Inscripción Ferraresa de 1135, Baruffaldi

La más antigua muestra en romance italiano de índole rudimentariamente literaria, de considerarse auténtica, es la inscripción que estaba en el arco del altar mayor de la ca­tedral de Ferrara, trabajada en forma de mosaico y que, reconstruida en 1572, des­pués de un terremoto, fue publicada en la versión de los restauradores por vez primera por Baruffaldi en 1713: «para eterna me­moria — como él mismo escribió — ya que es de temer que al reconstruirse actualmente y restaurarse la iglesia mencionada, acaben de perderse estos mosaicos». El caso es que la inscripción quedó destruida. La versión hoy conocida es, según parece, la anterior a la mencionada restauración y si no lleva exactamente la fecha de 1135, es decir, la de la inauguración del Duomo, será poco posterior; con las correcciones más recientes los cuatro versos de la ins­cripción aparecen de la siguiente manera: «A mil ciento treinta y cinco iniciado/ fue este templo a San Gogio dedicado/ por Guillermo ciudadano por su amor/y mía fue la obra Nicolás escultor» [«Li mile cento trenta cenqe nato/fo questo templo a San Gogio donato/da Glelmo ciptadin per so amore / e mea fo l’opra Nicolao scolptore»]. El nombre del escultor Nicolás que había trabajado en Ferrara, lo mismo que en Módena y posiblemente en Verona, es recordado enfáticamente al final de esta modesta noticia, que para nosotros es tan preciosa porque el latín no es más que un recuerdo bajo la irrupción del romance.

F. Antonicelli

El Insecto, Jules Michelet

[L’insecte]. Obra de Jules Michelet (1798-1874), publicada en 1857. Está dividida en tres partes: la primera es una introducción en la que el autor responde a los «sistemas de los filósofos, con el miedo de un niño»; en la segunda se estudia la misión y cualidades del insecto, mientras en la tercera se procuran describir sus so­ciedades, particularmente las de abejas y hormigas. Concluye solicitando que no se desprecien estos animales y que en lo posi­ble se respeten sus vidas. Michelet desarro­lla con elocuencia los méritos de los insec­tos que, disecados, abiertos y sometidos al microscopio, siguen siendo todavía un enigma para el hombre; tal o cual órgano parece extraño y amenazador, probablemente por­que nuestros ojos, excesivamente débiles, no alcanzan a explicarse su estructura y utilidad. No inquieta nunca aquello que puede verse y entenderse. El insecto, ade­más, es tan pequeño, que no parece nece­sario ser justo con él. Precisamente contra este punto Michelet llama la atención.

He aquí sus argumentos: la justicia es univer­sal, nada importa el tamaño; si se pudiera suponer que no todos tuvieran el mismo derecho, y que la balanza debía inclinarse en favor de alguien, debería ser precisa­mente por los débiles y pequeños. Cree que sería absurdo condenar aquellos órganos cuyo empleo nos es desconocido, y que en la mayor parte de los casos son útiles para labores especiales e instrumento de cien di­versos menesteres, puesto que el insecto es un ser industrioso por excelencia y el más activo de los obreros. Aporta, en fin, cuantos datos son patentes por meros signos visibles, y concluye que el insecto es el ser que ama más de entre los seres creados. El amor es para él la muerte próxima o instantánea, y viene siempre acompañado de un resplandeciente sentimiento de mater­nidad. Finalmente, este genio maternal va tan lejos que, eclipsando las raras asocia­ciones de pájaros y cuadrúpedos, lleva al insecto a crear verdaderas repúblicas y ciu­dades. No basta a Michelet darnos a conocer al insecto, ese «hijo de la noche», según él le llama; quiere todavía revelarnos el mis­terio mismo de su existencia: la metamor­fosis. El estudio resulta así completo.

El autor está familiarizado con el sujeto de su estudio, hasta tal punto que el insecto es para él como un ser dotado del don de la palabra. Michelet ha querido hacer, en re­sumen, un canto conmovido en favor de los seres más despreciados e insignificantes, por su tamaño, de la Creación; quede, pues, bien claro que L’insecte no es, por tanto, un libro científico. Es un trabajo ora descrip­tivo, ora íntimo y poético, que revela una aguda sensibilidad personal, rayana en algún instante en la sensiblería. Es preciso, por consiguiente, admirar no sólo el color y movimiento de su estilo, sino también la delicadeza y generosidad de su inspiración.

Insolación, Emilia Pardo Bazán

Novela de doña Emilia Pardo Bazán (1852-1921), publicada en 1889. Francisca de Asís de Andrade, joven viuda devota y morigerada, a quien la corte dis­creta del capitán Pardo no había inspirado nunca ningún deseo de contraer nuevas nup­cias, conoce en el salón de una amiga a Don Diego Pacheco, un andaluz simpático y desenvuelto, y se deja llevar por él a una fiesta popular dominada por la masa vo­cinglera y el implacable sol castellano. La muchedumbre la embriaga, el sol la aturde. Diego aprovecha, si se quiere caballerosa­mente, el momentáneo extravío de la vir­tuosa viuda, y cuando la insolación ha pa­sado, Francisca de Asís advierte que ya no puede librarse del hechizo del joven y desenvuelto andaluz, y, después de haber examinado bien todas las inhibiciones de su posición social y de su educación, acaba por ceder al enamorado.

La tesis de la no­vela es naturalista, pero sólo un lector muy diestro podría advertir cómo esta novela española está emparentada con la de los maestros del naturalismo francés. La fatali­dad fisiológica que impele a la protagonista a situarse en violenta oposición con todo su pasado se convierte, por el arte de la gran novelista española, en algo suave y discreto que no contrasta nunca con el pudor y la reserva de un alma bien nacida, un determinismo aceptable hasta para los más tenaces defensores de la libertad de la voluntad hu­mana. Los cuadros populares, que consti­tuyen los escenarios más típicos del simpá­tico idilio, están pintados con admirable sentido .del color y no sin un poco de aquella ironía que hace universales las páginas de Cervantes y los dibujos de Goya.

A. R. Ferrarin

Inscripciones, Pietro Giordani.

Son cerca de trescientas cincuenta inscripciones que valieron a Pietro Giordani (1774-1848) el título de más eminente epigrafista de Italia. Precisamente a principios del siglo pasado la epigrafía italiana empieza a dis­putar el campo a la epigrafía latina; y entre los que probaron su capacidad en el nuevo género, sobresalió Giordani. Escritor lento y muy consciente, el estilo lapidario se le adecuaba admirablemente, y llevó a cabo una verdadera obra de innovador. Giordani evitó la amplia contextura de las inscrip­ciones latinas, los excesos ornamentales, las complacencias literarias y las exaltaciones vanas y ampulosas: aspiró a la sinceridad y a la verdad, y quiso que la inscripción consiguiese la expresión franca y noble de un impulso sincero de afecto y de admira­ción, más que un elogio genérico. Si muchas de sus inscripciones pueden hoy parecer desproporcionadas o hinchadas, será bueno advertir que Giordani hubo de someterse a las exigencias de los que se las encar­gaban. La inscripción de Giordani es, en general, mesurada, acompasada, más seca que ornada o complicada o redundante. Es difícil que penetre profunda o resueltamen­te, o deje inolvidables surcos en el corazón, o vibre de humano dolor o exaltación, pero es siempre digna y a menudo noble, y tie­ne un trazado nítido y firme. He aquí un ejemplo de inscripción elogiosa: «Cristóbal Colón: ¡Cuánto hiciste! ¡Cuánto padeciste! ¡Cuánto honraste lo que debiste despreciar/ el género humano!» (para un busto del gran navegante en Villa Puccini, Pistoya, 1827).

M. Sansone

Inscripciones, Gudea

Represen­tan el apogeo del género literario de las inscripciones de los príncipes y reyes sumerios. Gudea era príncipe de Lagasch, en Babilonia meridional, en el tiempo del pre­dominio de los Guteos en Mesopotamia (aproximadamente hacia el 2400 a. de C.). Este «patesi» o «issag» (gobernador) hizo escribir, tanto en la piedra, especialmente sobre las de sus estatuas, como en cilindros de arcilla, inscripciones en lengua sumeria que nos dan a conocer los hechos más sobre­salientes de su reinado, pero sin tocar para nada la política, de manera que por sus inscripciones no se puede deducir en absoluto bajo qué reyes fue gobernador de su ciudad. Las inscripciones se refieren sobre todo a la vida religiosa de la ciudad y la construcción de templos. La forma es alta­mente literaria, y por lo menos los pasajes más importantes de las inscripciones más largas están en verso. En la larguísima ins­cripción del cilindro B nos da un minu­cioso y poético relato de la inauguración del templo del dios Ningirsu, templo que llevaba el nombre de É-Ninnü. La edición más reciente de estas inscripciones se halla en Barton, The royal Inscriptions of Sumer and Akkad (New Haven, 1929).

G. Furlani