La Italiana en Argel, Gioacchino Rossini

[L’italiana in Algeri] ópera cómica en dos actos de Gioacchino Rossini (1792-1868), estrenada en 1813 en el teatro San Benedetto de Venecia. El libreto, de Angelo Anelli — ins­pirado en la leyenda de la bella Rosellana, la esclava favorita del sultán Solimán II—, había sido ya puesto en música por Luigi Mosca (1775-1824), en Milán, teatro de la Scala, 1808. Escrito al buen tuntún, algo in­genuo, no carece de cierto brioso desenfado y comicidad.

En lugar del Sultán tenemos aquí un Mustafá-bey de Argel, el cual, can­sado de su esposa Elvira, encarga a Alí, capitán de corsarios, que le encuentre otra esposa, una italiana. Paralelamente, una tempestad arroja a las orillas de Argel un navío en el cual se halla una italiana, Isa- bella, que, en compañía de Taddeo, su caballero, ha partido en busca de su prometido Lindoro, secuestrado por los corsarios. Da la casualidad que Lindoro se halla sirviendo como esclavo a Mustafá. Isabella, conducida a presencia del bey, finge aceptar sus gro­seras galanterías, mientras se dispone a aprovecharse de su bobería para burlarlo. Representando una bufa ceremonia ella nombra a Mustafá su «Pappataci» y le da a entender que con aquel título se honra en Italia a «los que nunca se cansan del bello sexo», y que obliga a quien lo ostenta a comer y beber alegremente. El buen hom­bre, entusiasmado, se somete dócilmente al ritual que se le impone y, sentado ante una mesa ricamente servida, come a dos carri­llos y trasiega vino. En tanto, Isabella, Lin­doro y sus compañeros se escabullen y ga­nan el navío que los volverá a su patria. Cuando Mustafá advierte aquella burla se pone furioso; pero pronto, resignado, vuelve a su esposa convencido de que las mujeres italianas, demasiado picaras y maliciosas, no son para él.

Esta ópera, escrita por Rossini en sólo veintitrés días, como Tancredi (v.), que la precedió en tres meses, se distingue notablemente, por su estilo juvenil, de las numerosas óperas bufas que van de la Cam­biale di matrimonio (v.) al Signor Brus­chino (v.). Si bien en la Italiana quedan no completamente resueltas aún reminiscencias de estilos y maneras de la ópera cómica del siglo XVIII, también refulgen en ella carac­teres netamente rossinianos por la vivacidad rítmica y dinámica, que resplandece en la y frase musical, el impulso eufórico que la recorre, el cambiante avance de los te- más y la plenitud de los trozos de conjunto y de la instrumentación. Uno de los mejores fragmentos es el cuadro, vivo y colorido, en que destacan las figuras de Mustafá y de Isabella, aquél con su panzuda galantería, ésta con su desparpajo astutamente feme­nino. También el tipo de Taddeo ha suge­rido a Rossini divertidos pasajes cómicos. Menos original es la parte de Lindoro, que a veces alcanza lo patético como en el aria «Languir per una bella». La instrumentación colabora a menudo y activamente en la expresión musical, ya con ingeniosas fór­mulas de acompañamiento, ya con ciertas finísimas notaciones que subrayan y comen­tan con sabrosa caricatura las palabras de los personajes. Entre los trozos famosos de esta obra se recuerdan el final del primer acto, en que el contrapunto de las partes alcanza efectos deliciosos, y, en el acto se­gundo, el famoso terceto de los «Pappataci», por el cual «en otros tiempos se volvieron locos todos los públicos de Europa».

M. Bruni

Italia Liberada de los Godos, Gian Giorgio Trissino

[L’ltalia liberata dai goti]. Poema heroico en veintisiete libros, laboriosamente redac­tados al modo clásico por Gian Giorgio Trissino (1478-1550), y publicado en tres volúmenes en 1547-1548. La dedicatoria a Carlos V, honrado como continuador del Imperio, puede también explicar la singu­laridad de su tema: la guerra de los bizan­tinos contra los godos bajo los generales Belisario y Narsete hasta la derrota de los bárbaros y la captura de Witiza, su jefe. Esta, obra eruditísima, escrita siguiendo los procedimientos del historiador griego Pro- copio de Cesarea (siglos V-VI) y de sus Historias (v.), resulta pedante y ampulosa, hasta en sus episodios menos obligados por las reglas aristotélicas seguidas por el autor. Añádase la monotonía del endecasílabo con que el autor intenta reproducir el hexá­metro heroico, y la sustitución meramente mecánica de lo «maravilloso» cristiano por lo pagano, atribuyendo, por ejemplo, a la Virgen el papel de la diosa Venus.

La mis­ma exaltación de Carlos V en la figura del emperador Justiniano contribuye a acen­tuar el carácter impropio de la obra. Y, con todo, la Italia liberada tiene un singular valor en la épica del Renacimiento, al re­presentar la creación más coherente de un espíritu que intentaba construirse conscien­temente, dando a su propia actualidad las formas de un mundo que había pasado ya. En la épica como en la lingüística y en la dramática Trissino fue el generoso y medio­cre representante de esta nueva personali­dad que intentaba realizarse sobre las bases de te inteligencia y de la cultura y cons­tituyó su más pura expresión, hasta incurrir, empero, en repetidas ocasiones, en la aridez inexpresiva y en la paradoja.

C. Cordié

Italia Mística, Émile Gebhart

[l’ltalie mystique]. Obra del historiador francés Émile Gebhart (1839-1908), publicada en 1879. Es una ver­dadera historia «del renacimiento religioso de la Edad Media», y por eso se sitúa ante la historia italiana con la intención de cap­tar su latido más íntimo y de hacer sentir, con una sinceridad de artista, sus sueños y sus ideales. El aspecto más notable de la reconstrucción consiste en el modo con que esta historia se presenta, en sus varios pro­blemas religiosos, políticos y económicos, especialmente para el franciscanismo, ver­dadero sentimiento de lucha social y de hermandad evangélica, que recorre la península y hasta suscita, en su extremismo, la oposición entre la teocracia papal y la aus­tera afirmación del Evangelio de la pobreza.

El autor afirma que en el siglo XIII el mis­ticismo informa todos los aspectos de la sociedad, desde las poesías de los trovadores y las varias herejías hasta la corte de Fe­derico II de Suabia. Es un fermento de vida nueva, y los espíritus tienden a salir de las costumbres meramente exteriores y las ru­tinas religiosas o de las leyes civiles para identificarse con el ideal proclamado por los santos y hasta por los rebeldes. En tal fermento se comprende la exaltada palabra de Gioacchino da Fiore y así el acento profético de Dante se matiza con la luz dramá­tica y violenta de un tiempo casi apocalíp­tico. En la vida de Italia, entre partidos en lucha y deseo de goces paradisíacos, San Francisco de Asís y su apostolado, Celes­tino V que renunció a la tiara y Jacopone da Todi que, entre la sabiduría y la locura, se arrodilla, humilde fraile, ante la luz mis­teriosa de Dios, constituyen las más singu­lares afirmaciones del sentimiento religioso de aquellos siglos. La misma obra de Giotto, aunque en la sólida afirmación de una vida sincera y consciente de su oficio terrenal, toma la actitud de reivindicación de una epopeya de santidad que al principio el mundo había observado con curiosidad y a veces incluso con desprecio, y que más tar­de había comprendido como una de las más profundas afirmaciones de una nueva espi­ritualidad.

En la renaciente literatura ita­liana, desde Amaldo da Brescia a Petrarca, de Santa Catalina de Siena a Savonarola, hay un estremecimiento de religiosidad que convierte la misma forma artística en meditación y en documento de vida espiritual, con la exigencia de una acción más cons­ciente de apostolado. El espíritu laico, hijo de la Edad Media, mostrará en la época de la reforma luterana la profunda actitud de los humildes en las luchas políticas y socia­les del Renacimiento; sin embargo, para in­dicar la importancia de la civilización me­dieval y la decisiva aportación de la Italia mística a la nueva formulación de senti­mientos y de actitudes, bastaría la figura de Dante, hombre de un siglo de ansias y de contrastes, ya que en su firmeza de creyente y en su conciencia de ciudadano exaltó lo divino ante los vicios y las torpezas del mundo. La obra de Gebhart hay que consi­derarla fundamental para un período histó­rico tan discutido; en todo caso es uno de aquellos libros clásicos que se consideran como representativos del interés mostrado por el siglo XIX hacia los problemas de la religiosidad medieval.

C. Cordié

Italia Mía, Francesco Petrarca

Canción de Francesco Petrarca (1304-1374) que forma parte del Cancionero (v.). Todavía se discute el motivo que la inspiró, y los eruditos no saben con certeza a qué guerra entre los estados ita­lianos se refiere, si a la llamada guerra de Parma (1344-45) o a la guerra entre Génova y Venecia, con ocasión de la cual el poeta escribió a los dogos de ambas repú­blicas algunas epístolas en que expresaba conceptos análogos (1351-54), o a otras lu­chas.

Esta incertidumbre se debe al carác­ter de la misma poesía, que quiere mante­nerse en el tono de una noble generalidad, evitando toda alusión a hechos y personas particulares, y logra así situarse por encima de las contingencias que la inspiraron: el canto de un poeta italiano que recuerda a unos príncipes italianos olvidadizos la ma­dre común y espera de ellos, en nombre de los grandes recuerdos del pasado, de la miseria de sus súbditos y de sus deberes de cristianos, el fin de una triste política y la suspirada paz. No es ya la invectiva de Dante, sino la sentida oración de un poeta, ajeno a la política, pero que siente que ante la ruina de la patria no puede acallar aque­llas palabras que están en el corazón de todo italiano y que a él le corresponde pro­nunciar por la conciencia que tiene de la grandeza y la nobleza de Italia. ¿Qué sabe él de las razones de la guerra? Para él no tienen importancia («Di che lievi cagion che crudel guerra». «De cuán leve motivo, qué guerra tan cruel») y quizás piensa compren­der mejor que los príncipes mismos, arras­trados por sus pasiones, su verdadero inte­rés («Poco vedete e parvi veder molto». «Véis poco y os parece ver mucho») : ¿cómo podrían de otro modo buscar socorro en aquella soldadesca germánica que se pone al servicio de éste o de aquel señor y no lleva más que la ruina a las tierras de unos y otros? («Oh diluvio raccolto/Di che deserti strani/Per inondare i nostri dolci campi!». «¡Oh diluvio recogido/de qué extraños de­siertos/para inundar nuestros dulces cam­pos!»). Basta de guerra fraticida: unan los señores sus fuerzas y expulsen de Italia los mercenarios que son la plaga, y renuévese la gloria de la antigua Roma.

La canción se eleva así desde la elegía («Italia mia, benché il parlar sia indarno/Alle piaghe mortali…». «Italia mía, aunque el hablar sea vano/para las llagas mortales»); a la épica evocadora de las glorias nunca ex­tinguidas, de Roma («Il popol senza legge/ Al qual come si legge/Mario aperse si ’1 fianco/Che memoria de l’opra anco non langue…/Cesare taccio che per ogni piag­gia / Fece l’erbe sanguigne / Di lor vene ove’l nostro ferro mise». «Aquel pueblo sin leyes / al cual, según se lee / Mario hirió en el flanco / de tal modo que la me­moria del hecho no se ha desvanecido toda­vía…/No hablo de César que por todos los países/tiñó la hierba de sangre de las venas donde hincó nuestro hierro»), y este movi­miento se acentúa aún en la estrofa más conmovida y más famosa que empieza con los dulcísimos versos: «Non è questo il terren ch’i’toccai pria?/Non è questo il mio nido/Ove nudrito fui si dolcemente?» «¿No es esta la tierra que toqué primero?/¿No es éste mi nido / donde tan dulcemente fui criado?»), para llegar luego a los desastres presentes, al dolor de los humildes («con pietà guardate/Le lagrime del popol doloroso/Che sol da voi riposo/Dopo Dio as­petta». «Con piedad contemplad/las lágri­mas del pueblo doliente/que sólo de voso­tros,/después de Dios/espera el reposo») y terminar en la visión de la anhelada y pró­xima victoria («Virtù contra furore/Prenderà l’arme; e fia’l combatter corto:/Che l’antiquo valore/Negli italici cor no é ancor morto». «La virtud contra el furor/tomará las armas y sea corto el combate :/porque el antiguo valor/en los corazones itálicos no ha muerto todavía»). Estos versos son los que Maquiavelo puso al final de su Príncipe (v.), como para sellar su obra; y verdaderamente, si grande es el valor poé­tico de esta canción, insigne es su impor­tancia histórica, puesto que es la más elo­cuente y antigua manifestación de la con­ciencia de la italianidad y como tal el faro ideal del pueblo italiano, que durante siglos reconoció su unidad, no en la política, sino en la literatura, del mismo modo que Pe­trarca, que no sintió su patria en ninguna ciudad particular de Italia sino en Italia entera, puede ser considerado, con mayor derecho que Dante, el primer poeta italiano. [Trad. de José Farrán y Mayoral en la antología de Francisco Petrarca, publicada en la colección «Poesía en la mano» (Bar­celona, 1940)].

M. Fubini

A quien me preguntase cuál es en mi opinión la más elocuente obra italiana, le diría que las dos canciones de Petrarca Spirto gentil e Italia mia. (Leopardi)

Hay en esta canción algo que es indivi­sible y no se puede analizar, algo indivisi­ble como la misma vida. (De Sanctis)

L’ Italia Letteraria

Semanario de literatura, ciencias y artes. Prosiguiendo en el desarrollo de su propia actividad según los criterios fundamentales de la milanesa «La Fiera letteraria» (v.) «L’Italia letteraria», que se trasladó en mayo de 1929 a Roma, amplió el ya denso grupo de sus colabora­dores, dio mayor espacio a su información crítica, también la referente a las demás ar­tes y en esta su primera y mejor fase, refle­jó más decididamente el panorama de las letras italianas, aunque entregándose a ve­ces a un genérico polemismo que bordeaba el riesgo de convertirlo en una revista de tendencias o de grupo. Con todo, durante este período (1930-1933) fue cuando Gargiulo publicó en la «Italia Letteraria» una serie de artículos monográficos sobre los escritores y poetas más representativos de su época, desde Ungaretti a Savarese. Suce­sivamente, esta revista dirigida por Pavolini se mantuvo sustancialmente fiel a su programa de razonado eclecticismo, dando amplio lugar a los escritores de las recien­tes generaciones literarias. Luego la «Italia letteraria» pasó a otras manos y fue per­diendo gradualmente su carácter de revista informativa y crítica, hasta que terminó su publicación (1935) sustituida, pero no con­tinuada, por el «Meridiano di Roma».

Du­rante casi un decenio la «Fiera» y «L’Italia letteraria» fueron un espejo bastante fiel de la literatura militante italiana y natural centro de reunión de sus mejores fuerzas. Recorriendo sus páginas, no será difícil ob­tener una documentación exacta de aquel decenio de vida intelectual entre el neocrocianismo, las tentativas de una revisión de la estética crociana en acto (por mérito sobre todo de Gargiulo o de algún crítico joven, Debenedetti, Solmi, etc.), dirigida principalmente a la investigación de los «medios expresivos» y las nuevas corrientes que, en tanto, se iban delineando y acla­rando en el seno de otras revistas juveniles («Solaría», «Frontespizio»), en que se afir­maba una tendencia más pronunciada hacia la narración. Además, fue indirectamente un mérito de aquel periódico, el liquidar el «frammentismo» de «La voce» y «Lacerba», así como el abrir a una cordial circu­lación los grupos literarios, despertar una más viva curiosidad hacia los literatos extranjeros contemporáneos, especialmente anglosajones, e incitar a los escritores jóve­nes a una consideración del arte literario más aproximada a las fuentes de la vida moral.

G.T. Rosa