Leyenda Franciscana, Anónimo

[Ferene-legen­da]. Es el primer libro escrito en húngaro (un códice anterior a 1450). Por el nombre de su descubridor primeramente fue lla­mado Códice Ehrenfeld; luego se le dio el nombre de Jókai, en honor del gran nove­lista. Contiene la traducción húngara, re­sumida, de los Hechos de San Francisco (v.), del Espejo de perfección (v.) y de la Leyenda de San Francisco (v.) de S. Buenaventura, narrando a los monjes los momen­tos principales de la vida del Pobrecito de Asís. Los detalles los encontramos en otros muchos códices. Indudablemente éste in­fluyó en la difusión en Hungría del espí­ritu franciscano.

M. Benedek

Leyenda de Vergogna, Anónimo

[Leggenda di Vergogna]. Relato anónimo del siglo XIV, publicado por Alessandro D’Ancona en Bolonia, en 1869, y anteriormente por Zambrini, en 1853, bajo el título de Novella d’un barone di Faraona.

Refiere la leyenda de un gran barón del reino de Faraona que, por instigación diabólica, seduce a su bella hija y la hace madre. En el arrepen­timiento que sigue a la culpa, mientras ella se desespera, él la consuela con el pensa­miento de la misericordia divina, y reco­gido secretamente el fruto de su pecado, lo bautiza con el nombre de Vergogna (Ver­güenza), lo embarca en una navecilla y lo confía a las olas del mar. Luego se dirige en peregrinación a Jerusalén, y allí muere santamente, después de haber recobrado la gracia divina. La hija, que vive en un monasterio, rechaza obstinadamente todos los pretendientes a su mano, hasta que los barones de Faraona, coaligándose contra ella, la desposeen de los bienes paternos. Un ángel, que se le aparece en sueños, le revela el lugar donde su padre escondió sus tesoros, y la exhorta a reclutar con ellos un ejército para guerrear contrarios usur­padores. Entre los guerreros que acuden a defenderla se distingue por su valor Vergogna, a quien el viento había llevado a las costas de Egipto, donde, rebautizado con el nombre de Girardo Avventuroso, había sido educado en la corte del rey.

Vergogna y su madre se enamoran y, sin sospechar el vínculo que los une, contraen matrimonio. Pero no tardan en descubrirlo, y dando en limosnas todo cuanto poseen, se dirigen a Roma, donde el papa les absuelve de sus pecados y donde terminan santa­mente sus vidas, haciendo áspera peniten­cia en sendos conventos. Sus dos cuerpos son enterrados juntos, y en la tumba hay una inscripción que, después de recordar los múltiples vínculos de parentesco que el doble incesto ha creado entre ellos, garan­tiza que sus almas se han salvado. La leyen­da no pertenece, como se ve, a la literatura ascética, porque recoge motivos novelescos y escabrosos; pero su moral claramente expresada en los discursos con que primero el padre y luego el hijo levantan los ánimos de la mujer culpable desde la desesperación a la fe, es religiosa y se resuelve en la afir­mación de la grandeza de la misericordia divina y del poder purificador de la peni­tencia.

Este concepto fundamental, que la diferencia de la parecida Leyenda de Ju­das (v.), resalta todavía más en el anónimo relato francés conocido con el nombre de Vida del papa Gregorio Magno [Vie du Pape Grégoire le Grand], del cual probable­mente deriva la leyenda italiana. En la francesa, efectivamente, el culpable del in­voluntario incesto acaba nada menos que siendo pontífice bajo el nombre de Gregorio el Grande. En alemania este relato inspiró a Hartmann von Aue un breve poema: Gre­gorio en la roca, o el buen pecador (v.).

E. C. Valla

Leyenda de Tres Monjes que van Al Paraíso Terrenal, Anónimo

Esta leyenda, publicada por C. Bosio en Venecia en 1846, y después por otros en varias redacciones, parece nacida en Italia, y se distingue de las narraciones afines porque, a pesar de estar tejida sobre temas comunes, que se repiten a menudo en la literatura medieval, conserva un carácter puramente ascético, excluyendo todo elemento novelesco y de aventuras.

Se cuenta en ella que tres mon­jes vieron un día bajar por la corriente del Nilo una rama de árbol maravilloso, con hojas de oro, de plata y de varios colores y frutos suavísimos. Comprendieron que procedía del Paraíso Terrenal que se halla en Oriente sobre un monte altísimo, y derra­mando lágrimas al pensar en aquel lugar de divinas dulzuras, decidieron ponerse inmediatamente en su busca, sin advertir si­quiera a su abad. Después de un largo viaje, en que la alegría del espíritu vence las fatigas del cuerpo, llegan al umbral del santo lugar, y allí, durante cinco días se detienen a contemplar, olvidándose de sí mismos y asombrados, el rostro resplande­ciente del ángel guardián. Por la benigni­dad de éste entran y caminan, entre las armonías de las esferas celestes y los can­tos de los ángeles; y, guiados por los santos ancianos Elias y Enoc, admiran los simbó­licos árboles, y la fuente de donde brotan los cuatro grandes ríos: Tigris, Eufrates, Gión (Nilo), Fisón (Ganges), y los peces que hacen eco a los cantos del Paraíso, y los pajarillos de plumas coloradas, «encen­didas lucernas» de los que se eleva un coro de alabanzas a Dios.

Pasan en la extática contemplación unos setecientos años, y ellos no creen que hayan pasado ocho días cuan­do Enoc y Elias los despiden. Vuelven al monasterio, donde unas siete generaciones de monjes se han sucedido mientras tanto, y nadie conoce a los santos peregrinos; pero un viejo misal que guarda recuerdo de su desaparición, les da fe de ello. Después de cuarenta días mueren, y se convierten en cenizas, mientras entre perfumes y cantos, los ángeles suben sus almas al cielo. Esta narración, obra de un anónimo medieval, está toda ella aureolada de una luz de en­sueño y éxtasis; la embriaguez del rapto místico, el naufragar de la humana concien­cia en la sima placentera de lo divino, son descritos con procedimientos ingenuos, pero de profunda eficacia.

E. C. Valla

Leyenda de Ultramar o La Condesa de Ponthieu, Anónimo

[Légende d’outre mer, ou la Comtesse de Ponthieu]. Narración fran­cesa de la que se tienen dos versiones en prosa del siglo XIII y del XV.

Tebaldo, hijo de la señora de Domart, se había ca­sado con la hija del conde de Ponthieu. La falta de descendencia les aflige tanto, que deciden hacer una peregrinación a San­tiago de Compostela. Pero durante el ca­mino son asaltados por bandidos, que fuer­zan a la mujer y luego abandonan a sus víctimas. En vez de libertar al marido ata­do, la mujer intenta matarle con una es­pada pero no lo consigue; durante el re­greso el conde de Ponthieu, indignado por la conducta de su hija, la abandona en el mar. Salvada por unos mercaderes flamen­cos, es ofrecida al sultán de Aumariz, que se casa con ella. Mientras tanto, el conde y Tebaldo, llenos de remordimientos por su conducta para con la desgraciada, van a combatir a los infieles, pero son arrojados por la tempestad a la isla de Aumariz. La sultana les reconoce, les salva y les hace contar su historia; cuando llegan al mo­mento en que cuentan el acto de la mujer contra el marido, ésta da muestras de com­prender el motivo de su actitud, que no era otro que la vergüenza que sentía por la afrenta sufrida en su presencia. Ellos no habían pensado jamás que sólo este senti­miento hubiera podido empujarla hasta aquel extremo. Finalmente, dándose a cono­cer, parte con ellos, dejando en Oriente una hija de la cual luego descendió Saladino.

La narración, rápida e interesante, tiene un carácter literario muy bien defi­nido, pero especialmente con tono popular. Los sentimientos expresados son de lo más primitivo; no hay nada histórico.

C. Cremonesi

Leyenda de Santa Úrsula, Anónimos

[Leggenda di Sant’Orsola]. El relato fabuloso de la santa que pereció mártir de Cristo juntamente con once mil vírgenes parece que surgió como una espléndida revancha de la fantasía sobre la historia, de la equi­vocada interpretación de una inscripción, ya sea que ésta conmemorase la muerte de «Santa Úrsula y Undecimila, vírgenes», ya la de «Santa Úrsula y XI M.(ártires) V(írgenes)». Localizada en los primeros tiem­pos en Colonia, y puesta en relación ora con las persecuciones de Diocleciano, ora con el sitio de Colonia por los hunos, esta leyenda debió sufrir muchas modificaciones antes de tomar la forma en que la trans­mitió el anónimo autor trescentista y la publicó Zambrini en su Collezione di leggende inedite, 1855.

Úrsula nos aparece aquí como hija del rey de Hungría, y su nombre deriva del hecho de que nació revestida con una piel de oso, presagio de la semejanza de su destino con el de San Juan Bautista. De muy joven, como la fama de su belleza y de su virtud volaba por el mundo, fue pedida por esposa, para su hijo, por el poderosísimo «rey de Pagania de Ultramar». Mientras sus padres se desesperan, no sa­biendo como motivar su negativa, Úrsula se presenta a los embajadores en todo el ful­gor de su dulce belleza, puesta en relieve por la magnificencia de sus vestidos y alha­jas, y se declara dispuesta a consentir a lo solicitado, a condición de que el rey y su hijo se hagan cristianos y le concedan tres años de tiempo, ya que antes de la boda quiere hacer una peregrinación a Roma y a Tierra Santa, e invita a su prometido a enviarle diez mil nobles vírgenes paganas que constituirán su séquito. Las condiciones son aceptadas. Llegan, con los huéspedes reales y una magnífica escolta de caballe­ros, las diez mil doncellas cubiertas de ves­tidos y joyas resplandecientes, y Úrsula las recibe en un campamento de seda y púr­pura surgido de improviso, por obra divina, a sus plegarias.

Después de haber asistido a su bautizo, Úrsula es elegida señora y capitana de las gentes venidas de ultramar, a las cuales se unen las mil doncellas hún­garas de su propio séquito. En medio de la admiración de todos, aquella bellísima y colorida multitud se pone en marcha. En Roma, incluso el papa renuncia a la tiara para seguirlas. Llegadas al reino de Esclavonia, las peregrinas suscitan la ira del sultán, el cual les envía embajadores con­minándolas a que abjuren de su fe; pero todas rehúsan y, confortadas por Úrsula, reciben santa y alegremente el martirio. El pío relato, que utilizó también Castellano de Castellani, en una sacra representación que se titula con el nombre de la santa, es uno de los más conmovedores del legen­dario cristiano. En la prosa de nuestro anó­nimo se observan, al lado del candor y fer­vor religioso, un singular sentido estético que lo hace insistir ingenuamente en todos los aspectos de belleza, ya se encarne en la persona humana ya resplandezca con el brillo de las joyas y los brocados.

E. C. Valla