Historias, Cornelio Tácito

[Historiae]. Es la primera de las grandes obras de Cornelio Tácito (55-primer cuarto del siglo II d. de C.), escrita cuando el reinado de Nerva había logrado, como señala Tácito, armonizar las dos cosas hasta entonces inconciliables, la libertad y la monarquía. Hasta entonces Tácito no había objetivado su vocación de historiador: incapaz de disimular sus sen­timientos, había renunciado a escribir mientras persistiese la tiranía de Domiciano, enemiga del espíritu de libertad. Esto lo cuenta él mismo en el prefacio a las His­torias, indicando también los límites de su obra, que comprendía el reinado de los Flavios.

La obra constaba de 14 libros (12 se­gún algunos, que atribuyen 18 a los Ana­les, v.), pero solamente se han conservado los cuatro primeros y parte del quinto. Como Tácito adopta la distribución de la materia propia de los analistas, la narración comienza el primero de enero del año 69, es decir, a mediados del reinado de Galba. Ya en estos momentos amenaza la catás­trofe, no conjurada por la designación de Pisón Liciniano como sucesor, presagio de la feliz adopción de Trajano por parte de Nerva. El asesinato de Galba ocurre durante el reinado de Otón, contra el que se subleva Vitelio, que es proclamado emperador por las legiones germánicas. También esta pro­clamación, la preparación de la marcha a Italia, el paso de los Alpes, son aconteci­mientos que se desarrollan bajo el imperio de la violencia y de la discordia, no menos que los hechos de la capital, donde Otón, juguete de sus vicios y de su pavor, entre odios y sospechas, acuciado por ambiciosos, intrigantes y malos consejeros, prepara la resistencia (Libro I).

El choque (mientras, por otra parte, en Oriente, la suerte de Roma prepara nuevas empresas, felices o desgraciadas, coronando de gloria a Vespasiano y Tito, empeñados en la guerra contra los judíos) ocurre en Italia, junto a Cremona. La lucha fratricida entre los ejércitos de Otón y de Vitelio da la victoria a este último; Otón, digno de Roma sólo por la muerte, se suicida. Entra Vitelio en la ca­pital como triunfador, y para aplacar las ansias de sus ministros y soldados causa estragos en la hacienda pública. Pero llega entonces la noticia de que en Oriente las legiones han elevado al trono a Vespasiano, y que el ejército del Danubio, tomando par­tido por él, desciende ya hacia Italia (Li­bro II).

La nueva batalla se decide una vez más cerca de Cremona, donde son derro­tados los partidarios de Vitelio; pero los odios, recrudecidos, envuelven también a la antigua y opulenta ciudad, que es pasto de las llamas. Vitelio, que se ha quedado en Roma, se entrega a una política llena de contradicciones, preparándose unas veces para la resistencia y esperando otras llegar a un arreglo imposible. Pero cuando los enemigos rebasan los Apeninos y sus pro­pios soldados inician la. lucha contra los que en Roma son partidarios de Vespasiano, se ve obligado a refugiarse en el Capitolio, donde queda sitiado. Muy pronto la roca sagrada es presa de las llamas; Vitelio, eternamente vacilante, es abandonado por todos, hasta que, descubierto en el palacio, perece víctima del furor del pueblo (Libro III).

Mientras tanto, la capital es toda con­fusión; en las Galias y en la Germania se desata la revuelta: un bátavo, Julio Civilis, desbarata a las legiones romanas y las in­duce a la traición; un lingón, Sabino, se proclama emperador de las Galias. Pero un gran ejército enviado por los flavianos a las órdenes de Petilio Cerealis consigue res­tablecer la paz, no sin grandes y doloro­sos sacrificios de sangre; mientras tanto, en Egipto, admirables hazañas hacían destacar a Vespasiano, inclinándole a salir para Ro­ma, por designio divino (Libro IV).

Queda en Oriente Tito, que se prepara para do­meñar la obstinada resistencia de los judíos (en este pasaje, Tácito ofrece una aguda descripción de las cualidades de este pue­blo); en Occidente, Cerealis continúa hasta la victoria su guerra contra los bátavos (Libro V).

Como se ve, se ha perdido un parte demasiado extensa de la obra para que se pueda imaginar cómo trataba Tácito de exponer e interpretar la figura y las obras de los emperadores Flavios. Pero lo que se conserva es suficiente para comprender las características de la técnica y del pensa­miento historiográfico de Tácito en esta pri­mera obra de vasto aliento. La materia ele­gida era inmensa por la amplitud y la com­plicación de los casos — guerras externas e internas, triunfos y derrotas, escándalos y discordias —, delicada por los residuos de odios no extintos, labor ardua para quien se propusiese captar el secreto histórico de un imperio que a la vez rozaba el pináculo de una potencia jamás concedida a un es­tado y la abyección de la servidumbre a un déspota loco. Tácito sentía el tormento de este problema, y en sus páginas ale­tea de manera misteriosa la fuerza de un hado inescrutable que impera sobre los de­signios de los hombres y llena de contradic­ciones la historia de Roma.

Tácito, aunque enamorado de la libertad, tiene que reco­nocer que para la paz es necesaria la obediencia; enemigo de la tiranía, pide para la grandeza del imperio un gobierno fuerte; convencido creyente en una fuerza sobre­natural que gobierna a los hombres y en una fortuna que protege a Roma, con gran amargura ve trocarse en ira la protección divina, y reconoce que los dioses no se preocupan de los bienes de los hombres, sino de su propia venganza, es decir, son inexorables ejecutores de la justicia. Ser­pentea así a través de toda la obra la in­quietud de una contradicción no resuelta, que se acentúa con el juicio pesimista que da sobre los hombres. No ignora Tácito el bien que a veces los anima, pero con mayor frecuencia conoce el mal que en ellos se en­cierra; y esto le atrae tanto más cuanto que es en el espíritu humano donde busca prin­cipalmente los motivos de la historia. Aun­que la materia está externamente dispuesta a la manera de los analistas, agrupando los acontecimientos año por año, los hechos quedan íntimamente vinculados en cuadros o escenas de dramas alrededor de las per­sonalidades más vigorosas, aunque la inves­tigación psicológica no sea todavía tan in­tensa como en los Anales.

No sabemos qué juicio le merecían a Tácito las figuras de Vespasiano y Tito, y apenas podemos adivinar a Domiciano; pero los defectos y vi­cios de Galba, de Otón, de Vitelio y los pecados de su tiempo están ya vigorosa­mente perfilados; ellos preparan el terreno para los grandes acontecimientos, a los que después la casualidad, o la fuerza de las cir­cunstancias o la oscura voluntad divina, traerán el desenlace más inesperado. Así, el pragmatismo declarado de Tácito, que no se satisface con los hechos, sino que quiere penetrar en los motivos, le lleva, después de analizar las circunstancias, a explorar el espíritu del hombre y a detenerse ante un misterioso poder que todo lo determina: el destino. El estilo está ajustado al esfuer­zo del pensamiento y a la austeridad de la visión histórica: originalísimo, fragmenta­rio, todo hecho de elipsis, asimetrías, con metáforas imprevistas y un vocabulario lleno de ecos poéticos o de solemnes arcaísmos, no trata ya de acariciar el oído del lector, sino que sorprende el ánimo, domina la atención y le obliga a meditar. Si por la elegancia recuerda a Tucídides y por el tono sentencioso a Polibio, si con razón se ha dicho que el historiador y el artista que más se le parece es Salustio, es también cierto que su estilo no halló imitadores porque estaba demasiado íntimamente ligado a la forma de pensar y a la visión histórica que constituyeron su gloria y su tormento.

[La primera traducción clásica de las Historias de Tácito es la de Emanuel Sveyro publi­cada en el volumen de Las Obras (Amberes, 1613), varias veces reimpresa. Del año siguiente es la versión de don Baltasar Alamos de Barrientos en el volumen Tácito español (Madrid, 1615). La mejor traducción clásica es la de don Carlos Coloma, publi­cada por vez primera en el volumen de las Obras (Duay, 1626), reimpresa en el si­glo XVIII (Madrid, 1794) y a principios del presente siglo en la Biblioteca Clásica Her­nando (Madrid, 1909)].

A. Passerini

Tengo el presentimiento, y el presenti­miento no me engaña, de que tus historias serán inmortales. (Plinio el Joven)

Tácito posee demasiado espíritu, es dema­siado sutilizador y atribuye a los más suti­les acontecimientos políticos lo que con fre­cuencia deriva de un descontento, de una extravagancia, de un capricho. (Fenelon)

Un fanático rebosante de ingenio: a veces se vengaba con la pluma de las usurpacio­nes del imperador. (Voltaire)

[Tático] pinta con colores bastante vera­ces todo lo que la bajeza y la esclavitud tienen de más desagradable. Representa la posteridad y la venganza, y no conozco lec­tura más terrible para la conciencia de los malvados. (La Harpe)

Exagera su sutileza al hallar fines políti­cos ocultos y misterios en los acontecimien­tos, y con frecuencia los móviles ocultos no están más que en la imaginación del histo­riador, al que le gusta aparecer como inves­tigador profundo. (Tiraboschi)

Falsificó la historia para pintarla elocuen­temente. Calumnia el imperio, acoge todos los rumores. Muestra a la vez rencores de aristócrata y de filósofo; sutiliza con mal­humor y no comprende la gran unidad del imperio. (Napoleón)

Historiador de severa dignidad, considera los grandes acontecimientos y personajes, y descarta lo que es fútil, desagradable o grosero. Su obra no pretende ser un estí­mulo para la curiosidad o una colección complaciente de episodios minuciosos. Es historia estrictamente política en la que el hombre se presenta sólo como actor o como instrumento de la vida política: excluyendo cuanto existe de actividad individual, más allá de este límite. (C. Marchesi)

Historias, Polibio

Obra monumental de Polibio, escritor griego ori­ginario de Megalopolis (201-120 a. de C.), que con justicia está considerado el padre de la historia, en su concepción moderna y científica. La obra, en 40 libros (de los que se conservan solamente los cinco primeros, junto con resúmenes y fragmentos de los restantes, aparte de testimonios indirectos), abarca los acontecimientos históricos desarrollados en el período que media entre el año 264-263 hasta el 146 (caída de Corinto) a. de C., es decir, aquel azaroso e importantísimo período que vio afirmarse a Roma como «caput mundi».

En realidad, el tema central de la obra es el período 220-168, cincuenta y cuatro años en el transcurso de los cuales Roma sometió a todo el mundo conocido. Hijo del jefe de la liga aquea (Licorta), defensor a ultranza de Grecia, entonces moribunda, político de primer pla­no, desterrado y enviado a Roma (lo que da lugar a su amistad con Escipión el Menor, que tanta importancia tuvo en la cultura romana), Polibio debe a su educación helé­nica y a su situación política la posibilidad de haber asumido una posición crítica tan nítida e imparcial que le permitió legar a la posteridad la más perfecta de las síntesis históricas, elevándose sobre la vacuidad de los historiadores de su época, a los cuales se opuso decididamente. La oposición consiste en haber escrito una historia que él mismo denomina «pragmática», es decir, dirigida al conocimiento preciso y técnico de cuanto es verdadero asunto del historiador: guerra y política; interpretación militar y diplomá­tica por parte de quien fue hombre de ar­mas y sagacísimo diplomático. La experien­cia práctica es la verdadera base, y a ella solamente debe recurrir quien estudie el período en que vive. Y, en efecto, constan­temente sentimos la presencia de un crítico competente por experiencia personal, a la vez que culto, agudo, siempre consciente, geógrafo preciso (recorrió el itinerario de Aníbal a través de los Alpes, la Libia y las Galias), atento a la selección de las fuentes, imparcial y ponderado.

A una exigencia de investigación tan precisa había da responder necesariamente una adecuada interpretación de los fenómenos históricos. La utilidad de la historia estriba sólo en el descubrimiento de las causas que determinan los aconteci­mientos y sus concatenaciones; éstas tienen un valor absoluto, fuera de toda contingen­cia, y pueden aplicarse tanto al pasado como al futuro: la causa («aitía») es el objeto de la investigación; la «justificación» («profasis») y el «principio» («arjé») no son sino coincidencias fortuitas. Es por ello que los dioses quedan desterrados de los aconteci­mientos humanos; la religión tiene una fun­ción estrictamente social, que consiste en mantener sumisa a las leyes morales de los antepasados la masa del pueblo inculto («deisidaimonía». Si algo existe es la for­tuna («tijé»), que parece regir la casuali­dad de las rectas tangenciales, y si bien se muestra impreciso en este punto, parece que ve en ella un confluir de la historia hacia el poder de Roma, entendida ésta como el bien absoluto de los peripatéticos. A los hombres les queda su esfera de actividad, subordinada a los acontecimientos: Amílcar es la primera causa de la guerra púnica, Aníbal y los dos Escipiones imprimieron al mundo determinados giros; pero el histo­riador, que fue hombre político, deja bien establecido que detrás de los hombres se hallan los pueblos, con sus costumbres, sus leyes sacrosantas y su forma de gobierno; del individuo pasa Polibio .al análisis del Estado (Libro VI) como organismo, y estu­dia sus leyes y las fuerzas que lo componen, el origen de las instituciones y su función politicosocial, como factor histórico de primera importancia: «La causa determinante del éxito o el fracaso de un Estado es su forma de gobierno.

Ésta es la fuente de todas las ideas y de todos los actos que dan origen a sus empresas, y ésta es la que de­termina su fin» (VI, 1, 3). Dicho Estado es un organismo y, como tal, se halla sujeto a una evolución que terminará, tras una ple­na madurez, en una decadencia fatal: es la ley inflexible de la «anakyklosis» o «ciclo», bajo la cual describe la terrible tragedia de Grecia y Cartago, que, ya en el declive, fueron necesariamente empujadas por la curva ascensional del Estado romano; y a esta ley histórica no escapará ni la República ro­mana, tan pronto como la evolución haya hecho girar el ciclo de las instituciones y del gobierno. En cambio, a los pueblos les quedará eternamente la grandeza moral del pasado, superior, en todos los aspectos, a la potencia efímera del presente. Polibio fue el único griego que supo comprender la grandeza de la república romana, y a él le correspondió, como desterrado diplomático en tierra enemiga, huésped del enemigo, in­dicar la maravillosa potencia de la máquina política de su tiempo a los romanos mismos y, sobre todo, a aquel Escipión Emiliano que fue su amigo y discípulo. Como Tucídides, no tuvo imitadores. A él se debe el haber legado a la posteridad, revivido y comenta­do, el recuerdo de la gran lucha mantenida entre Roma y Cartago, y de haber estable­cido que el arte política, entendida a la manera griega, es la base de la historia de los hombres y de su cultura, sea en el ins­tante en que es vivida, sea frente al juicio de la posteridad. [Trad. de Ambrosio Rui Bamba, bajo el título Historia Universal du­rante la República Romana, publicada en Madrid, en 1902]. I. Cazzaniga

Polibio es el historiador de la verdadera grandeza de Roma, Livio es el de la fingida. (Wilamowitz-Móllendorf)

Polibio es el Aristóteles de la antigua his­toriografía; un Aristóteles histórico y teóri­co a la vez, que completa al de Estagira, quien en el enciclopédico giro de su obra había tomado poco interés por la historia propiamente dicha… En Polibio, la atención crítica, el anhelo hacia una amplia y severa historia alcanza un tan alto grado, que po­dría considerarse al historiador de Megalópolis como uno de aquellos grandes paganos que la imaginación medieval admitió en el Paraíso o, por lo menos, en el Purgatorio; digno de haber conocido por medios extra­ordinarios y en premio a su intensa con­ciencia moral al verdadero Dios. (B. Croce)

Historias, Procopio

Es la obra mayor del más importante de los historiadores bizantinos, Procopio, nacido en Cesarea hacia fines del siglo V, que, después de haber estudiado en la famosa escuela de los sofistas de Gaza, se trasladó a Constantinopla cuando todavía reinaba Justino (518- 527). Inmediatamente después de la muerte de éste, llegó a ser secretario y consejero del famoso Belisario, al que siguió en todas sus campañas (el año 533, en África, contra los vándalos; en 536, en Italia, contra los godos, y después en Persia). Por tal motivo fué espectador y actor de grandiosos acon­tecimientos, cuya historia nos ha legado. So­brevivió, posiblemente, a Justiniano (m. en 565).

La obra se divide en ocho libros: dos dedicados a la guerra contra los vándalos; dos a la guerra contra los persas, y tres a la guerra contra los godos. Los primeros siete libros fueron publicados en 550. El octavo, que es como la síntesis y complemento de los precedentes, fue publicado posteriormente, aparte, y trata de los acontecimien­tos hasta el año 554. A causa del contenido, en la tradición ulterior, los tres grupos de los siete primeros libros se conocen bajo estos títulos, respectivamente: «Guerra per­sa», «Guerra vándala» y «Guerra gótica». Estos títulos tradicionales no deben inducirnos a creer que Procopio es tan sólo un his­toriador militar. Es un historiador completo, que tiene presentes los factores políticos, geográficos, étnicos y sociales de la historia. Concebidas y escritas durante el reinado del gran Justiniano, las Historias son una glorificación de éste, de las empresas por él inspiradas y llevadas a cabo por el genio guerrero de Belisario (v.), que se convierte pronto en una figura de leyenda.

Es, asi­mismo, la historia del período tal vez más espléndido del Imperio bizantino, cuando parece que Justiniano extiende sus manos para recoger, a un tiempo, la herencia de Constantino y de Augusto. El historiador es digno de tal época. No en vano su mo­delo es Polibio, que vivió también en otra época decisiva de la historia (la gloriosa conclusión del trágico duelo entre Roma y Cartago); y, semejante a Polibio, es, ante todo, un historiador de hechos, aferrado a la realidad, de la que trata de darse cuenta bajo todos los aspectos. Así como Polibio es el modelo de su idea historio gráfica, por su estilo se enlaza con la gran tradición griega de Tucídides y de Heródoto. Proco­pio, el más digno y eficaz representante de la orientación áulica y del reducido círculo cortesano de doctos y literatos, se encuentra en posición antitética con la corriente po­pular de la crónica, que por la rudeza y tosquedad del contenido y de la forma, iba destinada al gran público crédulo e igno­rante. Cabe decir que él es iniciador de una nueva orientación de la historiografía, si bien ninguno de los historiadores bizantinos logró alcanzar su altura.

R. Cantarella

*  A la muerte de Justiniano, Procopio dio a conocer una Historia secreta [Historia ar­cana] que es más bien una radical correc­ción que una continuación de los primeros siete libros de las Historias. Y el mismo título auténtico conservado en el Léxico de Suidas (mejor dicho, en la Suda, v.), a saber: «Anécdotas de las gestas de Justiniano», indica su ca­rácter. Mientras las Historias eran la exalta­ción de Justiniano y Belisario, aquí, en cambio, se representa a Justiniano como un tirano inepto y orgulloso y, asimismo, Beli­sario, que había sido el héroe de las guerras, se muestra ahora envilecido y convertido en un títere a merced de la astuta Antonina, su mujer. Las dos obras se completan recí­procamente y constituyen dos aspectos del mismo cuadro, visto primeramente bajo la única luz que permite la tiranía, y luego a la luz de la realidad, aunque esta realidad aparezca bastante envilecida por la anéc­dota escandalosa. Resultan infundadas las dudas respecto a la autenticidad de la obra; sabemos que fue escrita en 550, y era natu­ral que no pudiera ser publicada antes de la muerte de Justiniano, en 565.

R. Cantarella

Historias, Posidonio de Apamea

El filósofo y polígrafo estoico Posidonio de Apamea (135-52 a. de C.) escribió esta histo­ria universal como continuación de las his­torias de Polibio, en 52 libros, que desde el año 145 alcanzaban posiblemente hasta el 82 a. de C. (dictadura de Sila). De la obra sólo se han conservado algunos fragmentos; más que por éstos, se pueden juzgar las ca­racterísticas del escritor por los extensos fragmentos que Diodoro (v. Biblioteca his­tórica) transcribió en su obra de compila­ción. A lo que parece, su exposición no pro­cedía analíticamente, sino que agrupaba en grandes secciones los acontecimientos de un mismo país, por amplios períodos.

Es sin­gular su interés hacia los pueblos primitivos, cuyas instituciones eran analizadas con es­píritu científico, esforzándose en penetrar su espiritualidad y remontarse a los aspectos primordiales de las agrupaciones humanas. También es notable su tendencia a relacio­nar la suerte de los Estados con sus condi­ciones geográficas. Tampoco descuidaba Po­sidonio los factores espirituales, concediendo gran importancia a las creencias religiosas, de las que no se ocupaba, como se le ha reprochado, por espíritu supersticioso, sino porque no se le escapaba la importancia que tiene este elemento en la vida de los pue­blos. Por otra parte, su filosofía de la his­toria tiene resabios de aquel estoicismo que se encuentra en tantos otros escritores he­lenísticos, para los cuales la evolución y el progreso de los pueblos están determinados, en grado sumo, por las costumbres. De aquí el esfuerzo por fundar pragmáticamente la narración sobre una base ética, tal como se aprecia, sobre todo, en los fragmentos sobre la sublevación de los siervos, en Sicilia, que Posidonio juzga motivada por la vida lujosa de las clases dirigentes. También el imperio etrusco se hundió a causa de su corrupción. Es probable, asimismo, que la historia pa­sada y futura de Roma fuese juzgada desde parecido punto de vista. Es natural que Po­sidonio, en las guerras civiles de los roma­nos, tomase posición contra los reforma­dores y demagogos: pesaban sobre él muchas relaciones personales que lo ligaban a los hombres de la clase senatorial romana.

Pre­cisamente por ello, su interpretación de los hechos es partidista: por ejemplo, entre las condiciones que hicieron posible la subleva­ción de los siervos de Sicilia (año 135), señala Posidonio la reforma judicial de los Gracos, que en realidad tuvo efecto el 122 a. de C. Esta multiplicidad de intereses con­fiere a la historia de Posidonio una gran riqueza de motivos, ya que abarca todos los aspectos, materiales y culturales, de la vida humana. Debe añadirse el encanto de un estilo abundante y colorido, sin esfuerzo, aunque no deje de servirse igualmente de los medios de la retórica y de expresiones vulgares. El largo fragmento que cuenta la entronización en Atenas del tirano Atenión (88 a. de C.) constituye el pasaje más ins­tructivo; la viveza y la pintoresca superabundancia de la narración van de la mano con una posición irónica y ligeramente des­pectiva hacia el filósofo histrión, corrom­pido e intrigante. También en este aspecto la obra de Posidonio ocupa un puesto sin­gular en la historiografía griega, por la universalidad de las actitudes especulativas y artísticas que testimonia.

A. Passerini

Historias del Tonel, Theodor Storm

[Geschichten aus der Tonne]. Tres fábulas de Theodor Storm (1817-1888), recopiladas bajo este título, pues el escritor finge haberlas escuchado a un compañero de escuela durante los in­tervalos entre lección y lección, bajo un tonel. Aparecieron entre 1864 y 1865.  Se titu­lan »Gertrudis de la lluvia [«Die Regentrude»], «La casa de Bulemann» [«Bulemanns Haus»] y «El espejo de Cipriano» [«Der Spiegel des Cyprianus»].

De las tres, indu­dablemente la más bella es la primera, que narra la visita hecha por una pareja de ena­morados campesinos al reino encantado de Gertrudis (Trude), la dispensadora de la lluvia. La lluvia se ha dormido a causa de un hechizo del maligno espíritu Eckeneckepenn, el genio del fuego, y por ello toda la campiña arde de sed, y una gran sequía amenaza al país. Pero Mareen, la campesinita, ha aprendido las palabras mágicas para despertar al hada, así como el lugar donde ella vive. Se dirige allí con su novio; apenas pronunciada la fórmula del encantamiento, el hada se libra del sueño, rejuvenece de su larga vejez y de sus manos brotan las be­néficas y tan esperadas nubes lluviosas. En­tonces la campiña se despierta y reverdece con un frenesí de plantas y hierbas.

«La Casa de Bulemann» es, en cambio, la fábula del egoísmo que al fin es sometido por los espectros por él mismo creados. Es una his­toria fantástica, con evidentes influencias hoffmannianas, de un viejo sumamente ava­ro, exmarinero, que vive en una arruinada casa en compañía de su anciana ama de llaves y de dos enormes gatos. Su padre ha­bía sido prestamista y había acumulado una serie de prendas, y a su muerte lo dejó todo a su hijo. Ahora éste vende abusivamente las prendas para vivir de lo que saca. No conoce la piedad, ni siquiera para su so­brino y su hermana. La misma ama de llaves es presa de horror por la sórdida atmós­fera de la casa y huye abandonando al viejo con sus gatos. Y éstos, de pronto, crecen, se agigantan, se convierten en enormes y crue­les monstruos que lo guardan prisionero. El viejo no puede salir de la casa, no puede pedir ayuda, no puede ni siquiera morir. Lentamente sus músculos se encogen, se secan, se vuelve pequeño, diabólico, y ha­brá de vivir eternamente en forma de odioso espíritu diminuto. Sólo en las noches de ple­nilunio podrá, de tarde en tarde, asomarse a las rotas ventanas de su casa desierta, para asustar a los transeúntes.

La más débil de las fábulas es «El espejo de Cipriano», que no posee la fascinación ni la atmósfera encantada de las otras dos. Una castellana recibe de un mago un espejo que anuncia a las buenas mujeres el nacimiento de un hijo. Pero si en su superficie se refleja una mala acción, pierde sus cualidades mágicas. Después de haber dado a luz un niño, la castellana muere y su marido da pronto una madrastra al hijo, que a su vez es madre. Los pequeñines crecen juntos y se quieren, aunque la madrastra trate de sembrar el odio entre ellos. Después de muerto el Conde, la madrastra hace asesinar a su hi­jastro en presencia del espejo, para dar todo el poder a su propio hijo. Pero éste muere inmediatamente, casi por encanto. El es­pejo no recobra su poder mágico hasta mu­chas generaciones más tarde, cuando una buena mujer, nacida de la sangre de la mala madrastra, se dedica amorosamente a su hijastro, descendiente del antiguo linaje. Es hermosísimo, en las dos primeras fábulas, el tono casi mítico.

C. Gundolf