El Jardín de los Versos de un Niño, Robert Louis Stevenson

[A Child’s Garden of Verses]. Poesías líricas de Robert Louis Stevenson (1850-1894), publicadas en 1885. Escritas para los niños, estas poesías alcanzan lo que tal vez no se había intentado antes. Son propias y verdaderas poesías infantiles, que fijan de un modo mágico ideas y visio­nes, sentimientos y vivencias pueriles; pero hay en ellas, sobre todo, una gran cantidad de temas infantiles, vistos con ojos de niño. Es casi milagrosa la manera de recor­dar de Stevenson; probablemente debido a su infancia de enfermo, siempre incli­nada al recuerdo y pronta a convertir en tesoro y en magia cualquier pequeño acon­tecimiento; pronta también a observar cada cosa con paciencia minuciosa, con afectuosa y casi desesperada fijeza que no excluye, sin embargo, una tierna y dulcísima fan­tasía. Stevenson da al recuerdo la repre­sentación inmediata, con una gracia que es en él muy particular, y ello hace de este librito una obra clásica: menor, pero inicia­dora de un género. Los juegos están consi­derados en su valor esencial para la vida del niño. Y todo está dicho de manera que despierte, en los niños, un interés inmedia­to; por la simplicidad que sólo el adulto puede apreciar justamente como un ha­llazgo.

A. Camerino

Los Jardines Interiores, Amado Nervo

Libro de versos del poeta mexicano Amado Nervo (1870-1919), publicado en 1906. En dulces y persuasivos ritmos, el exquisito poeta, que después cantara el episodio de su amor en La amada inmóvil (v.), canta aquí el epitalamio de su vida. Su naturaleza de mexicano, cálida y sensual, irrumpe en es­trofas densas de pathos erótico, pero su naturaleza refinada, de simbolista y místico, atenúa aquella frecuente vibración vital. Como los volúmenes anteriores, Serenidad (1914), Elevación (1916), Plenitud (1918), estos Jardines interiores ofrecen un vasto ensayo de las posibilidades creadoras de Nervo, poeta de riquísimas modulaciones y extrema sensibilidad. El amor no es lo único que vibra en su gama emotiva; su mirada está atenta a las cosas humildes y sencillas; juegos de niños, sensaciones fu­gitivas, meditaciones nostálgicas sobre el misterio de la existencia, interioridades de donde procede el título del libro. Hay, tam­bién, algún fugaz rasgo brioso, una de las notas más sugestivas del mexicano, precisamente porque no desentona con el resto de su obra sino que está fundido con la misma, pero fundido en armonía no fácilmente alcanzable. El rasgo más elevado de su poesía es un resultado casi nirvánico, suspendido entre la melancolía y la satisfacción: «amé, fui amado, el sol acarició mi faz/¡Vida, nada me debes! Vida, estamos en paz». Este volumen contiene una página bastante rara: el elogio de un republicano a un monarca. En efecto, hallándose el autor en Madrid cuando las bodas de Alfonso XIII, dirigió a los soberanos y leyó un «Epitala­mio» que se halla en esta colección. Así, después de Rubén Darío, acogido antes triunfalmente, otro americano se impone a la admiración de la vieja España. Y el ideal de Darío, Rodó, Chocano, Fombona, halló voz también en el alma llena de gra­cia del místico Amado Nervo.

U. Gallo

El Jardín de los Cerezos, Antón Pavlovič Chejov

[Višnëvyi sad]. Comedia rusa en cuatro actos de Antón Pavlovič Chejov (1860-1904). Es la última obra teatral del escritor, publicada el mismo año de su muerte. Como en todas las comedias y dramas de Chejov, el argu­mento es débil, carente de una verdadera trama o de una intriga, fundado casi exclusivamente en la creación de un ambiente especial derivado de los estados de ánimo de los personajes.

El protagonista es el mis­mo «jardín de los cerezos», verdadero jardín encantado, con sus árboles siempre en flor y en cuya espesura cantan los pájaros; el jardín cae, finalmente, abatido por las despiadadas exigencias de la vida de los nego­cios, pero demasiado tarde para salvar a sus propietarios, que han preferido llegar a la ruina antes que destruirlo. Ljubov Andreev­na Ranevskaja, la propietaria, regresa de su casa del extranjero, a la que se había tras­ladado tras varias desventuras, siguiendo a un amante que acaba por arruinarla. La finca, a causa de las deudas, está a punto de ser subastada, y este acontecimiento pesa sobre todos los personajes, sobre Graev, el hermano de Ljubov Andreevna, sobre Anja y sobre Varja, sus dos hijas (la segunda, adoptiva) y sobre los escasos conocidos que viven con ellos o a su alrededor, cada uno con su cruz y sus esperanzas. Uno de estos conocidos está fuera de la atmósfera de la casa: es Lopachin, un comerciante del que está enamorada Varja y que parece querer casarse con la joven. Lopachin aconseja, sin ser escuchado, que dividan la hacienda, in­cluido el jardín de los cerezos, que se en­cuentra cerca del ferrocarril, en pequeños lotes para construir chalets y salvar así la desesperada situación. Pero la idea de des­truir el jardín de los cerezos resulta absurda para todas las personas que se mueven en él y no son capaces de llevarla a cabo. La rui­na cae sobre la casa y el jardín es comprado por Lopachin, que llevará a cabo por su cuenta el proyecto que en vano había acon­sejado.

La comedia termina con el desalo­jamiento de la casa, desde la que cada cual se encaminará hacia su nuevo destino. La tristeza de la conclusión está atenuada por la fe de cada uno en este nuevo destino, mientras el ruido del hacha anuncia el cor­te del primer cerezo. El jardín de los cere­zos, como todo el teatro de Chejov, debe su éxito a la puesta en escena de Stanislavskij y Nemirovič-Dančenko, creadores del «Teatro de Arte» de Moscú, del que el tea­tro de ambiente de Chejov fue elemento esencial. [Trad, española de Saturnino Ximénez (Madrid, 1920)].

E. Lo Gatto

El Jardín de los Suplicios, Octave Mirbeau

[Le jardín des supplices]. Novela francesa de Octave Mirbeau (1850-1917), publicada en 1899. «Páginas de delito y de sangre», des­criben en forma paradójica un ambiente de lujuria y de atrocidades, imaginado en el mundo chino, en las lejanas y misteriosas tierras de Oriente que no conoce nuestras convenciones ni nuestras falsedades.

Mien­tras varios amigos están discutiendo sobre el valor de un delito, y algunos alaban su importancia como forma de inteligencia, en la exaltación de los sentidos y de las posi­bilidades humanas, un hombre mal vestido y de rostro desfigurado, deja un manuscrito donde está narrada su vida. Él dice que después de haber vivido de artificios y haber escapado a varias condenas, un poderoso amigo a quien había prestado servicios, le envía en misión a Ceylán a estudiar entre los corales la célula primordial y establecer nuevas leyes de la embriología. En el vapor conoce a una gentil inglesa, Miss Clara, y siente tanta simpatía por ella que acaba por confesarle su vida desordenada y abyecta. Ella sonríe ante sus palabras, también ante las riquezas que le dejó su padre, que había sido mercader de opio en Cantón, y le pro­mete nuevas experiencias vitales. Por lo de­más, durante la travesía, las palabras vio­lentas y crueles de un explorador que, por odio a la civilización blanca, recuerda haber comido carne de europeos en tierras desier­tas, parecen despertar en aquella mujer un interés morboso que muy pronto tendrá su explicación.

Ligado a Clara por un hechizo irresistible, comprende que ella se vale de su riqueza para viajar de nación en nación con el fin de procurarse nuevas embriague­ces monstruosas y crueles. En el presidio de los forzados en Cantón, en un espantoso cuadro de crueldad y pérfido refinamiento en atormentar y matar, ella se embriaga con el espectáculo de las miserias humanas, de agonías y muertes. El summum de la fero­cidad se mezcla con la más lánguida volup­tuosidad de perfumes, especialmente en el «jardín de los suplicios», que representa el rincón más sombrío y al mismo tiempo más suave de aquel presidio. Carnicerías, matan­zas inauditas, invenciones sutilísimas de tor­mentos, se entremezclan así, entre el perfume de las flores, el dibujo sutilísimo de los parterres, y el estremecimiento de una voluptuosidad espasmódica de destrucción y de abandono. El mísero amante comprende que su compañera es un alma perdida y loca, pero también él queda arrebatado por la vorágine sensual que aquella mujer va creando artificiosamente en derredor, hasta que después de los más horrendos espectá­culos de tormentos y destrozos, él la acom­paña en sampán por el río a una casa misteriosa, donde entre voluptuosidad de amor y humo de opio las cortesanas pro­porcionan la embriaguez de un olvido.

Esta novela está inspirada en toda una literatura de excepción, que va de Quincey hasta el mismo Huysmans y a los refinados ensal­zadores de una vida de decadencia; al mismo tiempo participa en la áspera polé­mica contra las opiniones tradicionales que distingue la obra de Mirbeau y comunica el deseo de liberarse de muchas conviccio­nes ficticias. El valor de este libro reside, más que en otra cosa, en haber llevado hasta los extremos de las posibilidades artísticas un amor a lo raro y monstruoso propio de la literatura decadente del siglo XIX.

C. Cordié

Jardín de los Proverbios y Enigmas, Todros ben Yĕhudá Abū-l-‘Āfia

Obra del poeta hebraico español Todros ben Yĕhudá Abū-l-‘Āfia (1247-m. hacia 1306). Muy notable interés ofrece el díwan del poeta Todros ben Yĕhudá Abū-l-‘Āfia, descubierto hace unos años en una comuni­dad judaica del lejano Oriente y editado primorosamente por el especialista prof. D. Yellin (Jerusalén, 1932-36). Todros ben Yĕhudá Abū-l-‘Āfia nació en Toledo en el año 1247, y siendo aún joven entró al servicio de la corte de Alfonso X, en la cual tanto cola­boraron los judíos en asuntos literarios, cien­tíficos y administrativos. Nuestro autor muy pronto se embebió de toda la vena poética que se respiraba en aquel ambiente refinado de la corte de Alfonso X, y seguramente que no sólo conoció las producciones de los gran­des poetas hebraico españoles sino que tam­bién conocería las poesías de la escuela tro­vadoresca que entonces imperaba en el mun­do cristiano occidental y que tantas raíces había echado entre los poetas españoles.

Pues bien, nuestro Todros Abū-l-‘Āfia, intercam­bia poemas con los poetas hebraicos más destacados de su tiempo, prodiga panegíri­cos y elegías a los grandes personajes judai­cos que tenían vara alta en la corte; es más, celebra en poesías estróficas, de muy proba­ble influencia trovadoresca, al rey Alfonso X el Sabio a cuyo servicio estaba. De modo que hemos de ver en el diwán de Todros Abū-l-‘Āfia, Jardín de los proverbios y enig­mas un espécimen muy característico de la poesía hebraico española en la segunda mitad del siglo XIII, cuando esta poesía, si bien era fiel aún a las grandes voces de los altos poetas hebraico españoles de los siglos XI y XII, también sabía abrirse tempranamente a las nuevas corrientes poéticas, a los nue­vos efluvios de la poesía occidental trova­doresca.

El diwán de Todros tiene también un subido valor histórico, ya que, a veces, equivale a un comentario poético sobre los sucesos de aquel tiempo, nos informa sobre el ambiente social de la época y nos certifica de las costumbres asaz relajadas de algunos funcionarios judíos que prosperaban en la cancillería de la corte castellana, en tratos ilícitamente amorosos con moras y cristia­nas. Todo lo cual vino a promover una reac­ción que se cebó en algunos judíos, entre ellos el propio autor, que se vio libre de la cárcel merced a su promesa de rehabilita­ción ética en sus costumbres.

J. M.a Millas Vallicrosa