El Jardín de Fridolin y Pinturas de Dalecarlia en Verso, Erik Axel Karlfeldt

[Fridolins lustgard och dalmálningar pa rim]. Poesías líricas del poeta sueco Erik Axel Karlfeldt (1864-1931), publicadas en 1901. La inspiración y los modos de las composi­ciones que constituyen esta antología son más o menos los mismos de los Cantos de Fridolin (v.), y las dos colecciones juntas constituyen la «poesía de Fridolin». Interés especial ofrecen las Pinturas de Dalecarlia en verso. Una vez más Karlfeldt se com­place en reelaborar artísticamente las for­mas populares y transfigurar en poesía el sentimiento de los campesinos. Dalecarlia es un pueblo en el que la vida religiosa es viva y profunda; el contenido de las pin­turas que Karlfeldt «interpreta», cuando no es de historia local y al mismo tiempo na­cional, es religioso. No importa que estas pinturas existan o no en la realidad; lo que el autor interpreta es la imaginación popu­lar.

El pintor se confunde, por lo tanto, con el intérprete, es el mismo poeta que se traslada a la manera de sentir y de ima­ginar de sus paisanos de Dalecarlia, pero sin olvidarse de sí mismo, es decir, de su cultura y de su arte. De ahí la mezcla de lo serio y de lo jocoso, de lo ingenuo y de lo refinado en las «Pinturas». ¡Con qué tenue delicadeza pinta a la Virgen María («Junfru Maria»), que anda por los prados de Sjungareby! El pintor la representa como una muchacha dalecarlesa de tez parecida a la flor del almendro: «¿Por qué senderos te fuiste, que el sol no te ha quemado?; ¿qué has soñado ya que tu sangre no hierve como la de las demás? Y una luz muy extraña se desprende de sus cabellos. Anochece; los jóvenes y , las muchachas andan en parejas, y tú, la ’favorita, la que todo el mundo desea, ¿por qué vas sola, meditando? Vuelve, vuelve, María,/que ya la noche llega. / Tu Madre podría estar preocupada,/pues tan sola tú vas andando./ Ah, mas la rosa que sujetas en tu mano/es tu signo, y así te protege;/por un jardín del mundo de los bienaventurados,/un án­gel, María, te la ha traído :/espinas y ser­pientes puedes pisar».

En la «Ascensión de Elías [«Elie himmelsfárd»] el viaje celeste del profeta es representado como se lo puede imaginar un campesino de las mane­ras conocidas por su experiencia. Elías sube, digno, al carro con la pelliza, el látigo y el paraguas verde; es un campesino que se dirige a visitar al rey, que quiere aprovecharse de su gran sabiduría. Cuando el carro empieza su carrera por el aire, Elías saluda la tierra que abandona, y su vista se detiene en los lugares conocidos de Dalecarlia. Más tarde llega a lo alto, a los lejanos desiertos donde se arrastra el per­verso Escorpión y ladra horriblemente el Can, donde viven el León, las Osas y las Serpientes; pero los caballos del Señor no se asustan y así llegan a la Vía Láctea, un gran paseo de árboles dorados que conduce directamente a la puerta del Paraíso. Allá Nuestro Señor sale al encuentro del huésped y en lo alto de la escalera invita al pro­feta a que pase, mientras que, a una señal suya, un ángel lleva a pacer a los sudorosos corceles. El «Elie himmelsfárd» es segura­mente una de las páginas más felices de aquella especie de pequeña Biblia pauperum que son, en parte, estas «pinturas» de Karlfeldt, por su tono tan sinceramente sostenido de bíblica epicidad popular.

V. Santoli