Itinerario de París a Jerusalén, François-René de Chateaubriand

[Itinéraire de Paris a Jérusalem]. Obra de François-René de Chateaubriand (1768-1848), publicada en 1811. Concebida durante la pre­paración de la epopeya de los Mártires (v.) está formada por apuntes y notas del viaje que el escritor emprendió para mejor repre­sentar, en la narración de su amplio poema, los escenarios de las acciones de sus héroes. Con la viva descripción de los lugares se pone de manifiesto más de una vez en estas páginas una erudición histórica que no siempre consigue representar con eficacia lo que se proponía el autor; con todo es muy interesante la parte que se refiere a Grecia, con las evocaciones de Atenas y de Esparta. De todos modos, se nota, incluso en las descripciones de viaje, la elevada opi­nión que Chateaubriand tenía de sí mismo, como peregrino capaz de comprender en lo más profundo la gloria antigua. Búsqueda de emociones y motivo de nueva gloria parecen por lo tanto las presentes notas, que inauguran — junto con el Viaje a Amé­rica (v.)—un nuevo amor hacia el mundo exótico, tomado como fondo donde su per­sonalidad encuentra manera para revelarse mejor. En el conjunto de las impresiones, a veces alejadas del tema, el autor consiguió hacer sentir más claramente su vivacidad descriptiva, y supo describir con vigor las más íntimas y fugaces sensaciones de su alma, sobre todo en las narraciones breves y ocasionales. Precisamente, por esta natu­raleza extravagante y pintoresca, la obra puede considerarse como una de las menos rebuscadas y artificiosas de Chateaubriand, a quien perjudica a menudo la búsqueda de efectos y el academicismo.

C. Cordié

Itinerario de la Mente Hacia Dios, San Buenaventura de Bagnoregio

[Itinerarium mentís in Deum]. Tra­tado latino de San Buenaventura de Bagnoregio (Giovanni Fidanza, 1221-1274) y uno de los documentos más notables del misti­cismo medieval. La experiencia de la vida y la meditación de los deberes del cristiano incitan al autor a mostrar cómo la doctrina más alta no vale lo que la humildad del corazón; en vez de inútiles diatribas que enorgullecen al espíritu humano, es menester inclinarse ante el poder del Creador para comprender íntimamente las razones de su manera de obrar.

La fragilidad y el engaño, que anidan bajo las acciones de los hom­bres y en la presunta «ciencia», deben ser debelados por la fe de Dios. La criatura no puede arrogarse el uso del intelecto para descubrir mundos arcanos, si el espíritu no se ha inclinado antes en perfecta devoción ante quien conoce la razón de todas las cosas. La doctrina es, pues, uno de los ele­mentos del itinerario de la mente hacia Dios, pero la humildad y la devoción son las máximas ayudas de que el hombre puede valerse para ascender hacia el Creador y mostrarse digno de su misericordia. La ver­dadera sabiduría, la que acerca a Dios, y hace por ello valorizar también dignamente la importancia de las cosas en la creación, está basada sobre el desprecio de sí mismo y de los bienes del mundo. En el itinerario hacia Dios el alma debe recorrer un camino que se divide en tres grados o etapas: el pensar que todas las cosas sensibles son una está basada en el desprecio de sí mismo del alma como «imagen de Dios»; y, final­mente, el abandono místico a la suprema realidad a «semejanza de Dios». En tal gra­dación se puede encerrar también el método que es necesario seguir en el conocimiento según los dictámenes de la filosofía aristoté­lica (la abstracción del intelecto) y la teoría agustiniana de la iluminación (por la cual el intelecto recibe de Dios una luz que le aclara su visión).

Podemos entender digna­mente a Dios, en nuestra humildad, en cuan­to Dios vive en nosotros y en nuestro espí­ritu, como ya había sido proclamado por el argumento ontológico de San Anselmo de Aosta. También San Buenaventura con los franciscanos afirma que es suficiente la idea de Dios en nosotros para estar seguros de la existencia de una suprema realidad como la suya. Remitiéndose a las sustanciales exi­gencias de la orden, San Buenaventura afirma que señal de humildad es, pues, la sabiduría que no se toma engreída por las va­nidades aprendidas en las escuelas y procla­madas a veces por vanidad de roselitismo doctrinal, sino que se inclina ante la voz de Dios; y ella es tal que se manifiesta en la na­turaleza, como en el dolor y en la fe de los hombres. Es famoso un ejemplo de San Buenaventura: dice a la vieja que está ba­rriendo delante de la iglesia, que ella, más que él y su doctrina, es digna de la bondad de Dios, porque es más humilde y devota a los misterios de la fe. Poderoros auxilios para el itinerario de la mente hacia Dios son la humildad, el amor al misterio de la Encarnación, la devoción a la Pasión, a la Eucaristía, a la suprema bondad de Jesús, a la Virgen, y el respeto hacia la Iglesia. El medio de ascensión para el buen cristiano sea siempre el amor al prójimo, seguro y grandioso, que refulge en la vida y en la obra de San Francisco, fundador de la Or­den, que halló en el autor de este tratado su más considerable seguidor e intérprete. Trads. de M. Barbano (Milán, 1924); de D. dal Monte (Bolonia, 1827); de A. Hermet. (Lanciano, 1923); de L. Stefani (Turín, 1928).

C. Cordié

El lírico del misticismo, el teólogo ena­morado de María Virgen. (Carducci)

 

Itinerario Siríaco, Francesco Petrarca

[Itinerarium Syriacum]. Obra geográfica en latín de Francesco Petrarca (1304-1374), escrita en 1358 a instancia de Giovanni di Mandello, caba­llero milanés, que iba a partir para Tierra Santa. Está comprendida en la edición de las obras completas de Petrarca (Opera quae exstant omnia) publicada en Basilea en 1581.

En forma de carta, el poeta expone cuanto se sabía en su época sobre el tema: con informaciones geográficas, históricas y eruditas, ilustra los lugares de peregrina­ción. Las noticias recogidas por Petrarca, sacadas de libros y manuales, tanto clásicos como medievales, indican la segura erudi­ción del autor, pero también limitan el inte­rés científico de la obra en cuanto sólo al­gunas están sugeridas por una visión perso­nal de los lugares. De ahí que, por lo que se refiere a las tierras de Italia, Petrarca es elocuente y vivaz, tanto al evocar los tiempos de su juventud como al mencionar personas y acontecimientos históricos más recientes. Son notables las páginas sobre Génova, señora del mar, «virisque et moenibus superbam», y sobre lugares admirables y estupendos como Rapallo y Sestri, Portovenere, las bocas de la Magra, la Lunigiana, Pietrasanta, Lucca, Pisa, Livorno, La Capraia y la Gorgona, Grosseto, Civitavecehia, y la grande e inmensa Roma.

Se hallan luego las tierras del Lacio y de la Campania, densas de recuerdos históricos y literarios, desde las guerras de Roma hasta el testimonio de la Eneida (v.); Calabria y Sicilia, llenas de lugares encantadores y de severos recuer­dos. Grecia y las islas de su archipiélago, así como Chipre, Trípoli de Siria, Cesárea, Jaffa y Ascalón, llevan la mente a meditar sobre los hechos de los siglos lejanos: y por fin — meta sublime — Jerusalén presenta el escenario de la vida de Jesucristo hasta su último sacrificio. En la Ciudad Santa hallan consuelo todas las fatigas del peregrino, ya que sólo en la mística tierra que vio a Cristo hombre y Dios, el alma se exalta en la meditación y aspira a las supremas certi­dumbres. Ante los signos de la gracia divina desaparecen los males de la tierra, los desas­tres y los sufrimientos: no quedan más que la espera del cielo y las meditaciones de las profundas verdades que Dios ha revelado al hombre, con la grandiosidad de los acon­tecimientos históricos y la santidad de la palabra mesiánica. En medio de tanta bea­titud, ¿qué es la gloria humana? Recuérdese la muerte de Pompeyo, lastimosa y triste: «O fortunae fides, rerum finis humanarum!» concluye pensativamente Petrarca. En vir­tud de esta mezcla de noticias eruditas, des­cripciones geográficas y meditaciones reli­giosas y filosóficas, la obra conserva un ca­rácter singular, aunque no figure entre las más originales del gran poeta.

C. Cordié

El Italiano, o El Confesionario de los Penitentes Negros, Ann Randcliffe

[The Italian, or The Confessional of the Black Penitents]. Novela de Ann Randcliffe (1764-1822), publicada en 1797. La Randcliffe, que con M. G. («Monk») Lewis (1755-1818) comparte el honor del invento de aquel género literario muy afor­tunado que fue la novela «negra» (o de te­rror: «tale of terror»), trata también en esta obra, que es una de sus mejores, el tema de la muchacha perseguida.

Vincenzo de Vivaldi se enamora de Ellena Rosalba; la familia de la muchacha se opone al matri­monio y se vale, para obligar a la pobre a seguir su voluntad, de un individuo turbio, Schedoni (v.), hombre de origen descono­cido, aunque, según parece, de noble as­cendencia y de arruinada fortuna; en ese hombre, ahora monje, se vislumbran aún las huellas de apagadas pasiones, la sospecha de una horrible culpa, aire melancólico, pálido rostro, ojos inolvidables. Este tipo satánico tendrá un gran éxito en el período romántico y lo imitará Byron (1788-1824) (v. Giaur, etc.). Ellena es raptada por unos sicarios y transportada a un convento, cuya abadesa la somete a la alternativa de casarse con la persona que le ha destinado su fami­lia, o tomar los hábitos. Vivaldi llega a tiempo para socorrer a Ellena y sigue una romántica fuga por los montes de los Abruzzos; cuando los dos están a punto de casar­se, intervienen los esbirros de la Inquisi­ción; Ellena es conducida a una solitaria casa a orillas del Adriático para ser puesta en manos de un miserable, Spalatro, que ha de darle muerte por orden de la marquesa Vivaldi; pero cuando Schedoni está a punto de apuñalarla, descubre que lleva un me­dallón que le revela ser la hija de su ver­dugo. Siguen otros inverosímiles y melo­dramáticos episodios, con reconocimientos, cárceles de la Inquisición, puñales envene­nados, etc. Sin embargo, todo acaba de la mejor manera, con la muerte de Schedoni, y la boda de Ellena y Vincenzo.

Las des­cripciones de paisajes italianos proceden de las Observaciones de Mrs. Piozzi (Observations and Reflections made in the course of a Journey through France, Italy and Germany, 1789) y de las Nuevas observaciones sobre Italia y sus habitantes [New Observations on Italy and its Inhabitants] de P. J. Grosley, 1769.

M. Praz

L’ Italiano, Beaule y Jubin

Revista literaria en len­gua italiana iniciada en París a fines de mayo de 1846, con tipos de, en fascículos mensuales de 48 páginas a dos columnas. Según el anuncio había de publi­carse cada mes, con seis folios de impresión en cuarto y formar al final de cada año un grueso volumen de 576 páginas. Tenía por lema las palabras «Es pues menester volver a ponerse en camino» y su programa era «dar a conocer a los franceses los portentos del saber y del genio italiano cuya fuerza no pudieron domar ni la voracidad del tiempo ni el poderío y la barbarie extran­jeros» (Cironi). Tuvo carácter predomi­nantemente literario para poder obtener más fácilmente la entrada en los diversos esta­dos de Italia, de los cuales esperaba un gran número de suscriptores. Esta esperanza quedó frustrada, y después de publicar cinco fascículos «L’Italiano» moría en octubre del año de su fundación. Fundadores y direc­tores del periódico fueron Michele Accursi y Antonio Ghiglione, el cual por disensio­nes con Accursi se trasladó a Londres. La colaboración con que se honró «L’Italiano» fue excepcional; Mazzini, que redactó el artículo de introducción (el cual se publicó mutilado y mal corregido), insertó en él siete importantísimos artículos firmados «E. J.»; Guerrazzi publicó uno de los más bellos ca­pítulos del Asedio de Florencia (v.); Tommaseo publicó diez artículos originales y de crítica literaria con la firma «A. Z»; Agostino Ruffini trató de filosofía y moral. Filippo Ugoni, Francesco Orioli y otros patriotas y desterrados colaboraron también en aquella revista con inteligencia y desinterés, guia­dos todos por la intención de contribuir a la resurrección de la patria lejana.

R. Caddeo