La que no se Debe Amar, Guido da Verona

[Colei che non si deve amare]. Novela de Guido da Verona (Guido Verona, 1881-1939), publi­cada en 1910. El protagonista, Arrigo del Ferrante, hijo de modestísimos artesanos, apuesto muchacho sin escrúpulos, no tiene otra ilusión que alcanzar una vida de lujos y de placeres. Gracias al juego y al amor de famosas mujeres alcanza sus deseos, y sus retornos periódicos a la casa paterna, en la trastienda de la relojería donde se desarrolla la vida de sus padres y de sus hermanos, lleva hasta ellos el reflejo de un mundo extraordinario que excita y tur­ba los ánimos. Eugenia, la hija de un vecino, se deja seducir por Arrigo, y Loretta, la hermana que él dejó niña y ha encon­trado hecha una mujer, experimenta tan profundamente la fascinación que ejerce su hermano que acaba enamorándose de él. Poco a poco Arrigo va sintiéndose arras­trado por esta turbia pasión; al principio intenta librarse de ella huyendo, pero ven­cido y obsesionado, vuelve, y después de un dramático coloquio con Loretta, que en­tretanto se ha casado con Rafael Giuliani, se suicida.

El libro, a pesar de algunas ampulosidades estilísticas y amplias conce­siones al gusto «liberty», tiene páginas de fuerza dramática, puntos que revelan al escritor de talento, y puede ser considerada como una de las mejores novelas de Guido da Verona.

Q. Veneri

Lao Ts’an Yu Chi, Lao Ts’an Liu Hou

[El viaje de Lao Ts’an]. Novela china de Lao Ts’an Liu Hou o Liu T’ieh-yün (1850-1910), publicada en 1906. Está formada por una serie de episo­dios recogidos por el autor con la finalidad de revelar la debilidad de la dinastía manchú Ch’ing en el período en que, después de la «guerra del opio» (1840), China empe­zaba a perder su prestigio.

En el capítulo introductor, una nave azotada en alta mar por el viento, está a punto de naufragar: esta nave representa a China. La nave cons­ta de seis velas que representan sus seis ministerios; los encargados de las velas se ocupan de otros menesteres y no se preo­cupan de la embarcación: lo mismo que los ministros que se preocupan de su ofi­cina en vez de preocuparse de la nación. Los marineros se aprovechan del peligro para robar a los viajeros: representación de los funcionarios del gobierno que solamente piensan en enriquecerse a expensas del pue­blo. En el resto de la novela se narran las gestas de dos altos funcionarios, fácilmente identificables incluso bajo su pseudónimo: el cruel Yu Hsien, que hace morir injusta­mente a toda la familia Yu, acusada, de robo, y un colega suyo que juzga la causa de la familia Wei según sus prejuicios per­sonales, sin atender a la realidad de los hechos.

Alrededor de estos episodios se agrupan otros, algunos reales, observados por el autor durante sus viajes a la China septentrional, y que preparan el terreno a la consideración de problemas actuales, como el de las inundaciones del río Ama­rillo. El valor literario del Lao Ts’an Yu Chi reside especialmente en su arte descriptivo, que representa las cosas con viva y aguda simplicidad. Son famosas en la literatura china la descripción del lago Ta-min en la ciudad de Tsi-nan, la del hielo sobre el río Amarillo y la de la voz de la cantante Wang Dsiu-yü.

S. Lokwang

El Lapidario, Alfonso X

Gran semejanza tiene esta obra de Alfonso X, el rey Sabio (1252- 1284), con las de Astronomía, ya que rela­ciona el hallazgo de las piedras y de sus virtudes con el signo astronómico bajo el cual se descubren. Varios eran los libros dedicados a las piedras, pero sólo se llega­ron a copiar cuatro de los once que anun­cia el índice del manuscrito alfonsino. To­dos ellos están traducidos del árabe, y en su traducción intervienen algunos de los sabios que ayudaron a Alfonso X en los libros astronómicos. Según consta en el tex­to, esta labor se comenzó cuando aún Al­fonso era infante, y únicamente volvió a trabajarse en este Lapidario en 1272, aca­bándose completamente en 1279. «Del octavo grado del signo de Gemini es la piedra del sueño. De natura es calient et húmida, et fallan la en la mar de Alcuzum, en la ri­bera de la isla a que llaman Alycuatagucho. Es vermeja de color et clara con muy grand resplandecimiento, et pasa la el viso. Fuert et dura es de quebrantar, asi que se non quebranta nin se pule, sin nom con grand trabajo, nin el fuego non ha poder del facer daño nin pro…» («La piedra del sueño»).

C. Conde

El Laocoonte, Gotthold Ephraim Lessing

[Der Laokoon]. Breve obra de Gotthold Ephraim Lessing (1729- 1781), la cual, como toda la obra crítica del autor, tiende a crear en alemania una nue­va conciencia estética y un arte nacional. Empieza con un exordio donde se habla del objeto de la obra, que se publicó en 1766 en casa del editor Chr. Fr. Voss con el subtítulo «Acerca de los límites entre la pintura y la poesía» («Über die Grenzen der Malerei und Poesie») y se editó en italiano en Prato en 1831; su objeto es determinar cuáles son las relaciones entre el arte figu­rativo y la poesía.

Lessing entra en la dispu­ta tomando el punto de vista de las páginas juveniles de Wincklemann, de las Consi­deraciones sobre la imitación de las obras griegas en la pintura y la escultura (v.), y concretamente de la exégesis del gru­po helenístico del Laocoonte, el cual ha­bía brindado, al gran arqueólogo, ocasión para plantear el problema de la pasión del arte. «El Laocoonte sufre, como el Filoctetes de Sófocles; su infelicidad nos llega al alma, pero quisiéramos saber soportar la infelicidad como este gran hombre» había escrito Winckelmann; y Lessing afirma también, tradicionalmente, que el asunto del arte figurativo griego es la belleza, y su ca­rácter predominante la «serena grandeza» que él reconoce al Laocoonte; pero en cam­bio repudia el paralelo entre Laocoonte y Filoctetes. La tragedia, dice, ofrece expre­siones salvajes de dolor, aunque tanto en el caso particular de Filoctetes como en ge­neral, la pasión expresada por la poesía está justificada porque todo cuanto es natu­ral tiene derecho a convertirse en arte. Al poeta le ha sido concedida además, afirma Lessing, una libertad que no tienen el es­cultor ni el pintor, ya que puede traducir lo momentáneo, y por lo tanto también lo feo, la acción y la emoción.

Así Lessing viene a determinar una escala de valores en el arte, en cuya cumbre está la poesía, y sintetiza su pensamiento en el aforismo: «La poesía supera a la pintura tanto como la vida supera al cuadro». A las artes plás­ticas, pues, corresponde la representación del cuerpo; a la poesía la expresión de las acciones, los sentimientos y las pasiones. Este concepto de una jerarquía entre las distintas artes está actualmente abandonado. Pero aun prescindiendo de la belleza del estilo — de una claridad, justeza y armo­nía que la prosa alemana no había alcan­zado jamás anteriormente — y de los agu­dos y penetrantes análisis que contiene de obras aisladas de poesía y plástica — y que constituyen una verdadera conquista críti­ca — el Laocoonte es una obra de impor­tancia histórica, porque fue el primer mani­fiesto de tendencias nuevas, según las cuales la poesía es pasión, acción, movimiento. Los prerrománticos y los románticos, Goe­the y toda su generación, consideraron a Lessing como a un precursor y un maestro. [Trad. directa del alemán por Nemesio Var­gas (Lima, 1895) y por Javier Merino (Ma­drid, 1934)].

F. Wittgens

Una obra como el Laocoonte es útil, cada treinta años, volverla a discutir, y acep­tarla o rechazarla. (A. Gide)

Laocoonte, Jacopo Sadoleto

[De Laocoontis statua quae in Vaticano spectatur]. Pequeño poema la­tino de Jacopo Sadoleto (1477-1547), com­puesto en 1506, cuando de las ruinas del Esquilmo salió a la luz el grupo de mármol del Laocoonte, anteriormente conocido solamente por la descripción de Plinio. El docto humanista en sus impecables hexá­metros retrata con emocionada veracidad la obra maestra, que presenta varios deta­lles distintos de la representación poética del episodio, hecho por Virgilio, en el se­gundo libro de la Eneida (v.). Una de las dos serpientes rodea con sus terribles ani­llos a Laocoonte y le muerde en un cos­tado, mientras que el anciano, intentando separar la cabeza, se retuerce con violento movimiento para rehuirla, hinchando por el esfuerzo, los músculos y las venas que parecen a punto de estallar. De los dos hi­jos, uno grita, con el pecho envuelto por la segunda serpiente, el otro, aún ileso, mira horrorizado a su padre sin tener fuerzas ni siquiera para gemir. Lleno de piedad y de terror, el poeta ensalza conmovido el genio de los artistas que supieron dar vida al mármol. El poema fue muy admirado por Lessing, que lo juzgó digno de un clásico.

E. C. Valla