La Inocencia Perdida, Félix José Reinoso

Obra del humanista sevillano Félix José Reinoso (1772-1841), en la que imita los modelos clásicos y que fue premiada, frente a otro de Lista, en 1779, por la Academia Sevillana de Buenas Letras. Acaso no fue un acierto el haber tomado el mismo asunto de El paraíso perdido de Milton (1608-74), no te­niendo las condiciones del poeta inglés; si le falta interés dramático y abusa en el empleo de neologismos, tiene entonada versificación en octavas reales y admirables pasajes des­criptivos.

C. Conde

El Inocente, de Gabriele d’Annunzio

[L’Innocente]. Es la se­gunda de las tres Novelas de la Rosa [Romanzi della Rosa] de Gabriele d’Annunzio (1863-1938), publicada en 1892 pocos meses después de Giovanni Episcopo (v.). La «rosa» alude a la sensualidad, tema común de las tres novelas.

El protagonista Tullio Hermel (v.) es una nueva encarnación de Andrea Sperelli (v.) de El placer (v.), dotado de una lucidísima conciencia de su propio egoísmo sensual, pero puesto en una situa­ción en la que cuanto le queda de morali­dad (aunque sólo sea como sufrimiento de no tenerla) es lo que dará el sentido y el tono a la novela. Infinitas veces culpable para con su esposa, Giuliana, que siempre lo ha perdonado, cuando finalmente vuelve a ella con el amor de antaño, descubre que ella, entretanto, por un engaño momentá­neo de los sentidos, le ha sido infiel; ahora la encuentra desesperada y más que nunca devota de su marido, pero llevando en su seno, inevitablemente, el fruto de su culpa. Y, aunque moralmente obligado a perdonar a Giuliana que tantas veces le perdonó, Tullio no soporta sin odio al inocente niño, obstáculo para olvidar, hasta que lo mata. Es auténtico en esta novela el sentido desesperado y mortal que se halla en el fondo de la sensualidad, y que da origen a la vicisitud; auténtico especialmente en los últimos capítulos, donde la situación está expresada en un tono sordo y sombrío. Me­nos auténtico, en cambio, es el empeño, mayor que en el Placer y en Giovanni Epis­copo, para centrar la inspiración en la bon­dad, en las luchas morales.

El sentimiento regenerador por el que Tullio se siente atraído hacia su esposa, hasta el punto de particularizarse en los pensamientos que lo componen, no es más que deseo sexual; igualmente la supuesta espiritualidad de Giuliana (como la de María Ferres en el Piacere) es un tono extremadamente lán­guido y voluptuoso de pena de amor. D’An­nunzio continúa» en suma, en el Inocente, y más o menos con los mismos resultados, el esfuerzo que había comenzado en el In­termezzo de rimas (v.), para construirse una interioridad de sentimientos y pensa­mientos por encima del módulo de todo el arte romántico; la inadecuada experiencia de la «bondad», sugerida en el Giovanni Episcopo por el ejemplo de Dostoievski, aquí está inspirada en Tolstoi, del que se hallan en este libro muchas citas, especial­mente de Guerra y Paz (v.): una bondad que en D’Annunzio tiene un sonido falso y pegajoso, aunque de una falsedad siem­pre exquisitamente compuesta y siempre auténtica en la voluptuosidad que yace en su fondo. Es notable a este respecto el uso frecuentísimo de las cursivas, y las repeti­ciones de página a página de frases enteras; maneras, en los modelos de que han sido sacadas, de profundizar la introspección psicológica que se resuelven en una musica­lidad más expuesta que en el Giovanni Episcopo, pero en compensación tanto más ex­plícita en volver a una melodía de género lánguido y suntuoso, paralelo al alejamien­to de Ios motivos psicológicos autobiográ­ficos, que el Placer había rozado muy de cerca, es en el Inocente el uso de la narra­ción en primera persona (como en el Gio­vanni Episcopo), por el que D’Annunzio intenta personificarse en casos, cuanto más pecaminosos tanto menos autobiográficos; con ello se corresponde la fluidez, casi po­dría decirse la desenvoltura, de la máquina narrativa que nace, como se ha dicho, den­tro del acostumbrado círculo de los pensa­mientos tanto más sombríos cuanto más voluptuosos, pero acto seguido los resuelve en una casuística de sentimientos de amor, para la cual, mejor que a Tolstoi, puede citarse a Bourget.

Por esto le falta al Ino­cente la frecuencia de descripciones volup­tuosas que en el Placer interrumpen conti­nuamente el relato; pero las páginas son en cambio más ricas en poesía; las que halla­mos aquí, cuando más se adaptan a los esta­dos psicológicos que acompañan, tanto más ceden a la muelle y algo falsa música del resto; esto se aplica al famoso canto del ruiseñor (cap. IX), que, más extenso que cualquier otra descripción, resulta casi una obra aparte, y para aquella mayor extensión se sirve harto mecánicamente de algunos recursos tomados de un cuento de la Casa Tellier (v.) de Maupassant. En suma, El Inocente sigue siendo la más legible de las novelas de D’Annunzio; pero la más legible en el plano de las novelas llamadas ame­nas, lo cual no quiere decir la más bella. [Trad. española por Augusto Riera (Barce­lona, 1900) y de N. Hernández Luquero (Madrid, 1926)].

E. de Michelis

Inocencia, Alfredo d’Escragnolle

[Innocencia]. Novela del es­critor brasileño Alfredo d’Escragnolle, viz­conde de Taunay (1843-1899), escrita hacia el 1870. Pertenece a la tendencia brasileña llamada «sertanista», que se inspiraba en la vida de los habitantes del «sertáo», la re­gión del interior de las selvas vírgenes del Brasil. En el «sertão» vive, con su hija Nocencia (Inocencia) un atrevido y feroz tipo de «sertanejo», Martino dos Santos Pereira. Un día encuentran en la selva a un mucha­cho, Cyrino Ferreira dos Campos, que tiene algunos conocimientos farmacéuticos y via­ja por los «seríaos» ejerciendo la medici­na, con ayuda de un poco de teoría y otro poco de experiencia popular. Como la bellí­sima hija de Martino está enferma de fie­bres intermitentes, el padre llama a Cyrino y le confía la curación de la muchacha, advirtiéndole que ella, aun habiendo cum­plido los 18 años y estando en vísperas de casarse con Manegáo Doca, no ha visto nunca más hombre que él. Cyrino empieza el tratamiento; pero turbado por aquella maravillosa belleza, se enamora locamente.

Mientras tanto Pereira hospeda a un joven entomólogo alemán, que viaja por cuenta de su gobierno en busca de mariposas raras. Martino lo acoge porque se lo presentó su hermano mayor, pero lo vigila celosamente esperando con impaciencia que Maneção vuelva de Sao Paulo para casarse con Nocencia; mientras tanto, no se da cuenta de que la muchacha se ha enamorado a su vez de Cyrino. En vano el padrino de Nocencia, hombre íntegro y poderoso, trata de inter­venir en favor de los dos jóvenes; cuando el padre se entera por un criado de la ver­dad, quiere correr a vengarse de Cyrino. Pero Maneção, que llega en aquel momen­to, toma sobre sí el ultraje: busca a su rival, lo acecha, lo sigue hasta la selva y lo mata. Nocencia muere de dolor. Se advierte en esta novela, en la que domina el clima de la selva virgen, un movimiento de reac­ción contra el género puramente idealista; la construcción de los tipos y de las esce­nas está bien conseguida, la realidad pasa al primer plano, ya en la pintura de las escenas, ya en la de los caracteres y en el estudio psicológico.

G. A. Magno

La Inmortalidad del Alma, Mihály Csokonai

[A lélek halhatatlansága]. Poema filosófico del escritor húngaro Mihály Csokonai Vitéz (1773-1805), escrito con ocasión de la muerte de la Condesa Rhédey (1804). Invitado a componer uno de aquellos discursos fúne­bres de costumbre, en versos populares, en los cuales el muerto se despide de su familia y de sus amigos, él se empeñó en un gran­dioso poema que reflejaba la lucha desespe­rada del alma ante la muerte y el más allá. El primer verso es el del monólogo de Hamlet: «Ser o no ser, ese es el problema», y el primer canto expone magníficas visio­nes, según el título «Dudas terroríficas y gozosas», la felicidad del ser y el horror del abismo del no ser. El segundo canto («Razo­namientos y sentimientos») contrapone los hombres a la naturaleza; ésta da testimonio de Dios, mientras la bestialidad humana lo niega. Es evidente la influencia de Rousseau, el eremita de Ermenonville… pero todos los pueblos, hasta los caníbales, creen en Dios y sienten la nostalgia de una felicidad eter­na: «¡Cuatro mil millones de hombres! ¡Compañía sublime!».

Y aquí el autor va examinando las doctrinas relativas al alma: primera, la «revelación sin filosofía», esto es, la religión de los pueblos naturales («pueblos») evocada por medio de los cua­dros animados y dramáticos de la muerte del lapón, del reposo final del esclavo negro, de la creencia en la transmigración de las almas; después la «filosofía sin revelación», esto es, el ateísmo, el escepticismo, el confucionismo, etc. («Filósofos»); y por fin, el Cristianismo, que es a un tiempo «filosofía y revelación». El poema es notable por la inspiración que enciende la fría materia di­dáctica. Los alejandrinos de la argumenta­ción y de la narración están más de una vez sustituidos por estrofas métricas a lo griego, de un empuje lírico pindárico. La inspiración de la Urania de Tiedge, la de Pope, de Rousseau, de Young, deja sentir sus ecos, pero ese influjo no perjudica la originalidad poética de la obra, la cual une en grado extraordinario la concisión de la expresión y la intensidad de las reacciones sentimentales. Durante la lectura del poema sobre la tumba de la condesa, el poeta con­trajo una pulmonía que ocasionó su muerte.

G. Hankiss

De la Inmortalidad de las Almas, Antonio Paleario

[De immortalitate animarum). Obra en hexámetros latinos de Antonio Paleario (Antonio della Paglia, 1503-1570), publicada en tres libros en 1536. Refiriéndose al tra­tado De la naturaleza de las cosas (v.), de Lucrecio, el autor examina el problema de la Providencia y de su relación con el alma humana, y se propone refutar las afirma­ciones materialistas del poeta latino, para bien de la filosofía y de la religión. La armonía de la Creación prueba la existencia de Dios, puesto que un mundo coordinado con el sistema de los astros y la belleza de las cosas no puede menos de tener su divino regulador; por esto Dios ha creado el alma a su imagen y semejanza, y ella, a pesar de todos los atractivos del mundo, tiende ineluctablemente hacia su Hacedor. Su antiguo origen celestial explica el anhelo del hombre hacia el bien; Dios, que es perfección, coordina los elementos del mundo y explica el ascender del hombre en la cultura. Así el alma, liberada de sus cadenas, se eleva hasta Dios; superados el mal y toda atrac­ción pecaminosa, vuelve a encontrar su ver­dadero camino .(Libro I). Pero no siempre el hombre obedece a la evidencia del razo­namiento; todavía lo turban antiguos erro­res; no cree en la inmortalidad del alma, porque se abandona a consideraciones inspi­radas en la materia.

La revelación cristiana proporciona, sin embargo, el medio de as­cender a la suprema certidumbre: ya no basta la antigua sabiduría; se abre al hom­bre una nueva fe. Dios escucha a los buenos y a todos los que no ceden a los halagos terrenales. El alma es verdaderamente libre cuando no la oprime el cuerpo; y, cuando nosotros creemos que el hombre está muer­to, está más que nunca vivo en la luz eter­na (Libro II). El mundo está, pues, guiado por la sabiduría divina; los males, desde las pestilencias a las guerras y los terremo­tos, sacuden la tierra y muestran al hombre el destino purísimo de su alma; en el cielo le espera la inmortalidad. Finalmente, los cuerpos humanos volverán a resplandecer; una pena y un goce eternos serán respecti­vamente la recompensa para los malos y los buenos. Paleario no acepta la doctrina de la metempsícosis de los antiguos, pero combate la del Purgatorio cara a la «propaganda papal», (v. también La invectiva contra los Pontífices). La obra se cierra con la vi­sión majestuosa y terrible de Cristo juez, que deja oír desde lo alto de los cielos, semejante al trueno, su voz divina (Libro III). Alabado en el siglo XVI por Jacopo Sadoleto y Giambattista Pigna, este poema de Paleario, fuera de algún episodio, no muestra un gran vigor lírico; su importancia está más bien en la afirmación de algunos principios preferidos por los reformadores italianos. La trágica muerte de su autor, ahorcado por sentencia de la Inquisición, revistió el poema de un carácter de impie­dad y de rencorosa polémica que, en el fondo, le era extraño; fue después tradu­cido en Venecia, en 1776, por el abate Pastori.

C. Cordié