Instituciones de Derecho Procesal Civil, Giuseppe Chiovenda

 [Instituzioni di diritto processuale civile]. Tratado sistemático, en dos volúmenes, del- derecho procesal italiano, debido a Giuseppe Chiovenda (1872-1937), considerado como el fundador de la ciencia moderna del derecho procesal italiano. Esta obra, publicada en Nápoles en 1933, es una refundición con correcciones, ampliada y puesta al día, de los Principios de derecho procesal civil, del mismo Chiovenda; pero no agota todo el derecho procesal, pues falta la parte relativa al proceso de ejecución y de los procedimientos especiales. A pesar de adherirse al derecho italiano, esta obra tiene una fortísima urdimbre teórica, inspi­rada en los resultados de los estudios proce­sales de la ciencia jurídica alemana del siglo pasado, pero reelaborados y desarrollados con sana originalidad y liberados de las oscuridades germánicas. Los puntos prin­cipales de la construcción del autor son la autonomía del derecho de acción contra el derecho sustancial subjetivo, la clasificación de las acciones, la concepción del proceso como información y su naturaleza publicista (actuación de la ley por la resolución de las controversias); pero todos los puntos fundamentales del derecho procesal están aclarados, aunque en diversa medida. En materia de crítica legislativa, Chiovenda es defensor de un proceso moldeado en los principios de la oralidad y de la concentra­ción, y sus propuestas no han dejado de hallar eco en la nueva edificación procesal italiana (1940). Es notabilísima la influencia ejercida por esta obra, y aun antes de los Principios, en la elaboración científica de las leyes procesales.

A. Amorth

Las Instituciones Armónicas, Gioseffo Zarlino

[Instituzioni harmoniche]. Es el más impor­tante tratado de teoría musical de Gioseffo Zarlino da Chioggia (1517-1590). Fue publi­cado por vez primera en 1558, y, sucesiva­mente, en 1562 y 1573, además de en su Opera omnia de 1589. Se compone de cuatro partes.

La primera contiene consideraciones generales en torno a la música y a su dig­nidad y utilidad, y un desarrollo de la doctrina de Boecio que distingue la música en mundana (la de las esferas celestes), humana (la que se origina de la armonía entre alma y cuerpo) e instrumental (la música produ­cida por la voz humana o por los instrumen­tos), y minuciosas disquisiciones acustico-matemáticas, que se refieren especialmente a los nexos entre proporciones numéricas y consonancias musicales. En la segunda parte, Zarlino trata de la música y teoría musical de los antiguos griegos, y se extiende en largas consideraciones acerca de los acordes por ellos usados, extrayendo consecuencias para el espinoso problema de la armonía de los instrumentos de su tiempo. La tercera parte contiene la teoría del contrapunto, es decir, de la composición a varias voces, y por esto, desde el punto de vista didáctico, es la más importante, aunque pretende encerrar la actividad de la creación artística en un sistema de normas prácticas fruto de profundo ingenio y saber, aunque empírico e inadecuado. La cuarta y última trata de los modos o escalas musicales de la antigüe­dad, de la Edad Media y de los tiempos del autor, sobre todo para su aplicación a la práctica del contrapunto.

La materia del tra­tado de Zarlino no es nueva, antes bien, es la misma que, desde Boecio en adelante, fué diversamente elaborada por los teóricos de la música hasta el período del Renacimiento, pero está, en muchos aspectos, re­avivada y ennoblecida por la personalidad del autor. Según el musicólogo alemán Hugo Riemann, el mérito principal de Zarlino consiste en haber sido el primero en afirmar el principio de dualismo armónico, o sea de la contraposición de los acordes mayor y menor como base de la armonía, y en ha­berlo valorado científicamente proclamando la excelencia del número senario que con­tiene en germen todas las consonancias mu­sicales, cuya serie genera en un sentido el acorde mayor y en sentido inverso el menor; pero esta manera de ver está de­masiado estrechamente ligada a las ideas personales de Riemann. En realidad, hacer de Zarlino un descubridor de principios es­téticos y científicos es excesivo; Zarlino alcanzó, ciertamente, en comparación con los demás teóricos de su tiempo, una con­ciencia más clara de los hechos armónicos gracias a su profunda experiencia y a una aguda observación del desarrollo del arte musical.

La obra de Zarlino es importante no sólo por este presentimiento de la armo­nía moderna, sino también en cuanto pro­porciona en una síntesis personal el más límpido y vasto espejo de la cultura musical de su época. Se percibe verdaderamente el aura del Renacimiento italiano en la elegan­cia y fluidez del lenguaje vernáculo de su obra, en completa antítesis con el fatigoso y a menudo bárbaro latín de sus predeceso­res; en un sentido de decoro humanista que alienta en las citas clásicas de sus preceptos acerca de la educación del músico y, sobre todo, por la importancia que en el estudio de las combinaciones contrapuntistas da a la gracia, armonía y suavidad del concepto; asimismo se advierten los límites especula­tivos del Renacimiento en su continuo osci­lar entre la interpretación sensualista y ra­cionalista de las impresiones musicales.

F. Fano

Instituciones, Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio

[Institutiones]. Obra cuatripartita, que consagró el nombre de «Quadrivium» para las cuatro disciplinas científicas: aritmética, geometría, música y astronomía. El programa que Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio (480?- 524?) se había propuesto claramente respon­der no sólo a un propósito utilitario y cultu­ral, esto es, el de traducir al latín todos los autores griegos que llegaban a sus manos, sino a un propósito filosófico: dar a la doc­trina contemporánea los fundamentos aris­totélicos y platónicos, sin los cuales el hom­bre no puede ser verdaderamente sabio; la consecuencia de este propósito en el campo de la ética se hará evidente por^ su último escrito, Consolación de la filosofía (v.). En la primera parte, la Institución aritmética (v.), se afirma que todo cuanto existe en la naturaleza está formado por números, los cuales se dividen, según la doctrina de Pitágoras, en pares e impares. Para conclusión del tratado viene la teoría de las proporcio­nes, que domina sobre todas las demás artes del Cuadrivio, las cuales toman de la arit­mética su norma teórica. De las proporcio­nes deriva la teoría de la mayor y perfecta sinfonía que preludia el tratado siguiente, «De institutione música» (v. Doctrina mu­sical). De la música se pasa a la «Institución de la astronomía», en la cual Boecio anticipa una comparación entre las cuerdas de la lira con las esferas celestes, las cuales, movién­dose, producen una admirable armonía opor­tunamente acompasada: la tierra, permane­ciendo inmóvil en medio de tanta armonía de lo creado, yace casi en silencio.

La cuarta y última disciplina del Cuadrivio la tenemos en «Institución de la geometría»; pero las dos obras supervivientes que nos han lle­gado con este título y atribuidas a Boecio no son más que traducciones de Euclides y no reelaboraciones libres ni tratados inde­pendientes. Con las Instituciones de Boecio nace, pues, el Cuadrivio, el cual, tanto en su nombre, como en su contenido, surgió de la viva originalidad del pensador Boecio; pero como quedaba incompleto con respecto a las siete artes liberales y además ‘ parecía desordenado en la sucesión arbitraria de aritmética, música, astronomía y geometría, y contrario, no sólo a la tradición que quería unidas aritmética y geometría, sino también a la pedagogía de aquellas mismas artes, he aquí que se hizo necesaria la obra del codi­ficador de aquella enciclopedia clásica: Las instituciones de las letras divinas y humanas (v.), de Casiodoro.

F. Della Corte

Instituciones de Cálculo Integral, Euler

[Institutiones calculi integralis]. Tra­tado del matemático alemán Euler (Leonhard Euler, 1707-1783), publicado en San Petersburgo de 1786 a 1794, en cuatro volú­menes. Esta obra puede considerarse como la continuación natural de la Introducción al análisis infinitesimal (v.), y tiene por objeto determinar las relaciones de los in­crementos infinitamente pequeños que adquieren las funciones cuando las variables de que ellas dependen experimentan incre­mentos igualmente infinitesimales. Como método, Euler inicia su propia doctrina con el cálculo de las diferencias finitas, introdu­ciendo los símbolos todavía en uso, y consi­derando el cálculo diferencial como forma límite del cálculo de las diferencias finitas. Este método es el mismo que desde Euler es empleado por todo tratadista.

La diferen­ciación es aplicada por Euler a la investiga­ción de los máximos y mínimos, y a la de los verdaderos valores de una expresión indeterminada. Pero la neta separación entre el cálculo diferencial realizada por Euler en esta obra, había de quedar, a despecho de algún oponente, como definitiva hasta hoy. Para Euler el cálculo integral tiene por objeto obtener, de una relación de elementos infinitesimales, una relación equivalente en­tre términos finitos; por lo tanto, la integra­ción y la diferenciación son operaciones que están relacionadas entre sí como la adición y la sustracción. En cuanto a división ló­gica que permanece hoy todavía, el cálculo integral es dividido por Euler en dos gran­des secciones: la primera, relativa a la inte­gración de las expresiones diferenciales; la segunda, que respecta a las expresiones di­ferenciales. En el segundo volumen, Euler se ocupa precisamente en la integración de estas ecuaciones, exponiendo los métodos ya clásicos en el cálculo: separación de las variables con especial aplicación a las ecua­ciones lineales, homogéneas, y a las ecua­ciones de Riccati y de Bessel. El tercer volumen de la gran obra euleriana contiene la teoría y la integración de las ecuaciones con derivados parciales, y se alarga hasta considerar esas ecuaciones con tres variables independientes. El cuarto volumen contiene solamente memorias póstumas que sirven para ilustrar el estado del cálculo infinitesi­mal a fines del siglo XVIII.

A. Ucelli

La Institución Cristiana, Juan Calvino

[Institutio christianae religionis. Institution de la religión chrestienne]. Es la obra máxima, «summa» del protestantismo, escrita por el reformador francés Juan Calvino (Jean Cal­vin, 1509-1564), quien la elaboró en edicio­nes sucesivas hasta su muerte. La primera edición latina, publicada en Basilea en 1536, es un compendio en cinco capítulos de la fe de Calvino poco después de su adhesión a la Reforma.

La segunda edición, muy am­pliada, publicada según parece en Estrasbur­go (1539) es la base de la más famosa tra­ducción francesa del 1541. Sucesivas reim­presiones condujeron a la elaboración defi­nitiva del texto latino (Ginebra, 1559), mientras que la última edición francesa (1560), con numerosas adiciones auténticas, no pudo ser cuidada enteramente por Cal- vino. La edición crítica está contenida en el «Corpus Reformatorum» de Brunswick, vol. I-IV, de las obras de Calvino. Traduc­ción italiana de Giulio Cesare Paschali (1557). El primer libro de la edición defini­tiva trata del conocimiento de Dios creador y soberano rector del mundo. El conoci­miento del mundo y el de nosotros mismos son el fundamento de la verdadera sabiduría, y son inseparables porque el mundo no se conoce verdaderamente a sí mismo sino en presencia de la santidad absoluta de Dios; y no conoce a Dios hasta que conoce la profundidad de su propia miseria espiritual. El conocimiento de Dios está naturalmente impreso en el espíritu humano, y esto hace a los hombres inexcusables por su impiedad. Pero puesto que el conocimiento natural de Dios está corrompido por el pe­cado original, es necesario acudir a la guía de la Escritura, cuya autoridad está confir­mada por el testimonio del Espíritu Santo en la conciencia del creyente.

Sigue a esto el tratado de la Trinidad, de la Creación y de la Providencia. Dios es la voluntad soberana que gobierna el mundo para su gloria, so­metiendo a sus designios a las criaturas buenas y malas, y obligando al propio Sa­tanás a cooperar al bien de los fieles. El segundo libro trata del conocimiento de Dios redentor. Por la caída de Adán todo el gé­nero humano ha sido sometido a maldición. El hombre, privado del libre albedrío, está sometido a una miserable esclavitud, y su corrompida naturaleza no produce nada que no merezca condenación. Su sola esperanza de redención es Jesucristo. La «Ley» del Antiguo Testamento ha sido dada para mantener la esperanza de los hombres en la venida del Redentor. Cuando los tiempos estuvieron maduros, apareció, como media­dor entre Dios y los hombres, Jesucristo, verdadero Dios y hombre verdadero, inves­tido de la triple función profética, regia y sacerdotal. Él ha cumplido la redención me­diante su muerte, su resurrección y su as­censión a la diestra del Padre. El hecho de que Cristo haya «merecido» la salvación de los hombres no aminora, por lo demás, la gracia de Dios, de la cual es, por el contra­rio, una demostración.

El libro tercero, el más importante de la obra, comienza di­ciendo que la doctrina expuesta en los libros precedentes no es de ninguna utilidad si no es desarrollada interiormente, avivada por la acción del Espíritu Santo, cuyo prin­cipal efecto es la fe: La fe es, objetivamente, la sana doctrina, subjetivamente el conoci­miento de ella, y de modo particular de la voluntad misericordiosa de Dios que se ha revelado en Jesucristo. En tal sentido la fe es confianza, certidumbre de la remisión gratuita de las culpas prometida por el Evangelio. Si bien puede existir durante algún tiempo también en los réprobos, la fe es dote de los elegidos, en los cuales está inspirada y sellada por el Espíritu Santo. La fe produce la verdadera penitencia y la regeneración de las almas, restaurando la imagen divina con la mortificación de la «carne» y la vivificación del espíritu; y se prosigue por grados hasta el fin de la vida terrena; refutación del concepto escolástico de la penitencia, de las indulgencias, del purgatorio. La vida del hombre cristiano consiste en la renuncia a sí mismo, en la paciencia para sufrir la cruz, y en la medi­tación de la vida futura. Al llegar a este punto, Calvino introduce el tratado de la «justificación por la fe» en el sentido luterano-melanchtoniano, doctrina necesaria para la glorificación de Dios, y para la radical humillación del hombre y para la paz de los fieles.

Con la justificación de la fe se relacio­na la doctrina de la libertad cristiana, que es obediencia interior, igualmente alejada del legalismo a lo judaico y del «libertinismo». Sigue el tratado de la oración y la exposi­ción del «Padrenuestro», y, finalmente, la doctrina de la «elección», por la cual Dios, en su soberano consejo, ha predestinado a unos a la salvación y a otros a la perdición. Esta típica doctrina calvinista, que sólo en las últimas ediciones de la obra llega a su completa explicación, está discutida con ri­gor implacable. Dios no causa agravio a los réprobos, que perecen justamente por sus culpas, y lo reconocen así en su conciencia; y su castigo proclama la justicia de Dios, como la elección sin mérito de los predesti­nados es, en cierto sentido, la demostración de su misericordia. Así, en la gracia y en la condenación, Dios se glorifica a sí mismo. El libro cuarto trata de los «procedimientos exteriores» de que Dios se sirve para invitar a los fieles a Jesucristo y mantenerlos en su comunión; la Iglesia y los sacramentos. La Iglesia es, en cierto sentido, la comunión de los verdaderos elegidos, a quienes sólo Dios conoce, y en tal sentido es «invisible»; en otro sentido es la comunidad histórica de los que hacen profesión de honrar a Dios y a Jesucristo.

La predicación del Evangelio, la celebración de los Sacramentos, el ejercicio del ministerio de la disciplina y de la caridad cristiana son las características de la iglesia «visible» que no cesa de ser verdadera Igle­sia en tal sentido histórico; es la «madre de todos aquellos de quienes Dios es padre», la necesaria matriz espiritual de los elegidos, que sólo en ella pueden «oír» la predicación de la palabra de Dios. Los sacramentos son los signos mediante los cuales Dios «sella» sus promesas de gracia. El Bautismo es «la prenda» de la remisión de los pecados, la Santa Cena es la señal de la redención y de la comunión con Cristo. El último capítulo trata del gobierno civil. La existencia del Estado no es contraria a la libertad cris­tiana; antes al contrario, el Estado es ins­tituido por Dios para que su nombre no sea blasfemado, la Iglesia sea conservada y la justicia mantenida entre los hombres. La forma del Estado es indiferente. Los tres regímenes, monárquico, aristocrático y de­mocrático, vienen de Dios, y son preferibles según las circunstancias. La simpatía de Cal- vino es por un régimen aristocrático en el cual sea posible gozar de una atemperada libertad. Pero hasta la tiranía puede ser una dispensación divina, que se debe soportar con sumisión mientras no plazca a Dios des­pedazar su yugo. Pero puede haber «magis­trados inferiores» — como los Estados Ge­nerales — cuya función consista en oponerse a la licencia de los tiranos. El deber de obe­diencia de los ciudadanos privados tiene un límite sólo en la obediencia a los manda­mientos de Dios, que no deben ser violados por ningún motivo.

G. Miegge