[Memorie del primo amore]. Escritas en diciembre de 1818 por Giacomo Leopardi (1798-1837), son un ejemplo de minuciosa introspección, de una seguridad indeciblemente fría y serena, de una voluntad iluminadora cuyo valor asombra y casi asusta. Se descubre en ellas un método que será luego caro a los modernos, pero sin lo que en éstos tiene de morboso y enfermizo, incluso en Marcel Proust. Estas memorias se abren con una declaración genérica y un tanto literaria: «Comenzando a sentir el imperio de la belleza, hacía ya más de un año que deseaba yo hablar y conversar, como hacen todos; con mujeres agradables, una sonrisa de las cuales, que por rara casualidad me fuera dirigida, me parecía algo extraordinario y maravillosamente dulce y lisonjero, y en mi forzada soledad, este deseo había sido hasta hoy de lo más vano».
Narra luego sus sentimientos al encontrarse con una dama de Pesara, de veintiséis años, pariente lejana, a la que creía capaz de dar algún desahogo a su «antiguo deseo»: consigna todas sus ansias, la envidia a los hermanos que por la tarde jugaban con ella, la «fría contemplación», el descontento después de haber jugado la tarde siguiente con ella y haberse dado cuenta de que aquel placer era mucho «más turbio e incierto» de lo que se había imaginado, y de que el corazón se le había hecho «suave y tierno»: «Me acosté pensando en los sentimientos de mi corazón, que en sustancia consistían en inquietudes indistintas, descontento, melancolía, algo de dulzura, mucho afecto, deseo de no sabía qué, sin ver entre las cosas posibles nada que lo pudiera satisfacer. Me alimentaba de la memoria continua y vivísima de la tarde y de los días anteriores, y así velé hasta muy tarde, y, adormeciéndome, soñé como si tuviera fiebre, con las cartas, el juego, la dama; con todo lo que despierto había pensado soñar, y me parecía que había podido notar que yo no había soñado nunca nada en que hubiera creído soñar: pero aquellos afectos de tal modo se habían apoderado de mí e incorporado a mi mente, que de ninguna manera, ni aun durante el sueño, me podían dejar».
Y así prosigue, con un análisis qué lo consuela: «Queriendo dar un poco de contentamiento a mi corazón, y no sabiendo ni queriendo hacerlo de otro modo que escribiendo, ni pudiendo escribir hoy de otra cosa, después de intentar hacer versos y encontrarlo imposible, he escrito estas líneas». Confesión preciosa, que prueba el carácter liberador de la palabra en la vida de Giacomo Leopardi.
F. Flora

