobre la trata de negros ocupa gran número de páginas; el autor se mani­fiesta enterado a fondo del feroz contrabando de los negros, así como del temperamento de los capitanes de barco que se dedicaban a ese negocio. Una nostalgia inmensa por el mar de antaño, el que surcaban velas y recorrían hombres llenos de empuje viril y de anhelo de aventura, anima la obra. El autor, que en todos sus libros ha exaltado la inquietud y el vagabundeo, termina este bello canto marítimo con esas palabras: «Ya en Lúzaro nadie quiere ser marino; los muchachos de familias acomodadas se hacen ingenieros o médicos. Los vascos se retiran del mar. ¡Oh, gallardas arboladuras! ¡Fra­gatas airosas, con su proa levantada y su mascarón en el tajamar! ¡Redondas urcas, veleros bergantines! ¡Qué pena me da el pensar que vais a desaparecer, que ya no os volveré a ver más! Sí, yo me alegro de que mis hijos no quieran ser marinos…, y sin embargo…» Recientemente ha sido lle­vada a la pantalla por A. Ruiz Castillo.

C. Conde

Los Inocentes en el Extranjero, Mark Twain

[Innocents Abroad]. Cuaderno de viaje del humorista americano Mark Twain (1835- 1910), publicado en 1869. En orden de tiem­po es la tercera obra del humorista de Mis­souri y narra el famoso crucero a Tierra Santa a bordo del «Quaker City», y el viaje a Italia, en 1867, en compañía de los «inge­nuos» que Twain capitaneaba. Pocos libros más llevan como éste impresas en sus pági­nas las huellas del tiempo; y al desagrado del lector atento, ante los fantoches de lo grotesco, movidos por Twain para burlarse sin miramientos de la antigua civilización mediterránea, se añade la incomprensión grosera de la que pareció el escritor no avergonzarse, y no advertirla siquiera, en aquella especie de elogio de la ignorancia, estropeado por el propósito de tomar mo­tivo de risa de todos y de todo. El viaje por Italia comenzó en Génova, y la ciudad que tuvo cautivado casi durante un año a Dickens en 1844-45, a Twain, que tenía la misma frialdad de fantasía que el autor inglés, le proporcionó cierto impresionismo acelerado, para desahogo más de su frag­mentaria sentimentalidad que de sus iróni­cas alabanzas. Visitó después Milán, Como, Lecco, Bérgamo, Padua, Verona, Venecia, Bolonia, Florencia, Pisa, Liorna, Civitavecchia, Nápoles y Roma.

No es difícil advertir cómo la aspiración irónica del escritor ame­ricano está privada de juicios madurados y originales y de visiones nuevas; de manera que, si se ha de juzgar aquel itinerario italiano por el placer que causó a Twain, habremos de decir que no hay en él una observación que pueda tener autoridad ni sostenerse en pie. Precisamente por la razón de que los museos, las ruinas, las ciudades, las bellezas italianas, que habían de concu­rrir a personificar un solo y grande prota­gonista bufonesco, con el estilo a saltos de Twain, no adquieren el vigor de tono y la rapidez de toque, única cosa que hubiera podido darles un carácter pintoresco. En cuestiones de arte en general, y del figura­tivo en particular, Mark Twain refleja los lugares comunes de su tiempo y, sobre todo, de su país. Se puede añadir que la duplicidad de acentos, acre y turbadora, capri­cho característico de toda la obra de} escri­tor americano, se halla entre los atractivos menores de este libro, que, sin embargo, aparte las invectivas de la «Saturday Review» y de la «Revue de Deux Mondes», constituyó un afortunado negocio para el autor.

L. Berti