La Salle y el Descubrimiento del Gran Occidente, Francis Parkman

[La Salle and the Discovery of the Great West]. Obra del escritor americano Francis Parkman (1823- 1893) que forma parte de la historia Fran­cia e Inglaterra en América del Norte (v.) publicada entre 1865 y 1892, en siete par­tes, con varios títulos. Además del inte­rés estrictamente histórico Parkman siente la atracción de lo poesía de los grandes bosques, de los enormes espacios, y de las tragedias, luchas y aventuras que en ellos se desarrollaron. En su descripción, aparece como narrador de gran calidad, siendo lla­mado el Cooper de la historia.

A. Camerino

Largo, Francesco M. Veracini

Este fragmento del violinista y compositor florentino Francesco M. Veracini (1685-1750), divulgado como pieza independiente en la edición preparada por Mario Corti, forma parte en realidad de las XII Sonatas académicas (op. 2), existen­tes en la Biblioteca del Conservatorio de Flo­rencia. Si bien por lo general no es de aprobar la costumbre de aislar pasajes o tiempos musicales que forman parte en su origen de un conjunto más amplio, y par­ticularmente tratándose de un tiempo de Sonata, con todo, esta página puede ser también gustada sola, por el hálito de ins­piración de que está animada, por el calor de sentimiento que no se opone en nada al carácter clásico (es más, según la inten­ción del autor, «académico») de la compo­sición.

La línea melódica se desarrolla de arriba abajo de un solo tirón; la entona­ción es proporcionada por la armonía do­minante; en un tono menor meditativo y apasionado a un mismo tiempo, con sabias modulaciones que aquí y allá la iluminan. La forma es sencilla y no sujeta a parti­ciones esquemáticas: la misma curva meló­dica determina aquí el valor formal y al mismo tiempo expresivo de la composición. Este Largo es una hermosa y típica mani­festación del florecimiento violinístico ita­liano de su tiempo, en el cual hay mucho de académico y formalista. Semejantes efusiones líricas (aparte la obra de un Corelli o un Vivaldi), no son muy frecuentes, pero halla en ellas precisamente su mejor ex­presión, y por ello se saborea especialmente por entre los pocos ejemplos del género di­vulgados hasta ahora, en espera de un mejor conocimiento de aquel florecimiento en su conjunto.

F. Fano

Lara, George Gordon Byron

Poema en dísticos heroicos de George Gordon Byron (1788-1824), publicado en 1814. Lara (v.), es decir Conrado, el jefe de los piratas (v. El Corsario, del cual ad­vierte el prefacio es una continuación), al volver a sus dominios en España, acompaña­do por su paje Kaled, que és Gulnare bajo nombre supuesto, vive retirado y rodeado de misterio. Es reconocido y se empeña en una lucha en que es herido; muere finalmente en brazos de Kaled. Es notabilísima la figu­ra del protagonista, cuyo perfil, que ocupa tres famosas estancias (canto I, 17-19), quiere ser un sombrío retrato del mismo poeta, tal como él se imaginaba. La muerte de Lara inspiró una pintura de Eugène Delacroix (1798-1863), y Domenico Morelli (1826-1901) pintó El Conde de Lara.

M. Praz

Largo, Georg Friedrich Händel

Es conocida con este nombre, generalmente en su versión para violín y piano, o para violín, órgano y or­questa, el aria «Ombra mai fu» de la ópera Jerjes (v.) que el compositor Georg Friedrich Händel (1685-1759) escribió en 1737-38. Su forma original conserva una pureza de dibujo y una intensidad expresiva lírica a menudo sacrificadas y falseadas en muchas de las sucesivas transcripciones que han contribuido a hacer del Largo una de las melodías instrumentales de Händel más cé­lebres y más a menudo ejecutadas.

L. Bocchi

Laques o sobre la Valentía, Platón

Diálogo de (428- 27-347 a. de C.) que se propone definir la valentía. Lisímaco y Melesias quieren dar una buena educación a sus hijos, y con este objeto solicitan el consejo de Nicias y La­ques, ilustres generales atenienses, a quienes se une Sócrates, muy apreciado por Laques, que ha admirado su valor en la guerra.

El ambiente del diálogo es probablemente una palestra, dado que la disciplina sobre la cual los padres piden consejo es la es­grima. Para Nicias la esgrima es una fun­ción importante en la educación, en cuanto sirve para templar las almas; Laques, en cambio, opina lo contrario. Lisímaco enton­ces se dirige a Sócrates, el cual, según su costumbre, quiere precisar el tema de la discusión. El objeto de la disciplina exa­minada es la educación: ahora bien, Sócra­tes no puede decir que conoce el arte de educar, pero Nicias y Laques, que han dado su parecer con tanto aplomo, deben cono­cerlo y deben también explicar claramente sus puntos de vista. Nicias y Laques acep­tan de buen grado la proposición de Sócra­tes, dispuestos a una amistosa discusión.

El fin de la educación es la virtud, que hay que definir ante todo, para buscar después cuáles son los medios adecuados para lo­grarlo. Pero el campo de la virtud es de­masiado vasto; limitémonos, dice Sócrates, a definir la valentía, que parece estar más directamente en relación con el manejo de las armas. Laques define la valentía dicien­do que es no abandonar el campo de ba­talla. Pero hay casos, objeta Sócrates, en que se combate huyendo y se decide así la victoria. Además, la definición no es com­pleta y a lo sumo se reduce al aspecto mi­litar de la valentía. Laques intenta entonces identificar la valentía con la firmeza de ánimo , pero si la primera de­finición era demasiado restringida, ésta es demasiado amplia: el valor es indudable­mente algo bello — dice Sócrates — y en cambio hay ejemplos no bellos de firmeza. Para precisar, propone considerar que la firmeza, para ser llamada valentía, debe ir unida a la prudencia. Pero esto llevaría a considerar más valeroso al que, «como un prudente calculador», resiste porque sabe que otro vendrá en su auxilio, y que otras notables ventajas están de su parte, que al que está dispuesto a resistir hasta el fin sin saber todas estas cosas.

Laques reconoce que no sabe expresarse con claridad y le sustituye Nicias, el cual, recordando que Sócrates suele referir la virtud al saber, define la valentía como la ciencia de las cosas temibles; pero con un agudo razona­miento Sócrates demuestra que esta defini­ción demasiado vaga — aunque no despro­vista de un fondo de justeza — convertiría la valentía simplemente en la ciencia del bien y del mal: de modo que en lugar de definir la valentía se ha llegado a una defi­nición de la virtud en general, ya que pre­cisamente ésta surge del conocimiento de lo que está bien y de lo que está mal. Tam­bién Nicias ha sido derrotado y la discu­sión termina aquí. Este diálogo, indudablemente juvenil, es notable, no sólo por la movida pintura de los caracteres, sino por­que enlaza con el Protágoras (v.), pertene­ciente a aquel ciclo de diálogos breves que le acompañan y que tiende a demostrar la imposibilidad de definir la virtud.

G. Alliney