La Leyenda de Era, Anónimo

En este mito babilónico y asirio se narra que Era, dios de la peste, se arma para la batalla e in­vita a los Siete a formar a su lado: se trata de los siete demonios que Anu le había asignado para que le acompañaran en sus batallas y destrucciones, ya que él era un dios destructor por excelencia. Los siete demonios incitan al dios a cumplir su obra nefasta. El malvado demonio Ishum, pro­pagador de la peste, recuerda a Era todo el mal que ya ha hecho, especialmente con­tra la ciudad de Babel, su rey y sus habi­tantes, pero también le hace mención de la destrucción de otras ciudades importantes de Babilonia, como Nippur y Uruk, Dürilu y alguna otra. Era aprueba cuanto dice Ishum y se siente animado a hacer estragos todavía mayores. Se promete que las dis­tintas partes de Babilonia se destruirán mutuamente y que por fin se sublevará Akkad y lo derribará todo. Para esto da a Ishum el encargo de ejecutar todos sus designios, como aquél hace, en efecto. Los dioses se espantan, pero Ishum sigue inci­tando a Era a nuevas devastaciones, hasta que finalmente le insta a aplacarse. Así acontece, y se inicia el período de la pros­peridad, que duró varios años. En la forma en que ha llegado a nosotros, el mito no es más que la introducción a un conjuro, y consta de varios extractos del mito com­pleto, que por ahora no conocemos. Edi­ción: Ebeling, Der akkadische Mythus vom Pestsgotte Era, Berlín, 1925.

G. Furlani

La Leyenda de Danel, Anónimo

Es una im­portante leyenda que ha llegado a nosotros en lengua ugarítica (hablada en la anti­gua ciudad de Ugarit, en la costa de Siria septentrional, lengua muy afín al fenicio y con un alfabeto en caracteres cuneifor­mes) y que trata principalmente de cierto Danel, antiguo rey de Tiro, por lo cual los eruditos le han dado el nombre de éste. Redactada probablemente en verso y en un estilo rápido y en algunos momentos, dra­mático, el relato concierne a algunos ritos agrarios practicados en la antigua Fenicia. Danel sería el hijo del dios El, y habría tenido a su vez un hijo llamado Aqhat y una hija que llevaba el nombre de Pagat. De esta leyenda, las tabletas de Ugarit (jun­to a Ras Shamrah) sólo nos han conservado una tercera parte aproximadamente. Como Danel se lamenta de no tener hijos, el dios El escucha sus ruegos y le concede un hijo, Aqhat, destinado a ser el gestor de los bienes de su padre y el administrador de los templos de los dioses Baal y El.

Se hábla también de un gran sacrificio hecho a la diosa Kosharot, y de las comidas pre­paradas para las distintas divinidades. La hija del rey de Tiro consulta los hados, que se le revelan desfavorables. Parece que durante el verano quiere llover, pero Danel, mediante el calentamiento de las nubes, intenta detener la lluvia, apoderándose de Baal; de modo que durante siete años no llueve en verano. Aqhat y Pagat hacen la cosecha, pero parece que el primero comete un grave delito con ello y por consiguiente Yatpan le da la muerte por orden de El. Danel, después de celebrado el rito fúnebre en honor de su hijo, ruega a Anat que le vengue. Pagat quiere vengar la muerte de su hermano pero finalmente se deja persua­dir a beber una taza de vino con el matador de éste, y así vuelve de nuevo la^paz. Este mito tiene carácter ctonico y agrario.

G. Furlani

Leyenda de Judas, Anónimo

[Leggenda di Giuda]. Narración de un compilador anónimo del siglo XIV, publicada por A. D’Ancona en 1869. El trágico mito de Edipo (v.), al entrar a formar parte del heterogéneo tesoro legendario de la Edad Media a través de las adaptaciones de los compiladores en la­tín y en romance, acabó por coincidir con la historia del traidor de Cristo, a causa de la instintiva tendencia a la concentración de las culpas o de los méritos en tipos re­presentativos del vicio o del valor humano.

La leyenda aparece por vez primera en la Vida de San Mateo de Jacobo de Vorágine (v. Leyenda áurea), de la que nuestra na­rración deriva directamente, y pasará a casi todas las literaturas europeas, aunque sin alcanzar gran popularidad en ninguna, qui­zás por la persistente conciencia de su ori­gen literario. En ella se narra que un ma­trimonio de Jerusalén, Rubén y Ciborea, abandonó a las olas del mar a un hijo re­cién nacido porque en sueños habían sido advertidos de que aquel niño causaría la ruina de su pueblo. Éste fue a parar a la isla Iscariote, de donde viene el nombre de Judas Iscariote; educado por la reina del lugar, fue creciendo hasta que mató al hijo de su bienhechora, tras lo cual huyó a Jerusalén donde entró al servicio de Pilatos. Un día éste le ordenó que le trajese unas frutas y para obtenerlas, Judas mató al dueño del huerto, que era Rubén. Pilatos lo nombró heredero del muerto y lo casó con su viuda. Cuando Judas descubrió el parricidio y el incesto con el que se había manchado, para redimirse se hizo discípulo de Cristo; pero pronto se dedicó a robar el dinero que el Maestro le confiaba y final­mente, por codicia, lo traicionó. Al arre­pentirse de ello se ahorcó, y su cuerpo reventó esparciendo por el suelo sus entrañas a fin de que el espíritu malvado no saliese por la boca que había besado a Cristo.

Es interesante la comparación de esta narración con la de la Leyenda de Vergogna (v.), que le es afín por su argu­mento, pero en la que la fe en la divina misericordia sustituye el sentido casi pagano de la inexorabilidad del hado que domina en ésta.

E. C. Valla

Leyenda de Adán y Eva, Anónimo

[Leggenda d’Adamo ed Eva]. Conocida también con él título de Leyenda del árbol de la Cruz [Leggenda dell’albero della Croce], fue pu­blicada por Alejandro D’Ancona en Bolonia, en 1870. Es la redacción en lengua vulgar italiana, por obra de un anónimo escritor del siglo XIV, de una narración derivada del Evangelio apócrifo de Nicodemus, que encuentra su continuación en numerosas composiciones latinas y novelas medievales.

Se cuenta en ella cómo Adán (v.) después de novecientos treinta años de destierro, abrumado de cansancio y de dolor, envía a su buen hijo Set al ángel guardián del Paraíso Terrenal para tener una certeza sobre aquel «óleo de misericordia» que Dios le había prometido mientras salía arrepen­tido y llorando. Sigue la descripción tra­dicional del Paraíso Terrenal (v. Leyenda de tres monjes que van al Paraíso Terrenal), donde el ángel muestra a Set bajo la forma de un joven de vestido blanquísimo, que está sobre el árbol del pecado, el hijo de Dios, a cuya venida Adán tendrá la pro­metida misericordia. Vuelto a la tierra, Set puede consolar a su padre con el anuncio de su próxima muerte. Acaecida ésta, lo entierra junto al Monte Tabor, poniéndole bajo la lengua tres granitos que le dio el ángel. De los tres granos nacen tres varas, de olivo, de cedro y de ciprés, símbolo de las personas de la Trinidad; éstas serán arrancadas por Moisés, que con ellas efec­tuará todos sus milagros. David las llevará a Jerusalén, donde continuarán dando muestras de su virtud sobrenatural, hasta que, en tiempo de Salomón, después de varias vicisitudes, servirán de puente sobre el Siloe, con gran escándalo de la reina de Saba. De allí las arrancará la turba en­furecida, para construir la cruz en la que Cristo morirá para la salvación de la hu­manidad.

La piadosa narración, destinada a la edificación religiosa del pueblo, tiene el mérito de la simplicidad y del candor, y resulta muy gráfica, especialmente en la realista e ingenua descripción del cansan­cio y el dolor de Adán.

E. C. Valla

Leyenda Aurea, Jacobo de Voragine

 [Legenda aurea] Famosa colección de vida y leyendas de santos compuesta por Jacobo de Voragine o Varazze (1230-1298) hacia mediados del siglo XIII, probablemente alrededor de 1266. En las ediciones primitivas tuvo el título de Vidas o Leyendas de santos, o también de Historia Longobarda [Lombardica Historia]; el adjetivo «aurea» quiso expresar luego su valor.

Innumerables son los manuscritos, las ediciones, las traducciones en todas las lenguas europeas. La mejor edición crítica latina es la Graesse (1846), y sirvió de base a Arrigo Levasti para la publicación de una traducción toscana del siglo XIV, editada en tres volúmenes, en 1924. Después de un prólogo sobre la división del año en cuatro partes, interpretado simbólicamente, siguen 177 capítulos dedicados cada uno a la vida de un santo o a una fiesta de la Iglesia, por orden de calendario. Las «Vidas» apenas son más que una colección de anécdotas sobre las virtudes, los milagros y los martirios de los santos – desde los Apóstoles a San Francisco, Santo Domingo y San Buenaventura – , sacadas de la literatura cristiana y del sinfín de leyendas que circulaban en los siglos XI y XII, de donde los predicadores sacaban los ejemplos para sus sermones. La fe de los mártires amansa las fieras, separa las llamas, rompe las ruedas, sana los miembros mutilados, hace ir al demonio que se presenta bajos las formas más inesperadas, de hermosa joven o de dragón, o bien lo encadena, para vergüenza suya; sugiere a la más ingenua virgen respuestas para enfrentarse con los poderosos confundiéndolos en las disputas las fiestas eclesiásticas reúnen todas las leyendas referentes a las señales sobrenaturales que acompañaron los hechos conmemorados, a menudo con sutiles divisiones y clasificaciones.

El autor cita sus fuentes: además de las Escrituras, Eusebio, Casiodoro, San Jerónimo, San Agustín, Beda, San Bernardo, y a veces las confronta. Tampoco faltan ciertos conatos de crítica: es edudoso si tres soles en vez de uno salieron por la mañana de Navidad o a la muerte de César; no es seguro que los siete durmientes de Éfeso (v. Siete durmientes), que se escaparon a la persecución de Decio, se despertaran en su caverna 372 años después, porque cotejando las fechas se encuentra que son sólo 186 años. Del candor ingenuo de la narración surgen poderosas e históricas afirmaciones de santidad heroica: «Yo soy grano de Cristo – dice San Ignacio – y seré triturado por los dientes de las fieras, a fin de que nazca un pan blanquísimo»; o enseñanzas de sabiduría contemplativa: «Aquél que reposa en la soledad — dice San Antonio — de tres cosas se ha libertado, a saber: de oír, de hablar, de ver, y contra una sola cosa tendrá que batallar: contra el corazón»; o la poética exaltación de la pureza beatificadora: «La virtud de la casti­dad de la Beata Virgen traspasaba hasta la médula de los corazones no castos y los volvía castos en un momento».

Poblada de criaturas que viven en estrecha familiaridad con Dios, del cual extraen el soplo de una vitalidad indestructible y una fuerza sobre­natural, la Leyenda áurea hace sensible o real el ideal evangélico, refleja una aspira­ción vasta y colectiva, se nutre de la fe ingenua de siglos y en la fresca simplicidad de la expresión da un alimento de poesía a los espíritus más incultos. Para el arte de los siglos XIII y XIV, esta obra fue un re­pertorio inagotable de motivos y de inspi­ración.

P. Onnis