La Huérfana, Thomas Otway

[The Orphan]. Tragedia en cinco actos y en verso libre, del escritor inglés Thomas Otway (1652-1685), represen­tada en 1680. Es una de las más conocidas y afortunadas tragedias de Otway. El argu­mento está tomado de la historia de Brandon en las Aventuras inglesas [English Adventures] (1675), atribuidas a Roger Boyle; algún rasgo particular deriva del Cimbelino (v.) de Shakespeare.

Castalio y Polidoro, hijos de Acasto noble de Bohemia, se aman con gran amor fraternal. En su casa se ha criado también una huerfanita, Monimia, cuyo padre había sido amigo de Acasto. Ambos hermanos se enamoran de la mu­chacha, que otorga sus preferencias al joven Castalio. Éste, para evitar un dolor a su hermano, mantiene oculto su grande y co­rrespondido amor, fingiendo la mayor indi­ferencia hacia la muchacha. El hermano de Monimia, llamado Chamont, soldado noble y honesto pero de modales ordinarios y poco delicados, creyendo que uno de los jóvenes ha violado a su hermana, le intimida con una serie de perentorias exigencias. Castalio y Monimia deciden entonces sancionar su amor con la unión legal, pero Castalio quiere que el matrimonio permanezca secreto. Polidoro, que ignora esta boda, oyendo, aunque sin verles, que su hermano y la muchacha se ponen de acuerdo para una cita nocturna, decide ocupar el puesto del hermano: las tinieblas y la semejanza lo harán pasar por Castalio. Así ocurre, y cuando este último llega es ya demasiado tarde: Castalio se desata en improperios contra la inexplicable conducta de su mujer, cuando Chamont, al que llega la noticia de la ocurrido, logra aclarar la situación. Los dos hermanos, fu­riosos y desesperados, se matan uno a otro; Monimia se envenena. La Huérfana es, sin duda, la expresión más propia del patetismo de Otway, siempre inclinado a acentuar la feminidad de los sentimientos. Más todavía que a lo terrorífico propio del gusto isabelino, este escritor se inclina a lo compasivo, que llega en él a tonos de extremada deli­cadeza.

E. Allodoli

Huang Ti Su Wên, Anónimo

[Preguntas sencillas del emperador Huang]. El más antiguo tratado de medicina (fisiología y terapéutica) chino, sin nombre de autor, en 24 vo­lúmenes, que probablemente se remontan al siglo IV a. de C. aunque refundido más tarde. En el siglo VIII Wang Ping publicó un comentario a este libro, y a él se atribuye también el Ling Shu Ching [El libro canó­nico del quicio del alma], otro tratado, en doce volúmenes, sobre la medicina interna y la acupuntura, el cual, si bien en su redacción actual se remonta el siglo XI, debe contener el núcleo de obras más an­tiguas; los dos tratados son comúnmente conocidos y considerados como Nei Ching [los libros canónicos de la medicina].

El título del Huang Ti Su Wén nace de la circunstancia de estar en forma de diálogo entre Huang Ti (el emperador amarillo), famoso soberano mítico de la China, que vivió, según la cronología indígena, hacia el siglo XXIX a. de C., y Ch’i Pai, su ministro, y otros sabios que resuelven una serie de dudas que el emperador les expone. El Su Wén establece ante todo una estrecha inter­dependencia entre el mundo exterior (ma­crocosmos) y el organismo humano (micro­cosmos). El macrocosmos está todo en el T’ai-hsü (el gran vacío), esto es, el espacio entre tierra y cielo, en el cual giran, super­puestas y en sentido inverso, dos ruedas: encima, en sentido sinistrógiro, la rueda de las dos modalidades celestes Yin y Yang, cada una de las cuales presenta tres fases: máxima (t’ai), decreciente (hsiao) y mínima (ch’üeh); debajo, en sentido dextrógiro, gira la rueda terrestre, con cinco sectores que corresponden a los cinco agentes naturales (wu-hsing), esto es, en orden de producción recíproca: madera (materia vegetal), fuego, humus, metal (materia mineral) y agua. Estos sectores, girando con la rueda, se ex­ponen a la influencia de las seis fases de la otra rueda, de manera que cada 30 años se repite cada posición.

Vamos ahora al micro­cosmos, esto es, al individuo humano. Allí hallamos las cinco vísceras (wu tsang), cada una bajo el influjo de uno de los cinco agentes naturales, es decir, por su mismo orden: hígado (kan), corazón (hsin), bazo (p’i), pulmones (fei) y riñones (shén). La rueda de las dos modalidades Yin y Yang actúa sobre cinco sectores, y por esto tam­bién sobre las cinco vísceras que están bajo su influencia. Además, así como las dos ruedas están divididas en 360° (que corres­ponde a los 360 días en que se dividía enton­ces el año), es posible (por medio de tablas matemáticas), calcular para cada día (y hasta para cada hora del día) la acción de la rueda celeste sobre las cinco vísceras. Esta, llamémosla así, matemática trascendental está todavía en uso en nuestros días con finalidades adivinatorias. A esta parte, que puede llamarse teórica, sigue la parte prác­tica, diagnósticos y terapéutica. Las enfer­medades surgen en el cuerpo humano como consecuencia del mal funcionamiento de una de las cinco vísceras. El diagnóstico consiste, pues, en determinar cuál es esta víscera, y por obra de qué influencia, y esto se logra con el examen del pulso, acerca del cual se extiende mucho el tratado.

La terapéutica comprende dos métodos: la acu­puntura y la acción heroica de los venenos. La acupuntura tiene por objeto estimular cualquiera de las cinco vísceras que se muestre recalcitrante a reanudar su ritmo normal. Ordinariamente, es decir, en casos no graves, es indirecta y superficial. La su­perficie del cuerpo humano ha sido repartida por los chinos en zonas, cada una de las cuales tiene un nombre particular, y se con­sidera que responde a determinadas afeccio­nes de cada una de las cinco vísceras. Pinchando con una aguja una de esas zonas, la víscera que corresponde a ella se resiente y recibe un estímulo para funcionar de ma­nera determinada y, por lo tanto, para normalizarse. En los casos graves se debe recu­rrir a la puntura directa de las vísceras, o a la acción violenta de los venenos (como el arsénico, el acónito, la nuez vómica, etc.), que los chinos conocieron desde tiempos remotísimos. Esto es, en sus líneas esencia­les, el contenido de Huang Ti Su Wén, en el cual, por lo demás, se manifiesta el influjo de los sistemas filosóficos indígenas, espe­cialmente el taoísmo. No es menester hablar aquí del valor científico en un sistema tan estrafalario de ideas fantásticas, sin base alguna científica ni experimental, el cual puede interesar únicamente al historiador de la medicina. Como circunstancia singular observaremos que el Su Wén conoce la cir­culación de la sangre, a la cual se llega, con todo, no por observación experimental, sino por una curiosa intuición o, mejor dicho, por analogía con la circulación del principio vital en el macrocosmos universal. Podemos notar también que la acupuntura, practicada todavía hoy en China, recuerda, en cierto sentido a lo menos, la moderna reflejoterapia. (Cfr. L. Wieger S. J., Histoire des croyances religieuses et les opinions philosophiques en China, Hsien-hsien, 1922. Lee. 41).

M. Muccioli

Huang Ch’ing Ching Chien, Yüan Yüan

[Comen­tarios a los Clásicos producidos bajo la dinastía Ching]. Grandiosa colección de tra­bajos de crítica, exégesis, etc., de los libros canónicos de la China, compilada por un grupo de literatos y publicada no por las autoridades imperiales, sino a expensas de Yüan Yüan (1764-1843), gobernador del Kuang-tung y del Kuang-hsi. Consta de 1400 libros, en los cuales han sido acogidos, después de riguroso examen crítico y con eventuales complementos, 180 comentarios de los clásicos.

Por el nombre del Hsüeh Hai T’ang, donde, en Cantón, fue compilada, se titula también Hsüeh Hai T’ang Ching Chieh [Comentarios a las Clásicos de H. H. T.]. Bajo el reinado del emperador Kuang Hsü (1875-1908), Wang Hsien-Ch’ien publicó (1888) un Huang Ch’ing Ching Chieh Hsü P’ien (Suplemento al Huang Ch’ing Ching Chieh), que añadía a la colección otros 209 comentarios. Recientemente se ha publi­cado también un Huang Ch’ing Ching Chieh Chen Hsü P’ien Mu, índice general, muy útil, de las dos obras más arriba citadas. La dinastía Ching (1644-1912) se distinguió por su protección a las investigaciones filológicas llevadas a cabo con extremada escrupulosi­dad de investigación y agudeza crítica in­terpretativa. Recordaremos aquí, entre los principales comentaristas, a Mao-Chi-ling (o Mao Hsi-ho, muerto en 1707), que escri­bió unos ochenta volúmenes, muchos de los cuales están recogidos en los Comentarios. Como crítico, puede comparársele a Cheng Hsüan (127-200) y a Chu Hsi (1130-1200), sus ilustres predecesores, que figuran entre los más grandes literatos que ha tenido China; como pensador inicia el movimiento de reacción contra el neoconfucionismo y se erige, por eso, en tenaz adversario de Chu Hsi, a quien llama, con desprecio, «mulo ciego».

P. Siao-sci-yi

La Hucha, Eugène Labiche

[La Cagnotte]. Comedia «vaudeville» en cinco actos, de Eugène Labiche (1815-1888), representada en Paris en 1864. La acción comienza junto a una mesa de juego, en un salón provinciano, en la Ferté-sous-Jouarre, donde algunos pací­ficos burgueses, durante innumerables tar­des, terminan su jornada con la consabida partida. Acostumbran a poner unos céntimos en una hucha cada vez que un jugador al­canza la puntuación más alta. Al cabo de un año, la suma depositada se gastará en beneficio de los propios jugadores. Estamos en la tarde decisiva: ¿Cómo gastar mejor la modesta suma? Los deseos oscilan entre una apetitosa cena y un viajecito a París. Esta última propuesta es la que prevalece. La estancia en la capital es causa de incidentes desagradables, con tales complicaciones que el grupo termina en la comisaría, de la cual, empero, logra escapar. A tantas aventuras hay que añadir la tentativa de matrimonio entre dos de los personajes, matrimonio preparado por una agencia, y que se deshace apenas los interesados, citados en un lugar y sin conocerse, se encuentran con la sor­presa de que son antiguos conocidos, mien­tras cada uno esperaba quien sabe que magnífico encuentro. Después de algunas peripecias, los provincianos, obligados a pasar una noche en blanco por hallarse sin un céntimo, hallan quien salva la situación honorablemente para todos.

La comedia es agradable, sin abandonar nunca el tono de sana alegría no exenta de donaire. Es la broma de una fantasía fértil en hallazgos bufos y que parece divertirse con el propio juego de sus personajes. No falta tampoco algún certero toque de costumbres provin­cianas, lo que da a la ficción una leve impresión de realidad. Cleto Arrighi tomó de ella su Barchett de Bogadora, escrito en milanés.

A. Bruzzi

…A veces la caricatura se difumina, se afina en un gracioso cuadro de costumbres como en… La Cagnotte. Sin llegar a tonos de moralista, sin utilizar palabras duras o amargas, el buen Labiche nos da muy a menudo la inquietante sensación de que aquellos imbéciles, aquellos aturdidos, aque­llos bebedores que tanto nos divierten, no están muy lejanos de cada uno de nosotros. (Lanson)

Se ha apreciado y se aprecia todavía en él a un caricaturista moralista, verdadero contemporáneo de Daumier y de Gavami, y su teatro parece un álbum animado e in­agotable de «siluetas» pequeñoburguesas. (Thibaudet)

Hsi Yü Chi, Wu Ch’êng-ên

La se­gunda obra que lleva este título es, en cam­bio, una de las más grandes novelas clásicas chinas, debida a la pluma de Wu Ch’êng-ên (15109-1580). Está escrita en dialecto pekinés y es una parodia fantástica, pero llena de ingenio, del Hsi Yü Chi (v.), de Hsüan Tsang, bonzo budista y uno de los primeros literatos en lengua sánscrita de la dinastía T’ang (618-907), que viajó por la India buscando textos budistas; pero muy poco de este viaje histórico ha quedado en el fantástico relato que abraza cien capítulos. Los siete primeros describen los desórdenes provocados en el mundo por Sun Wu-K’ung, una mona nacida de un huevo de piedra, capaz de aparecer bajo setenta y dos formas, y dotada de poderes singulares. Des­pués es presentado Hsüan Tsang, y descrita la visita del emperador T’ai Tsung (de la dinastía T’ang) al infierno, donde comprende la necesidad de divulgar la religión budista e invita a Hsüan Tsang a buscar textos bu­distas en el «Hsi-t’ien», o sea Cielo Occi­dental.

En su viaje, Hsüan Tsang toma a la mona Wu-K’ung por su discípula, y con ayuda de ésta convierte a otros dos discí­pulos, Wu Neng y Wu Chin, ambos hechi­ceros. En su compañía, el sabio atraviesa por ochenta y un peligros, constituidos por todo género de encantamientos y, después de haberlos superado, obtiene de Buda un gran número de textos budistas. Lo carac­terístico de esta obra reside en su extraordinario derroche de fantasía; las ochenta y una pruebas sostenidas por Hsüan Tsang son un repertorio variado hasta lo increíble de hechicerías, transformaciones, luchas, cuya absurdidad se eleva a veces a un decorativo lirismo. En este mundo irreal queda todavía cierta coherencia; aun en medio de las transformaciones exteriores que nos presen­tan los diversos personajes tan pronto con­vertidos en pequeñísimos insectos, como en monstruos de varios metros de altura, queda intacta en ellos una personalidad interior que siempre nos permite reconocerlos. En­tres las grandes novelas chinas, ésta es qui­zás la más cercana al gusto occidental: la comitiva formada por Hsüan Tsang, Wu K’ung, Wu Neng y Wu Chin puede recordar en algún momento a un lector europeo la célebre de Baldo (v.) y de sus alegres com­pañeros.

P. Siao-Sci-Yi