Investigaciones Sobre los Huesos Fósiles, George-Léopold Cuvier

[Recherches sur les ossements fossiles]. Está considerada como una de las principales obras de George-Léopold Cuvier (1769-1832), aparecida de 1821 a 1824. En una introducción titulada «Discur­so sobre las revoluciones del Globo», que fue impresa aparte, el autor expone los resultados obtenidos y extiende a los fósiles el método por él aplicado a la investiga­ción anatomicocomparativa. Los yacimien­tos óseos de la cuenca de París le procuraron material abundante. El mérito de Cuvier consiste en la rigurosa y razonada aplica­ción del «principio de correlación». Estable­cido que la forma de las uñas — por ejem­plo — está en correlación con la forma del aparato de la masticación, se hace posible reconstruir (y por tanto clasificar) un orga­nismo entero partiendo de unos pocos restos fragmentarios. Cuvier hizo dar a la paleon­tología un paso decisivo, y en cierto modo puede decirse que esta ciencia nació gracias a sus investigaciones. Sin embargo, defen­dió algunas ideas que fueron luego abando­nadas: la de los cataclismos y la de la fijeza de la especie. La primera consiste en considerar la sucesión de los cataclismos en la historia de la Tierra (teoría desarrollada en otro libro) como responsable de la desaparición de muchas formas vivas. La se­gunda, como su nombre indica, excluye toda transformación de una especie y de­riva de una interpretación literal de la doctrina creacionista. Una y otra han cedido el paso, hoy día, a una concepción evolucio­nista de desarrollo lento, sin solución de continuidad, excepto para fenómenos ais­lados. También el diseño histórico de la sucesión de las faunas desaparecidas, según Cuvier, es bastante distinto del sostenido por las concepciones actuales.

C. Baseggio

Investigaciones Sobre los Principios Matemáticos de la Teoría de las Riquezas

[Recherches sur les principes mathématiques de la théorie des richesses]. Obra fundamental del economista y filósofo francés Antoine-Augustin Cournot (1801-1877), publicada en París en 1838. La teoría de la riqueza — asegura Cournot — es­tudia las leyes reguladoras de las variaciones de los valores; ella, por tanto, permite de­mostrar «a qué variaciones absolutas se de­ben las variaciones relativas que pertenecen a la observación». Es verdad que sólo existen valores relativos («el quererlos de otra es­pecie estaría en contradicción con la noción dé valor cambiable, lo cual implica necesa­riamente la noción de relación entre dos términos»); pero la variación de los valores relativos «puede y debe explicarse con razonamientos de términos absolutos» de la relación-valor. Por eso no hay valores absolutos, sino movimientos absolutos de aumen­to o disminución en los valores. Queda, pues, pendiente el problema de en qué consisten, para Cournot, las variaciones ab­solutas que deberán explicar las variaciones relativas a las que destaca en qué bases se apoyan; a qué se refieren. No tienen otra base que la probabilidad: «Entre las muchas hipótesis emitidas sobre los cambios abso­lutos, generadores de los movimientos relativos observados, hay algunas indicadas como las más verosímiles de la ley de pro­babilidad; con la plena posesión de las leyes especiales de esta materia se logra, por tanto, sustituir el cálculo de probabilidades por un juicio de certeza».

La teoría de la riqueza, es decir, la economía política, prescinde, por tanto, de la existencia de los valores absolutos, aun postulando precisa­mente tales valores para la construcción de su teoría; lo mismo que ocurre con la as­tronomía a propósito del sol medio. De aquí se sigue como consecuencia que la ciencia económica no es capaz de resolver las cuestiones sobre la verdad o el error en los juicios de utilidad. No es que para tales juicios no subsista la discriminación entre verdad y error, sino que en cuanto que la propia discriminabilidad se refiere a un término absoluto y en cuanto que de este término prescinde la ciencia económi­ca; los juicios de utilidad se toman en un aspecto concreto, como dados, sin discusio­nes sobre su manera de darse. De aquí la definición de las riquezas como valores cambiables, definición abstracta que estu­dia el modo de superar las cuestiones sobre lo que es útil, esto es, lo que agrada y lo que es raro; posición que ha hecho recor­dar a alguien la fundamentación de la geometría moderna, que reconoce las posi­bilidades de construcciones logicogeométricas independientes de los postulados euclidianos, y que intenta fundarse sobre axio­mas expresados en forma que resulte tam­bién aplicable para quien no comprenda el sentido, por no haber jamás visto puntos, ni líneas, ni planos. La teoría de Cournot podría también ser aplicada por quien no comprenda su sentido, por no haber expe­rimentado placeres ni dolores, ni formulado juicios de utilidad, ni satisfecho necesida­des. Este relativismo probabilístico hace po­sible a Cournot la aplicación de la mate­mática a la ciencia de la economía: novedad de método que más que nada ha contribuido a la celebridad de las Investigaciones.

Es preciso, sin embargo, ponerse de acuerdo acerca del sentido y del modo como Cour­not pensó aplicar la matemática a su teoría de la riqueza. La matemática, según Cour­not, sirve para representar el curso de los valores relativos; no se refiere a postulados, sino a incógnitas, a valores absolutos; dista mucho de inmiscuirse en los resultados de los juicios de utilidad. El desplegarse tales juicios en uno u otro sentido; la íntima relación del sujeto con el objeto, que pre­cede al acto de la elección; las cantidades psíquicas: he aquí otros tantos elementos que Cournot señala sabiamente como incóg­nitas que el método matemático no sabría resolver y que sólo la observación empí­rica puede determinar. Dice por eso Cournot que la ley de la demanda no puede expre­sarse con una fórmula algébrica: la obser­vación es lo que ha de proveernos de los medios de establecer cuáles son los límites de los valores de la demanda y del precio, después de lo cual se podrá construir «con métodos conocidos de interpolación en lugar de con procedimientos gráficos, una fórmula empírica o una curva capaz de representar la función de que se trate, y se podría ampliar la resolución del problema hasta las aplicaciones numéricas». Importancia particular tiene esta posición de Cournot, concretando la aplicación de la matemática a la interpretación a posteriori de los fenó­menos económicos; porque con ello se reco­noce la imposibilidad de reducir toda la economía a una pura ciencia cuantitativa, a ciencia mecánica: se reconoce la huma­nidad de la economía, se reconoce su per­tenencia a las ciencias morales.

A Cournot se le celebra justamente por haber indicado, con sus Investigaciones, la manera de apli­car a los fenómenos económicos el método matemático; pero, a diferencia de tantos de sus sucesores, no pretendió ir más allá de los datos positivos y determinados de la demanda, no presume que sean determinables a priori los juicios de utilidad, que pertenecen a la esfera de los fenómenos psíquicos y, por tanto, de la libertad hu­mana.

P. E. Taviani

Investigaciones Sobre los Rayos Canales, Eugen Goldstein

[Canalstrahlen]. Son debidas a Eugen Goldstein (1850-1930), quien, en 1886, hizo la primera comunicación de su descubrimiento a la Academia de Berlín y prosiguió sus estudios sobre el mismo asunto durante los primeros tres lustros del siglo actual. Las investigaciones, que se encuentran diseminadas en las publica­ciones alemanas, han sido reunidas por Gehrcke y publicadas en Leipzig con el título de Rayos Canales [Canalstrahlen], en 1930.

El descubrimiento de Goldstein consiste en el hecho de que, si se produce una descarga eléctrica en un tubo que con­tenga un gas rarificado, empleando como electrodo negativo (cátodo) una laminita metálica normal al eje del tubo y provista de unos agujeritos, se yen partir de los propios agujeros brillantes rayitas recti­líneas dirigidas a la parte opuesta a la ocupada por el electrodo positivo (ánodo). Si el gas contenido en el tubo es aire, las rayas presentan un hermoso color amarillo. La forma rectilínea hizo en seguida pensar en rayos que se propagasen en línea recta. Y Goldstein dio entonces a estas rayas el nombre de rayos canales, queriendo con ello significar que salían de los canales practicados en el cátodo. Este curioso nom­bre, que debía ser provisional, en espera de que se revelase la naturaleza del fenó­meno, se impuso en el uso y ha pasado al vocabulario científico internacional. Del he­cho de que dos haces de rayos canales pue­dan cruzarse sin estorbarse, y del hecho de que no parecían influenciables por medio de campos eléctricos ni magnéticos, Goldstein excluyó que se pudiese tratar de par­tículas de materia cargadas de electricidad y lanzadas a grandes velocidades. Pero luego se demostró que tal punto de vista era equivocado, y hoy se sabe que los rayos están constituidos de partículas cuyo peso es del orden del átomo y que, formados en las proximidades del cátodo, atraviesan los agujeritos a velocidades altí­simas, y continúan propagándose en línea recta por inercia.

Goldstein ha desarrollado todas las variaciones posibles sobre el tema de los rayos canales, experimentando con cátodos de las más variadas formas y dis­posiciones. Es notable la fantasía que de­mostró en este aspecto del trabajo, y ha sido precioso el material experimental re­cogido por él, con lo que contribuyó no poco a la solución del problema de los rayos canales. El descubrimiento de estos rayos, aunque debidamente apreciado en su tiem­po, ha constituido después una de las pie­dras fundamentales para la construcción de la física contemporánea. En efecto, gracias a los rayos canales se dispuso por primera vez de enjambres de átomos en movimiento rápido y ordenado, cuya apli­cación ha sido fecundísima en varias ramas de la física atómica, como, por ejemplo, en el estudio de los isótopos.

G. Toraldo di Francia

Investigaciones Sobre los Gases, Felice Fontana

Las investigaciones sobre los gases, del físico, naturalista y fisiólogo Felice Fontana (1730-1805), se compendian en los siguientes trabajos: Descripción y usos de algunos instrumentos para medir la salubridad del aire (Florencia, 1775), cuyos principales artículos son los siguientes: 1) «Importancia de publicar estos huevos instrumentos»; 2) «El aire, que se debería co­nocer más que los otros elementos, se co­noce menos»; 3) «Priestley descubrió que el aire más sano se consume más que el aire nitroso». Sigue la descripción de sus instru­mentos (el de la lámina III se encuentra incompleto en el Museo de instrumentos an­tiguos de Florencia). El escrito termina di­ciendo: «Con el tiempo se aprenderá a com­prender el peligro que se corre por no res­pirar aire bueno… Utilidad inmediata y real para el público y para la medicina. Se po­drán hasta predecir las epidemias».

Inves­tigaciones sobre el aire fijo (Florencia, 1775). El punto de partida es el experimento de Priestley, a tenor del cual el agua acidu­lada al introducirse en ella aire puro, no contiene ni siquiera un átomo de ácido vitriólico. Fontana sostiene la insuficiencia del ácido del aire fijo para mostrarse en el agua, dada su escasez, y aduce sus experi­mentos. Refiriéndose a la experiencia de Priestley sobre la descomposición del aire natural por medio de la electricidad (v. Experimentos y observaciones sobre las diferentes especies de aire), demuestra que en el aire atmosférico puro y sano hay un principio de ácido volátil natural capaz de enrojecer el tornasol, y afirma: «El aire que respiramos es sano en tanto está unido íntimamente a su ácido natural, porque se observa que, separando aquel ácido por medio de una chispa eléctrica, el aire se convierte en malsano y mata», y termina: «Las investigaciones físicas reali­zadas con tanto éxito en estos últimos años por los filósofos, por mera curiosidad, sobre las diversas cualidades y sobre la índole del aire natural podrían resultar en breve de suma importancia, y parece que ya nos acercamos a una de las grandes épocas a las que la naturaleza lleva después de un lapso de siglos y que marca con algún gran descubrimiento para felicidad del género humano». En esto fue profeta: Lavoisier debía cambiar la dirección de la química; pero si ello fue para felicidad del género humano, es cosa que todavía no está de­mostrada.

Opúsculos científicos (Florencia, 1783), que comprenden: una «Carta al duque de Chaulnes en París sobre la respiración»; una «Carta al profesor Murray de Upsaía sobre las nuevas teorías suecas», en la que entra en polémica con Landriani; una «Nota sobre los resultados de diversos experimen­tos sobre la elasticidad de los fluidos aeri­formes permanentes sobre el mercurio»; los «Principios generales sobre la fluidez y la solidez de los cuerpos», en la que vuelve sobre el aire puro, llamado «desflogisticado», acerca de cuya naturaleza nada se podía decidir, y del aire «flogisticado», también poco conocido; una «Carta al duque de Chaulnes sobre los termóme­tros y el calor»; una «Carta a M. Gibelin sobre un remedio contra el veneno de las víboras»; una «Carta a M. Durcet» sobre varios asuntos; un «Artículo en la carta al padre Fontana de Pavía, sobre la luz, la llama, el calor y el flogisto». En todas las investigaciones de Fontana, y particular­mente en las que se refieren al gas, predo­mina la teoría del «flogisto»: mientras que el calor, tanto solar como terrestre, hace salir de las plantas aire flogisticado, el flogisto, a su vez, excluye de los cuerpos el- calor y no pasa a través del vidrio para vivificar las cales metálicas.

Las investiga­ciones de Fontana sobre el gas pueden considerarse fundamentales en el desenvolvimiento de la gasometría, a la que rindió una notable contribución técnica con la invención de una especie de «eudiómetro», con el descubrimiento del poder absorbente del carbón y con la tentativa de preparar industrialmente el hidrógeno con vapor acuoso y hierro candente. Estas investiga­ciones, a menudo ingeniosas y bien dis­puestas, se resienten a veces, sin embargo, de la interpretación errada de las reaccio­nes químicas. No obstante, tienen histórica­mente un valor de notable importancia, precisamente por reflejar las teorías de aquella época de transición entre la vieja y la nueva química.

P. Pagnini

Investigaciones Sobre los Híbridos de las Plantas, Gregor Mendel

[Versuche über Pfianzenhybriden). Memoria de Gregor Mendel (1822-1884), aparecida en los «Vorhand- lungen des Naturforschender Vereins in Brünn» (IV, 1865), publicada de nuevo en 1903 con otros escritos sobre, la hibrida­ción, entre ellos la memoria análoga Sobre algunos híbridos de los Hieracíum obteni­dos con fecundación artificial. [Ueber einige aus künstlicher Befruchtung gewov nene Hieracium Bastarde], aparecida en el volumen VIII, 1869, de las actas de la misma sociedad. Tales escritos ilustran los resul­tados de los experimentos llevados a cabo por el especialista bohemio sobre los fenó­menos de la herencia en los guisantes, y constituyen el punto de partida de la gené­tica moderna. Después de cruzar guisantes puros de simiente verde; con guisantes puros de simiente amarilla y examinar la descen­dencia, Mendel enuncia las dos leyes si­guientes: 1) La primera generación después. del cruce de individuos puros, que difieren entre sí por un solo carácter, está consti­tuida por individuos iguales, que presentan el carácter de uno de los dos padres — en este caso la simiente amarilla —, que se llama carácter dominante (I ley de los ca­racteres dominantes); 2) fecundando una planta de la primera generación de híbridos con otra planta de la misma generación, aparecen en la generación siguiente tres cuartas partes de la descendencia con el carácter dominante, y una cuarta parte con el otro carácter — en este caso la si­miente verde —, que se llama carácter regresivo (II ley de Mendel o ley de la disyunción). Cruzando después guisantes verdes y rugosos con guisantes amarillos de piel lisa, se observó que los dos caracte­res se heredan independientemente el uno del otro (III ley de Mendel o ley de la independencia de los caracteres).

Mendel interpretó estos resultados como debidos a la combinación de partículas elementales, transmisibles de una generación a otra, a las que se atribuye el valor de vehículos de los caracteres hereditarios. Las tres leyes de Mendel estuvieron ignoradas hasta 1900, en cuyo año las descubrieron a la vez tres botánicos: De Vries, Correns y Tschermak. Desde entonces, las tres leyes han sido comprobadas en las más diversas especies ani­males y vegetales, elevándose al valor de leyes generales de la genética. Hoy se ex­ponen de manera un poco distinta a la que Mendel les dio, porque el guisante representa en parte un ejemplo particular, que, en algún punto (por ejemplo, por dominar un carácter sobre otro), no corresponde a un caso por completo general. Sin embargo, la genética no habría nacido sin el descu­brimiento de Mendel. El método con el que verificó sus experimentos fue rigurosísimo, y sirvió de modelo también a las investiga­ciones que — en gran número — se vienen haciendo en este campo.

C. Baseggio