El Jardín de Epicuro, Anatole France

[Le jardin d’E’picure]. Obra de Anatole France (François-Anatole Thibault, 1844-1924), publicada en 1894. Son breves ensayos, a veces redu­cidos a las dimensiones de la sentencia y del aforismo, variaciones sobre el tema de la vida y de la muerte, sobre la manera de alcanzar y conservar la felicidad, sobre las diversas interpretaciones a dar a los acon­tecimientos y a las cosas, que France ex­trajo de su abundante producción periodís­tica, recogiendo los fragmentos más origi­nales y característicos de tantos artículos y recensiones.

La filosofía de France se re­duce a una sola verdad: nada existe en sí. «La ignorancia es condición necesaria, no digo de la felicidad, sino aun de la misma existencia. Si lo conociéramos todo no po­dríamos soportar por una hora más nuestra vida». Y aún: «Los sentimientos que la hacen dulce o por lo menos tolerable nacen de una mentira y se nutren de una ilusión»; «Cuando se dice que la vida es buena, o cuando se dice que es mala, se dice una cosa sin sentido; quiero decir que es buena y mala al mismo tiempo, porque es de ella y sólo de ella de donde nos viene la idea de lo bueno y de la malo. La verdad es que la vida es deliciosa, horrible, bella, tre­menda, dulce, amarga, y que lo es todo». Este epicureismo de France no es metafí­sica, como tampoco es moral; sólo las cos­tumbres cambian de siglo en siglo y su único punto común es el placer de poder comprenderlo y gustarlo todo con refina­miento de intelectual inteligente y de buen gusto. Contrario al naturalismo de la época, France no cree en la ciencia que no ve nunca más allá de los fenómenos. Un ojo, dotado de un microscopio, es siempre un ojo humano, y el instrumento no le sirve más que para multiplicar y complicar sus ilusiones; no podemos ver más que el re­flejo de nuestra alma.

Esta filosofía no lleva al escritor al pesimismo, simplemente porque no presupone un enigma cuya solución desconoce, y de esta forma puede man­tener su serenidad. Por otra parte, France no siente ningún escrúpulo en contradecir­se; artista más que filósofo, se entrega a su juego variando a cada momento de punto de vista, sin otro objeto que el de multipli­car en torno suyo las bellas imágenes y las dulces ilusiones.

C. M. Castelnuovo