Fuga del Gato, Domenico Scarlatti

[Fuga del gatto]. Com­posición para clavicémbalo de Domenico Scarlatti (1685-1757), publicada por vez pri­mera en la colección de Ejercicios para clavicémbalo (v. Sonatas para clavicémba­lo) que el autor dedicó, alrededor de 1729, a la Princesa de Asturias. En el original, la pieza lleva solamente la indicación «moderato»: el título con que hoy es popular ha nacido de la leyenda de que el tema prin­cipal le fue sugerido a Scarlatti por las no­tas que tocó casualmente un gato que pa­seaba sobre el teclado de su clavicémbalo; anécdota debida probablemente al aspecto extravagante del tema, que se mueve con intervalos algo insólitos. Las voces que entran en la «exposición» de la fuga son cuatro; sin embargo, más tar­de, la polifonía alcanza sólo episódicamente este número de partes. No hay que buscar aquí un estilo complejo y profundo como el de un Bach; no obstante, también ésta es polifonía, adecuada al estilo clavicembalístico de Scarlatti, que tiende generalmente hacia lo conciso, lo rápido, comúnmente definido como «estilo brillante» scarlatiano. Especialmente notable es la modernidad ar­mónica de la fuga, dada en parte por las continuas modulaciones, aunque en el es­pacio de pocas tonalidades (la principal de la pieza es sol menor, pero, como se solía hacer por aquel entonces, con un único «bemol» en la clave). La técnica clavicembalística (aplicable al piano moderno) es más bien extraña, por la abundancia de pa­sos de notas dobles y el movimiento rápi­do y sin descanso. En el desarrollo de la fuga, el tema aparentemente retorcido se desata y se clarifica creando un conjunto armónico y animado por el característico y brioso fuego de Scarlatti.

F. Fano

La Fuga del Ciervo, Christian Winther

[Hjortens Flugt]. Poema del escritor danés Christian Winther (1796-1876), publicado en 1855. La narración se desarrolla libre y líricamente sobre un fondo histórico: los sucesos de los años alrededor del 1420, cuando Erik de Pomerania combate en Dinamarca y es expulsado de ella. Es la Edad Media vista y evocada con ojos románticos. Tres parejas de amantes, sus amores y sus dificultades constituyen el centro del relato: el «Junker» Strange y Ellen, el rey Erik y la reina Jorgen y la pequeña campesina Anna. Sobre todos ejerce sus malvadas artes una mu­chacha, Rhitra. Se venga de Strange porque rehusó ceder a su amor, pero después su fuerza se debilita y el joven se puede re­unir con su Ellen. Igualmente pone la dis­cordia entre el rey y la reina, entre Jorgen y Anna: pero también en este caso acaba perdiendo. El poema está constituido por una serie de episodios, trenzados y resuel­tos con sencillez, y uno de ellos, no narrativo, sino puramente lírico, es la fuga del ciervo de Gurre a Fensmark, que da título a la obra. El poeta se entretiene de buena gana describiendo el paisaje de su Zelandia. El metro empleado es el mismo usado en Los Nibelungos (v.).

G. Puccini

La Fuga De Gabriel Schilling, Gerhart Hauptmann

[Gabriel Schilling Flucht]. Drama de Gerhart Hauptmann (1862-1946), escrito poco después del drama simbolista Pippa bai­la (v.) y, sin embargo, de tono completa­mente distinto, publicado en 1912. El autor guardó durante seis años el manuscrito en un cajón y finalmente, se dejó convencer para hacer representar el trabajo en un pe­queño teatro, donde todo el público estaba formado por invitados. Su prudencia no se explica tanto por el contenido del drama, como por la referencia, quizás en ciertos puntos demasiado evidente, a la vida par­ticular de un amigo de Hauptmann, Hugo Erich Schmidt, a quien estaba dedicada la obra. Es la variación de un motivo que ya fue tratado en muchos dramas y que es do­minante en el mismo Hauptmann: el anti­guo tema del hombre dividido entre dos mujeres, que aquí, sin embargo, parecen igualmente detestables en su cariño celoso, tanto que al final empujan al infeliz a suicidarse, ahogándose. Después de llegar a la plenitud de una representación realista — mejor dicho naturalista, animada por un poderoso soplo de humanidad — y pasar por una poesía de tonos fantásticos y sim­bólicos, Hauptmann ha vuelto con este dra­ma, bajo el signo de Strindberg, al «caso patológico», lo mejor del teatro naturalista.

Gabriel Schilling, pintor de profesión, no se presenta nunca como un héroe que, conociendo su destino, lo arrostra serena­mente, o va a su encuentro con un gesto de superior desprecio; es el hombre demasiado sensible, esclavo de sus nervios, arrojado ora a un lado ora a otro; la mu­jer, tanto en la figura de su esposa, como en la de su amante, llega a ser para él una pesadilla, una tirana que no conoce la piedad: pasa de una a otra no por íntima con­vicción o profunda simpatía, sino porque de algún modo, ya un instinto, ya otro, do­minan en su interior. Ha intentado rehuir las redes de Venus, refugiándose en una isla: pero ha ido a parar a un callejón sin salida donde acaba sucumbiendo. Es inte­resante un detalle: Hauptmann se ha com­placido en describir por centésima vez un paisaje, dibujado en el fondo del drama, con la consabida habilidad: el mar y la isla en que él veraneaba casi todos los años. Con el dialecto de los pescadores incurrió en un extraño error: inventó un lenguaje que, según la unánime opinión de los filó­logos, no se habla en ningún punto de la costa del Mar del Norte. Parece una peque­ña venganza que se ha tomado el espíritu del arte hacia este despiadado buscador de ambientes, de tipos, de «Verdades» dema­siado concretas.

R. Paoli

Fuerza y Materia, Ludwig Büchner

[Kraft und Stoff]. Es la obra más conocida de Ludwig Büchner (1824-1899), que, publicada en 1855, suscitó, por un lado, un indescriptible entu­siasmo, y un inmenso escándalo por otro, siendo causa de que el autor fuera expul­sado de la enseñanza. Fruto de una faná­tica admiración hacia el progreso llevado a cabo por la humanidad, quiere ser, al mismo tiempo, una rehabilitación de la ex­periencia, única fuente de verdad, y una violenta protesta contra la concepción teleológica de la naturaleza. «La naturaleza — afirma Büchner — no conoce intenciones, ni fines, ni condiciones espirituales o mate­riales que se le impongan desde arriba o fuera de ella». Materia y fuerza son inse­parables y eternas; las propiedades y las leyes de la materia también son eternas, de manera que, en la naturaleza, no hay lugar para los milagros. Todas las forma­ciones del Universo se debieron a la acción lenta de las mismas causas que vemos ac­tuar a nuestro alrededor y que solamente en ciertos momentos pueden actuar con mayor violencia. La vida ha aparecido por generación espontánea de los gérmenes de todos los seres humanos, existentes «ab aeterno» en el espacio y que descendieron a la tierra después de la formación de su corteza sólida, desenvolviéndose cuando en­contraron el ambiente favorable y origi­nando formas vivientes de las que han se­guido viviendo tan sólo las que resultaron adecuadas a las condiciones ambientales.

No una potencia teleológica, por lo tanto, sino la energía de los elementos y las fuer­zas de la materia dieron origen a un sinfín de formas que fueron limitándose y actuan­do unas sobre otras como si una potencia exterior las creara una por la otra; pero, en realidad, a consecuencia de ciertas cau­sas naturales que llevaron lentamente a esta adaptación recíproca y que Darwin llamará la selección natural y la lucha por la vida. Por lo que se refiere al alma y al pensa­miento, Büchner opina que son funciones orgánicas: el pensamiento es la resultante de todas las fuerzas reunidas del cerebro y, muy probablemente, el efecto de la elec­tricidad nerviosa. Este efecto es comparado al de una máquina de vapor, cuya fuerza es invisible, inodora e inasible, mientras el vapor es algo secundario que no tiene nada que ver con el fin de la máquina. Los úl­timos capítulos tratan de las ideas innatas, de la inmortalidad del alma, de la diferencia entre el hombre y los animales. La obra es más un libro de divulgación polémica que el fruto de un pensamiento original, y el gran éxito que obtuvo no se debió al hecho de representar una novedad en los puntos de vista del materialismo, sino al de haber proclamado el valor del método científico y experimental en un momento en que el pensamiento reaccionaba contra los grandes sistemas idealistas alemanes de Fichte, Schelling y Hegel, aclamando el triunfal desarrollo de la industria y de las ciencias positivistas.

M. Venturini

Las Fuerzas Tumultuosas, Émile Verhaeren

[Les Forces Tumultueuses]. Colección de poemas de Émile Verhaeren (1855-1916), publicada en 1902. Es un himno a la vida, a los as­pectos frenéticos de la vida en el mundo moderno.

A través de cuanto existe, Ver­haeren cree descubrir una fuerza única: «Toda la vida, con sus leyes, con sus for­mas / Múltiples dedos nudosos de alguna enorme mano / Se entreabre y vuelve a cerrarse una y otra vez en un solo puño: la unidad…». Este panteísmo exalta al poeta. Si la vida misma palpita en todas las co­sas, no existe ni existirá una barrera ab­soluta entre el hombre y la divinidad: identificarse totalmente con la más pequeña fuerza, es ya identificarse con Dios. Es esta conmovedora tentativa la que Ver­haeren celebra al alabar al mundo moder­no: el hombre logra ser el dueño de las fuerzas de la naturaleza; cada vez más logra poseer todo el dominio del ser; de este modo va liberándose de la necesidad, del azar, de lo sobrenatural: «En todo el universo el hombre sólo tiene un dueño, él mismo / Y el universo entero es este dueño, en él…». La vida para Verhaeren, no es en principio un orden de contem­plación, ley racional e inmutable inscrita en las cosas. Más bien toma la forma de una energía desmesurada, a menudo sin control y sin piedad, que no se preocupará por nada y que si la necesidad lo exige destrozará a los débiles, pues sólo así po­drá ser más profundamente afirmada la unidad. El aspecto más perfecto que toma esta energía es, naturalmente, el amor.

Él es esa fuerza que consume, destruye y de­vora, pero que siempre une — pues la unión para Verhaeren está muy próxima a la di­solución. Desde este punto de vista todo amor es bueno, cualquiera que sea el as­pecto en que se ha manifestado a través de las diversas edades, y el poeta lo canta; al amor pagano, que rehúsa la elección y se da espontáneamente a todo; al amor que se priva a sí mismo, dominado por la idea del pecado, el sufrimiento cristiano; pero, sobre todo, al amor nuevo, que exige toda la humanidad, y que es para Verhaeren la mayor revelación moderna. Todas las «fuer­zas tumultuosas» que agitan a los hombres, no son sino una tensión terrible hacia el don total del ser. Por lo tanto, todas ellas son santas; y Verhaeren exalta con prefe­rencia a los gigantes solitarios: a las gran­des y robustas figuras medievales, ortodoxas o heréticas, a un San Bernardo o a un Lutero. A ellas solas apunta toda la sim­patía del poeta. A lo largo de toda la co­lección se manifiesta la glorificación del conquistador, es indistinto que sea tribuno o banquero, Verhaeren entona un himno a la gloria del oro, del tirano que ha humi­llado a los reyes y destrozado los pueblos, de las muchedumbres que llevan en ellas el porvenir, de la enamorada, poseída por la sed de placer, que hace del hombre su presa y no vive para otra cosa sino para «vivir, vivir y vivir todavía». Pero más próximo a este ideal de poder absoluto se halla todavía el poeta de verdad, el sabio, que llega a ser, en Verhaeren, el nuevo santo de la religión panteísta de exaltación y de conquista de la vida. Las Fuerzas Tu­multuosas son un violento grito de amor por el mundo moderno. Desde este punto de vista, aun cuando la expresión pueda pa­recemos hoy anticuada, son proféticas y traducen con verdadero acierto el tiempo que ellas querían exaltar.