La antigua Judit, Anónimo

En alemania se recuerda La antigua Judit [Die ältere Judit], poemita de doce estrofas en alemán medieval (franco-renano), compuesto por un juglar (Spielmann) a principios del siglo XII. Después de haber representado la impiedad de Holofernes, el poemita narra el asedio de Betulia y la acción de Judit. La narración coincide con el texto bíblico, menos en algunos puntos característicos en que asoma la germanización del motivo.

En efecto, el poeta trata la historia de Judit a la manera épica, in­genua y popular, de una balada, a lo que el tema se prestaba perfectamente; tiene, por ello, gran importancia en la literatura alemana como el ejemplo más antiguo de balada popular. La Judit bíblica, instru­mento de la voluntad de Dios, se convierte aquí en heroína voluntaria de su patria y de la lucha entre cristianismo y paganismo. La nueva Judit [Die jüngere Judith] es un poemita en alemán medieval (austríaco), compuesto por un eclesiástico hacia 1140. A la narración de Judit precede una larga introducción que se convierte de este modo en la parte más importante de la obra, en la cual se pone de relieve cómo Dios pro­tege a los que son obedientes y escuchan sus mandatos. De tal manera está claro que todo el poema tiene finalidad esencialmente religiosa y se propone proporcionar, con la historia de Judit, un ejemplo de devoción recompensada. Es notable por su interpre­tación místico-alegórica de la narración bí­blica otra Judit de 2814 versos, en alemán medieval, compuesta quizás en 1304 por un turingio, que hace de la heroína un sím­bolo de las luchas religiosas de la Orden Teutónica.

M. Pensa

Judit, Federigo della Valle

La más notable sigue siendo la Judit, tragedia de Federigo della Valle (1565?- 1629?), publicada en Milán en 1627. De Betulia, asediada por Holofernes, caudillo de los asirios, sale de noche Judit, muchacha judía, acompañada de su nodriza Abra: se presentará a Holofernes fingiendo amor y admiración, para quitarle la vida en el opor­tuno momento, y salvar así a su pueblo. Holofernes, vanidoso, soberbio y sensual, cae en las redes que le tiende la hermosa judía, la cual, después de haber cortado la cabeza a Holofernes, sumido, tras el ban­quete, .en pesado sueño, regresa con la ho­rrenda y preciosa carga a Betulia. Los sitia­dos, reanimados por la muerte del general enemigo, realizan una salida. Los asirios son derrotados y puestos en fuga. Esto es, a grandes rasgos, el argumento sacro de la tragedia, fiel a la tradición bíblica. Que este argumento no constituía para el poeta un mero pretexto literario, lo confirma la sin­ceridad de la inspiración religiosa, evidente en el rigor moral que informa la figura, fuerte y gentil a un mismo tiempo, de la protagonista.

Precisamente en el contraste entre la firme, inteligente y pura joven, y el ambiente de proxenetas hábilmente adu­ladores, de capitanes orgullosos y relaja­dos, de profundas noches orientales abra­sadas por el soplo ardiente de la crápula, emerge una austera conciencia moral: está implícito en la obra un juicio sobre aquella misma sociedad y aquel siglo que ha to­mado su nombre de Marino. Por otra par­te, el barroquismo formal de esta tragedia se manifiesta, con no menor evidencia que en tantas otras obras del tiempo, en el es­plendor sonoro del verso, en el fraseo lu­joso sobre una trama tupida de imágenes barrocas y en la sombría sensualidad que emana de ciertas escenas profanas. La obra conserva su valor historicoliterario.

G. Bassani

El núcleo de su arte es una verdad humanamente lírica y tiene un timbre veraz. (F. Flora)

El Judío Errante, Eugène Sue

Muy célebre es la novela El Judío errante [Le Juif errant], de Eugène Sue (1804- 1857), publicada en el «Constitutionnel», y luego en diez volúmenes, en 1844-45.

El 13 de febrero de 1832, antes de mediodía, deben reunirse en una determinada casa de París los supervivientes de la familia Rennepont, para repartirse la enorme cantidad acumulada durante 150 años de administra­ción, efectuada por judíos, de una pequeña herencia dejada por un hugonote perse­guido y despojado de sus bienes. Los des­cendientes Rennepont pertenecen a las más diversas condiciones sociales, desde el prín­cipe hindú Djalma y el industrial Hardy, al obrero Jacques; de la hermosa y rica Adrienne de Cardoville a dos huerfanitas protegidas por un soldado, Dagobert. Pero la Compañía de Jesús consigue impedir la llegada oportuna de los herederos, para que toda la herencia vaya a parar únicamente a Gabriel de Rennepont, angélico e igno­rante misionero de la Compañía, a la cual ha hecho anticipada donación. Pero un codicilo, encontrado en el último momento, retarda la entrega del arca con los precio­sos valores custodiados por el judío Samuel.

Entra entonces en acción el padre Rodin, que, cultivando oportunamente las pasiones de los demás personajes, consigue provocar la muerte de todos los Rennepont: Adrienne y Djalma, enamorados e impulsados al suicidio; Jacques, muerto por el alcohol; Hardy destrozado por el incendio de su fábrica; mientras las huerfanitas, arrastra­das por la caridad hacia un hospital de enfermos del cólera, mueren víctimas del morbo. Pero Gabriel, enterado de tanta per­fidia, da orden de que, en la fecha fatal, la preciosa arquita sea quemada, y el mismo Rodin muere envenenado por un cómplice suyo, agente de una sociedad secreta más poderosa, la de los estranguladores hindúes, dedicados al asesinato. Dominan toda la novela dos personajes fantásticos que ayu­dan misteriosamente a los Rennepont: el Judío y la Judía errantes, símbolos de la clase obrera condenada a una eterna fatiga sin compensación, y la mujer, oprimida y conculcada en sus derechos.

Continuación de los Misterios de París (v.), El Judío errante debió también su éxito a un mo­vimiento de opinión, el anticlericalismo, y más que los Misterios acentuó el motivo socialista de las reivindicaciones obreras que se hará aún más radical en los Misterios del Pueblo (v.), después de la revolución de 1848. También aquí raptos, ángeles en lucha con demonios, proletarios y mujeres perdidas, pero de alta moralidad en com­paración con aristócratas mancillados por todos los vicios, brindan los elementos para las más extraordinarias e imprevistas aven­turas, con una caricaturesca acentuación de las tintas sentimentales, con una inverosi­militud psicológica, un exceso de lo pinto­resco y lo teatral, que representan un re­troceso respecto al realismo más cuidado de los Misterios. De la novela, el mismo autor extrajo un drama, estrenado con gran éxito en 1849.

P. Onnis

Asvero, Edgar Quinet

Simbólica es la epopeya en prosa dialo­gada Asvero [Ahasvérus] de Edgar Quinet (1803-1875), publicada en 1833. Es una es­pecie de «misterio» moderno, inspirado en la tentativa de «reproducir algunas escenas de la tragedia universal que se representa entre Dios, el hombre y el mundo». Quinet expone su «sagrada representación» en cua­tro jornadas, separadas por tres intermedios y encerradas entre un prólogo y un epílogo.

En el prólogo, en el cielo, Dios anuncia a los ángeles que desea hacer una tierra mejor; entre tanto Gabriel y los demás ar­cángeles han de recoger de la vida los mayores testimonios de sinceridad y de nobleza espiritual. En la primera jornada se pasa de la creación del mundo al naci­miento de Jesús; muchas divinidades se disputan el dominio del mundo, pero una tras otra — gigantes, titanes, monstruos — son vencidos por una fuerza poderosa, hasta que, después del efímero triunfo de la ciudad de Oriente, Jerusalén da al mundo una nueva luz. En la segunda jornada asis­timos a la escena culminante del misterio: Cristo en la pasión pide ayuda a Asvero, pero es rechazado; le dicta entonces su eterna condena; su nombre de Judío errante aparece sobre su casa, una oscura maldi­ción le persigue, y empieza su tormento. Con la invasión de los bárbaros contra el Imperio romano termina esta apocalíptica visión de una terrible venganza divina. En la tercera jornada, Asvero, que va errando de tierra en tierra, se encuentra con Mob (la muerte) que, no pudiendo privarle de la vida, hace escarnio de todos los ideales y se burla de la nobleza del corazón, mien­tras Raquel, un ángel que se ha transfor­mado en mujer para llevar la esperanza a los hombres, le consuela y le ama. En la cuarta jornada se representa el Juicio Final: en el valle de Josafat comparecen incluso Asvero y Raquel.

Pero Cristo com­prende el drama del desgraciado y le ben­dice como peregrino de los mundos veni­deros y como segundo Adán. En el epílogo queda nuevamente decidida la salvación del desdichado, símbolo de la humanidad en su camino de sufrimiento : es el hombre eterno que combate y no desespera, porque en el tormento ha conocido su redención. El valor simbólico de la obra no la salva de parecer hinchada y carente de verdadera estructura; pero por algunos episodios fuer­temente satíricos y densos de amarga ironía contra’ la hipocresía social , mereció ser apreciada como contribución a la lucha por el progreso y la liberación de toda servidumbre. Algunas páginas, «Los apun­tes del Judío errante» [«Les tablettes du Juif errant»], añadidas y divulgadas en las sucesivas ediciones de Asvero, indican las experiencias hechas por el peregrino mal­dito en las diversas ciudades y países del mundo y, junto al desengaño producido por la civilización, hacen más clara la inter­pretación que Quinet da al personaje frente a las obras de Goethe y Hamerling, con su concepción de una humanidad siempre em­peñada en su calvario hasta la redención.

C. Cordié

Asuero en Roma, Robert Hamerling

También está caracterizado por un farra­goso simbolismo el poema épico en seis cantos de versos yámbicos Asuero en Roma [Ahasverus in Rom], del poeta austríaco Robert Hamerling (1830-1889), publicado en 1866.

El emperador Nerón (v.) va a parar a la taberna de Locusta, atraído por la figura extraña de un mendigo, Asuero, en quien intuye una concepción de la vida opuesta a la suya. La insaciable embriaguez de goces que domina a Nerón se manifiesta en los tumultuosos espectáculos que se producen más tarde en la taberna y, todavía más, en la bacanal que el emperador or­ganiza, con asistencia de Asuero, en los jardines de palacio, para hacerse honrar como el dios Dionisos. En esta fiesta Nerón encuentra a su madre, Agripina, disfrazada de diosa Roma, y se enamora de ella. Loco de celos cuando la ve en brazos de otro, jura vengarse; al día siguiente, mientras todavía continúan las fiestas, la hace morir ahogada. Entre tanto los excesos de la bacanal provocan graves consecuencias. La multitud, guiada por Asuero, incendia la ciudad, mientras la ebria tropa de las ba­cantes se dirige por las calles de la ciudad para, disfrutar de la nueva embriaguez.

Nerón, desde la terraza de su palacio, ad­mira el espectáculo de la ciudad en llamas y disfruta sobre todo viendo la muerte de los mártires cristianos aprisionados en el circo, bajo la amenaza del fuego y de las fieras. Más tarde, Nerón, cada vez más ator­mentado por su invencible hastío, sigue a Asuero a casa de un nigromante egipcio; y allí, con una terrible invocación, acuden los espectros de las víctimas, la primera de las cuales es Agripina. Pero el destino se precipita: Vindex está a las puertas de la ciudad, la plebe, furiosa, asalta el palacio. Ya solo, Nerón se refugia en las catacum­bas, conducido por la imagen de Asuero; y allí se mata ante el altar de Cristo. Con el insaciable frenesí de vida y de placer del mortal Nerón, rebelde contra la divini­dad, contrasta la figura del «hombre eterno», Asuero, el Judío errante, símbolo de la humanidad no sólo en sus aspiraciones in­quietas sino también en la anhelante nos­talgia de la muerte. En él encuentra de hecho su símbolo la descendencia de Caín, que ha traído al mundo el germen de la muerte. Sin embargo, la figura de Asuero está tan cargada de complejos y de signi­ficados mal definidos, que acaba a menudo por hacerse abstracta, mientras Nerón apa­rece como el verdadero protagonista, lleno de una fuerza demoníaca de acción y de ansias de goce.

En torno a los dos perso­najes principales, Agripina, soberbia y sen­sual; la cándida bailarina Attis; el moro remendón Tigelino, compañeros de orgías de Nerón y el estoico Séneca, están dibu­jados con plástica claridad. Son de colorida y brillante fantasía, en tono ditirámbico, las páginas que describen el naufragio de la nave de Agripina, el incendio de Roma y las escenas en el circo. Representante del extremo idealismo postromántico, agi­tado entre tendencias cristianas y exalta­ciones paganizantes, Hamerling, próximo filosóficamente a Lotze y a Schopenhauer, muestra, incluso en la retórica que dema­siado a menudo afea su estilo, la crisis pro­funda del esteticismo de la época.

A. Feldstein