Memorias de Matemáticas, Michel Rolle

La fama lograda en Francia por el geóme­tra Michel Rolle (1652-1719), durante el pe­ríodo postcartesiano, estriba,, en su mayor parte, en el Tratado de Álgebra (v.). Miembro de la Academia de Ciencias de París, reunió en sus Memorias una docena de trabajos sobre cuestiones de detalle re­ferentes a dicha materia y a geometría analítica. Los progresos alcanzados después por las ciencias exactas lo han hecho enve­jecer, de forma que, en la actualidad, no es consultado más que por los historiadores; para saber cómo fueron juzgadas por sus contemporáneos, hay que leer el Éloge que le dedicó Fontenelle como secretario de la citada Academia. Debe señalarse que se censuró en Rolle la excesiva concisión de su estilo, que hacía difícil la comprensión de sus escritos. Hay que destacar asimismo su oposición a los nuevos cálculos que, pre­cisamente por entonces, se iban difundien­do por Francia gracias al Analyse des in­finiment petits (1696) del marqués de l’Hopital; por ello parece un contrasentido que en los tratados modernos de cálculo dife­rencial aparezca siempre el nombre de Ro­lle como descubridor del teorema «entre dos raíces consecutivas de una ecuación existe, por lo menos, una raíz de la deri­vada», que él sólo observó en el campo del álgebra.

G. Locatelli

Memorias de Ludolf Ursleu el Joven, Ricarda Huch

[Erinnerungen von Ludolf Ursleu dem Jüngeren]. Aparecida en 1893, es la novela a la que Ricarda Huch (1864-1947) debe su fama, y una de las más notables de la literatura alemana contemporánea.

Novela en gran parte autobiográfica: la pasión de la protagonista, Galeide, por su primo, casado con su hermana, y por tan­to cuñado a la vez que primo, es la mis­ma gran pasión de la joven Huch, pasión que por poco la trastorna. Como Galeide, también la autora se vio obligada a dejar el hogar paterno, viviendo desterrada en Suiza, donde se creó una vida indepen­diente. La narración de las Memorias, hecha en tercera persona por el hermano de Galeide, es, a la vez que un medio técnico para tratar de alejar una pasión demasiado cer­cana y autobiográfica, una señal de pudor, una necesidad de alejarse y esconderse. Pero la belleza del libro consiste, por otra parte, en el valor de presentar este amor sin velos y sin atenuantes: una pasión que la razón no vacila en calificar de «pecami­nosa», pero que a la vez es sentida como una necesidad invencible, casi como un hecho natural.

Esta contradicción tiene su encanto, porque corresponde además a la atmósfera de la familia en cuyo seno nació aquella pasión: una familia de personas bastante cultas y nobles, en una antigua ciudad de la alemania hanseática, tradi­cionalmente dedicada a un lucrativo co­mercio, pero que cada vez se van alejando más del deseo de lucro y, en las últimas generaciones, se sienten presas del amor hacia los estudios y la música, de un sueño de poesía y de belleza que les aleja de la vida cotidiana. Otro de los encantos del libro reside en el contrasté entre esta at­mósfera de ensueño, de noble reserva, de pasión por las bellas formas del arte, que, sin embargo, no quiere renunciar a los principios éticos de los antepasados, y la irrupción de una pasión violenta, áspera, arrancada de la «naturaleza»; del mismo modo que en el carácter de Galeide «co­existían la dulzura y una naturaleza exacerbadamente agria y violenta». La última parte de la novela, cuando Galeide, en el momento de poder casarse con su primo, ya viudo, se enamora de otro hombre y luego se mata, vale menos que las partes anteriores: no porque estas últimas páginas estén fuera de la verdad autobiográfica, sino porque, dado el carácter serio y apa­sionado de Galeide y la atmósfera de toda la familia, el paso rápido a un nuevo amor, que traiciona la gran pasión por sólo un capricho, no está psicológicamente justifi­cado, y sobre todo porque, como represen­tación artística, la fluencia e impetuosidad narrativa de la primera parte son substi­tuidas en esta última por una especie de aridez dialéctica, de carácter conceptual.

B. Tecchi

Memorias del Primer Amor, Giacomo Leopardi

[Memorie del primo amore]. Escritas en di­ciembre de 1818 por Giacomo Leopardi (1798-1837), son un ejemplo de minuciosa introspección, de una seguridad indecible­mente fría y serena, de una voluntad ilu­minadora cuyo valor asombra y casi asus­ta. Se descubre en ellas un método que será luego caro a los modernos, pero sin lo que en éstos tiene de morboso y enfer­mizo, incluso en Marcel Proust. Estas me­morias se abren con una declaración gené­rica y un tanto literaria: «Comenzando a sentir el imperio de la belleza, hacía ya más de un año que deseaba yo hablar y conversar, como hacen todos; con mujeres agradables, una sonrisa de las cuales, que por rara casualidad me fuera dirigida, me parecía algo extraordinario y maravillosa­mente dulce y lisonjero, y en mi forzada soledad, este deseo había sido hasta hoy de lo más vano».

Narra luego sus senti­mientos al encontrarse con una dama de Pesara, de veintiséis años, pariente lejana, a la que creía capaz de dar algún desahogo a su «antiguo deseo»: consigna todas sus ansias, la envidia a los hermanos que por la tarde jugaban con ella, la «fría contem­plación», el descontento después de haber jugado la tarde siguiente con ella y ha­berse dado cuenta de que aquel placer era mucho «más turbio e incierto» de lo que se había imaginado, y de que el corazón se le había hecho «suave y tierno»: «Me acosté pensando en los sentimientos de mi corazón, que en sustancia consistían en in­quietudes indistintas, descontento, melan­colía, algo de dulzura, mucho afecto, deseo de no sabía qué, sin ver entre las cosas posibles nada que lo pudiera satisfacer. Me alimentaba de la memoria continua y vivísima de la tarde y de los días anterio­res, y así velé hasta muy tarde, y, adorme­ciéndome, soñé como si tuviera fiebre, con las cartas, el juego, la dama; con todo lo que despierto había pensado soñar, y me parecía que había podido notar que yo no había soñado nunca nada en que hubiera creído soñar: pero aquellos afectos de tal modo se habían apoderado de mí e incorporado a mi mente, que de ninguna mane­ra, ni aun durante el sueño, me podían de­jar».

Y así prosigue, con un análisis qué lo consuela: «Queriendo dar un poco de contentamiento a mi corazón, y no sabien­do ni queriendo hacerlo de otro modo que escribiendo, ni pudiendo escribir hoy de otra cosa, después de intentar hacer versos y encontrarlo imposible, he escrito estas líneas». Confesión preciosa, que prueba el carácter liberador de la palabra en la vida de Giacomo Leopardi.

F. Flora

Memorias del Señor Severino Soplica, Henryk Hzewuski

[Pamiatki J. Pana Seweryna Soplicy]. Colección de cuentos publicados anó­nimos, en 1834, en París, por el conde polaco Henryk Hzewuski (1791-1866). El autor, conocidísimo en su época por su in­genio y habilidad en la conversación, re­copiló en estas supuestas memorias de Severino Soplica, copero de Parnawa, una serie de cuadros de la vida polaca del si­glo XVIII, que conocía a fondo por tradi­ciones familiares y por afinidad tempera­mental (fue llamado un alma del siglo XVIII perdida en su época).

El fondo de los cuentos es la segunda mitad del siglo XVIII, la época de la heroica confederación de Bar; los confederados, gentilhombres cam­pesinos unidos para defender la patria y la religión contra los moscovitas, son sus prin­cipales protagonistas. Sin embargo, Rzewuski no quiso evocar hechos históricos, aunque transiten por sus cuentos persona­jes célebres como el padre Marco, legen­dario capellán de los confederados; Casi­miro Pulawski, el intrépido jefe que irá a morir a América, o el príncipe Radziwill, verdadero soberano en su castillo de Nieswiez.

Entramos más bien, siguiendo a Severino, modesto gentilhombre, en las casas patricias, donde asistimos a los banquetes pantagruélicos, a las borracheras espectacu­lares, a las bravatas fanfarronas de los es­padachines lituanos; lo seguimos en las cacerías y en los tribunales, donde se des­arrollan los pleitos seculares entre familia y familia, a que tan aficionados eran los polacos de aquella época. Conocemos en estos cuentos, que conservan intacto el sa­bor de la conversación polaca, característi­ca de la literatura que se desarrolla hasta el siglo XIX en las ciudades y en los cas­tillos de la nobleza, las aventuras de tipos curiosos, como la banda de los «Albanos», los fieles amigos del príncipe Radziwill, o los milagros inéditos que circulaban entre los confederados, efectuados por el padre Marco contra los moscovitas, o por la es­pada de cualquier gentilhombre. Asistimos a las bodas de Severino con Magdalena, señorita pobre de alto rango, y a las pin­torescas ceremonias que las acompañan.

Circula en estas aventuras, que se desarro­llan en una época trágica para Polonia, una «vis cómica» más fuerte que las des­gracias que caen sobre el país y que es ca­racterística del pueblo polaco; incluso en las horas más tristes los polacos no han perdido la serenidad ni la fe, y los hijos de los valientes confederados de Bar han cantado valientemente en todos los cam­pos de batalla de Europa el canto de Dombrowski: «Polonia no ha muerto, mientras nosotros vivamos».

M. B. Begey

Memorias del Marqués de Bradomín, Ramón María del Valle- Inclán

Narración en prosa, en forma au­tobiográfica, de Ramón María del Valle- Inclán (1869-1936). Se imaginan narradas por un noble aventurero que vivió a prin­cipios del siglo XIX, y están divididas en cuatro Sonatas, que toman los nombres de las estaciones: Sonata de Otoño (1902), So­nata de Estío (1903), Sonata de Primavera (1904) y Sonata de Invierno (1905).

En la Sonata de Primavera, Bradomín, al servi­cio de la Guardia Noble del Papa, es en­viado al Colegio Clementino en Ligura, di­rigido por Monseñor Stefano Gaetani, a quien encuentra agonizante. El prelado se confiesa públicamente, luego muere y se describen sus espléndidos funerales. Brado­mín es más tarde acogido en el palacio de la Princesa Gaetani, rodeada como en una Corte de Amor por sus cuatro bellísimas hijas. Se enamora ardientemente de la ma­yor, María Rosario, que está a punto de hacerse religiosa: nace un profundo y vio­lento conflicto entre la pasión voluptuosa y romántica de nuestro nuevo Casanova y la religiosidad mística y fanática de la muchacha. La aventura continúa y se com­plica en una sombría atmósfera de fana­tismo y de superstición. El mayordomo atenta contra la vida del marqués, que ha conseguido penetrar en la habitación de María Rosario; luego le roba un anillo que, fundido con los sortilegios de una bruja, debía quitarle la fuerza viril. Bradomín lo recupera con ayuda de un monje. El rela­to  concluye trágicamente, después de un diálogo apasionado entre él y la muchacha, a quien intenta seducir con todas las artes donjuanescas de la sensualidad mística y patética — diálogo interrumpido por la caída desde una ventana de la hermana menor de María Rosario, la cual se vuelve loca, reconociendo en dicha desgracia el poder diabólico del impenitente don Juan. El grito final: « ¡Fue Satanás!», resuena monó­tono y -pavoroso en el palacio y en el alma desengañada del enamorado.

La Sonata de Estío se desarrolla en tierra mexicana soleada, exuberante, pintoresca, entre el sue­ño de antiguas civilizaciones y las pasio­nes de una multitud híbrida y abigarrada de bandidos, indios y extranjeros de todas las razas. El nuevo amor del marqués tiene como objeto un tipo fascinador de mujer criolla, inconstante e incestuosa, en quien la juventud y la belleza de las formas vi­bran con profunda lujuria que no carece de un hálito de religiosidad sensual y su­persticiosa. Las impuras bodas se celebran en un convento, donde el marqués hace pasar a la joven, la «Niña Chole», por su mujer. Pero el padre, su amante, la rapta. Luego, Bradomín la vuelve a encontrar, después de una descripción de una cabal­gada a orillas del lago del Tixul, danzando desnuda ante las llamas de las hogueras nocturnas. Sigue adelante con el desengaño en el corazón, pero, tras una noche de combate, en la que muere el bandido más valeroso de México, la india regresa, ya a salvo, y otras bodas sellan la reconcilia­ción, apagando con la cínica y sensual dulzura del perdón todo recuerdo de trai­ción e infidelidad.

La Sonata de Otoño bor­da una delirante historia de amor en el dulce y soñador país gallego. Bradomín es llamado al palacio de Brandeso por su pri­ma Concha, que fue su amante y ahora está enferma de tisis. El relato es rico en figuras y episodios amables y divertidos, como el paje niño y sabihondo, las hijitas de Concha que juegan con las palomas, la caída del caballo de don Juan Manuel, no­ble extraño y testarudo. La trama central es una serie extenuante y voluptuosa de diálogos de amor, encendidos por una mez­cla amarga y morbosa de nostalgia, paisaje, lujuria carnal y enfermedad mortal, hasta que la mujer muere en la profunda noche de perdición y de horror. Nuestro héroe, que se dirige a avisar a su otra prima, Isa­bel, en su habitación, no puede resistir a la tentación de amarla; luego vuelve a to­mar el cuerpo de la muerta para devolverlo a su habitación en trágico paseo nocturno por los salones de palacio. En la Sonata de Invierno, Bradomín es ya viejo, pero con el corazón todavía joven y ardiente, aunque maltrecho y reflexivo debido a las canas. Se destacan aquí, además, sus altas cualidades de combatiente y de héroe al servicio de la causa carlista. Para obede­cer las órdenes de don Carlos, no duda en cruzar un río vigilado por los alfonsinos: herido en el brazo izquierdo, se recobra en un hospital de monjas y sufre la ampu­tación del miembro sin lamentarse.

La úl­tima historia de amor es lastimosa y pa­tética: la muchacha que le asiste y a quien ama siendo correspondido, resulta al fin que es su hija. La figura de Bradomín asciende aquí a un sincero acento trágico, donde el destino perverso del hombre le lleva a convertir en voluptuosidad senil incluso el dulce instinto paterno, que hasta le hace adivinar, en la fealdad de su hija, algunos elementos físicos simbólicos del candor y la inocencia interiores. La niña se suicida. El relato termina con la despedida defini­tiva que Bradomín da al amor, personi­ficado en la insaciable condesa de Volfani, pura imagen femenina de la lujuria mez­clada con el fanatismo y el sacrificio.

El autor dice del marqués que era «feo, ca­tólico y sentimental». Es evidente su filiación respecto a don Juan (v.), Casanova (v.) y Childe Harold (v.). Pero todo ello junto con el superhombre romántico de Barbey d’Aurevilly y de D’Annunzio no explican por completo el personaje, que resulta, en definitiva, un tanto artificioso e idealizado por la fantasía del autor. Se advierte en el fondo la naturaleza española barroca, incendiaria y picaresca, que se ex­tiende de Tirso a Lorca y de Goya a Pi­casso. Pero, observado en la intimidad, su­tiles e invisibles elementos catárticos del catolicismo y de la tradición, que le eran congénitos, recorren a cada instante la re­presentación y figuración del libertinaje, del escepticismo, de la extravagancia y de la voluptuosidad. Los temas románticos de la sangre, de la muerte, de la carne, de la nada, de la perversión sacrílega, aunque empujados por la ficción al límite extremo de lo horrible y del capricho sensual, es­tán siempre sostenidos por una secreta pie­dad, una inmaculada y heroica lealtad, y un sentido preciso, aunque grosero y esti­lizado, de la trascendencia de los signifi­cados éticos de la acción.

La prosa de Valle-Inclán es purísima y se despliega en un especial ritmo prieto, continuo, en toda la gama de los afectos y las escenas de paisaje. Es inimitable su arte de escorzar figuras, cortar los diálogos y apurar en una especie de plasticidad interna las corres­pondencias entre el alma amante y los jar­dines, el cielo, los astros, los ecos de la tierra. Arte nostálgicamente matizado por ideas caballerescas, medievales y terrorífi­cas, íntimamente exenta de misticismos fá­ciles, por el contrario, macabra y realista, sinceramente estremecida por una mirada atenta a la verdad de los objetos y de los sentimientos.

O. Macro