Jardín de Flores Curiosas, Antonio de Torquemada

Obra de Antonio de Torquemada (secretario del Conde de Benavente, Mondoñedo, en 1553). Publicada en Salamanca en 1570, versa sobre materias de Humanidades, Teología, Filosofía y Geografía, con otras cosas cu­riosas y apacibles. Tuvo gran boga en el siglo XVI, siendo prohibida en el XVII y XVIII, y mereciendo ser traducida al fran­cés y al italiano. Mereció asimismo elogios de Cervantes y demás ingenios.

C. Conde

El Jardín de Ciro, Sir Thomas Browne

[The Garden of Cirius]. Obra del inglés (1605-1682), publicada en 1658. Es una di­sertación sobre planteamiento en «quinas» (grupos de cinco), en la que el grupo y el número terminan teniendo un valor mís­tico. El tema no es para Browne más que la ocasión de demostrar su gran saber, sus reflexiones sobre los misterios del universo y sobre su profunda y tranquila melancolía. Además, su poesía queda patente en los pocos versos que nos ha dejado y asimismo su estilo magnífico y original.

La obra se divide en cinco capítulos; el último es de concluyente sabiduría, el primero es un preludio caprichoso. Los tres capítulos cen­trales nos muestran a un Browne preocu­pado por encontrar en todas partes la dis­posición en grupos de cinco: en el cielo, en la tierra, en el espíritu humano, en las notas musicales, en el nervio óptico, en las raíces de los árboles, en las hojas; y la enu­meración, llena de observaciones, y el viaje a través de ciencias y artes, son largos, pero no tediosos; menos aún por el humor, que Browne no rehuye. Y, a pesar de la uni­dad del tema, no resulta monótono. Es tam­bién un libro de moral y hasta una auto­biografía intelectual de diletante de gran estilo que sabe divertirse con todo y que deja su huella en cuanto toca. Es famoso el final, de humorística originalidad, cuan­do las constelaciones declinan e invitan al reposo al escritor que ha comenzado tarde su trabajo: «La quina del cielo (las Hiadas) declina y es hora de terminar… Te­ner demasiado tiempo abiertos los ojos sería ponernos en lugar de nuestros antípodas. Los cazadores se han levantado ya en Amé­rica, y han dormido su primer sueño en Persia».

A. Camerino

El Jardín de Amor, Johan Róis de Corella

[Lo jardí de Amor]. Obra del humanista catalán Johan Róis de Corella (segunda mitad del si­glo XV), conservada en un códice proce­dente de la biblioteca de Mayans y Sisear (hoy en la biblioteca de la Universidad de Valencia, 88-4-19) y en el llamado Jardinet d’orats, custodiado en la biblioteca de la Universidad de Barcelona con la sigla 21- 4-1. La obra narra, en primera persona, las fábulas de Mirra, Narciso y Tisbe. El autor justifica la narración en estos términos: «Con el deseo de encontrar, para mi dolor, parecida compañía, he desamparado este mundo, bajando a los tristes y tenebrosos palacios de Plutón, por aquel camino que la ínclita Sibila mostró al desterrado de Troya; y así he llegado a aquel doloroso vergel, en el cual los devotos de Venus, en un continuo llanto, narran sus penas; en donde vi a Mirra y a Tisbe, las cuales, junto con Narciso, apartados de los otros, se la­mentaban de sus males, procurando cada uno recitar su pena en mayor grado».

La estructura de la obra es de tipo virgiliano, pero los elementos narrativos de que se sirve el autor son específicamente ovidianos. Róis de Corella pone en boca de los tres personajes la narración de sus aventuras, según el relato contenido en los libros III, IV y X de las Metamorfosis (v.), pero am­plía muchas de sus partes, en especial los monólogos, los cuales resultan verdaderas piezas oratorias. Un breve capítulo, en el que abundan las consideraciones fatalistas sobre el amor, cierra la obra. Ha sido publi­cada por Francesc Pelai Briz (1868), por Ramón Miquel i Planas (1913) y por un autor anónimo (1922).

El Jardín de Berenice, Maurice Barres

[Le jardin de Bérénice]. Novela francesa de Maurice Barres (1862-1923), publicada en 1891. Des­pués de varias tentativas descritas en las obras anteriores del autor (v. Bajo la mirada de los Bárbaros, y Un hombre libre), un joven, Felipe, comprende que tiene que vivir en armonía con el mundo.

En forma de confesión, cuenta el joven algunas de sus experiencias; son estas experiencias tan significativas que deben resultar una ense­ñanza para los demás. Hace una campaña electoral en Provenza, para «conciliar las prácticas de la vida interior con las necesidades de la vida activa»: adherido al pro­grama nacionalista del general Boulanger (estamos en 1889), el joven se entusiasma con las ideas grandiosas y llenas de por­venir, porque sólo ve en ellas la manera de afirmar su espíritu y darse a la vida esplén­dida y orgullosa. En Arlés encuentra a Berenice, ya conocida en París como bailarina de teatro; la bellísima muchacha ha hecho enloquecer a un noble, Francisco de Tran­ce, conviviendo durante dos años con él, hasta que el amante desapareció misteriosa­mente, dejándola dueña de una casa en Aigües-Mortes.

Aquí la visita Felipe, y el verla en su sencillo y dulcísimo jardín lo llena de voluptuosidad; entonces es cuando comprende, casi por primera vez, las ale­grías de la vida. Nuevas emociones florecen en él; parece como si la naturaleza misma inspirase al joven meditaciones hechas de suavidad y sueños. Vuelve a París por la misma razón que había venido, y reem­prende luego la campaña electoral; a su amigo Simón (v. Un hombre libre) le con­fiesa su amor por Berenice y el deseo de descubrir las razones secretas del universo en la simplicidad de un jardín y en la son­risa de una pequeña criatura. Pero un se­nador antiboulangista reconoce, al morir, como hija suya a Berenice, dejándole una rica herencia; ella se casa entonces con un señor Martin que había sido adversario del joven durante las elecciones; y poco le im­porta a Felipe el resultar elegido finalmente. El dolor de perder a Berenice cuando había entrevisto la felicidad en la vida con la joven, se tiñe de melancolía y de llanto a la muerte de ella. Entonces Felipe la siente revivir en sí mismo, en la manera como su recuerdo le aclara la conciencia, impulsándole a fraternizar con todas las cosas, con la naturaleza y con el pueblo.

Una luz nueva de humanidad y de fe se enciende en el joven, que después de tantas pruebas siente el deber de defender su ideal del vulgo y de los compromisos. Si antes había sentido la opresión del yo en el mundo y más tarde había buscado la liberación en la vida meditativa a la ma­nera religiosa, ahora comprende que debe afrontar la existencia en toda su comple­jidad. Por eso busca en el trabajo y en la independencia material, proporcionada por el dinero, la soledad, que es libertad y vi­sión serena de las cosas. Esta obra termina la trilogía de Barrés, «Le cuite du mois». Su importancia reside sobre todo en el valor representativo de un documento his­tórico, por las ansias y los deseos indistin­tos de la generación que a veinte años de Sedan y de la caída del segundo Imperio, acarició con Boulanger sueños heroicos de reconstrucción nacional y fantasías de vida orgullosa.

C. Cordié

Jardincito Espiritual, Gerhard T. Tersteegen

[Geistiges Blumengártlein inniger Seelen]. Colección de poesías religiosas y cantos sagrados del poeta místico alemán Gerhard T. Tersteegen (1697-1769), publicada en una primera edición en 1729 en Frankfurt y Leipzig, y en una segunda edición — corregida y au­mentada —, base de todas las reediciones su­cesivas, en 1768. Tersteegen fue un alma cándida, iniciada desde su primera juven­tud, bajo la influencia de W. Hoffmann, en el «ejercicio de la piedad»; y pasó toda la vida en «íntimas experiencias religiosas» que propagó y difundió a su alrededor, primero en Mühlheim, en su humilde taller de tejedor, pronto convertido en la sede de una «devota reunión clandestina», luego en toda la región renana, que recorrió hasta Holan­da, durante años, como «predicador errante». Llegó a ser así el «guía espiritual» de mu­chas almas que encontraron luz y consuelo en la pureza de su conciencia religiosa, tan ajena a las «exaltaciones y morbosidades» de las sectas pietistas de su tiempo, tan satisfecha de su devota «misión interior». Y precisamente por las necesidades de estas almas «para el despertar, para reforzar y reanimar su secreta vida con Cristo en Dios», fueron escritas, poco a poco sus poe­sías, con largos intervalos y a medida que se iba presentando la inspiración y la ocasión.

En parte son sentencias piadosas, «breves iluminaciones», «voces del cielo» y «toques de atención», florecillas y fervorines; «viático para el alma de cada uno en la vida solitaria»; por ejemplo, los versos de la «Lotería de las almas piadosas» [«Der Frommen Lotterie»], de la edición del 1738 y siguientes; pero sobre todo encontramos laudes e himnos (en número de ciento once) destinados al canto y alguna vez también a «lectura en voz alta» en las periódicas «reuniones para la meditación y para la plegaria en comunidad». El tono es sencillo e inocente, todo confianza y abandono. «¡Ah, poder reposar, oh Dios mío, en tu paz!», implora el poeta en el canto; «Yo duermo pero mi corazón está en vela»; éste es el gran «motivo que se repite», ya sea que el alma «quiera salir de sí misma para entregarse a Dios», o ya sea que a la vista del firmamento estrellado se exalte pensan­do en el día en que «verá en la luz la luz eterna», o, por el contrario, en las tinieblas, se retraiga sobre sí misma escuchando: «Oh, Señor, en el profundo silencio/Habla Tú solo/A mí en la oscuridad!». Uno de los himnos, tal vez el más célebre, «Gott ist gegenwärtig» [«Dios está presente»], re­produce en sus sucesivos momentos «el acto de mística entrega» en la «común oferta del alma a Dios», y tiene, en su conmovido acento, un amplio aliento, casi de salmo. Éste ha encontrado lugar, junto con otros cantos, como «Yo adoro el poderío del amor», «Ahora que el día se acaba», etc., en casi todos los devocionarios evangélicos.

A pesar de que vivía personalmente fuera de la Iglesia oficial, Tersteegen obró siem­pre, en su «cura de almas» en sentido contrario a todos los movimientos separa­tistas; y no solamente su poesía, por la misma ausencia de contenido teológico, no ofreció ocasión para una ruptura con la Iglesia, sino que encontró, incluso fuera de los cerrados círculos de los «Collegia pietatis», una amplia resonancia en las almas de los fieles. Si el protestantismo luterano, de Lutero a Gerhardt, ya había tenido su gran poesía coral, Tersteegen llegó a ser en tierra alemana, incluso más allá del pietismo, junto con I. Neander, el piadoso y melodioso intérprete de la vida religiosa en la Iglesia reformada.

G. Gábetti