De la Ira, Lucio Anneo Séneca

[De ira]. Es el tercero de los Diálogos (v.) de Lucio Anneo Séneca (4? a. de C.-65 d. de C.). Consta de tres libros y trata de este vicio, que el Cristia­nismo incluyó entre los siete pecados capi­tales. Para Séneca la ira no es una pasión según la naturaleza, sino en sus excesos: es natural el primer movimiento, la primera excitación dolorosa que se experimenta por la ofensa: incluso el sabio puede estar su­jeto a ella. Pero sabiduría e ira son siempre y absolutamente inconciliables. Séneca re­conoce en la ira el movimiento primero por el cual la sociedad de los hombres está siempre en lucha fratricida. Si realmente tuviera razón Aristóteles, que aconseja usar de la ira, y, por tanto, de la pasión en gene­ral no como impulso inicial sino como me­dio para lograr lo que uno se propone, los hombres no aprovecharían las menores acu­saciones para declararse la guerra. La ira está en todos nosotros, en cuanto en estado latente, incluso en el sabio hay algo pasio­nal: los principios del estoicismo suponen reducir al mínimo, ya que no es posible abolirlos, los efectos funestos de esta pasión. A su favor existe toda una literatura en prosa y en verso; se es héroe si se pone en las bellas empresas «la osadía de las iras mag­nánimas»; pero prudentemente, Séneca cri­tica los argumentos en defensa de la ira, poniendo de relieve los fenómenos interio­res del airado y del iracundo, óptimos son sus consejos prácticos: indulgencia al juz­gar a los otros, y modestia al juzgarse a sí mismo. La neta polémica antiaristotélica se resuelve en una solitaria actitud precristia­na, con lo que la vida dinámica de todo el mundo imperialista romano queda severa­mente juzgada.

F. Della Corte

Ion, Eurípides

Tragedia de Eurípides (480- 406 a. de C.). Se ignora el año de su repre­sentación, aunque los críticos han propuesto numerosas fechas, desde el 426 hasta el 410. Excluyendo, como es necesario, las más antiguas, quedan como posibles los años que median entre el 418 y el 410. La obra tiene por asunto la suerte de Ion (v.), progenitor mítico de los jonios, héroe totalmente in­ventado por escritores de genealogías rela­tivamente recientes (siglo VII), por el trivial procedimiento de deducir su nombre de el del pueblo de que había de ser epónimo. En un mito como éste, escasamente fijado y no popular, Eurípides tuvo aún mayor li­bertad que de costumbre para modificar y añadir elementos en conformidad con exi­gencias prácticas — de patriotismo atenien­se— y artísticas. Así, de Ion, hijo de Xuto, héroe de Eubea, hizo un personaje puramente ateniense dándole por madre a Creusa, hija del rey de Atenas Erecteo, y por padre el dios Apolo (v.), y relegando a Xuto a la función de padre putativo. Que estos cambios sean, como algunos piensan, ya anteriores — aunque de pocos años — a Eurípides, es cosa que carece de todo fun­damento.

Los antecedentes del drama son expuestos en el prólogo por Hermes (v. Mercurio), el divino hermano de Apolo, el cual relata como Creusa, violada por Apolo, concibió un hijo, y luego, por temor a los suyos, lo expuso en una cesta confiando que el dios padre lo salvaría. Hermes mismo, por orden de Apolo, recogió al niño y lo llevó a Delfos, donde fue criado por una sacerdotisa del dios y creció consagrado al culto de Apolo, como ministro de su san­tuario. Creusa, mientras tanto, fue dada en matrimonio a Xuto, rey de Eubea, aliado de Atenas, pero esta unión fue estéril. Afligi­dos por la falta de prole, Creusa y Xuto se presentan al templo de Apolo para inte­rrogar el oráculo y orar al dios, y parten después de haber reconocido por hijo al jo­ven guardián del templo. Sale éste de ma­ñana y se pone a barrer las gradas del templo y a regarlas con agua lustral, can­tando entre tanto una monodia llena de gracia, que rebosa serenidad y contento de su estado. Aunque siente una vaga pena por no conocer a sus padres, le agrada estar consagrado al servicio del dios. Sale enton­ces el coro, compuesto de sirvientas de Creusa, que se ponen a contemplar admi­radas los relieves del templo. Y he aquí que llega la propia Creusa. En un diálogo con Ion, le revela su pena por no tener hijos, y enterada de que el joven no tiene madre, siente despertar hacia él un movi­miento de piedad y afecto. Esto le induce a revelarle, en parte, la pena secreta que la ha llevado al santuario. Una amiga suya, dice, ha tenido un hijo de Apolo y lo ha ex­puesto, y ahora quisiera saber que se ha he­cho de él. Llega entonces Xuto, que ha ido a consultar a otro oráculo, el de Trofonio.

De éste sólo ha sabido una cosa, que le ha llenado de gozo: que no marchará de Del­fos sin hijos. Pero quiere una respuesta más precisa y entra en el templo. Ion, una vez solo, echa en cara al dios, aunque en tono respetuoso, que abandone a los hijos que ha tenido de mujeres mortales. Después de un canto coral que exalta la alegría de una prole numerosa, sale del templo Xuto, a quien el dios ha contestado que la primera persona que encuentre al salir del templo será su hijo. Encuentra a Ion y lo abraza y besa llamándole hijo suyo. Ion, al prin­cipio, se indigna y lo toma por loco. Pero luego, vencido por la autoridad del dios más que por los argumentos de Xuto (éste había estado en Delfos antes de su matrimonio y, en estado de embriaguez, había abusado de una doncella), se aviene, aunque poco convencido, a considerarse hijo del ateniense. Pero cuando luego Xuto le invita a dejar su pobre vida y partir para Atenas, donde le aguarda un destino real, Ion vuel­ve a sus dudas, a la pena por tener que abandonar la vida serena que lleva y ruega que se* le permita continuar en ella. Xuto acaba por vencer sus dudas: introducirá con prudencia al hijo en su casa. De momento no dirá nada a Creusa. Que el coro se guarde de revelar nada de cuanto ha visto y oído. Ion y Xuto se alejan para encontrarse en una fiesta que el segundo manda preparar en señal de gozo.

Pero el coro, completa­mente hostil a Xuto por amor a Creusa, no observa lo ordenado y cuando llega Creusa, acompañada por un anciano esclavo de su padre, el corifeo se lo revela todo. No sólo la desdichada Creusa no tendrá hijos propios, sino que deberá tolerar en casa a un bastardo de su marido. El viejo esclavo la incita a la venganza, mientras Creusa declara la verdadera razón de su dolor: el verdadero culpable de todo es Apolo, que le dio un hijo y la abandonó. La venganza contra Apolo es imposible. El anciano acon­seja dar muerte a Ion. El medio de hacerlo lo encuentra Creusa: posee un amuleto con una gota mortífera de la sangre de la Gorgona. El viejo deberá verterla, durante la fiesta, en la copa del muchacho. El coro implora el éxito de la empresa. La trágica intriga urdida por la fortuna ha llegado a su punto culminante. La madre está a punto de matar a su hijo. Pero el crimen, por con­sejo providencial de Apolo, no llega a rea­lizarse. Un mensajero viene a referir cómo se ha descubierto el engaño. En ausencia de Xuto, que se había alejado para cum­plir el sacrificio propiciatorio, Ion, con escrupulosa diligencia, ha preparado el ban­quete. Un anciano, cuando la fiesta estaba en su apogeo, ha ofrecido de beber a Ion, pero en el momento en que éste iba a lle­varse el cáliz a los labios uno de los asistentes ha dejado escapar una palabra de mal augurio y el religioso Ion ha arrojado al suelo su vino. Una paloma se ha preci­pitado a beberlo, y he aquí que, entre el horror de los circunstantes, ha caído muerta en el acto. Ion manda detener al anciano que le había ofrecido la copa y lo obliga a confesar. Ahora, seguido de los delfios enfurecidos, busca a Creusa para darle muerte. El nudo no está todavía desatado. Ahora es el hijo quien quiere matar a su madre: Creusa, enloquecida por el dolor y el terror, se acoge al ara de Apolo.

Llega Ion y le ordena que salga de la salvaguarda del dios. Pero la sacerdotisa de Apolo, la Pitia, que ha criado a Ion como si fuera su hijo, pone fin a la discusión, mandando a aquél que no derrame la sangre de la mu­jer que tiene delante; ahora que, por orden del dios, está a punto de marchar a Atenas, la Pitia viene a entregarle lo que, también por orden del dios, le ha ocultado hasta ese día: la cesta en que fue encontrado de niño. Creusa, que esperaba sin decir palabra, da un grito al comprender que Ion es su hijo. Ion quisiera que también su padre partici­pase de su inmenso gozo: Creusa se ve obli­gada entonces a revelarle que no es hijo de Xuto, sino de Apolo. Las dudas de Ion ante el relato de su madre son disipadas por la aparición de Atena que viene a hacer saber la voluntad de Apolo a su hijo y a la mujer que amó. El dios que había atado el nudo ha sabido también desatarlo, evi­tando, con su manifiesta intervención, que madre e hijo se odiasen: ahora el dios quie­re que Ion considere a Xuto como padre y que herede de él el reino de Atenas. Po­drá considerarse como ateniense por parte de su madre. Que Xuto conserve la ilusión de que Ion es su hijo. Entre las tragedias euripidianas de tipo novelesco (v. Elena e Ifigenia en Tauride), constituidas todas por juegos del destino y resueltas por recono­cimientos, ésta es sin duda la más hábil­mente compuesta, la más unitaria, y en suma la más feliz.

No hay en ella ningún profundo empeño del poeta en problemas morales y psicológicos, y si por esto el autor no alcanza una alta e íntima poesía, puede en cambio abandonarse a un juego ligero y hábil de fantasía escénica. El reconocimiento no es aquí un incidente, por más que sea decisivo, sino el alma misma de la trage­dia, que tiende por entero a él, tanto en el alma de los personajes ansiosos y animados de vagos presentimientos, ya en los alti­bajos de la intriga. En la caracterización de Ion, de su gracia inteligente, de sus discretas virtudes y de sus moderadas malicias, la refinada y madura penetración psicológica de Eurípides se manifiesta una vez más y alcanza el más alto resultado en esta fina y acabada obra maestra del género.

G. F. Ajroldi

*      Para la tragedia de Eurípides compuso música Charles Wood (1866-1926), Cam­bridge 1890.

Jone, August Wilhelm Schlegel

El drama de Eurípides fue directamente imitado por August Wilhelm Schlegel (1767- 1845) en su tragedia Jone, estrenada en Weimar en 1802. Schlegel quería dar una hermana a la Ifigenia en Tauride (v.) de Goethe, pero le faltaron las fuerzas para llegar a ello y poca cosa debía de parecer su tragedia cuando Wieland, instigado por la camarilla de Bóttinger, le puso al lado, a título de comparación, una traducción del Ion de Eurípides. Goethe describe en sus Anales (v.) el tumultuoso estreno, pero todo ello formaba parte del programa romántico que el mismo Goethe benévolamente había aceptado (v. Athenaeum). El Jone venía, después de las traducciones de Shakespeare y Claredon, a cumplir el programa schlegeliano contra el filisteismo: pero si sus traducciones son obras maestras, la trage­dia sólo es una obra menor en la produc­ción del gran crítico.

G. F. Ajroldi

Ion, Platón de Atenas

Diálogo de Platón de Atenas (427-347 a. de C.) perteneciente al grupo de los primeros diálogos, llamados socrá­ticos, en que Platón desarrolla la doctrina de su maestro, transformándola sólo en parte con objeto de formarse su propia concep­ción. Se refleja en esta obra el punto de vista platónico acerca de la poesía: para Platón, poesía no es sabiduría, en cuanto el poeta es cosa «leve y alada» que canta sólo cuando está poseído por un dios y ha dejado de razonar. En realidad, el poeta no sabe, racionalmente hablando, lo que dice: la pa­labra fluye por divino encanto y, a través de él y del rapsoda que interpreta su poe­sía, este encanto se extiende al auditor que siente y sufre lo que la poesía canta y se pone también fuera de sí. En efecto, Só­crates interroga a Ion, rapsoda celebradísimo, el mejor intérprete de Homero, el cual confiesa que de los otros poetas, en cambio, no sabría decir una palabra; y, de resultas del estrecho interrogatorio de Só­crates, Ion tiene que acabar por admitir que él, desde el punto de vista científico, no entiende nada de lo que Homero dice; de modo que, en materia de mántica, pesca o medicina, un adivino, un pescador o un médico entiende más que él: y sin embar­go él, Ion, dice de Homero las cosas más bellas que jamás se hayan dicho. Precisa­mente, replica Sócrates, porque no habla por ciencia propia, sino en cuanto poseído por Homero, a su vez poseído por el dios, y se siente exaltado y conmovido cuando relata algo trágico. Y por esto no sabe hablar de los demás poetas, porque sólo puede expre­sar el lenguaje del dios que habla en él, y no el de los otros dioses que poseen a otros poetas y rapsodas que recitan por divino entusiasmo, como los coribantes que, poseí­dos por el dios, tripudian y trenzan las danzas sagradas. Ion, en su presunción, no comprende, pero acepta, porque le parece bello y honroso, el título de «hombre divi­no» que Sócrates le da. Diálogo breve pero significativo, llevado con la admirable sim­plicidad que será siempre dote de toda la producción dialógica de Platón, e impor­tante no sólo por sus referencias a la tesis, afirmada principalmente por Platón en su República (v.) que estima en menos el arte, sino también por los reflejos que emparentan este diálogo con la moderna tesis de la «alogicidad» del arte. [Trad. española por Patricio de Azcárate en Obras completas, tomo II (Madrid, 1871); reimpresa en el tomo I de la edición argentina (Buenos Ai­res, 1946)].

G. Alliney

Investigación Sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones, Adam Smith

[An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations]. Obra en cinco volúmenes de Adam Smith (1723-1790), el teorizador más notable de la escuela liberal, publicada en Londres en 1776. En ella recoge y coordina críticamente el autor las teorías económicas elaboradas hasta entonces desenvolviéndolas amplia­mente y sobre todo tratando de recogerlas alrededor de un criterio unitario: la autono­mía de la actividad económica (cuyo fun­damento es la utilidad individual) respecto a la moral (cuyo fundamento es la simpa­tía). «El hombre tiene casi siempre necesi­dad de la ayuda de sus semejantes, pero la esperaría en vano sólo fiado en su bene­volencia. No es la benevolencia del carni­cero, del cervecero o del panadero de lo que esperamos nuestra comida, sino de la consideración de su propio interés»: He aquí la primera afirmación de la teoría del hecho económico en relación con la moral, sin que por esto surja entre ambos ninguna forma de oposición. Con esta premisa, pasa Smith a la construcción de su sistema. Superando decididamente la posición fisiocrática, ase­gura que no es la naturaleza, sino el tra­bajo, la fuente de donde una nación obtiene los productos que anualmente consume. La mayor productividad del trabajo depende de su división, consistente en la división del proceso productivo necesario para crear una cosa en diversas fases, asignada cada una de ellas a un operario.

Es evidente que en régimen de división del trabajo (unos fabrican sombreros, otros zapatos, otros pan), el cambio es el supuesto indispensa­ble para cuya generalización es necesario el instrumento monetario, gracias al cual puede uno procurarse lo que necesita a cambio de moneda. De aquí el problema del «valor», en el que Smith, aun distinguiendo neta­mente entre el «valor de uso» (la utilidad de una cosa para su posesor) y el «valor de cambio» (poder de una cosa para adqui­rir con ella otra), confunde la utilidad abs­tracta con la utilidad concreta de las cosas, y hace depender el «precio real» ora del trabajo necesario para producir una cosa, ora del trabajo que esta cosa economiza a quien la posee, ora del trabajo que le per­mite imponer a los demás. Sin embargo, para Smith sólo el «trabajo» que goza de cierto valor invariable es la medida real y última sobre la que el valor de todas las cosas en todos los tiempos y lugares es comparado y estimado. Precisamente esta es la teoría del valor-trabajo que adquirirá gran importancia en el desenvolvimiento paralelo de las doctrinas liberal y socialista. Los elementos constitutivos del precio real de las cosas son, para Smith, el salario del trabajo, el interés del capital y el rendi­miento de la tierra. En torno a este «precio natural» oscila el precio del mercado que varía constantemente según la oferta y la demanda. Antimercantilista, Smith critica severamente la identificación de la riqueza con la moneda, refutando el «bulionismo», la teoría de la balanza comercial, la creen­cia en la superioridad del comercio inte­rior en defensa de la libertad del comercio. No se puede decir que Smith sea un fisió­crata, porque superó esta posición, aun acep­tando la teoría del «dejar hacer, dejar pa­sar» en interés general.

Mente crítica y ro­busta, Smith fue el primero en hacer de la ciencia económica una ciencia en si, dis­tinta de la moral, sin crear por eso antítesis entre ambas. Evidente error del economista escocés fue el de no saber mirar hacia el futuro, y en un momento crucial en que Inglaterra empezaba a desarrollar su revo­lución industrial para convertirse muy pron­to en un país eminentemente comercial, colonizador e imperial, desear nada menos la vuelta de la nación al estado rural. [Trad. española del licenciado José Alfonso Ortiz, con varias notas e ilustraciones relativas a España (Valladolid, 1794; 2.ª ed.: 1805)].

M. Maffei