Una Leyenda de Montrose, Walter Scott

[A Le­gend of Montrose]. Novela de Walter Scott (1771-1832), publicada en 1819, el último de los Cuentos de mi hostelero (v.). Se en­cuadra en la historia de la campaña del 1644, en la que el conde de Montrose, a la cabeza de los clanes escoceses sublevados a favor de Carlos I, infligió una serie de derrotas a los adversarios del rey (los Covenanters); con estos hechos históricos, al­terados y arreglados en diversos pasajes, Scott teje la narración (en parte basada sobre hechos realmente ocurridos) de un bárbaro delito cometido por un pequeño clan de bandidos de los Highlands, los Hijos de la Niebla (the Children of the Mist), y de los trágicos sucesos que se sucedieron; el sobrino del muerto, Alian M. Aulay, y el joven conde de Menteith aman los dos a Annot Lyle; el primero im­pide la boda del rival con Annot, matán­dolo, y luego desaparece. La tétrica histo­ria tiene su contraste cómico en el capitán mercenario escocés Dugald Dalgetty, una mezcla de charlatán pedante, muy punti­lloso en cuestiones de honor y de ciencia militar, y de soldado de ventura. La no­vela es una mezcla de historia y fantasía, donde se pulsa la cuerda siniestra, la sen­timental y la lírica.

M. Praz

Una Leyenda del Rin, Makepeace Thackeray

[A Legend of the Rhine]. Narración heroicocómica del escritor inglés William Makepeace Thackeray (1811-1863), publicada bajo el pseudó­nimo de Theresa Mac Wirther, en 1845, en la revista «Table-Blook» de Cruikshank (fascículos de junio a diciembre) y editada en forma de libro en 1856, junto con Rebeca y Rovena (v.).

Es una historia de caballe­ros y de damas, de amor y de batallas y de virtud recompensada, sacada de la no­vela de Alejandro Dumas padre, Otón el arquero [Othon Varcher, 1840]. Al volver de Tierra Santa a su patria, el conde Ludovico de Homburg encuentra muy cam­biado a su amigo el margrave Carlos de Godesberg. Los celos le han convertido en un hombre huraño, irascible y violento desde que el barón Gottfried le ha con­vencido de que su esposa, Teodora de Boppum le traiciona, y que su único hijo, Otón, es en realidad hijo de Hildebrando. Mien­tras Ludovico, cansado del viaje, está su­mido en un profundo sueño, Teodora es enviada al monasterio de Nonnenwerth, bajo la custodia de Gottfried, y Otón em­barca para Colonia. Al despertarse, Ludovico ensilla su caballo y alcanza a Gottfried en Rolandseck, junto a la cueva de un ermitaño, lo desafía y lo mata. Antes de morir Gottfried confiesa al ermitaño que Teodora no es culpable y que Hildebrando no es el padre de Otón, sino su tío, y auto­riza al ermitaño a referir su confesión. Ludovico vuelve inmediatamente a casa de Carlos en compañía del ermitaño. Teodora, llamada por su marido, declara que está ya cansada de los malos tratos sufridos y se niega a volver; llega la noticia de que su hijo Otón ha muerto ahogado durante su viaje por el Rin.

Pero Otón no ha muer­to; después de haberse arrojado al río para huir de la orden paterna que lo destinaba al sacerdocio, había llegado a Colonia na­dando. Allí, después de haberse reanimado durmiendo treinta y seis horas, se une a los arqueros que se dirigen al castillo de Cléves en ocasión de las competiciones anuales, y gana el primer premio, que le es entregado por la propia hija del prín­cipe, Elena. Los dos jóvenes se enamoran a primera vista, y para permanecer junto a Elena, Otón se enrola secretamente en los arqueros del príncipe de Cléves, sacrifi­cando su cabellera. Poco después el castillo de Cléves es asaltado por Rowski, el prín­cipe de Donnerblitz. Durante tres días ningún campeón se atreve a aceptar el des­igual combate con su joven y vigoroso enemigo, cuando he aquí que llega un caba­llero desconocido que se mide con Rowski, lo vence, lo mata y luego se retira sin darse a conocer. El príncipe de Cléves, no pudiendo recompensarle, hace publicar el ofrecimiento de la mano de Elena a su libera­dor. Otón, que había desaparecido durante el combate, es castigado con la degradación y la expulsión, y sólo la intercesión de Elena lo salva de la pena a la que había sido condenado por el príncipe.

Mientras se aleja encuentra a su padrino, el conde Lu­dovico de Homburg, que lo interroga, con la consecuencia de que él también aban­dona precipitadamente el castillo de Cléves sin dar explicación alguna. Después de al­gunos días, precedido por un emisario, se presenta, cubierto con su armadura, el campeón a reclamar la recompensa prome­tida por el príncipe, la mano de Elena, y cuando levanta la visera del yelmo se des­cubre que es Otón, y su padre y Ludovico dan fe de su nobleza. El humorismo de la narración es debido a la introducción de elementos modernos, como las damas que, según la costumbre inglesa, se retiran del banquete antes que los caballeros, para tomar el café en el salón; los oficiales que, siempre según el sistema inglés de la época, compran y venden la graduación; la circulación de papel, los almacenes de con­fecciones, el uso del café, del té y del tabaco, los diarios y los relojes de bolsillo; pero sobre todo la combinación, con resul­tados altamente cómicos, de estos elemen­tos modernos con los caballerescos. Una leyenda del Rin fue la primera de las na­rraciones heroicocómicas de Thackeray, que tuvieron en Rebeca y Rovena su obra maestra.

B. Cellini

La Leyenda de los Siglos, Víctor Hugo

 [La légende des siècles]. Es la obra poética más famosa de Víctor Hugo (1802-1885), publi­cada en tres series en 1859, 1877 y 1883. En esta obra partiendo evidentemente del grandioso proyecto ya esbozado en el pró­logo de Luces y sombras (v.), Hugo, poeta supremo, juez y profeta de la civilización en su progreso, aspira a «expresar la hu­manidad en una especie de obra cíclica», cantar «el desarrollo del género humano de siglo en siglo, el hombre que asciende desde las tinieblas al ideal, la transforma­ción paradisíaca del infierno terrestre, el lento y supremo nacer de la libertad, de­recho para esta vida, responsabilidad para la otra». En sus 61 partes (en conjunto más de treinta mil versos), ofrece toda la historia de la humanidad en una serie de cuadros, desde los orígenes legendarios a los tiempos modernos, interpretada como una perpetua lucha entre el Bien y el Mal, una dramática alternativa de afirmación de la humana sabiduría o de la humana bestialidad, de los crímenes de la Violen­cia y de la Tiranía o de los fastos del Valor y de la Bondad.

La mayor parte de las veces la parte doctrinal está sobreentendida o indicada en un estilo típicamente pictóricodescriptivo; debido a ello, la obra, por lo menos en sus partes mejores, tiene la forma de un collar de fragmentos «épicos». Después de una grandilocuente introduc­ción («La visión d’oü est sorti ce livre») en la que el poeta evoca el «muro de los siglos» que se ha abierto milagrosamente a sus ojos, la obra empieza con una especie de Génesis («La Terre») y pasa luego a describir los tiempos primitivos; en la parte, titulada «Desde Eva a Jesús», con­tiene ocho poemas no exentos de una ex­travagante teología, entre los cuales se encuentran grandiosos fragmentos descrip­tivos y una obra maestra indiscutible, el célebre cuadro de «Booz dormido» («Booz endormi»). Sigue una visión de la Grecia mítica, apoyada casi toda en la lucha sim­bólica entre los gigantes y los dioses. La Grecia histórica es vista sumariamente a base de algunos recuerdos gloriosos de la guerra contra la tiranía (los «Trescientos en las Termopilas», el «Estrecho del Euripo», «Canción de Sófocles en Salamina»). De Roma no se da más que una horrible ima­gen de la decadencia («Au Lion d’Androclés»). Si bien Hugo se reserva un brillante retorno al mundo clásico («Les sept merveilles du monde», XII parte) de grandio­sidad típicamente parnasiana, se apresura a llegar al turbulento período que se ex-tiende desde las invasiones bárbaras («Atila») a la Edad Media.

Es una Edad Media típicamente romántica, violentamente ama­nerada, donde una larga y terrorífica serie de crímenes y atrocidades es iluminada por alguna refulgente figura de héroe caballeresco, vengador de la injusticia y ven­cedor del Mal; un período que abarca más de mil años ocupa casi la mitad de la obra. A las visiones del mundo occidental se mezclan brillantes evocaciones del Islam; y la España cristiano árabe ocupa natural­mente una gran parte. La larga serie de horrores a que puede resumirse, según el poeta, la mayor parte de la vida social de aquella época le sugiere a veces cuadros inolvidables, de obsesionante sugestión, como «Les Deux Mendiants» (tremenda sátira contra la Iglesia y el Imperio), «Les Reitres» (pintoresca canción de mercena­rios) y, especialmente, «Le jour des Rois». También ocurre a menudo que la insisten­cia sobre ciertos temas engendra una eno­josa monotonía. Pero la leyenda de «Eviradnus» y la azarosa historia de «Le petit roi de Galice», con la épica figura de Roldán (XV parte, «Los Caballeros andantes»), contienen momentos de incomparable fuer­za descriptiva. Y así, inspirándose notoriamente en el Cantar de Roldán (v.) y en otros poemas carolingios o en el Roman­cero (v.), Hugo ha hallado de nuevo sus mejores cualidades de príncipe de la téc­nica en la poesía lírica y en los pequeños poemas narrativos, algunos de los cuales se han hecho merecidamente famosos («Le Romancero du Cid», «Bivar», «Aymerillot»).

A pesar de estas figuras heroicas, la Edad Media resulta una época de repugnante opresión, en que los verdaderos amantes de la justicia fueron casi siempre considerados como peligrosos rebeldes («Welf, Castellan d’Osbor»); y esta concepción simplista en­cuentra su más completa expresión en un extenso poema de más de mil versos («Les quatre jours d’Elciis»). Los poemas dedica­dos a la época del Renacimiento son rela­tivamente pocos, pero hay uno famoso: «Le Satyre», especie de canto cosmogónico evidentemente inspirado en la égloga VI de Virgilio. El poeta se enfrenta a conti­nuación con la época del absolutismo, del oscurantismo, de la Inquisición, etc. El «Grupo de los Idilios» que sigue (XXXVI parte) es como una pausa de gracia y se­renidad: 32 piezas líricas que ofrecen el recuerdo y el estilo de otros tantos poetas, desde Orfeo, Teócrito y Virgilio a Dante, Petrarca, Ronsard y André Chénier. En la última parte, el poeta relega la evocación histórica propiamente dicha a una sola par­te («El tiempo presente»: de la Revolución al Segundo Imperio), y parece más bien interesarse en exponer sus ideas en largos poemas filosóficos que, por su inspiración y técnica, se enlazan con las grandes piezas líricas de la segunda parte de las Contemplaciones (v.). De manera que, en su misma variedad de estilos toda la obra, a pesar de las constantes referencias a una unidad de visión más que nada programática, revela su carácter fragmentario.

A pesar de los grandes fragmentos de poesía donde Hugo afirma su genio, acaba por perder en esta obra aquella soberbia precisión de imáge­nes y solemne elevación que fueron sus más seguras cualidades. La leyenda de los siglos, a pesar de haber quedado como uno de los monumentos más considerables del siglo XIX, resulta inferior, por su unidad de tono y novedad de poesía, a su verdadera obra maestra que hay que buscar en las Contemplaciones (v.), y esto a pesar de competir gloriosamente con ellas, no sola­mente en todos los episodios que ya hemos citado, sino en muchos otros, que son famosos fragmentos de verdadera y gran poesía: «Le mariage de Roland», «Les paysans au bordo de la mer», «Océan», «Guerre civile» (los conocidísimos versos sobre la Comune), «Petit Paul», etc.

M. Bonfantini

Víctor Hugo ha creado el único poema épico que podía crear un hombre de su tiempo para lectores de su tiempo. (Baudelaire)

Es sencillamente enorme. Este libro me ha impresionado inmensamente.  (Flaubert)

La Leyenda de Keret, Anónimo

De esta le­yenda ugarítica (literatura afín a la fenicia antigua, en un dialecto semítico hablado en el segundo milenio a. de C. en la Siria septentrional y sobre todo en la ciudad de Ugarit) no poseemos por ahora más que una sola tablilla, y aún incompleta. Figura central es Keret, rey de los Sidonios e hijo del dios El. Según nuestra leyenda, este rey era un emigrado del país de Canaan en. Fenicia, que se había establecido en la ciudad de Sidón. Por orden de El, Keret debe sostener un combate, pero su valor decae, hasta que el dios le revela en sue­ños todo lo que va a suceder. Keret hará primeramente un sacrificio y luego, al vol­ver a su ciudad, ofrecerá un banquete a los grandes de ésta. Seguidamente tendrá efecto la batalla en el Negeb, o sea en la parte meridional de Palestina, y el resultado será desastroso para los sidonios. Keret entonces tendrá que marchar durante seis días hacia el mediodía hasta llegar al país de Edom. El dios hace una descripción minuciosa del hijo que tendrá de una tal Meshet-heri. Al despertar de su sueño durante el cual el dios le ha revelado el futuro, Keret hizo lo que su padre le había mandado. Pero la continuación de la leyenda estaba en las tablillas perdidas.

G. Furlani

La Leyenda de las Mujeres Virtuosas, Geoffrey Chaucer

[The Legende of Good Women). Poema incompleto de Geoffrey Chaucer (1340/45-1400), escrito probablemente hacia 1386, En el prólogo, del que existen dos versiones, el poeta declara explícitamente que sigue a los poetas franceses, y de hecho buena parte de la obra es una miscelánea de fragmentos procedentes de Jean Froissart (13379-1410), de Guillaume de Machaut (1290/95-1377), de Eustache Deschamps (ha­cia 1338/49-1415), en honor de la margarita, bajo cuyo símbolo se celebra a una dama. Hay también fragmentos inspirados en Dante, pero el tono general del prólogo es francés.

El  poeta, después de un día de mayo dedicado a admirar su flor predilecta, la margarita, sueña que encuentra en un prado al dios del amor junto con una rei­na, cuya corona recuerda la corola de una margarita, seguida por un cortejo de die­cinueve mujeres fieles en amor y por otras formando una larga procesión. Amor repro­cha al poeta el haber traducido el Román de la Rosa (v.) y haber escrito sobre Criseida, la amante infiel (v. Troilo y Criseida). La reina, que no es otra que Alcestes, intercede por el poeta y le ordena como penitencia que se dedique a escribir ala­banzas de las mujeres fieles en amor. Siguen nueve leyendas, de Cleopatra, Tisbe, Filomela, Filis, Hipermnestra, derivadas de otras fuentes: la idea de las leyendas probable­mente le fue sugerida por Mujeres ilustres (v.) y por las Desventuras de los hombres ilustres (v.) de Boccaccio, así como también por las Heroidas (v.) de Ovidio (el título original es: Leyendas de las santas de Cu­pido [Legends of Cupid’s Saints]).

La parte mejor del poema es el prólogo, que por la lozanía de la descripción supera a los poemas franceses que lo inspiraron. Es, además, un documento de capital impor­tancia, porque contiene la lista de las obras de Chaucer.

M. Pensa