El Jardín de las Rosas, Saadi

[Gulistán]. Es la obra más célebre del poeta y moralista persa Saadi (m. 1291), de carácter ético- narrativo, dividida en ocho libros. Están dedicados, respectivamente, a hechos de personajes reinantes, costumbres de ascetas, ejemplos de satisfacción con lo poco, mé­ritos del silencio, juventud y amores, vejez y sabiduría, educación y sus frutos, vida social y trato del mundo. Cada libro consta de cierto número de relatos más o menos largos, independientes entre sí, y en los que se entremezclan la prosa y el verso. La materia, muy variada, trata de las ex­periencias de la larga vida de Saadi (que, entre otras cosas, estuvo también algún tiempo prisionero y condenado a trabajos forzados por los cruzados en Siria), y de­riva de fuentes, orales y escritas, y del mare mágnum de la anecdótica oriental; pero ello no bastaría para explicar la fama del libro, que radica en el espíritu infundido por Saadi a esta no muy original ma­teria narrativa: espíritu de madura y equi­librada experiencia e indulgencia humana, igualmente alejado de un vulgar hedonis­mo como de los excesos de la mística ascé­tica, condenadora de los bienes de la vida. Con finísima delicadeza y tacto, Saadi sabe ofrecer al lector los más trillados tópicos de la moral del «ne quid nimis», de la gnómica y de la anecdótica elaborados con gracia incomparable, en los que alienta una sin­cera piedad y una comprensiva caridad hu­mana. En su arte fino y sosegado se ha reconocido el alma piadosa, perspicaz y mo­ralizante de Persia: el Gulistán ha llegado a ser a un tiempo un espejo del espíritu persa-musulmán y el texto clásico para ini­ciarse en el conocimiento de la literatura iránica medieval. De esta literatura, fue el Gulistán cronológicamente la primera obra que se conoció en Europa, a través de la traducción latina de Gentius (1651). [Trad. española de Manuel Pérez (Barcelona, sin año)].

F. Gabrieli

El Jardín de Fridolin y Pinturas de Dalecarlia en Verso, Erik Axel Karlfeldt

[Fridolins lustgard och dalmálningar pa rim]. Poesías líricas del poeta sueco Erik Axel Karlfeldt (1864-1931), publicadas en 1901. La inspiración y los modos de las composi­ciones que constituyen esta antología son más o menos los mismos de los Cantos de Fridolin (v.), y las dos colecciones juntas constituyen la «poesía de Fridolin». Interés especial ofrecen las Pinturas de Dalecarlia en verso. Una vez más Karlfeldt se com­place en reelaborar artísticamente las for­mas populares y transfigurar en poesía el sentimiento de los campesinos. Dalecarlia es un pueblo en el que la vida religiosa es viva y profunda; el contenido de las pin­turas que Karlfeldt «interpreta», cuando no es de historia local y al mismo tiempo na­cional, es religioso. No importa que estas pinturas existan o no en la realidad; lo que el autor interpreta es la imaginación popu­lar.

El pintor se confunde, por lo tanto, con el intérprete, es el mismo poeta que se traslada a la manera de sentir y de ima­ginar de sus paisanos de Dalecarlia, pero sin olvidarse de sí mismo, es decir, de su cultura y de su arte. De ahí la mezcla de lo serio y de lo jocoso, de lo ingenuo y de lo refinado en las «Pinturas». ¡Con qué tenue delicadeza pinta a la Virgen María («Junfru Maria»), que anda por los prados de Sjungareby! El pintor la representa como una muchacha dalecarlesa de tez parecida a la flor del almendro: «¿Por qué senderos te fuiste, que el sol no te ha quemado?; ¿qué has soñado ya que tu sangre no hierve como la de las demás? Y una luz muy extraña se desprende de sus cabellos. Anochece; los jóvenes y , las muchachas andan en parejas, y tú, la ’favorita, la que todo el mundo desea, ¿por qué vas sola, meditando? Vuelve, vuelve, María,/que ya la noche llega. / Tu Madre podría estar preocupada,/pues tan sola tú vas andando./ Ah, mas la rosa que sujetas en tu mano/es tu signo, y así te protege;/por un jardín del mundo de los bienaventurados,/un án­gel, María, te la ha traído :/espinas y ser­pientes puedes pisar».

En la «Ascensión de Elías [«Elie himmelsfárd»] el viaje celeste del profeta es representado como se lo puede imaginar un campesino de las mane­ras conocidas por su experiencia. Elías sube, digno, al carro con la pelliza, el látigo y el paraguas verde; es un campesino que se dirige a visitar al rey, que quiere aprovecharse de su gran sabiduría. Cuando el carro empieza su carrera por el aire, Elías saluda la tierra que abandona, y su vista se detiene en los lugares conocidos de Dalecarlia. Más tarde llega a lo alto, a los lejanos desiertos donde se arrastra el per­verso Escorpión y ladra horriblemente el Can, donde viven el León, las Osas y las Serpientes; pero los caballos del Señor no se asustan y así llegan a la Vía Láctea, un gran paseo de árboles dorados que conduce directamente a la puerta del Paraíso. Allá Nuestro Señor sale al encuentro del huésped y en lo alto de la escalera invita al pro­feta a que pase, mientras que, a una señal suya, un ángel lleva a pacer a los sudorosos corceles. El «Elie himmelsfárd» es segura­mente una de las páginas más felices de aquella especie de pequeña Biblia pauperum que son, en parte, estas «pinturas» de Karlfeldt, por su tono tan sinceramente sostenido de bíblica epicidad popular.

V. Santoli

El Jardín de las Rosas, Anónimo

[Rosengarten]. Poema épico austríaco llamado con más precisión Gran jardín de las rosas [Grosser Rosengarten], para distinguirlo del Laurin (v.) o Pequeño jardín de las rosas. Escrito hacia 1250 por autor desconocido, se relaciona con el ciclo de los Nibelungos. El metro está constituido por cuartetos, cuyo último hemistiquio puede no llevar los cuatro acentos y cuya rima puede ser sus­tituida por asonancias.

Kriemhild (v. Crimilde), hija del rey Gibich, posee en Worms una magnífica rosaleda, custodiada por doce guerreros, entre los que se halla el valeroso Sigfrid von Niederland (v. Sigfrido), que aspira a la mano de la hija del rey. Orgullosa de esta corona de héroes, Kriemhild invita a Dietrich von Bern (v. Teodorico) a venir de la Marca oriental con doce gue­rreros que puedan contender con los suyos del Rin. Para que lleguen a doce, Dietrich invita también al hermano de Hildebrand, al monje Ilsan, que lleva ya veinte años de vida claustral. Con el número completo, llega Dietrich a Worms, y aquí comienza una violenta contienda en la que sale ven­cedor precisamente el monje Ilsan, el cual, tras abatir a Volker von Alzey, tiene campo libre y saborea el placer del premio con­cedido, que consiste en una corona de rosas y el beso de Kriemhild. Entretanto, también la batalla entre Sigfrid y Dietrich termina con la victoria de este último, así es que los doce guerreros renanos quedan comple­tamente vencidos frente a los doce Amelungos.

Pero el monje Ilsan no está contento con un solo premio y desea obtener cin­cuenta y dos coronas de rosas para llevarlas a los cincuenta y dos frailes de su convento, por eso lucha con otros tantos héroes, y en cada combate gana la corona de rosas y el beso, hasta que con sus duras barbas hace brotar sangre de los delicados labios de Kriemhild. Los vencedores vuelven conten­tos a su patria, y Gibich, el padre de Kriemhild, ha de resignarse a que su tierra sea feudo del vencedor Dietrich. En cuanto al fraile Ilsan, coloca sobre la tonsura de cada uno de sus hermanos de religión la espinosa corona de rosas y les ordena que hagan penitencia por sus pecados. Como ellos no quieren obedecer, les ata por la punta de las barbas, suspendiéndoles en fila de una viga hasta que consienten en obedecerle.

El poema se ha conservado en diversas re­fundiciones, que tienen de 390 a 600 estro­fas. El nudo de la narración reside en la lucha entre los dos héroes mayores de la épica nacional, es decir, Dietrich y Sigfrid. En forma dramática se repite en los llama­dos Espectáculos de Vipiteno, escritos por Virgil Raber, entre 1510 y 1535

M. Pensa

El Jardín de Falerina, Pedro Calderón de la Barca

Comedia caballeresca, en dos jornadas y en verso, del gran dramaturgo español don Pedro Calderón de la Barca (1600-1681).

El joven Lisidante y la hermosa dama Marfisa, vestida de mora, han llegado a Trinacia (Sici­lia) a pedir ayuda a la maga Falerina. Mar­fisa expone sus cuitas. Nacida en un barco que navegaba a la deriva, fue socorrida por unos pescadores. Agíante, rey africano, an­daba de caza por aquellos parajes y llevó a la niña a la corte. Más tarde trajeron al rey, sus monteros, un infante que encontra­ron en la selva, amamantado por una leona. Agíante le puso el nombre de Ruger, por los fieros rugidos de la leona el día que le echó de menos. A la niña le dio el nombre de Marfisa. por el mar, del que procedía. Marfisa y Ruger se criaron juntos. Pronto nació el amor entre ambos. Se encendió la guerra entre Agíante y Carlomagno.

En un encuentro, Ruger fue hecho prisionero por el emperador. No se encontró precio para su rescate. El reino africano, a la muerte de Agíante, quedó en manos de la hija de éste, la valiente Argalía. Marfisa concluye su relato pidiendo a la Falerina tenga a bien revelarle el estado actual de Ruger. A con­tinuación, Lisidante cuenta su historia: hijo del sultán Menodante, aliado de Carlomag­no, se enamoró, en la corte de éste, de Bradamante, hija de los duques de Arlés. Pre­gunta a la maga si en su ausencia Bradamante le ha olvidado. Falerina, compade­cida de sus pesares amorosos, invoca al gran mago Merlín, cuyo cadáver reposa en la gruta que es su morada. Se oye un ruido enorme y la voz de Merlín que asegura obedecer el mandato de Falerina. Aparece el salón del palacio de Carlomagno. Se celebra la boda de Ruger y Bradamante. Suena la música. De pronto se oyen los gritos de ¡guerra! ¡guerra! Se suspende la fiesta. Falerina anima a Marfisa y Lisidante para que lleguen a tiempo de impedir la boda. La acción se traslada al campo de Agramante.

Marfisa y Lisidante se hallan en el campo francés (Jorn. 1). Al encon­trarse con sus respectivos amantes se ori­ginan las disputas. Ruger descubre a Mar­fisa. Ésta le reprocha su olvido. El joven declara seguir amándola, aunque no para esposa. Bradamante lo escucha todo y riñe con Marfisa. Salen entonces los ridículos soldados Jaques y Zulemilla en figura de leones. Cargan con Ruger y se lo llevan. Aparecen unos magníficos jardines, adorna­dos de varias fuentes con estatuas de nin­fas, una de las cuales es Falerina. Los dos leones sacan a Ruger. Falerina le invita a gozar de la vida y le ofrece su amor. Ruger declara su amor a Bradamente. Quiere salir del jardín. Pero queda convertido en estatua bajo la vigilancia de Jaques y Zu­lemilla. Mientras tanto, Carlomagno está convencido de que Argalía se vale de Mer­lín y decide ir a la cueva en que yace su cadáver y destruirlo para acabar la lucha y recobrar a su amada Flor de Lis. El caballero Roldán invita a todos a entrar en la cueva, pues él ya estuvo en ella antes y quedó maravillado — así lo asegura — de sus encantadores jardines. Entran todos y quedan inmóviles, convertidos en esta­tuas, menos Roldán, que penetra en el inte­rior del recinto. Arranca una lámina de metal de las manos del cadáver del mago Merlín. Se deshace el encantamiento. (En medio de un gran ruido desaparecen los jardines). Falerina corre a despeñarse. Rol­dán lee la lámina escrita en arábigo. Mar­fisa y Ruger son hermanos, hijos de Agra­mante, y por lo tanto herederos de Egipto. Los dos se reconcilian. Lisidante ofrece su mano a Marfisa y ésta la acepta.

El jardín de Falerina interesa ante todo por la bri­llantez de su lenguaje metafórico y por su profusa ornamentación barroca conseguida a base de elementos líricos, musicales y es­cenográficos.

J. M.a Pandolfi

El Jardín de Epicuro, Anatole France

[Le jardin d’E’picure]. Obra de Anatole France (François-Anatole Thibault, 1844-1924), publicada en 1894. Son breves ensayos, a veces redu­cidos a las dimensiones de la sentencia y del aforismo, variaciones sobre el tema de la vida y de la muerte, sobre la manera de alcanzar y conservar la felicidad, sobre las diversas interpretaciones a dar a los acon­tecimientos y a las cosas, que France ex­trajo de su abundante producción periodís­tica, recogiendo los fragmentos más origi­nales y característicos de tantos artículos y recensiones.

La filosofía de France se re­duce a una sola verdad: nada existe en sí. «La ignorancia es condición necesaria, no digo de la felicidad, sino aun de la misma existencia. Si lo conociéramos todo no po­dríamos soportar por una hora más nuestra vida». Y aún: «Los sentimientos que la hacen dulce o por lo menos tolerable nacen de una mentira y se nutren de una ilusión»; «Cuando se dice que la vida es buena, o cuando se dice que es mala, se dice una cosa sin sentido; quiero decir que es buena y mala al mismo tiempo, porque es de ella y sólo de ella de donde nos viene la idea de lo bueno y de la malo. La verdad es que la vida es deliciosa, horrible, bella, tre­menda, dulce, amarga, y que lo es todo». Este epicureismo de France no es metafí­sica, como tampoco es moral; sólo las cos­tumbres cambian de siglo en siglo y su único punto común es el placer de poder comprenderlo y gustarlo todo con refina­miento de intelectual inteligente y de buen gusto. Contrario al naturalismo de la época, France no cree en la ciencia que no ve nunca más allá de los fenómenos. Un ojo, dotado de un microscopio, es siempre un ojo humano, y el instrumento no le sirve más que para multiplicar y complicar sus ilusiones; no podemos ver más que el re­flejo de nuestra alma.

Esta filosofía no lleva al escritor al pesimismo, simplemente porque no presupone un enigma cuya solución desconoce, y de esta forma puede man­tener su serenidad. Por otra parte, France no siente ningún escrúpulo en contradecir­se; artista más que filósofo, se entrega a su juego variando a cada momento de punto de vista, sin otro objeto que el de multipli­car en torno suyo las bellas imágenes y las dulces ilusiones.

C. M. Castelnuovo