Los Humoristas Ingleses del Siglo Decimoctavo, William Makepeace Thackeray

[The English Humorists of the Eighteenth Century]. Conferen­cias de William Makepeace Thackeray (1811- 1863), pronunciadas en Londres en 1851 y en América hacia finales de 1852 y prin­cipios de 1853, y publicadas en 1853. Es una serie de retratos de literatos ingleses del siglo XVIII, por el que demuestra el autor, a través de su obra, un vivo interés (v. La historia de Enrique Esmond, Los Virginianos, Los «cuatro Jorges»). Por algunos de estos escritores, como Goldsmith, Steele, Addison y Fielding, Thackeray no oculta su abierta simpatía; mientras que por otros, como Swift y Sterne, a menudo se deja influir, en sus juicios, por una particular aversión moralis­ta. También otros humoristas aparecen en su volumen: Congreve, Smollett, Gay, Hogarth y Pope, demostrando por este último una viva admiración. El autor no ha llevado a cabo en esta obra estudios críticos sobre los distintos escritores, sino que ha retratado sus personalidades tal como se perfilan a través de sus obras. A menudo consideraciones ajenas a la literatura nublan su juicio, sosteni­do, cuando es límpido, por una gran segu­ridad. Un lugar de honor, en esta serie de ensayos, reserva al escritor que tuvo tanta influencia sobre su formación literaria, Henry Fielding, considerado por él como uno de los mayores escritores de la literatura inglesa. Sin embargo, expresa sobre la personalidad moral de Fielding un juicio que ha suscitado fuertes disentimientos en la crítica moderna, que lo considera de seve­ridad excesiva y fundamentada sobre moti­vos poco convincentes.

S. Rosati

El Humo Dormido, Gabriel Miró

Narraciones del gran novelista español Gabriel Miró (1879- 1930). Dos partes claramente diferenciadas tienen estas narraciones: de una, la suave evocación de los recuerdos; de otra, las es­tampas de una semana santa y varios cua­dros hagiográficos.

El humo dormido es una colección de tipos limitados por el paisaje o los interiores que Gabriel Miró describe. Ahora bien, ¿quiénes son esos tipos? Ñuño, el viejo criado de la casa; el profesor par­ticular; el Enlutado; Mauro, el huérfano, y la pura de su hermana; la tertulia (catedrá­tico, canónigo, magistrado) provinciana, etc. Gentes vulgares, de las que todos los días tropezamos en la calle, pero descubiertas en sus perfiles más concretos o en su intimidad más pura. La sabiduría de Miró está en sor­prender las figuras en el gesto preciso, como imágenes labradas («Era viejo y cenceño, de hombros cansados, de párpados encendidos, y sus manos, de una talla paciente y per­fecta, ceñidas por las argollas de sus puños de un lienzo áspero como el cáñamo»), cuando el espíritu arroja al mundo sus más puros contenidos. ¿Qué elementos emplea Miró en su arte? Ante todo, el libro es, aunque a regañadientes, un libro personal. El gran narrador levantino dice literal­mente: «No han de tenerse estas páginas fragmentarias por un propósito de memo­rias; pero leyéndolas pueden oírse, de cuan­do en cuando, las campanas de la ciudad de Is… la ciudad más o menos poblada y ruda que todos llevamos sumergida dentro de nosotros mismos». Y, en efecto, si no son memorias en sentido estricto, una experien­cia personal recrea — años andados — las impresiones recogidas en la niñez. Por eso el tiempo — siempre el tiempo en la obra mironiana — va a ser el móvil de todas estas páginas: ya sea concreto en los recuerdos familiares del hidalgo o hecho abstracción en la suave huella de cada día. Después de ésto, no extraña ya que las cosas, al actualizarse se presenten con una ternura, con una suave luz, que va posándose sobre los seres (el animal, el árbol, la piedra) hasta dotarlos de vida casi humana («había que esperar el verano que entreabre las salas más viejas y escondidas»).

Como en otro libro suyo, Años y Leguas (v.), el paisaje viene a ser elemento con vida en el tiempo o que, incluso, acaba convirtiéndose él en tiempo mismo. «Así se nos ofrece el paisaje cansado o lleno de los días que se quedaron detrás de nosotros. Concretamente, no es el pasado nuestro; pero nos pertenece, y de él nos valemos para revivir y acreditar epi­sodios que rasgan su humo dormido». Las tablas del calendario son, como queda dicho, unas estampas de carácter religioso. Lógica­mente, al leer las de Semana Santa se piensa en Las Figuras de la Pasión (v.), aunque las pretensiones sean distintas. Aquí, en estos cuadritos, como en su obra grande, está la interpretación del paisaje palestiniano a la luz del de su levante natal: de entre todos los que el libro contiene es inolvidable el que comienza las páginas del «Martes Santo» (en otra ocasión — dentro de este mismo libro — compara los paisajes de Tierra Santa y Jijona). En los cuadritos, también, la ter­nura hacia los niños, los elementos sensoriales adensando el contenido de las páginas, el realismo más intenso en un mundo esté­ticamente muy depurado o la superposición — eficazmente expresiva — de historia y rea­lidad.

M. Alvar

Humoradas, Ramón de Campoamor

Poesías del escritor español Ramón de Campoamor (1817-1901), publica­das entre 1886 y 1888, aunque varias de ellas habían sido ya escritas mucho antes. Son brevísimas composiciones de versos octosí­labos o endecasílabos, cuyo número en raras ocasiones pasa de cinco, formando pareados, cuartetos o silvas, de rima muy pobre y con abundancia de ripios. La «humorada», dice el mismo autor, es «un rasgo intencionado», una expansión de «tendencia comicosentimental»; son, en realidad, frases un tanto sentenciosas que pretenden incidir de modo directo y eficaz sobre los temas ya tradicio­nales en la poesía de Campoamor, y que con frecuencia no logran alcanzar la meta propuesta, pues la pobreza de pensamiento y sensiblería, características en toda su obra, aparece también aquí, transformando en evidente ramplonería lo que quiso ser una agudeza de ingenio. Con todo, frente a la retórica que se deja adivinar en la mezcla de elementos extraños que aparece en los Pequeños Poemas (v.) y las frecuen­tes repeticiones de las Doloras (v.), que di­luyen los temas perdiendo en profundidad lo que ganan en extensión, las Humoradas ofrecen el mérito de su concisión que, en espejismo engañoso, ha hecho que algún crí­tico las comparase a las Greguerías de Gó­mez de la Serna.

Representante más de una época histórica que de un verdadero lirismo, Campoamor destila en estos versos, ya sea en forma de aforismo, epigrama o simple «piropo», el amargo «humor» de aquella generación que halló en el positivismo filosó­fico la base de su concepción poética. Cam­poamor supo vestir de galana ironía su amargura, y al hacerlo, su obra quedó mar­cada con ese sello inconfundible que salva al ingenio de caer en el olvido; porque es verdad que ante los ripios de Campoamor nace con frecuencia la sonrisa burlona y fácil, es verdad que su pseudofilosofía pre­dispone al comentario irónico, pero no es menos verdad que su verso intrascendente, con presunción de trascendencia, llega al corazón sencillo, que ve en él el reflejo de su misma sencillez, la expresión de su ale­gría y de su desaliento, de su optimismo y de su pesimismo; por eso los versos de Cam­poamor son conocidos por aquellos que los recitan con aire de suficiencia, afirmando a cada instante su ausencia de bondad artística, y por aquellos otros que los recuerdan reverentemente y en ellos el eco de sus propios sentimientos; porque es evidente que, a pesar de su escasa calidad poética, poseen un don: su capacidad de popularidad y su facilidad de recordación. No deja de ser curioso que el autor figure en la antolo­gía de Las cien mejores poesías de Menéndez Pelayo. Es evidente que el ingenio no puede alcanzar la cumbre del arte; pero no es menos cierto que sus «salidas de tono», y las Humoradas lo son, pueden con fre­cuencia actuar como falsas luminarias que deslumbran al no avisado y crean en torno a aquél un clima de expectación que, si favorece poco a la verdadera poesía, redun­da, en cambio, en beneficio de una fama cuyos discutibles méritos no sería justo negar a la ligera.

A. Pacheco

Los Humildes, François Coppée

[Les humbles]. Colec­ción de poemas de François Coppée (1842- 1908) publicada en 1872. El volumen se divide en cuatro pequeñas colecciones: «Los» humildes» [«Les humbles»], «Escrito duran­te el sitio» [«Escrit pendant le siège»], «Cuatro sonetos» [«Quatre sonnets»], «Pa­seos e interiores» [«Promenades et intérieurs»]. La primera colección, la más impor­tante, comprende nueve composiciones más bien largas, donde el autor canta a los seres más humildes, las más desconocidas formas de heroísmo y humanidad : son notables «La nodriza» [«La nourrice»], que describe el dolor de quien debe abandonar a su propio hijo, y «Emigrantes» [«Émigrants»]. En los sonetos se distingue por su amarga ironía «La familia del carpintero», donde la fami­lia del honrado artesano da gracias al Cielo por una epidemia de cólera: el padre fabri­ca los ataúdes. En los Humildes, Coppée da la más característica expresión de su arte: poesía que se inspira en la contem­plación de la pequeña burguesía, y que se dirige a este mismo mundo con fáciles rit­mos, con dicción finamente cuidada, como divulgación de algunas conquistas del Par­naso hechas más accesibles por la misma humildad que por la inspiración.

G. Alloisio

El alma de un «pilluelo» superior se ad­vierte en su risa, cuyo alegre timbre lige­ramente nasal es imposible dejar de amar. (Lemaitre)

No encontramos en los versos de Coppée ni el sincero vigor ni la amplia piedad que exigen argumentos de este género. Su alien­to es corto: el artificio literario demasiado sensible. Su obra es laboriosamente prosai­ca, y la intensidad de la impresión realista no compensa su sequedad poética. (Lanson)

Humo, Ivan Sergeevic Turgenev

[Dym]. Novela de Ivan Sergeevic Turgenev (1818-1883), publicada en 1867, cuando la fama del escritor había comenzado a decaer, o, al menos, sus obras suscitaban ya menor interés. Humo es una novela muy de Turgenev, por la gracia siempre fresca de las descripciones de la naturaleza, por la riqueza, aún mayor que en obras prece­dentes, de los detalles en la pintura del am­biente, por el carácter de los tipos, trazados con realismo pero mirados como de lejos (a excepción.: quizás de algunos como Potugin (v.), que en parte representa las ideas del autor).

La acción se desarrolla casi ex­clusivamente fuera de Rusia, en Baden-Baden, donde se reúne la flor y nata del gran mundo internacional, pero donde acuden también los tipos más extravagantes, especialmente rusos. En Baden-Baden está, ade­más, el llamado «árbol ruso», a cuya som­bra suelen encontrarse los rusos, además de reunirse en torno a la «roulette». Litvinov (v), el héroe de la novela, no frecuenta ninguno de los dos ambientes, tanto más cuanto que espera la llegada de su prome­tida, su prima Tatjana Petrovna sestova, y de su madre, con las que regresará a Rusia para casarse. Pero en Baden-Baden tropieza con una antigua pasión, Irene Pavlovna Ratmirova, mujer bella y caprichosa que lo había abandonado para contraer un matri­monio mundano. Su marido es un joven general, fatuo e insignificante, e Irene, muy inteligente, brilla como reina en un mundo que ella misma desprecia. Al encontrar a Litvinov se encapricha y trata de reconquistarlo; éste, aun sabiendo que Irene vale menos que Tatjana, abandona bruscamente a su prometida y propone a Irene que se fugue con él. En el último momento Irene se vuelve atrás, y regresa junto a su marido, después de haber arruinado por segunda vez la vida de Litvinov. Éste hace un último esfuerzo, regresa a Rusia, se entrega al tra­bajo y reconquista el aprecio y el amor de Tatjana.

El «humo» que él ha visto envolverlo todo, su vida, la vida rusa, todo lo humano y especialmente todo lo ruso, se desvanece en el epílogo de la novela, pero el símbolo permanece; como permanece la sátira de que está impregnada la novela, sobre todo en la descripción de la vida de los rusos en Baden-Baden, en la que no es difícil encontrar referencias personales del escritor y. el motivo de la indignación con que la novela fue acogida por los lectores – de todas las tendencias, de derechas y de izquierdas. Esta indignación se desvaneció lentamente, por la convicción, no del todo justa, de que Turgenev, al observar la vida rusa desde lejos, pero rodeándola de una aureola de poesía y de nostalgia, no la comprendía del todo.

E. Lo Gatto

Ningún otro escritor ruso ha sido leído en Europa con tanta atención como Turgenev, que puede ser llamado escritor internacio­nal mejor que escritor ruso. (Brandés)