Leyenda de Ultramar o La Condesa de Ponthieu, Anónimo

[Légende d’outre mer, ou la Comtesse de Ponthieu]. Narración fran­cesa de la que se tienen dos versiones en prosa del siglo XIII y del XV.

Tebaldo, hijo de la señora de Domart, se había ca­sado con la hija del conde de Ponthieu. La falta de descendencia les aflige tanto, que deciden hacer una peregrinación a San­tiago de Compostela. Pero durante el ca­mino son asaltados por bandidos, que fuer­zan a la mujer y luego abandonan a sus víctimas. En vez de libertar al marido ata­do, la mujer intenta matarle con una es­pada pero no lo consigue; durante el re­greso el conde de Ponthieu, indignado por la conducta de su hija, la abandona en el mar. Salvada por unos mercaderes flamen­cos, es ofrecida al sultán de Aumariz, que se casa con ella. Mientras tanto, el conde y Tebaldo, llenos de remordimientos por su conducta para con la desgraciada, van a combatir a los infieles, pero son arrojados por la tempestad a la isla de Aumariz. La sultana les reconoce, les salva y les hace contar su historia; cuando llegan al mo­mento en que cuentan el acto de la mujer contra el marido, ésta da muestras de com­prender el motivo de su actitud, que no era otro que la vergüenza que sentía por la afrenta sufrida en su presencia. Ellos no habían pensado jamás que sólo este senti­miento hubiera podido empujarla hasta aquel extremo. Finalmente, dándose a cono­cer, parte con ellos, dejando en Oriente una hija de la cual luego descendió Saladino.

La narración, rápida e interesante, tiene un carácter literario muy bien defi­nido, pero especialmente con tono popular. Los sentimientos expresados son de lo más primitivo; no hay nada histórico.

C. Cremonesi

Leyenda de Santa Úrsula, Anónimos

[Leggenda di Sant’Orsola]. El relato fabuloso de la santa que pereció mártir de Cristo juntamente con once mil vírgenes parece que surgió como una espléndida revancha de la fantasía sobre la historia, de la equi­vocada interpretación de una inscripción, ya sea que ésta conmemorase la muerte de «Santa Úrsula y Undecimila, vírgenes», ya la de «Santa Úrsula y XI M.(ártires) V(írgenes)». Localizada en los primeros tiem­pos en Colonia, y puesta en relación ora con las persecuciones de Diocleciano, ora con el sitio de Colonia por los hunos, esta leyenda debió sufrir muchas modificaciones antes de tomar la forma en que la trans­mitió el anónimo autor trescentista y la publicó Zambrini en su Collezione di leggende inedite, 1855.

Úrsula nos aparece aquí como hija del rey de Hungría, y su nombre deriva del hecho de que nació revestida con una piel de oso, presagio de la semejanza de su destino con el de San Juan Bautista. De muy joven, como la fama de su belleza y de su virtud volaba por el mundo, fue pedida por esposa, para su hijo, por el poderosísimo «rey de Pagania de Ultramar». Mientras sus padres se desesperan, no sa­biendo como motivar su negativa, Úrsula se presenta a los embajadores en todo el ful­gor de su dulce belleza, puesta en relieve por la magnificencia de sus vestidos y alha­jas, y se declara dispuesta a consentir a lo solicitado, a condición de que el rey y su hijo se hagan cristianos y le concedan tres años de tiempo, ya que antes de la boda quiere hacer una peregrinación a Roma y a Tierra Santa, e invita a su prometido a enviarle diez mil nobles vírgenes paganas que constituirán su séquito. Las condiciones son aceptadas. Llegan, con los huéspedes reales y una magnífica escolta de caballe­ros, las diez mil doncellas cubiertas de ves­tidos y joyas resplandecientes, y Úrsula las recibe en un campamento de seda y púr­pura surgido de improviso, por obra divina, a sus plegarias.

Después de haber asistido a su bautizo, Úrsula es elegida señora y capitana de las gentes venidas de ultramar, a las cuales se unen las mil doncellas hún­garas de su propio séquito. En medio de la admiración de todos, aquella bellísima y colorida multitud se pone en marcha. En Roma, incluso el papa renuncia a la tiara para seguirlas. Llegadas al reino de Esclavonia, las peregrinas suscitan la ira del sultán, el cual les envía embajadores con­minándolas a que abjuren de su fe; pero todas rehúsan y, confortadas por Úrsula, reciben santa y alegremente el martirio. El pío relato, que utilizó también Castellano de Castellani, en una sacra representación que se titula con el nombre de la santa, es uno de los más conmovedores del legen­dario cristiano. En la prosa de nuestro anó­nimo se observan, al lado del candor y fer­vor religioso, un singular sentido estético que lo hace insistir ingenuamente en todos los aspectos de belleza, ya se encarne en la persona humana ya resplandezca con el brillo de las joyas y los brocados.

E. C. Valla

Leyenda de Santa Margarita, Anónimo

[Margit-legenda]. Narración hagiográfica de la vida de Santa Margarita (1242-1271), prin­cesa de la dinastía arpadiana, escrita hacia 1500. -No se conoce el autor del original latino, ni el traductor húngaro; sólo cono­cemos la copia hecha por la monja domi­nicana Lea Ráskai. La leyenda sigue en gran parte los sumarios del proceso de bea­tificación. Representa con sentido artístico la figura de la princesa que se flagela en el claustro, y tiene un gran valor histórico- cultural por la descripción de la vida de los monasterios húngaros. La leyenda fue recogida por Géza Gárdonyi (1863-1922) en la novela Los esclavos de Dios (v.) y por János Kodolányi (n. en 1900) en la novela La beata Margarita.

M. Benedek

Leyenda de Santa Teodora, Zambrini

[Leggenda di Santa Teodora]. Relato anónimo del siglo XIV, publicado por Zambrini en su Colección de leyendas inéditas [Collezione di leggende inedite] en 1855. Inspi­rándose probablemente en la narración de Metafrastes en las Actas de los Santos (v.), el compilador nos ofrece una redacción bastante más vasta y colorida que las aná­logas contenidas en la Leyenda áurea (v.) de Jacobo de la Vorágine y en la adaptación vulgar de las Vidas de los Santos Padres (v.), Teodora vive en Alejandría, en tiempo del emperador Zenón como esposa virtuosa de un virtuoso marido, hasta que el demonio hace enamorarse de ella a un joven de la ciudad. Por bondad de corazón, Teodora se deja arrastrar a corresponder le, instigada por una pérfida vieja, al decir de la cual, como el pecado se comete de noche, Dios no podrá verlo.

Pero, después de su caída, convencida de su error por una sabia aba­desa, Teodora, presa del más amargo arre­pentimiento, se corta el pelo, se viste de hombre y huye al desierto, rogando ser admitida a servir en un convento de mon­jes. El abad la hace aguardar toda una noche a la puerta del convento, dispuesto a recibirla si las fieras la respetan, dando así testimonio del consentimiento divino. A la mañana siguiente, Teodora, ilesa, es acogida en el convento, donde bajo el nom­bre de Teodoro permanece muchos años, trabajando, ayunando y obrando milagros. Pero el demonio no desiste de perseguirla: una mujer, que ha intentado en vano sedu­cir al presunto Teodoro, después de haber pecado con otro, acusa a aquél de haberla hecho madre. Teodora se deja expulsar del convento, recoge al niño que todos creen que es suyo, y vive con él santamente en el desierto. Aún aquí, reducida por la vida que lleva a un aspecto casi bestial, descar­nada y abrasada por el sol, con las uñas largas y la cabellera enmarañada, soporta heroicamente la incesante lucha contra el espíritu maligno, que la atormenta con ten­taciones y ataques crueles. Readmitida final­mente en el convento, después de haber obrado otros milagros muere, y entonces, por aviso divino, el abad se entera de su verdadera naturaleza.

La leyenda es inte­resante en sus detalles, como ejemplo carac­terístico de la indulgencia con que el cris­tianismo medieval aceptó y asimiló los te­mas más heterogéneos. Quizás precisamente por esta indulgencia la leyenda gustó y se difundió, como atestiguan las variadas edi­ciones de una estampa popular, que, bajo el mismo título, traduce en octavas la prosa de esta leyenda.

*      La literatura italiana popular conoce también a otra santa Teodora (Acta Sanctorum del 21 de abril; v. Actas de los San­tos) en cuya leyenda se inspira una sacra representación, reproducida también en la recopilación a cargo de Alessandro D’Ancona, Florencia, 1872. Esta Teodora es una doncella que vive en Antioquía y de la cual se enamora el procónsul romano. Re­chazado por ella, que quiere permanecer fiel a su voto de virginidad, la condena a entrar en un lupanar. Pero Euríalo, un jo­ven cristiano que está enamorado de ella, se disfraza y lá reemplaza. Descubierto el fraude, ambos reclaman la muerte para si y la salvación para el otro; condenados los dos, sufren juntos el martirio y juntos su­ben al cielo. Esta representación sacra, en la que, según costumbre, se insertan ele­mentos realistas y aun cómicos para variar el motivo central, nos interesa sobre todo porque en la magnánima porfía entre los dos jóvenes se ha querido ver un prece­dente del episodio de Olindo y Sefronia en la Jerusalén libertada (v.).

E. C. Valla

Leyenda de San Procopio, Jaroslav Vrchlicky, Jaroslav Vrchlicky

[Legen­da o svatém Prokcop]. Poema checo de Jaroslav Vrchlicky (Emil Frida, 1853-1912), publicado con otros poemas en el ciclo titulado «Mitos» (1879-1880); ampliado y reeditado como obra aparte en 1884.

En una gruta escondida entre los bosques de Sazava vive el ermitaño Procopio, quien tuvo que arrojar de allí a una legión de diablos, quedándose uno de ellos como sier­vo suyo. Procopio se ha aislado para de­dicarse a la oración y al trabajo, me­diante lo cual intenta dominar a su gusto la naturaleza. Pero todo el paisaje que se extiende ante sus ojos es como un gigan­tesco y amenazador anciano; y Procopio comprende entonces que con la naturaleza solamente podemos estar en buena armonía a través de la bondad. De aquí se deriva la idea de la lucha que debe sostener con­tra el paganismo. Los diablos han dejado en la gruta los dioses paganos, y una noche todo el mundo resucita ante los ojos de Procopio: el dios del sol primaveral Rad- host, el del mediodía Rujevit, el dios del otoño Porevit y otros numerosos dioses, en­tre los cuales está el dios del trueno Perun. Invocando a Dios para que lo ilumine, Pro- copio con la cruz se arroja entre las llamas de Perun y éste se desvanece. Pasan años de intensa meditación y oración, y final­mente llegan a la gruta unos monjes ale­manes, venidos de Bohemia para difundir el Cristianismo.

Procopio comprende que la actividad de la fe no se hermana con la soledad y la meditación, e impulsa al prín­cipe Oldrich a construir un monasterio, cuyos monjes se dedicarán al cultivo de la tierra y a la educación del pueblo, fun­diendo de este modo la actividad material y la actividad espiritual. Después de varias vicisitudes que demuestran cuán fuerte es aún el atractivo del mundo para los her­manos monjes, Procopio los reúne a todos a su alrededor y después de haber expli­cado cómo solamente la fe y el amor son omnipotentes, predice tiempos duros y di­fíciles, en la lucha contra los monjes ex­tranjeros, y ordena a los hermanos que resistan en nombre de la religión y de la patria. Luego se retira de nuevo a la gruta, donde, después de haber tenido por última vez la visión del viejo que personificaba a la naturaleza, muere. El poema dedicado a San Procopio, defensor de la patria y de la religión, ocupa un lugar notable en la lite­ratura checa, no sólo por su significación, puesto que el santo es considerado protector de la literatura eslava, introducida en Bohemia por los santos Cirilo y Metodio, sino también por su valor artístico intrín­seco, el cual resulta especialmente del tono popular de la leyeftda, que Vrchlicky sabe subrayar con viva intuición poética.

La per­fecta y monumental simplicidad de su cons­trucción, la vivacidad de los detalles inge­nuos y humorísticos y la lírica entonación mística de sus versos hacen de esta obra el máximo exponente de la producción de Vrchlicky.

E. Lo Gatto