Italia Mía, Francesco Petrarca

Canción de Francesco Petrarca (1304-1374) que forma parte del Cancionero (v.). Todavía se discute el motivo que la inspiró, y los eruditos no saben con certeza a qué guerra entre los estados ita­lianos se refiere, si a la llamada guerra de Parma (1344-45) o a la guerra entre Génova y Venecia, con ocasión de la cual el poeta escribió a los dogos de ambas repú­blicas algunas epístolas en que expresaba conceptos análogos (1351-54), o a otras lu­chas.

Esta incertidumbre se debe al carác­ter de la misma poesía, que quiere mante­nerse en el tono de una noble generalidad, evitando toda alusión a hechos y personas particulares, y logra así situarse por encima de las contingencias que la inspiraron: el canto de un poeta italiano que recuerda a unos príncipes italianos olvidadizos la ma­dre común y espera de ellos, en nombre de los grandes recuerdos del pasado, de la miseria de sus súbditos y de sus deberes de cristianos, el fin de una triste política y la suspirada paz. No es ya la invectiva de Dante, sino la sentida oración de un poeta, ajeno a la política, pero que siente que ante la ruina de la patria no puede acallar aque­llas palabras que están en el corazón de todo italiano y que a él le corresponde pro­nunciar por la conciencia que tiene de la grandeza y la nobleza de Italia. ¿Qué sabe él de las razones de la guerra? Para él no tienen importancia («Di che lievi cagion che crudel guerra». «De cuán leve motivo, qué guerra tan cruel») y quizás piensa compren­der mejor que los príncipes mismos, arras­trados por sus pasiones, su verdadero inte­rés («Poco vedete e parvi veder molto». «Véis poco y os parece ver mucho») : ¿cómo podrían de otro modo buscar socorro en aquella soldadesca germánica que se pone al servicio de éste o de aquel señor y no lleva más que la ruina a las tierras de unos y otros? («Oh diluvio raccolto/Di che deserti strani/Per inondare i nostri dolci campi!». «¡Oh diluvio recogido/de qué extraños de­siertos/para inundar nuestros dulces cam­pos!»). Basta de guerra fraticida: unan los señores sus fuerzas y expulsen de Italia los mercenarios que son la plaga, y renuévese la gloria de la antigua Roma.

La canción se eleva así desde la elegía («Italia mia, benché il parlar sia indarno/Alle piaghe mortali…». «Italia mía, aunque el hablar sea vano/para las llagas mortales»); a la épica evocadora de las glorias nunca ex­tinguidas, de Roma («Il popol senza legge/ Al qual come si legge/Mario aperse si ’1 fianco/Che memoria de l’opra anco non langue…/Cesare taccio che per ogni piag­gia / Fece l’erbe sanguigne / Di lor vene ove’l nostro ferro mise». «Aquel pueblo sin leyes / al cual, según se lee / Mario hirió en el flanco / de tal modo que la me­moria del hecho no se ha desvanecido toda­vía…/No hablo de César que por todos los países/tiñó la hierba de sangre de las venas donde hincó nuestro hierro»), y este movi­miento se acentúa aún en la estrofa más conmovida y más famosa que empieza con los dulcísimos versos: «Non è questo il terren ch’i’toccai pria?/Non è questo il mio nido/Ove nudrito fui si dolcemente?» «¿No es esta la tierra que toqué primero?/¿No es éste mi nido / donde tan dulcemente fui criado?»), para llegar luego a los desastres presentes, al dolor de los humildes («con pietà guardate/Le lagrime del popol doloroso/Che sol da voi riposo/Dopo Dio as­petta». «Con piedad contemplad/las lágri­mas del pueblo doliente/que sólo de voso­tros,/después de Dios/espera el reposo») y terminar en la visión de la anhelada y pró­xima victoria («Virtù contra furore/Prenderà l’arme; e fia’l combatter corto:/Che l’antiquo valore/Negli italici cor no é ancor morto». «La virtud contra el furor/tomará las armas y sea corto el combate :/porque el antiguo valor/en los corazones itálicos no ha muerto todavía»). Estos versos son los que Maquiavelo puso al final de su Príncipe (v.), como para sellar su obra; y verdaderamente, si grande es el valor poé­tico de esta canción, insigne es su impor­tancia histórica, puesto que es la más elo­cuente y antigua manifestación de la con­ciencia de la italianidad y como tal el faro ideal del pueblo italiano, que durante siglos reconoció su unidad, no en la política, sino en la literatura, del mismo modo que Pe­trarca, que no sintió su patria en ninguna ciudad particular de Italia sino en Italia entera, puede ser considerado, con mayor derecho que Dante, el primer poeta italiano. [Trad. de José Farrán y Mayoral en la antología de Francisco Petrarca, publicada en la colección «Poesía en la mano» (Bar­celona, 1940)].

M. Fubini

A quien me preguntase cuál es en mi opinión la más elocuente obra italiana, le diría que las dos canciones de Petrarca Spirto gentil e Italia mia. (Leopardi)

Hay en esta canción algo que es indivi­sible y no se puede analizar, algo indivisi­ble como la misma vida. (De Sanctis)