El León de Flandes, Hendrik Conscience

[De Leeuw van Vlaanderen]. Novela histórica del escritor flamenco Hendrik Conscience (1812-1883), publicada en 1838. Es el relato de los tiem­pos agitados que culminaron con la magní­fica victoria conseguida por los comunes de Flandes sobre el ejército de Felipe IV el Hermoso, rey de Francia, en la famosa «Batalla de las espuelas de oro», cerca de Dourtrai (1302).

El anciano conde de Flan- des, Guido, se va a Compiégne a hacer acto de sumisión a Felipe el Hermoso, espe­rando así poder obtener la libertad de su hija, encarcelada a traición en Francia. La reina Juana de Navarra odia a los flamen­cos, obtiene que el viejo conde, sus dos hijos, entre los cuales se halla Roberto, llamado por su valor el León de Flandes, y su séquito de cincuenta nobles sean en­carcelados. Esta nueva traición enciende más el odio de los flamencos y favorece la unión de las dos corrientes antifrancesas, la de los comunes y la de los nobles que no han querido afrancesarse. De Conine, decano de los tejedores, y Breidel, decano de los carniceros, el primero astuto y pru­dente, el segundo violento y fanático, están a la cabeza del municipio de Brujas. Ellos, junto con Roberto el León, son los héroes de la novela. Una intriga amorosa se en­treteje en la trama principal de venganza y sangre; es el amor entre la hija de Ro­berto de Machteld y un joven caballero que para dar tiempo a Roberto de ponerse de acuerdo con los nobles de Conine lo sustituye dos veces en la cárcel, con gran riesgo suyo.

Como ocurre a menudo en las novelas históricas del siglo pasado, la caracterización psicológica es bastante es­quemática. El odio es el más feroz; el amor, el más puro; la abnegación, la más completa; faltan las medias tintas y los matices, pero innegablemente hay un soplo épico que anima la descripción de las batallas y las revueltas. Gracias a ello El León de Flandes queda como la mejor novela his­tórica de la literatura flamenca, una lectura, hoy todavía, de las preferidas por las familias, un libro popularísimo.

F. Bramanti

Leoncio y Lena, Georg Büchner

[Leonce und Lena). Comedia de Georg Büchner (1813-1837), que el joven y genial poeta escribió en 1836 para tomar parte en un concurso de la casa editora Cotta. Pero el manuscrito le fue rechazado por haber llegado después del plazo establecido, y de este modo su comedia permaneció inédita hasta después de la muerte del poeta. Fue publicada frag­mentariamente en 1839, en el «Telegraph» de Karl Gutzkow, donde se publicó tam­bién el fragmento de su novela Lenz (v.), y después entero, en 1850, en sus obras completas. No es una de las mejores com­posiciones del escritor; son harto manifies­tas en ella las influencias de la comedia romántica, del Ponce de León (v.) de Brentano, del Príncipe Zerbino (v.) de Tieck, y, sobre todo, de Shakespeare.

La trama es sencilla: es la historia de un ser pere­zoso, indiferente, que halla la misión a que está destinado, con la irrupción en su vida de un espíritu completamente distinto, grosero y sano, y de la pasión amorosa. Para el príncipe Leonce todo es aburri­miento, todo es ocasión de impaciencia, y busca refugio, contra las vulgaridades coti­dianas, en su fantasía. Leonce debe casarse con la princesa Lena, a quien no ha visto nunca y que ahora está de viaje hacia el reino de él. La idea de este matrimonio impuesto le es odiosa, y para esquivarla escapa con Valerio, joven filósofo vagabundo a quien ha recogido por el camino. También Lena se siente muy desgraciada por tener que casarse con un hombre a quien no ama; pero el aya a quien ella se confía decide hallar un remedio a la si­tuación.

Leonce y Valerio, Lena y el aya se encuentran casualmente en el jardín de una posada. Sin conocerse, los dos jóvenes se enamoran inmediatamente uno de otro; su amor es fomentado por el aya y Valerio, que saben la verdad; Valerio promete a Leonce que conseguirá casarle con Lena, pero no le revela todavía su identidad. Mientras tanto, el padre de Leonce, el rey Pedro, hombre bondadoso y bobo, quiere que se celebre el matrimonio a pesar de haber huido su hijo, porque él ha dado a su pueblo palabra de rey de que aquel día se celebraría un matrimonio, y quiere mantenerla aunque sea con esposos fic­ticios. En aquel momento se presenta Va­lerio con los dos príncipes disfrazados de muñecos automáticos, y que ignoran toda­vía mutuamente su identidad. Pedro consiente en este matrimonio de los dos mu­ñecos; Leonce y Lena se quitan las más­caras y se reconocen. También Pedro está contento ahora, porque el matrimonio de­seado por él está realmente hecho, y todos quedan contentos.

Los personajes están muy bien caracterizados, especialmente el prín­cipe holgazán, aburrido pero inteligente, y el bufonesco y prudente Valerio. A pesar de esto, las huellas de sus modelos se conocen demasiado, y la comedia no es una de las obras más personales de Büchner, como han sostenido algunos críticos.

C. Gundolf

Leoncio,Hermesianacte de Colofón

Elegías en tres libros de Hermesianacte de Colofón, poeta griego ale­jandrino, amigo y discípulo de Filitas de Cos, que vivió en la primera mitad del si­glo II a. de C. Deben su título al nombre de la mujer amada por el poeta, a imita­ción de la Lidia (v.) de Antímaco de Co­lofón, poeta predilecto de los alejandrinos. Se han perdido todas las elegías, excepto un largo fragmento del libro III — 98 ver­sos — y varios fragmentos menores. Rela­taban, en forma refinada pero en un tono algo uniforme, frío; y monótono, los amo­res famosos y desgraciados: en el fragmento más largo que ha llegado a nosotros se enumeran los poetas y filósofos, desde Or­feo a Filitas, que han cedido a la violencia del amor. Se trata a menudo de invenciones fantásticas de gusto alejandrino, como, por ejemplo, cuando se habla de amores entre Homero y Penélope, entre Anacreonte y Safo, etc. Entre los fragmentos menores, los más notables son los que narran los amores entre Polifemo y Galatea, Arceofonte de Chipre y Arsinoe, Menalcas y Enipe de Eubea, Leucipo y su hermana. Las elegías de Hermesianacte eran expresión característica de la poesía, más refinada que profunda, propia de la época alejandrina; históricamente tienen cierta importancia porque, junto con las de Filitas, represen­tan el paso de la antigua elegía griega a aquella forma que los romanos llevaron a mayor altura, sirviéndose de ella para ex­presar los más delicados e íntimos impulsos del alma.

C. Schick

Leonardo da Vinci o La Resurrección de los Dioses, Demetrio Marejkovski

[Voskresšie Bogi, literalmente Los dioses resucitados]. Novela del escritor ruso Demetrio Marejkovski (Dmitrij Sergeevic Merežkovski, 1865-1941), publicada en 1902, como segunda parte de la trilogía Cristo y el Anticristo (v. Juliano el após­tata y Pedro y Alexis).

En Leonardo da Vinci se insiste en la tesis, que se halla ya en el fondo de Juliano el apóstata, de la necesidad de una síntesis de paganismo y cristianismo, como una especie de re­conciliación del Bien y el Mal. Como con­ciliadora entre estos extremos aparece la figura de Leonardo en medio de los antiguos dioses que van siendo desterrados y feste­jan su resurrección. Como antes en Juliano el apóstata, la ión poética se funda en elementos históricos bastante fieles. El cuadro de la época del Renacimiento y de la vida de Leonardo en toda su multi­plicidad de formas y colores figura entre las cosas mejor logradas de Merejkovski, a pesar de que a veces el color sobrepase las líneas del dibujo. El Leonardo que espía con curiosidad los últimos estremecimientos del ajusticiado no es menos interesante para Merejkovski, que el Leonardo pintor de la Cena; el Leonardo que trabaja en la cons­trucción de una máquina para volar no lo es menos que el Leonardo que concibe templos y palacios.

No obstante, en la gran­deza de la época que vuelve los ojos hacia la antigüedad, el renacimiento no es más que aparente, porque los tesoros antiguos acaban sobre la pira encendida por insigni­ficantes inquisidores, y perecen asimismo las mejores creaciones de Leonardo, conce­bidas en el espíritu de la antigüedad. El problema de la unificación de los dos ele­mentos fracasa definitivamente en el mundo latino. El autor insistirá en este mismo tema en su estudio de la figura de Pedro el Grande (v. Pedro y Alexis). Trad. ita­liana de N. Romanovsky (Milán, 1901).

E. Lo Gatto

Las Leyes Civiles en su Orden Natural, Jean Domat o Daumat

[Les lois civiles ‘dans leur ordre naturel]. Obra francesa de Jean Domat o Daumat (1625-1696), publicada en 1690-97. Estudia todas las materias del Derecho civil, o sea las cosas, las personas, las obligacio­nes y las sucesiones dentro del ámbito de una sistematización del Derecho justinianeo (v. Corpus Juris Civilis). El cap. I trata de los «primeros principios de todas las leyes», y explica asimismo la idea central de la obra, tal como la enuncia el título. Los pri­meros principios de las leyes, necesarios para conocer, interpretar y aplicar las leyes mismas, emanan de la religión cristiana, la cual enseña que, en orden a la natura­leza del hombre, la primera ley que éste se impone es el amor al prójimo y la busca del sumo bien. De esta primera ley, en cuanto es común a todos los hombres, deriva una segunda: la de que todos los hombres deben unirse y amarse entre sí. En estas dos leyes reposa el fundamento de la socie­dad humana. Puesto que el hombre no puede realizar prácticamente el amor hacia to­dos, se le imponen obligaciones particula­res que, observadas por todos, concurren a realizar este amor.

Tales obligaciones son de dos clases: la primera de orden natural es la del matrimonio, que da lugar a la so­ciedad familiar a través de los nacimientos, el parentesco, etc., y la segunda comprende todas las demás relaciones, voluntarias o no, de las que surge la sociedad civil. Las leyes pueden reducirse todas a dos grandes categorías: inmutables o naturales, que son las necesarias e inderogables, porque fue­ron establecidas por Dios; y arbitrarias, que son las emanadas de una autoridad legítima, en ocasiones contingentes, y que pueden ser derogadas. El autor se propone estudiar las leyes civiles de la primera categoría, las cuales, teniendo un orden na­tural, constituyen un «corpus» orgánico y definido. La obra de Jean Domat tiene una importancia fundamental en la historia del Derecho. En ella se encierra el esfuerzo más grandioso por realizar aquella unidad legislativa, cuya necesidad se hacía sentir cada vez más viva en Francia después de la unificación nacional. Se trataba de supe­rar los varios particularismos de las fuentes más diversas en un principio unitario que Domat cree ver en las disposiciones del Derecho romano, como las que mejor res­pondían a un principio unitario de racio­nalidad. La obra fue preciosa para la codi­ficación francesa de Napoleón.

A. Répaci