Leyenda de Santa Margarita, Anónimo

[Margit-legenda]. Narración hagiográfica de la vida de Santa Margarita (1242-1271), prin­cesa de la dinastía arpadiana, escrita hacia 1500. -No se conoce el autor del original latino, ni el traductor húngaro; sólo cono­cemos la copia hecha por la monja domi­nicana Lea Ráskai. La leyenda sigue en gran parte los sumarios del proceso de bea­tificación. Representa con sentido artístico la figura de la princesa que se flagela en el claustro, y tiene un gran valor histórico- cultural por la descripción de la vida de los monasterios húngaros. La leyenda fue recogida por Géza Gárdonyi (1863-1922) en la novela Los esclavos de Dios (v.) y por János Kodolányi (n. en 1900) en la novela La beata Margarita.

M. Benedek

Leyenda de Santa Teodora, Zambrini

[Leggenda di Santa Teodora]. Relato anónimo del siglo XIV, publicado por Zambrini en su Colección de leyendas inéditas [Collezione di leggende inedite] en 1855. Inspi­rándose probablemente en la narración de Metafrastes en las Actas de los Santos (v.), el compilador nos ofrece una redacción bastante más vasta y colorida que las aná­logas contenidas en la Leyenda áurea (v.) de Jacobo de la Vorágine y en la adaptación vulgar de las Vidas de los Santos Padres (v.), Teodora vive en Alejandría, en tiempo del emperador Zenón como esposa virtuosa de un virtuoso marido, hasta que el demonio hace enamorarse de ella a un joven de la ciudad. Por bondad de corazón, Teodora se deja arrastrar a corresponder le, instigada por una pérfida vieja, al decir de la cual, como el pecado se comete de noche, Dios no podrá verlo.

Pero, después de su caída, convencida de su error por una sabia aba­desa, Teodora, presa del más amargo arre­pentimiento, se corta el pelo, se viste de hombre y huye al desierto, rogando ser admitida a servir en un convento de mon­jes. El abad la hace aguardar toda una noche a la puerta del convento, dispuesto a recibirla si las fieras la respetan, dando así testimonio del consentimiento divino. A la mañana siguiente, Teodora, ilesa, es acogida en el convento, donde bajo el nom­bre de Teodoro permanece muchos años, trabajando, ayunando y obrando milagros. Pero el demonio no desiste de perseguirla: una mujer, que ha intentado en vano sedu­cir al presunto Teodoro, después de haber pecado con otro, acusa a aquél de haberla hecho madre. Teodora se deja expulsar del convento, recoge al niño que todos creen que es suyo, y vive con él santamente en el desierto. Aún aquí, reducida por la vida que lleva a un aspecto casi bestial, descar­nada y abrasada por el sol, con las uñas largas y la cabellera enmarañada, soporta heroicamente la incesante lucha contra el espíritu maligno, que la atormenta con ten­taciones y ataques crueles. Readmitida final­mente en el convento, después de haber obrado otros milagros muere, y entonces, por aviso divino, el abad se entera de su verdadera naturaleza.

La leyenda es inte­resante en sus detalles, como ejemplo carac­terístico de la indulgencia con que el cris­tianismo medieval aceptó y asimiló los te­mas más heterogéneos. Quizás precisamente por esta indulgencia la leyenda gustó y se difundió, como atestiguan las variadas edi­ciones de una estampa popular, que, bajo el mismo título, traduce en octavas la prosa de esta leyenda.

*      La literatura italiana popular conoce también a otra santa Teodora (Acta Sanctorum del 21 de abril; v. Actas de los San­tos) en cuya leyenda se inspira una sacra representación, reproducida también en la recopilación a cargo de Alessandro D’Ancona, Florencia, 1872. Esta Teodora es una doncella que vive en Antioquía y de la cual se enamora el procónsul romano. Re­chazado por ella, que quiere permanecer fiel a su voto de virginidad, la condena a entrar en un lupanar. Pero Euríalo, un jo­ven cristiano que está enamorado de ella, se disfraza y lá reemplaza. Descubierto el fraude, ambos reclaman la muerte para si y la salvación para el otro; condenados los dos, sufren juntos el martirio y juntos su­ben al cielo. Esta representación sacra, en la que, según costumbre, se insertan ele­mentos realistas y aun cómicos para variar el motivo central, nos interesa sobre todo porque en la magnánima porfía entre los dos jóvenes se ha querido ver un prece­dente del episodio de Olindo y Sefronia en la Jerusalén libertada (v.).

E. C. Valla

Leyenda de San Procopio, Jaroslav Vrchlicky, Jaroslav Vrchlicky

[Legen­da o svatém Prokcop]. Poema checo de Jaroslav Vrchlicky (Emil Frida, 1853-1912), publicado con otros poemas en el ciclo titulado «Mitos» (1879-1880); ampliado y reeditado como obra aparte en 1884.

En una gruta escondida entre los bosques de Sazava vive el ermitaño Procopio, quien tuvo que arrojar de allí a una legión de diablos, quedándose uno de ellos como sier­vo suyo. Procopio se ha aislado para de­dicarse a la oración y al trabajo, me­diante lo cual intenta dominar a su gusto la naturaleza. Pero todo el paisaje que se extiende ante sus ojos es como un gigan­tesco y amenazador anciano; y Procopio comprende entonces que con la naturaleza solamente podemos estar en buena armonía a través de la bondad. De aquí se deriva la idea de la lucha que debe sostener con­tra el paganismo. Los diablos han dejado en la gruta los dioses paganos, y una noche todo el mundo resucita ante los ojos de Procopio: el dios del sol primaveral Rad- host, el del mediodía Rujevit, el dios del otoño Porevit y otros numerosos dioses, en­tre los cuales está el dios del trueno Perun. Invocando a Dios para que lo ilumine, Pro- copio con la cruz se arroja entre las llamas de Perun y éste se desvanece. Pasan años de intensa meditación y oración, y final­mente llegan a la gruta unos monjes ale­manes, venidos de Bohemia para difundir el Cristianismo.

Procopio comprende que la actividad de la fe no se hermana con la soledad y la meditación, e impulsa al prín­cipe Oldrich a construir un monasterio, cuyos monjes se dedicarán al cultivo de la tierra y a la educación del pueblo, fun­diendo de este modo la actividad material y la actividad espiritual. Después de varias vicisitudes que demuestran cuán fuerte es aún el atractivo del mundo para los her­manos monjes, Procopio los reúne a todos a su alrededor y después de haber expli­cado cómo solamente la fe y el amor son omnipotentes, predice tiempos duros y di­fíciles, en la lucha contra los monjes ex­tranjeros, y ordena a los hermanos que resistan en nombre de la religión y de la patria. Luego se retira de nuevo a la gruta, donde, después de haber tenido por última vez la visión del viejo que personificaba a la naturaleza, muere. El poema dedicado a San Procopio, defensor de la patria y de la religión, ocupa un lugar notable en la lite­ratura checa, no sólo por su significación, puesto que el santo es considerado protector de la literatura eslava, introducida en Bohemia por los santos Cirilo y Metodio, sino también por su valor artístico intrín­seco, el cual resulta especialmente del tono popular de la leyeftda, que Vrchlicky sabe subrayar con viva intuición poética.

La per­fecta y monumental simplicidad de su cons­trucción, la vivacidad de los detalles inge­nuos y humorísticos y la lírica entonación mística de sus versos hacen de esta obra el máximo exponente de la producción de Vrchlicky.

E. Lo Gatto

Leyenda de San Juan Bautista, Anónimo

Los Evangelios Apócrifos, especialmente el del pseudo Mateo, describen con ingenuos y poéticos rasgos la infancia de Juan Bau­tista y su encuentro en el desierto con la Sagrada Familia que volvía de Egipto. Inspirándose en este relato, la fantasía medieval tejió sobre la vida del Bautista una extensa leyenda, que en la redacción francesa es llamada novela (Le román de saint Jean Baptiste). La redacción italiana es obra de un anónimo del siglo XIV, y fue publicada en 1500 y reimpresa en una forma más exacta y extensa por D. M. Manni en Florencia en 1734 (Vite dei Santi Patri, vol. III). Las líneas generales del relato son las tradicionales. Juan nace de una piadosa pareja de ancianos, Zacarías e Isabel, y ya dentro de las entrañas ma­ternas manifiesta sus virtudes proféticas, reconociendo y saludando a Cristo, todavía oculto en el seno de la Virgen. De niño, llevado por irresistible amor a la vida con­templativa, huye al desierto, donde encuen­tra a Jesús, que le revela el misterio de su pasión y muerte y le confía la misión de prepararle el camino. Juan se convierte entonces en la voz que grita en el desierto y suministra el agua lustral a las multitudes y al propio Cristo.

El odio de los fari­seos y el rencor de Herodes, a quien Juan censura por sus ilícitos amores con su cu­ñada Herodías, lo llevan a la cárcel, donde se le da muerte por orden de Herodías, que ha obtenido el don de su cabeza, va­liéndose de las gracias de su hija Salomé. Nuestro interés es sobre todo atraído por la personalidad del narrador, que se complace en todos aquellos detalles pintorescos que satisfacen su afectuoso e ingenuo afán de representaciones realistas, pero que se apre­sura a informarnos de que no se trata de verdades de fe, sino que a él «le deleita pensar así». He aquí una serie de cuadritos deliciosos: la Virgen María, de quince años, que asiste, llena de suave gravedad en su inexperiencia, al parto de Isabel; la familia de Zacarías que exulta leyendo la carta de José, donde se narra punto por punto el nacimiento de Jesús; el niño Juan que anda vagando por el desierto, semejante a un parque maravilloso donde, entre árboles y flores, canta las alabanzas de Dios, estable­ciendo una afectuosa familiaridad con todas las fieras; José y María comen en el de­sierto su frugal condumio, rodeados del afec­tuoso afán de los niños Jesús y Juan. Más adelante el escritor se complace imaginan­do el procedimiento como Juan fabricó su vestido de piel de camello, y el modo como se arreglaron las turbas para dormir en el desierto, o nos presenta a una Herodías que hace burla de su marido para excitarlo contra el Santo, y se lanza contra éste con «impías villanías».

Incluso la ultratumba le brinda ocasión de ingenuas y vivacísimas descripciones, como la del diablo guar­dián de Juan que se va mortificado cuando sus compañeros aseguran que no ha logrado hacerle cometer ni siquiera un pecado ve­nial; y el de los patriarcas del limbo, a quienes el Santo lleva la embajada de Je­sús y lo acogen con la afectuosa alegría de una familia hospitalaria. La lenyenda que la fantasía medieval tejió sobre la vida y la muerte del Bautista es rica materia de poesía, como se ve, de la que sacarán sobre todo partido las artes figurativas; también el teatro se inspirará en ella, empezando por las representaciones sacras, entre las que la más conocida es la de Feo Belcari y G. Benci. E. C. Valla

*     La leyenda del Bautista tuvo particular fortuna en alemania donde se encuentran acerca de ella barias obras de la Edad Media y del Renacimiento. La primera es el Juan Bautista de la poetisa Ava, poemita religioso en alemán medieval, compuesto a principios del siglo XII. Viene a ser una introducción a la Vida de Jesús (v.) de la misma autora y refiere brevemente la pre­dicación del Bautista. Sigue el Juan Bau­tista del sacerdote Adelbrecht, breve poema también en alemán medieval compuesto en Carintia entre 1120 y 1130. Narra la vida del Bautista siguiendo los Evangelios en un estilo difuso de leyenda, rico en detalles y ampliado con explicaciones y consideracio­nes religiosas. El Juan Bautista de Baumgertenberg es un poemita, procedente del convento de Baumgertenberg del Danubio, compuesto en alemán medieval cerca del año 1130. Relata la vida del Bautista par­tiendo quizás de un original latino, que da mayor relieve a su significado espiritual y teológico. El Juan Bautista [Johannes der Täufer] de Hans Sachs es uno de tantos dra­mas bíblicos compuestos por él a mediados del siglo XVI, con tendencia al drama popular. Menos importancia tienen las otras tragedias del mismo siglo compuestas por J. Krügingen (1545), A. Meyenbrunn (1575) y J. Sander (1588). M. Pensa

Leyenda de San Francisco, San Buenaventura de Bagnoregio

[Legen­da sancti Francisci]. Obra escrita en latín por San Buenaventura de Bagnoregio (1221- 1274). Es uno de los más significativos testi­monios del movimiento franciscano. En su admiración por el fundador de la Orden, el erudito doctor ensalza las virtudes heroi­cas y divinas del pobrecito de Cristo, e ilumina con ellas su vida, afirmando la necesidad de tomar como modelo sus actos y sus palabras. Puesto que toda la vida de Buenventura estuvo dedicada a poner en práctica, según los dictados de la Iglesia, las enseñanzas de aquel que consideraba como su maestro, se comprende que escribiese la vida del santo con fines de edifi­cación y la dividiese en dos partes común­mente llamadas «Leyenda mayor» y «Le­yenda menor».

La vida de Francisco enseña los caminos admirables hacia la perfección; por lo cual, los detalles biográficos se pier­den en la exaltación de los motivos espiri­tuales que se verifican en la figura histórica del Santo. La grandeza de San Francisco, por la dulzura y la simplicidad de su vida, por el amor hacia las criaturas, se funde con la humillación de sí mismo ante la obra infinita de Dios. De manera que para Bue­naventura la vida de un hombre semejante no puede ser más que «leyenda», motivo de meditación y ejemplo a seguir para ser no solamente fransciscano, sino verdadero cristiano. Esta exaltación hagiográfica y, si no doctrinal, por lo menos parenética, encuen­tra su correspondencia en los cinco Sermones sobre San Francisco, pensados por Buenaventura en estrecha unión con la obra estrictamente biográfica. En ellos insiste en los motivos fundamentales de la Leyen­da, haciéndolos objeto de un estudio más preciso y extenso, con la finalidad de poner en evidencia la importancia excepcional del ejemplo del Santo para la historia de la humanidad y la redención de ésta en la palabra de Cristo. En la primera literatura franciscana esta «leyenda» (en el sentido medieval de «vida digna de meditación») tiene, empero, también una importancia polémica, porque se contrapone a todas las Vidas anteriores, incluyendo las dos de To­más de Celano, a las cuales aspira a susti­tuir como fuente para el conocimiento de San Francisco.

Dada la intención hagiográfica del autor, en la Leyenda no puede en­contrar sitio más que lo que se refiere al santo, no al hombre: y por lo tanto, es na­tural que no haya la menor indicación sobre la composición del Cántico de las crea- turas (v.), mientras que comenta amplia­mente el poder taumatúrgico del santo. La cuidada y orgánica disposición de la mate­ria y la elevación de su estilo han hecho de esta leyenda la- más conocida entre las vidas de San Francisco. El capítulo general de la Orden reunido en Pisa en. 1263, la reconoció oficialmente.

C. Cordié