Leyenda de San Francisco de Paula Caminando Sobre las Olas, Franz Liszt

[Lé­gende de St. François de Paule marchant sur les flots]. Composición para piano de Franz Liszt (1811-1886). No obstante haber sido inspirado por un asunto religioso, esta Ricci: San Francisco de Paula. Venecia, San Leyenda, como también la Leyenda de San  Francisco de Asís predicando a los pájaros (v.), compuesta en el mismo año, no cree­mos que pueda clasificarse, como ha hecho algún crítico, entre las obras de «carácter religioso» de Liszt. Por su atmósfera y por su escritura pianística debe más bien ser unida a los Estudios transcendentales (v. Es­tudios para piano), y a los Años de pere­grinación (v.). La composición va prece­dida de una acotación que precisa el motivo que la ha inspirado: el milagro operado por San Francisco de Paula, cuando, por haberse negado unos barqueros a acogerle en su embarcación, cruzó el estrecho de Mesina caminando con paso tranquilo sobre las olas. Un dibujo en que el pintor Steinle representa al Santo dominando la natura­leza, regalado a Liszt por la princesa de Wittgenstein, le sugirió la traducción mu­sical del episodio. La obra, de grandes vir­tudes pianísticas se inicia con la exposición del tema principal, que es ampliamente desarrollado, para llegar a un «Allegro maestoso e animado» en el que la repetición del tema resuena triun­falmente; después de un episodio lento, de carácter expresivo, que desarrolla breve­mente y termina con un rápido «crescendo» en una nueva explosión de sonoridad.

L. Córtese

La Leyenda de san Cristóbal, Vincent d’Indy

[La Légende de Saint-Christophe]. Drama sacro en tres actos de Vincent d’Indy (1851- 1931) estrenado en París en 1920. Es la ópera en que concluye la actividad teatral del músico francés. El contenido dramático está sacado por el propio músico de la Leyenda áurea (v.) de Jacobo de Vorágine con alguna modificación dirigida, no sólo a dramatizar la narración, sino a conferirle una especie de unidad cíclica mediante el retorno al final de los personajes del co­mienzo. Semejante a un tríptico, en com­partimientos separados, cada acto está cons­tituido a su vez por tres episodios unidos por el narrador como en el antiguo teatro religioso. El gigante obsesionado por la idea de servir al mayor poder existente, pasa de la corte de la Reina del placer a la del Rey del oro, cuando éste le somete junto con todo su pueblo, y por lo tanto con Sa­tanás, a quien toma por el más fuerte. Pero mientras el demonio demuestra su domi­nio terrenal, la visión de una catedral, con el acompañamiento de la voz de un niño que entona «O crux ave» le obliga a confe­sar al Rey supremo, y Cristóbal parte para buscar quien le lleve a los pies del Pontí­fice (comienzo del segundo acto; intermedio sinfónico de la «Busca de Dios»).

Un santo eremita aconseja al gigante que se dedique a pasar a los viandantes por el vado peli­groso de un río para hacerse grato al Rey, y hacer que Él se le muestre, lo que, final­mente, ocurre en una noche de tempestad. Cristóbal, llamado en socorro por la voz de un niño, lleva al pequeño viajero de una orilla a otra, a pesar de la ira de los elementos, y el peso extraordinario que siente sobre sus espaldas; terminado su tra­bajo sabe que en el niño se oculta el sobe­rano tan esperado. Cristóbal se convierte entonces en su heraldo (acto tercero). Es encarcelado y el juez, esto es, el Rey del oro, puesto que Satanás pretende el alma del excautivo suyo, introduce en la cárcel a la Reina del placer. Pero en lugar de per­derse cediendo a la tentación de su amor, Cristóbal consigue convertirla, y cuando muere en suplicio ella heredará la misión que él se ha impuesto. Según Lalo, en el arte de d’Indy se han querido aliar esta materia y la fe misma en una especie de paralelismo de planos. Lo cierto es que, aún conservando el antiguo criterio «demos­trativo» del «género», están en juego, en esta obra, todas las características construc­tivas del músico, como son el «motivo» constructor que determina la trama conti­nua y férreamente organizada, la variedad «lógica» del canto, del recitativo casi ha­blado que se encuentra desde la primera ilustración del narrador hasta el lirismo de la escena de la prisión, que figura entre los mejores fragmentos de la obra.

Y pare­cería una muestra de inspiración la voca­lización en que se expresa agustinianamente el último himno a Dios de Cristóbal, que, interrumpido por el verdugo, pasa a los la­bios de la Reina, si no viniese a hacerle sombra con el recuerdo del modelo histó­rico de las «jubilaciones» eclesiásticas, la idea del «programa», o peor, de aquel tra­bajo musical «con tesis» que culmina en esta obra entre las demás teatrales de d’Indy y viene a apagar continuamente nuestra admiración.

E. Zanetti

Leyenda de San Alejo, Anónimo

Los elemen­tos fundamentales de esta leyenda son de origen siríaco y remontan a un relato que se divulgó en Edesa en el siglo V, y fue luego ampliado y modificado, juntamente con detalles tomados de las historias de san Juan Calibita, por obra de bizantinos que dieron al protagonista, originariamente lla­mado Mar Riscia (Hombre de Dios), el nombre de Alejo (protector) santo). Llegada así la leyenda de Oriente a Roma, junta­mente con el culto del santo, en el curso del siglo X, el relato quedó consagrado en las Actas de los Santos (v.) y dio origen a un gran número de composiciones popu­lares, inglesas, alemanas, escandinavas y romances: entre estas últimas, las más co­nocidas son las francesas, porque una de ellas, el breve poema Vie de Saint Alexis (siglo XI), figura entre las más antiguas joyas de la literatura en lengua de o’il.

En Italia, atendiendo sobre todo a la versión de la leyenda recogida por Jacobo de Vo­rágine en la Leyenda áurea (v.), anónimos compiladores reelaboraron en vulgar este asunto, con finalidades, naturalmente, de edificación religiosa. De las numerosas re­dacciones manuscritas, dos, poco diferentes una de otra, y ambas sacadas de códices marcianos, fueron impresas una en Venecia, en 1861, y la otra en Imola, en 1882 (Serto di olezzanti fiori dai giardini dell’ antichità). Se refiere en ellas que Alejo fue hijo de un noble y piadoso hombre de Roma, de nombre Eufemiano, el cual lo unió en matrimonio con una princesa de sangre real. Pero, apenas terminadas las bodas, Alejo explicó a su esposa que había prometido a Dios conservar la virginidad y, habiéndola persuadido de hacer por su parte el mismo voto, partió ocultamente hacia Edesa, donde vivió durante dieciocho años como mendigo, bajo el pórtico de la iglesia de la Santísima Virgen, hasta que ésta reveló milagrosamente sus virtudes, señalándolo a la pública veneración. Enton­ces regresó a Roma, donde, sin que nadie le reconociera, vivió durante diecisiete años en casa de su propio padre, acogido como un mendigo y siendo objeto de los más crueles escarnios de sus criados. A su muerte, una voz milagrosa reclamó sobre él la atención de toda la ciudad. Acudieron el Emperador y el Papa, y sólo éste logró arrancar de las manos del cadáver, que res­plandecía como un ángel, el pedazo de papel donde estaba escrito el relato de su vida.

En medio de la desesperación de sus padres y esposa, entre un gentío devoto y mul­tiplicados milagros, el Santo fue sepultado en la iglesia de San Lorenzo Mártir. El relato es sencillo de línea, puro en la expo­sición y lleno de fe serena y sincera. Así se presenta poco más o menos en las otras versiones dialectales, entre las cuales es importante la lombarda de Bonvesin de la Riva (Vita Beati Alexi), mientras es más artificioso y complicado con detalles nove­lescos e intervenciones diabólicas, el poemita toscano que, primero en octavas y lue­go en sextinas, con pocas modificaciones, fue impreso varias veces, desde la mitad del siglo XVI en adelante, en Florencia. En la leyenda de San Alejo se inspiraron también algunas representaciones sagradas, de las que han llegado hasta nosotros, la primera, anónima, que fue impresa en Flo­rencia en 1517.

E. C. Valla

** Son también notables las transcripcio­nes húngaras de esta leyenda, conservadas en varios códices.

Leyenda de Rübezahl, Anónimo

La existencia de esta leyenda está documentada desde el siglo XVI; pero el nombre en medio altoalemán se halla ya como nombre de lugar, y de persona en el siglo XIII, y los orígenes de esta leyenda remontan a épocas todavía más antiguas.

El personaje — que en algunos aspectos parece relacionarse con la saga de Odin y del Cazador feroz (v.) — es, en efecto, uno de aquellos «Genios de la naturaleza» en que abundó, en tiempos antiguos, la fábula germánica. Su reino es el Riesengebirge, en los confines entre la Silesia y la Bohemia; su morada está en el seno profundo de los montes, en el corazón de la floresta; y su amor es mu­dable como el tiempo, caprichoso e incal­culable como la propia naturaleza de la montaña en medio de la cual él anda de un lado a otro con frecuencia, llevando una parda capa corta hasta la rodilla, con una lámpara de minero en la mano, con la roja barba al viento, como lo pintó romántica­mente Moritz von Schwind en un célebre cuadro suyo, o bien con un largo sayo pardo de monje, y un nudoso garrote en la mano, como lo representan versiones más antiguas; en sus ojos de llama relampaguea la malicia.

Como todos los seres en que la imaginación popular personifica la fuerza misteriosa de los elementos, tiene poder de encantador; reina sobre inagotables tesoros escondidos, se hace invisible a su gusto, o bien adopta apariencias humanas o as­pecto de monstruo o de animal; y puede subvertir todas las leyes de la naturaleza, hacer florecer inesperada primavera en el corazón del invierno, o descender las nie­ves sobre las campiñas voluptuosas del ple­no estío; hacer desaparecer un lago alpino o desviar de improviso el curso de un to­rrente. Según un motivo de la leyenda, ligado a la etimología popular de su nom­bre («Rübezahl»,«Rübenzagel»apuntas de nabo), era al principio un gran «troldo» bo­nachón, fácil de enternecerse ante cualquier gentil figurita de muchacha; pero la bella Emma, a la que vio en su baño y transportó con acto mágico a su. encantado palacio sub­terráneo, lo supo engatusar, y el día menos pensado — después de mandarlo a su huerto a contar los nabos que allí había, con la pro­mesa de acceder por fin a las bodas con ella por las que él suspira — salta a caballo y se le escapa; él la persigue en vano: antes de poder alcanzarla está ella más allá de los confines de su reino, donde cesa todo el poder de él.

Desesperado de dolor y dé ira, el pobre engañado se hunde en el seno de la tierra y decide no volver jamás a la superficie; pero en realidad necesita de los hombres; es más, en el fondo los ama sin poderlo remediar; y por fin, a pesar de sus terribles propósitos, vuelve a la superficie de la tierra y reanuda sus vagabundeos, aunque con nuevo humor, receloso y quis­quilloso. ¡Son tan pérfidos, en efecto, esos «hombrecillos», traidores y petulantes! Mien­tras él, Rübezahl, «Genio de la montaña», estaba consumiéndose de amargura y de pena; durante algún tiempo no lo vieron por ninguna parte, y — después de haberse burlado ellos de su desventura — ahora lo desprecian como si no existiese ya su poder. Pero Rübezahl, con toda clase de tretas, realiza su alegre venganza: hace que se escapen las ruedas de los coches cuando bajan corriendo las pendientes; hace des­cender sobre las espaldas de sus burladores lluvia de palos o granizadas de piedras; descarría los ganados y los dispersa por los precipicios.

Pero su corazón ha permanecido siempre en su sitio: ¿cómo podría él, en ciertos casos, no dejarse conmover? Al joven Benedix, que ha pronunciado su nombre en vano y en tono de befa, le prepara pri­mero una pérfida burla; toma las aparien­cias de él; asalta, «cubre de palos» y saquea a un hebreo, y después, con nuevo disfraz, conduce al hebreo a la hostería donde está comiendo Benedix rehaciéndose de las fati­gas de un viaje; como es natural, el hebreo denuncia al que él piensa ser su agresor, y el pobre Benedix, condenado a muerte, está a punto de pasar «el peor cuarto de hora de su vida»; pero basta la lluvia de lágrimas de su novia Clarita para que acto seguido Rübezahl lo remedie todo: vestido con hábito de fraile confesor que ha de preparar al condenado en aquel ex­tremo trance, baja al calabozo, hace huir a Benedix, toma el aspecto de éste y lo sustituye; al día siguiente todos los villanos acuden para asistir a la ejecución en la hor­ca; pero suspendido ya de la cuerda hace tantas muecas y contorsiones con la boca y el rostro, que hasta el verdugo echa a correr; en vano el Concejo comunal ordena una investigación oficial para saber lo que ha sucedido: cuando se hace la inspección en el lugar del suceso no se encuentra colgado de la cuerda sino un monigote de paja cubierto de harapos.

Todas éstas y otras muchas cosas — la historia de mamá Use, que va un día al bosque a recoger follaje y se lleva tras ella a sus cuatro hijitos que no la dejan en paz; pero cuando Rübezahl le pide uno de los cuatro tra­viesos, prometiéndole hacer de él todo un señor, responde que «antes se dejaría arran­car el corazón del pecho», y después, a su regreso, siente que su cesta pesa tanto que, al fin, después de darle a comer el follaje a su cabra, advierte que ésta se ha muerto, porque el «follaje era todo él oro, oro fino»; o la historia de la condesa Cecilia, con sus hermosas hijas, la cual viajando por el bosque para ir a Carlsbad primero es sal­vada y después hospedada por el conde de Riefenthal en un gran castillo suyo, donde hay ya un pequeño grupo de otros convi­dados, y más tarde, cuando llega a Carls­bad, se encuentra de nuevo en medio de las mismas personas, que muestran no recordar nada ni conocerla siquiera, y sólo en su camino de regreso, cuando hasta el gran castillo del bosque ha desaparecido, comprende que «Rübezahl ha andado» en la placentera burla — todas están contadas agradablemente con el tono ingenuoirónico propio de la mentalidad iluminista, por Karl Musäus (1735-1787), en un volumen: Leyendas de Rübezahl, contenido en la serie de sus popularísimos Cuentos populares de los alemanes [Volksmärchen der Deutschen, 17782-86 J. Una Daemonología Rubinzaii Silesii publicada en tres volúmenes (1662- 1665) por Johann Praetorius fue su fuente principal; y ha continuado siendo una de las principales fuentes hasta para colec­ciones más modernas, entre las cuales una reciente de E. Peuckert (1926).

Entre las inspiraciones que ha sacado de estas leyen­das la poesía culta, la creación más suges­tiva es el Libro de Rübezahl [Rübezahl­buch, 1915], de Carl Hauptmann, en el cual nueve diversos episodios son trasladados a un plano de sensibilidad moderna, con pers­pectivas que se abren hacia fondos simboliconaturalistas: la leyenda pierde con ello, en parte, su popular vivacidad, pero también en algunos pasajes adquiere nuevo empuje e inspiración.

G. Gabetti

La Leyenda del Parnaso Contemporáneo, Catulle Mendès

[La légende du Parnase contemporain]. Conferencias literarias de Catulle Mendès (1841-1909), publicadas en Bru­selas en 1884. En una forma amenamente divulgadora, sin perjuicio de la visión de conjunto, el autor dice que el movimiento parnasiano (v. Parnasianismo) es una ver­dadera leyenda, puesto que no se ha pen­sado jamás en convertirlo en escuela, y sus adeptos son todos ellos artistas ingenuos y sinceros que tienden a realizar su propio sueño de la mejor manera posible. El mo­vimiento parnasiano había nacido de la unión de la admiración por la nitidez de los clásicos, con la impasibilidad formal de una visión de arte.

La admiración es expre­sada por una finura descriptiva que tiende a crearse un estilo propio, Mendés procura hacer notar el valor de su obra organiza­dora y práctica, tanto por haber compilado desde 1866 a 1876 las tres antologías del Parnaso contemporáneo (v.), como por haber sostenido siempre con hábil eclecticismo a los artistas de su generación. Junto a una inalterable admiración por Hugo y la poesía, que encierra en sí todas las manifestacio­nes artísticas del siglo, y a una exaltación de Wagner, Mendés no especifica clara­mente los elementos de la nueva corriente literaria y se detiene más que nada a ha­blar de este o de aquel poeta, desde los mayores a los menores y a los olvidados, y a leer sus composiciones más significativas. En este recorrido retrospectivo, los recuer­dos personales constituyen la nota más interesante desde la multicolor evocación de Albert Glatigny, del joven Coppée, hasta su propia condena a prisión por la exce­siva libertad de alguno de sus versos. Y siempre, a través de sus páginas llenas de vida, aparece en Mendés el exaltador con­vencido de una tendencia artística que que­ría la belleza de la forma y la limpidez del cincelado, aunque fuese en menoscabo del calor de los sentimientos y de nuevas ideas. Se comprende con esto que este parnasiano se mostrase hostil a los simbo­listas, que querían llevar al arte un mayor soplo de vida.

C. Cordié