Institución Aritmética, Lucio Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio

[De institutione aritmética]. Obra en dos libros, de Lucio Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio (480?-524?), incluida en la publicación de las obras de Boecio en la edición de Venecia, 1499, en las de Basilea de 1546 y 1570, en la Patrología Latina de Migne (1847) y en la edición Friedlein, de Leipzig (1867).

Junto con los cinco libros de la Institución musical (v. Doctrina musical) que se rela­cionan con la aritmética, y con los dos libros de geometría que se atribuyen al mismo au­tor, constituye la obra matemática de Boecio y, después de la Consolación de la Filosofía (v.), fue la más difundida y famosa durante la Edad Media. Severino Boecio, que sostuvo en tiempos de decadencia la necesidad de la vuelta al helenismo, después de haber tra­ducido a Ptolomeo y Euclides, lleva a cabo en esta obra una reducción de la Aritmética de Nicómaco de Geraza. Boecio distingue las «colecciones» y las «magnitudes», notando que las primeras pueden considerarse aisla­damente o junto con otras cosas, mientras que las «magnitudes» pueden considerarse en reposo y en movimiento. De las «colec­ciones» tratan la aritmética, que las consi­dera aisladamente, y la música, que las es­tudia en relación con otros entes, A las «magnitudes» pertenecen la geometría y la astronomía: la primera considera las «mag­nitudes» fijas, y la segunda, las que están en movimiento.

Las cuatro disciplinas: arit­mética, música, geometría y astronomía constituyen para Boecio el «cuadrivio» fun­damental de la educación científica, como la gramática, la retórica y la dialéctica forman el «trivio» base de la educación literaria. Acerca de la astronomía nada seguro nos ha llegado de Boecio; acerca de la geometría existe una discusión relativa a los numero­sos manuscritos del siglo XI que algunos historiadores le atribuyen. El debate, lla­mado «cuestión boeciana» no está todavía terminado. En el primer libro de la pre­sunta geometría de Boecio el tratado parte de los Elementos (v.) de Euclides, mientras que el segundo se refiere a la agrimensura. En la historia del pensamiento científico esta obra de Boecio se considera como la última antorcha de la Antigüedad clásica. Mortecina luz, sin embargo, que atestigua la falta de todo progreso entre la época griega y la que, desde el Renacimiento, había de ver el florecimiento de nuevos estudios.

A. Uccelli

La Institución del Arte Gramatical, Prisciano

[Institutio de Arte gramatica]. Es la más voluminosa e importante obra sobre gramática latina, compuesta por Prisciano (siglos V-VI d. de C.), el cual extendió al latín las normas de Herodiano y de Apolonio Díscolo. La obra se divide en dieciocho li­bros, que tratan de; 1.°, las letras; 2.°, las sí­labas y vocales; 3.°, los comparativos, super­lativos y diminutivos; 4.°, los denominati­vos; 5.°, los géneros y números; 6.° y 7.°, los casos; 8.°, 9.° y 10,°, los verbos; 11.°, los par­ticipios; 12.° y 13.°, los pronombres; 14.°, las preposiciones; 15.°, los adverbios; 16.° las conjunciones; 17.° y 18.°, la sintaxis; falta el final. Si es de gran interés el método, esencialmente griego, con que Prisciano ha sistematizado la gramática latina, más inte­resante es todavía la ejemplificación a base de la literatura romana. La Edad Media La­tina, desde Casiodoro hasta Alcuino, y la bizantina con Máximo Planudes, atestiguan su admiración por esta «luz de facundia romana» que nos ha sido conservada por centenares de manuscritos.

F. Della Corte

El Inspector, Nicolás Vasilievič Gogol

[Revizor]. Comedia en cinco actos del escritor ruso Nicolás Vasilievič Gogol (1809-1852), representada en San Petersburgo en 1836. Tiene como epí­grafe el refrán «No eches la culpa al espejo si tu cara es torcida». La trama fue sugerida a Gogol por el poeta Puskin.

En una pequeña ciudad de provincia se esparce la noticia de la llegada de un inspector general, voz que despierta gran alarma, dada la corrupción que reina en todas las oficinas. Creyendo reconocer en un joven libertino, Chlestakov, que se aloja durante aquellos días en la posada del pueblo, al temido inspector, todos a porfía procuran conquistar su benevolen­cia. Sin comprender bien de qué se trata, él joven se aprovecha de ello, aceptando fiestas, regalos, dinero: llega incluso a prometerse con la hija del alcalde del lugar. Toda la intriga se desarrolla rápidamente, porque el falso inspector, temiendo compli­caciones, se aleja con el pretexto de ir a casa de su padre para pedir su consentimiento a la boda. El error se revela por fin a través de la violación de la correspondencia epis­tolar por parte del oficial de correos y con la noticia de que el verdadero inspector ha llegado para su investigación.

Además de su incomparable perfección artística en la descripción de los tipos, caracteres y ambientes, hay que tener presente en el Ins­pector la significación social que en su tiempo tuvo, en cuanto que la comedia le­vantó una tempestad de protestas y de crí­ticas. Los tipos representados estaban a la vista de todos, y el tono de la caricatura no hacía más que acentuar los lados negativos de su existencia, que era la de la burocracia rusa. Hoy, este valor social ha pasado a segundo término, y para el lector y el espectador modernos mucho mayores resul­tan los méritos artísticos que hacen de la comedia una obra eternamente viva. [Tra­ducción española de G. Portnoff (Madrid, 1931) y de Irene Tchernowa en Obras com­pletas (Madrid, 1951)].

E. Lo Gatto

Instantes, José María Salaverría

Publicado en 1927, es uno de los mejores libros de José María Salaverría (1873-1940), pensador y escritor vasco, espíritu inquieto e inquisitivo, agudo y erudito, a menudo irónico y siempre original. Su nota característica es una ruda pero simpática sinceridad de expresión (por lo demás tra­dicional en los escritores españoles del Norte), que se acopla a un estilo robusto y elegante al mismo tiempo. Libro denso en noticias interesantes para los estudiosos de los usos literarios, políticos y sociales de España y especialmente de Madrid en la época precedente a la segunda República y a la guerra 1936-39, contiene rápidos ensayos de diferente clase pero formando un todo armónico y tocante a los fugaces momentos de actualidad. Estos «instantes» de la vida española presentan todos ellos un contorno preferentemente madrileño: «Ele­gía al Parlamento», «El crepúsculo en el Ateneo», «La calle de Alcalá», «El asalto de la Academia», «Diarios de Madrid», «Ce­náculos literarios», etc.

Finamente irónica es la «Elegía al Parlamento», que en un tiempo fue «templo de las leyes, morada de los Padres de la Patria, refugio de las liber­tades públicas»; palacio que en aquella época permanecía cerrado por orden de Primo de Rivera y que presentaba el carác­ter de uno de esos monumentos memorables e históricos que las guías suelen mostrar a los turistas. Sugestivo es el capítulo dedi­cado a la «Calle de Alcalá», la típica calle madrileña «en la cual se compendia la ver­dadera historia de la España que vive su momento actual». Un amargo comentario dedica el reflexivo autor al «espectáculo úni­co en Europa» de los lujosos círculos que abren a la calle sus anchos ventanales po­blados de ricos desocupados y aburridos, en contraste con la bulliciosa actividad de la gente que vive una vida intensa de tra­bajo y con la llaga de la mendicidad». En «Cenáculos literarios» se habla de la tradi­ción aún viva de las «tertulias literarias» desde el antiguo «Café Fornos» a la «Granja del Henar», del «Gato Negro» a la tertulia de «Pombo», donde pontificaba Ramón Gómez de la Serna. El «Asalto a la Academia» es una acertada vivisección de la docta corpo­ración y de sus miembros; y el capítulo de­dicado a los «Diarios de Madrid» llega a la conclusión de que la prensa de la capital, tan numerosa, tan voluminosa y tan rica en colaboración literaria, artística y científica, etcétera, amenazaba con suplantar al libro.

C. Boselli

El Insomne, Amalia Guglielminetti

[L’insonne]. Colección de poesías de Amalia Guglielminetti (1885- 1941), publicada en Milán en 1913. Sus temas no difieren sustancialmente de los de Se­ducciones (v.), pero su tono es más exaspe­rado y su metro más monótono: el dístico elegiaco. Se trata aquí también de páginas autobiográficas cuya insólita sinceridad, unida al ostentoso levantamiento de todos los velos que encubren la intimidad feme­nina, suscitó un escándalo y una admiración excesivos. La protagonista sigue siendo la mujer que mira con insaciable curiosidad en el espejo su rostro y su alma, atenta a captar todas las formas y todos los matices de uno y otra, en el juego siempre igual y siempre diverso del amor: inquietudes e insomnios; sensibilidad morbosa «que dilata /con el ansia del sueño la vida»; tristeza de la soledad; fugaces deseos de muerte y avi­deces perennemente renacientes que la sub­yugan al hombre «no con el blando vínculo del lánguido sueño, sino con la humana necesidad / que más se parece al hambre»; turbaciones y ficciones; promesas y olvidos, y la gloria de negarse y el temor de entregarse toda; y las huidas y los regresos sazo­nados con el acre gozo de los celos; y siem­pre ante los hombres, «el orgullo humillante /de sentirme yo la más fuerte».

A su héroe, a quien tanto se asemeja, a don Juan, que le sonríe desde los antros del infierno, ella envía un suspiro nostálgico; «El hombre, el rapaz eterno,/desfallece ante tu fiero ejem­plo… ¡Ah, cuánta sombra se acumula ahora/ en torno a tu gozosa guerra! ¡Desertaste de la tierra,/señor de la buena suerte!» Y más adelante, mientras se entretiene en hojear viejas cartas de amor con sutil melancolía, suspira: «Amor de los múltiples rostros/tan diversos y con todo tan iguales,/oh amor de los múltiples males, que simulan bienes tan necios». Éstas son sus voces más sentidas: de la fatiga y del tedio, de la pena estéril de quien todo lo quiere y no conserva nada.

E. C. Valla