Joseph Balsamo, Alexandre Dumas

Novela pseudohistórica de Alexandre Dumas padre -(1803- 1870) publicada en 1849, y editada antes con el título Memorias de un médico [Mémoires d’un médecin]. Es su protagonista el famoso aventurero que se había proclamado conde de Cagliostro y cuya figura se prestaba muy bien a Dumas para sacar de ella, con su acostumbrada audacia, intensos efectos no­velescos.

Joseph Balsamo (v.) es aquí pre­sentado como personaje dotado de extraor­dinario poder hipnótico del cual se sirve para conseguir que los sujetos adormeci­dos por él le cuenten hechos futuros o que estén sucediendo a distancia. Su pro­pósito es el de provocar una gran revolu­ción social obrando, por un lado a través de las sociedades secretas que dependen de él, y por otro lado, actuando directamente contra la corte, cuya caída precipita favore­ciendo su corrupción; por medio de él, en efecto, se producirá el escándalo de la pre­sentación de la Du Barry en la corte. So­bre el fondo de estas misteriosas intrigas, que nos hacen pasar ante una especie de fantástico panorama secreto de fines del siglo XVIII, se desarrolla la triste historia del amor de Cagliostro por Lorenza Feliciani — que en la realidad fue verdadera­mente su esposa —, una malvada que le ama cuando está en estado de hipnosis; y le detesta durante su vida normal, destinada a morir víctima de las prácticas mágicas de un diabólico viejo, verdadera alma con­denada de Balsamo; y la otra historia, no menos desgraciada, de Andrée de Taverney. Hija de un pobre caballero campesino, el barón de Taverney, según el designio de su padre, había de llegar a ser la favo­rita de Luis XV, y ocupar el puesto de la Du Barry.

Joseph Balsamo, huésped de Ta­verney, favorecerá este proyecto obligando a la muchacha a obedecer durante su sueño hipnótico; pero, mientras Luis XV aterro­rizado por la glacial sumisión de la joven dormida, huye de ella sin tocarla, un joven educado por Taverney, Gilberto, quien hace años ama secreta y desesperadamente a la altiva Andrée, se aprovecha de aquella hip­nosis una noche que Joseph Balsamo se ha olvidado de despertar a la joven tras ha­berla dormido para saber por ella noticias de acontecimientos lejanos. Después, cuan­do se hace evidente su maternidad, Andrée, que ha olvidado lo sucedido, puede revelar, nuevamente hipnotizada, quién ha sido el autor de aquel ultraje; ahora Gilberto es rico y podría casarse con ella, pero Andrée le rechaza y él huye llevándose a su hijo. Alcanzado por Philippe de Taverney, her­mano de Andrée, el joven se niega a reve­lar el lugar donde ha escondido el niño, y Philippe lo mata. Esta novela es una de las más fascinadoras de Dumas, aunque una de las menos fieles a la realidad histórica. Si bien los hechos se suceden según la fan­tasía del autor, el clima de la época, con los brillantes cuadros de la vida de la corte, los rápidos perfiles de personajes históricos — son vivísimos los de la Du Barry y de Rousseau—, el sentido de una misteriosa agitación de ideas que vacilan entre las luces de la razón y el esoterismo de las sec­tas secretas, está reproducido con particular intensidad. [Hay una traducción española anónima (Barcelona, s. a.)].

U. Déttore

José Reconocido, Pietro Metastasio

[Giuseppe riconosciuto] En Italia es conocido el drama sacro de Pietro Metastasio (Pietro Trapassi, 1698-1782), representado en Viena en 1733, en la capilla de la Corte, con música de Giuseppe Porsile. La escena se desarrolla en Menfis: entre los pastores venidos en Egipto para comprar trigo durante la carestía, José han reconocido a los hermanos que le hicieron traición pero en su alma no cabe la venganza y si sólo un sentimiento de solicitud por su anciano padre Jacob y por su hermano menor Benjamín. Sin darse a co­nocer, obliga a sus hermanos que le traigan a este último si quieren que les conceda el trigo, y mientras Judá y los demás regresan en busca de Benjamín, José retiene en rehenes a Simeón. El confidente Tanetes pregunta en vano las razones de tanta pre­mura por la suerte de aquellos humildes pastores, e incluso Arseneta, esposa de José, encuentra excesivo el rigor de su marido para con Simeón. Pero llega Benjamín, y a su vista José está a punto de traicionarse. José invita a sus hermanos a un banquete y manda que en la parte de trigo destinada a Benjamín se esconda una taza de plata. Descubierto luego el pretendido hurto, José ordena que Benjamín quede preso, y deja en libertad a los demás. Pero el dolor de su hermano y el recuerdo de su anciano padre vencen por fin a José, que no puede conte­nerse ya más y en medio del estupor de todos los presentes se revela a sus hermanos: «Mi rigor abandono/Venid a mis brazos/soy José».

La segura dramaticidad del episodio da al oratorio una emoción concreta cuyo acento no cae exclusivamente sobre su musicalidad; aun dentro de los límites de la sensibilidad religiosa de la Arcadia, tra­duce con cierto rigor las emociones del sentimiento.

C. Capasso

José en Egipto, Etienne Nicolas Méhul

[Joseph en Egypte]. Célebre es también la ópera bíblica en tres actos de Etienne Nicolas Méhul (1763-1817), sobre libreto de Alexandre Duval (1767- 1842), representada por primera vez en París en 1807. Se representó en Italia en 1823, en privado y como oratorio, en Milán, traducida por Francesco Kandler (1792- 1831) con el título Giuseppe e i suoi fratelli.

La escena se desarrolla en Menfis durante los años de carestía, en los que, según el relato bíblico (Génesis XLI), José, goberna­dor de Egipto por voluntad del Faraón, había salvado del hambre al país haciendo acumular a tiempo grandes provisiones de trigo. Por esto goza de un gran prestigio (bajo el nombre de Cleofás), pero añora amargamente su país nativo de Canaan, a su anciano padre Jacob e incluso a los her­manos que le maltrataron y le vendieron brutalmente, y quisiera hacerlos llamar a todos junto a él, pues sabe que en su tierra la carestía causa grandes estragos. Pero ellos llegan espontáneamente por esta misma razón, y le piden asilo, sin sospechar quien es. José les acoge, reconociéndoles pero sin darse a conocer. Se estremece al volver a ver a Simeón, que fue el más cruel para con él (detalle que no aparece en la Bi­blia), pero se domina; por lo demás, Simeón está desgarrado por los remordimientos, y sus hermanos pueden a duras penas calmar su desesperación. En el segundo acto, Ben­jamín, el más joven de los hermanos de José, confía a éste (a quien no reconoce) que él, después de la supuesta muerte de su hermano, ocupó el lugar predilecto en el corazón de su padre.

José se conmueve y pide ver a Jacob, el cual precisamente en aquel momento, despertado por unas trom­petas, sale de su tienda y ruega a Dios por la felicidad de sus hijos. Se anuncia a Cleofás (José) que el pueblo quiere acla­marle en el carro triunfal; él consiente, pero quiere que Jacob y Benjamín partici­pen de este homenaje. Entusiasmo general por su magnanimidad. La escena del acto tercero representa el interior del palacio de José, donde Jacob y sus hijos, excepto Si­meón, son regalados con cánticos y danzas en honor del Dios de Israel. En un determi­nado instante entra Simeón y revela a su padre que José no ha muerto sino que fue vendido por él como esclavo. Furor de Jacob, que maldice a Simeón y a los demás hijos. José implora para ellos el perdón paterno, y luego finalmente se da a conocer. El perdón es otorgado entre la general emo­ción: coros de paz e himnos a la divinidad cierran la ópera. La música de José en Egipto (la más afortunada entre las 40 ópe­ras de Méhul) es de un estilo noble y ele­vado, en parte revestido de un tono de religiosidad que con todo no llega a la potencia y la profundidad adecuadas al asunto bíblico, ya que, incluso en los mo­mentos más inspirados, se diluye en una dulzura un poco mórbida, como sucede con cierta frecuencia con la música religiosa de los autores franceses de esa época.

Hay también una parte lírico-dramática, con de­clamados eficaces y pasajes de conjuntos ricos de movimiento. La ópera tiene una notable riqueza armónica y contrapuntística, y contiene páginas de pura inspiración, mezcladas con otras más débiles y conven­cionales. Las partes orquestales tienen un papel considerable, como la amplia «ober­tura» y la introducción al segundo acto, con carácter de marcha triste y solemne, que se va dulcificando hacia el final. Entre los pasajes corales recordaremos el del primer acto, cuando los hermanos intentan calmar a Simeón; el final de este mismo acto, y el ,coro del segundo acto «Dios de Israel». Las páginas de lírica individual, como el aria de lamento de José en el primer .acto y la de Benjamín en el segundo, son más flojas y en general la inspiración se debilita a partir del principio del segundo acto.

F. Fano

José y sus Hermanos, Thomas Mann

[Joseph und seine Brüder] En tiempos más recientes, el episodio bí­blico inspiró la célebre tetralogía de nove­las de Thomas Mann (1875-1955), el principal representante, en literatura, de la oposición alemana al Tercer Reich. Comprende: Las historias de Jacob [Geschichten Jakobs, 1933], El joven José [Der junge Joseph, 1934], José en Egipto [Joseph in Ägypten, 1936] y José el proveedor [Jo­seph der Ernährer, 1943]. Thomas Mann ha aprovechado el asunto sin modificar nada de la tradición, antes por el contrario, uti­lizándola en toda su múltiple variedad, apoyándose no sólo en la Biblia y sus co­mentarios, sino también en las fuentes his­tóricas, sobre todo en la religión, los mitos, la cultura egipcia, babilónica, asiría, las noticias referentes a las tribus nómadas semitas e incluso la versión mahometana de la historia de José y la tradición oral, entreverada de leyenda, que los pastores se narran en sus «bellos coloquios» durante las noches que pasan velando en el campo.

Con uno de estos diálogos comienza precisa­mente la primera novela, en el pozo junto al «árbol de las enseñanzas», en las colinas de Hebrón, entre Jacob y su hijo predilecto José, el bellísimo muchacho primogénito de Raquel y elegido por el Señor. De la clarividente y ansiosa preocupación paterna por este prodigioso joven, de sus enseñanzas y de las múltiples aventuras que sin suce­sión cronológica forman el argumento de las «historias de Jacob» surge majestuosa y venerable la figura del anciano en sus relaciones con sus hijos y particularmente con José. Dos pasiones determinan su larga vida: Adonai y Raquel.

De la lucha por su Dios, que le somete a pruebas cada vez nuevas y dolorosas, salió una vez cojo, pero bendecido. Para lograr a Raquel ha servido siete años junto al padre de ésta, su pa­riente idólatra Labán el «diablo», el «grumo de la tierra», que le engañó reemplazando a Raquel por Lía en la obscuridad de la noche nupcial. Personajes y hechos bíblicos se entrelazan en el relato, desde el gran engaño de la bendición paterna de Isaac escamoteada por el joven Jacob a su her­mano primogénito el rubicundo Esaú, por voluntad de su madre Rebeca, hasta las vicisitudes conyugales de Jacob con las hijas de Labán y sus sirvientas Silpa y Bilha, que le procrearon sus numerosos hijos; desde el episodio de Dina, única hija de Jacob , y Lía, negada con falsos pretextos religiosos por sus hermanos Simeón y Leví a su pretendiente, hijo del gobernador de Shekem y luego raptada con gran estrago de la ciudad, hasta la consiguiente fuga de Jacob y los suyos hacia Hebrón, durante la cual la delicada Raquel, que nueve años antes había dado trabajosamente a luz a José, muere en el parto de su último hijo, Benoni-Benjamín. Y el dolor de Jacob se encarna en este hijo de la muerta, como el amor por ella se había encarnado en José.

En el segundo libro, El joven José, se desarrolla la motivación psicológica del odio de los hermanos contra éste, predilecto de su padre. El odio culmina en la feroz agre­sión, la ocultación de José en el fondo de la cisterna y finalmente su venta a los ismaelitas. El héroe está representado con todas sus debilidades humanas: su juvenil vanidad, la debilidad de su padre por él, los atrevidos sueños de su propia elección celestial lo hacen soberbio, pretensioso y delator: no hay falta de sus hermanos que él no refiera a su padre, ni sueño de elec­ción divina de que no se alabe ante ellos. Así cada uno de ellos teme haber perdido el privilegio de la primogenitura y sospecha que ésta pase a José, y deciden alejarse en voluntario destierro. El padre envía a José a su encuentro, recomendándole que se presente a ellos en actitud humilde; pero José, a pesar de la advertencia paterna, se envuelve en el velo nupcial, bordado y colo­reado, de Raquel, que Jacob le diera secre­tamente como lo que tiene de más precioso.

Finísima es la notación psicológica de la íntima reacción de cada uno frente al hecho consumado: cada carácter resalta en sus particularidades. En el dolor de Jacob se mezcla por una parte la sospecha acerca de sus hijos, y por otra el pensamiento de que Adonai haya finalmente aceptado el sacrificio de Abraham, o sea que le quiera tardíamente castigar por el antiguo fraude de la bendición paterna. — En el tercer libro, José en Egipto, se narra la estancia del joven en la casa de Putifar, cortesano de Faraón, a quien ha sido vendido por los ismaelitas. Bajo la guía del mayordomo, que le quiere bien, el hijo preferido del elegido de Adonai, bajo el nombre nuevo de Osarsif, se convierte en un auténtico egipcio (hasta el punto de que más tarde ninguno de los suyos le reconocerá), y con sus dotes se gana el favor de Putifar, que le nombra sucesor del anciano mayordomo. Pero la esposa de Putifar, Mut-em-enet, se enamora locamente de él, y el desarrollo de este amor no correspondido, en todos sus estadios, constituye la acción principal de esta larga novela. Es una especie de «morceau de bravoure» medico psicológica, que estudia la morbosa pasión de esta mujer, primero gran dama, consorte ejem­plar, virtuosa honradora de la divinidad, superior a toda crítica y a toda calumnia, y luego poco a poco consumida y atormen­tada por un anhelo irresistible, que la de­grada hasta la más humillante y asquerosa abyección. Durante el primer año lucha con su pasión, en el segundo la deja adivi­nar a José, en el tercero se ofrece a él sin recato, descarándose ante toda la corte y convirtiéndose en el juguete de ésta. Por fin, enloquecida por la negativa de José, lo acusa falsamente ante su marido.

El pru­dente Putifar Perpetre, que lo ha adivinado todo, dicta contra José una sentencia benig­na, que lo salva de la pena de muerte y lo envía preso del rey a un lugar de expia­ción, en la fortaleza de una isla. Aquí lo encontramos en el cuarto libro, José el pro­veedor, como escribano al servicio personal de los presos ilustres. No tarda en ganar fama como hábil intérprete de los sueños, y cuando Faraón tiene el célebre sueño de las siete vacas gordas y las siete vacas flacas, es llamado a la corte para interpretarlo. El resto es conocido por la Sagrada Escri­tura. Interesante en la novela es la repre­sentación característica de los distintos miembros de la familia real, el matrimonio de José con la «muchacha», la doncella hija del sumo sacerdote de Amón, que da pie a una descripción historicocultural; luego el nacimiento de sus hijos Manasés y Efraim, y finalmente el sistema administrativo in­troducido por José durante los años de esca­sez, en que él es como una especie de mi­nistro de abastecimientos y resuelve hábil­mente los problemas económicos vendiendo a caro precio a los países extranjeros el trigo que acumuló durante los años de abundancia. Pero José no olvida su pasado ni su linaje: el libro nos lleva nuevamente a Hebrón, donde asistimos a la vejez de Jacob, a su ansiosa ternura por Benjamín, ahora ya padre, a la probable elección del pensativo, melancólico y sensual Judá, a la graciosa estratagema de Tamar, idilio senil de Jacob, nuera, y luego esposa de Judá y progenitora de David; sigue el viaje de los hermanos a Egipto, sin Benjamín; la aco­gida de que son objeto por parte de José, a quien no reconocen pero que nunca dudó de que vendrían, y ahora les envía a bus­car a Benjamín; finalmente la escena del reconocimiento, el encuentro de José con su padre en el valle de Ghosen y la recep­ción de Manasés y Efraim en el reino de las doce tribus.

El objeto de esta obra imponente de la madurez artística de Thomas Mann es acercar al agitado mundo mo­derno la historia y las serenas figuras de los antiguos patriarcas, presentándolas en su humanidad constantemente viva. Los buenos no son por completo inocentes de las culpas de los malos, y éstos son menos diabólicos de lo que nos han enseñado a creer; lo mismo que los acontecimientos, en relación con las costumbres de la época, son menos bárbaros de lo que suele creerse. El huma­nitario poeta alemán intenta asimismo poner de manifiesto la grandeza de la misión y la sublime elección de los pastores de Israel y del eternamente mal conocido pueblo de Adonai frente a la actual generación, rica de cultura pero idólatra y sorda a las lla­madas divinas. El estilo de la narración es siempre elevado, a menudo pesado, y pone a dura prueba la constancia del lector, que a veces desearía una mayor fineza de gusto y de tacto en la elaboración de la tradición bíblica [Trad. castellana de las cuatro no­velas por J. M. Souvirón, H. del Solar y Zeuka Franulik (Santiago de Chile, 1945-1946)]. C. Basseggio-E. Rosenfeld

Jörn Uhl, Gustav Frenssen

Novela del escritor alemán Gustav Frenssen (1863-1945) publicada en 1901. Es uno de los productos típicos de la «literatura del terruño» — «Heimatdichtung» — que en aquella época volvió a ser de actualidad en alemania. El color dialec­tal del lenguaje en las partes dialogadas, confiere a la novela una particular vivaci­dad, mientras que el paisaje del Schleswig Holstein, con sus pinares, sus pantanos, sus terrenos carboníferos, sitúa detrás de los personajes un escenario sugestivo que re­cuerda las nóvelas de Storm.

Jörn Uhl, hijo de un rico campesino, fruto tardío de un matrimonio desigual — el padre robusto y rudo, la madre delicada y sensible —, siem­pre enfermizo y blanco de las burlas de su padre y de los hermanos mayores, crece solitario y encerrado en sí mismo. La vida disoluta del padre y de los hermanos apresuran la ruina de la casa, y Jörn se ve obli­gado a abandonar sus estudios ya empeza­dos y a emprender el oficio de sus abuelos. Es aún muy joven cuando se convierte en el dueño de la hipotecada propiedad, asu­miendo todas las responsabilidades. Cuando, después de algunos años de duro trabajo casi ha conseguido librar sus tierras de las hipotecas, un rayo cae sobre la casa y la reduce a cenizas. Muerto el padre, muerta su joven y amantísima esposa, dispersos los hermanos por el mundo, Jörn ve destruido su trabajo, pero siente que una inesperada libertad le abre los caminos de su verdadero destino. Entonces se refugia con su hijito en casa de un tío, el buen viejo Thiess, soñador y viajero infatigable sobre los ma­pas que adornan las paredes de su cabaña entre las hullerías. Y en esta extremada pobreza le sonríe la felicidad en Elizabeth, hija del maestro de escuela y su primer amor, alejado en los años de trabajo pero no olvidado.

Con la ayuda de un viejo com­pañero reanuda sus estudios predilectos y se convierte en constructor de presas y pro­fesor de matemáticas; Elizabeth está a su lado como una esposa serena y fiel: el des­tino de Jörn Uhl, campesino de mente agu­da y corazón tranquilo se ha realizado. El proceso de maduración del alma de Jörn se cumple gradualmente, por momentos su­cesivos, adecuados siempre a la sencilla estructura psíquica de los habitantes de las costas nórdicas, en un clima de fresca y religiosa poesía. Aparte de su valor literario — que es el de una obra de no muy grandes vuelos, pero sincera y honrada —, la novela constituyó uno de los más gran­des éxitos editoriales de su tiempo.

Ch. Schimansky