Federico Borromeo

Nació el 18 de agosto de 1564 en Milán, donde murió el 21 de sep­tiembre de 1631. Perteneció a la familia de San Carlos, del cual era primo.

Consagrado sacerdote por aquél a los dieciséis años, tras haber realizado los estudios teológicos en Pavía fue elegido cardenal en 1587 por el papa Sixto V, y ocupó la sede archiépis­copal de Milán (1595).

Contribuyó amplia­mente al desarrollo de la cultura, ya me­diante la fundación de varias academias, ya con el centenar de obras que escribió y entre las cuales ejercieron gran influencia Musaeum (v.) y De la pintura sacra (v.), aparecidas ambas en 1625, o bien, singular­mente, gracias a la institución de la Biblio­teca Ambrosiana, llevada a cabo en 1609.

Esta institución fue una de las primeras colecciones privadas abiertas al público, y B. reunió en ella no solamente los nume­rosos códices procedentes del suprimido mo­nasterio benedictino de Bobbio, sino tam­bién cuantos manuscritos, sobre todo orien­tales, pudo obtener a través de diligentes búsquedas realizadas por encargo suyo en todo el mundo.

Trabajó en favor de la re­forma del clero y el pueblo de su archidiócesis. y manifestó una sabiduría y una ca­ridad notables, sobre todo con ocasión de la terrible peste de 1630, por lo que Manzoni hizo de él uno de los personajes más vivos de Los novios (v.).

A. M. Raggi

Peter Bornemisza

Nació el 22 de febrero de 1535 en Pest y murió durante el verano de 1584. Destacada figura de la reforma reli­giosa en Hungría, seguidor de Lutero y ar­diente y eficaz propagador de la nueva fe, conoció una vida tempestuosa, abundante en acontecimientos y atroces contrarieda­des.

Ya a los dieciocho años se vio perse­guido, y hubo de huir al extranjero; tras ocho de estudios en Italia, Francia y Ale­mania, fue pastor rural, superintendente del culto protestante, predicador y consejero de grandes señores, maestro del futuro poeta Bálint Balassa (v.), tipógrafo, terrateniente y miserable vagabundo.

Casóse cuatro ve­ces, y en un solo año perdió cuatro hijos; fue encarcelado en dos ocasiones, y a menudo hubo de cambiar de residencia, ex­pulsado, en uno de estos casos, por sus mis­mos fieles. Con todo supo forjar, en un momento de su vida, un considerable patri­monio, parte del cual empleó en sus mu­chas peregrinaciones forzadas, y el resto en la publicación de sus libros: textos polémi­cos y de predicación, integrados en conjunto por más de ocho mil páginas impre­sas.

Su primera obra, Tragedia en lengua húngara (v.), es una adaptación libre de la Electra de Sófocles, inspirada en el odio a la tiranía. Docto humanista, no sólo cono­ció, sino también meditó profundamente la filosofía antigua, y halló sobre todo en Sé­neca la fuerza necesaria para luchar contra su innato pesimismo.

Excepcional fue igual­mente su sensibilidad respecto a los fenó­menos de la vida y la cultura populares, y sus libros constituyen una fuente para los estudios sobre el folklore húngaro. Incli­nado al misticismo, tendió notablemente a creencias supersticiosas, que, sin embargo, consideraba cual burlas diabólicas destina­das a corromper la verdadera fe; él mismo se juzgó un juguete en manos de Sata­nás, su enemigo más poderoso, y dio el tí­tulo De las tentaciones del diablo (1578) a una colección de sermones.

E. Várady

Aleksandr Porfir’evitch Borodin

Nació el 31 de octubre de 1833 en San Petersburgo, murió en la misma capital el 15 de febrero de 1887. Fue tan excelente científico como com­positor muy dotado y no quiso nunca deci­dirse por una de las dos actividades.

Hijo natural de un príncipe georgiano, disfrutó de una infancia acomodada, que le permitió tempranamente dedicarse a la ejecución mu­sical y a las artes del contrapunto y la com­posición. Sin embargo, se inscribió en la Academia de Medicina y de Cirugía en 1850, y en pocos años se convirtió en un estu­dioso de reconocido mérito, especialmente en el campo de la química orgánica, obte­niendo la cátedra universitaria en 1864.

Por el contrario, era un aficionado en música cuando, en 1862, ingresó, por mediación de Musorgsky, en el círculo de Balakirev y aceptó su dirección. Pero su natural talento y cierto espíritu reflexivo, cultivado en los otros estudios, le permitieron señalarse pron­tamente como artista original y técnicamen­te sólido.

Su indolencia temperamental y el escaso tiempo que le dejaban sus demás actividades se unieron para restringir el número de sus trabajos, sin que por ello quedara perjudicada su calidad. Siguiendo las predilecciones del grupo de «los cinco», probó ante todo fortuna en el campo tea­tral.

Proyectó poner música a un libreto sacado de la tragedia de Mej La esposa del Zar, pero lo abandonó para dar a la escena, bajo el velo del anónimo, la ópera burlesca El valiente (Bogatyr), con libreto de Krylov.

Representada en el teatro Bolsoj de Moscú el 6 de noviembre de 1867, la ópera constituyó un fracaso, al que se han opues­to los juicios de autorizados críticos rusos cuando recientemente ha sido identificado el nombre del autor: al lado de ingeniosas parodias del repertorio en boga, pueden reconocerse en la misma otras partes dota­das de un humorismo feliz y estrictamente borodiano. Mientras tanto, Borodin había ido com­poniendo la 1.a Sinfonía en mi bemol ma­yor, que ejecutada públicamente en 1869 constituyó su bautismo artístico y fue el comienzo del camino tardo, discontinuo y sin embargo fructífero de su creación.

La colección de composiciones líricas, que ejer­cieron influencia incluso sobre el impresio­nismo francés, los dos Cuartetos (v. Cuar­teto), las Sinfonías (la segunda ejecutada en 1880 y una tercera que quedó esbozada), el boceto sinfónico En las estepas del Asia central (v.) constituyen otros tantos testimonios de una logradísima absorción de los caracteres étnicos en claras y sólidas estruc­turas sonoras, apoyadas por una cálida fan­tasía.

No es menos original su lograda ópera El príncipe Igor (v. Canto de Igor) iniciada en 1868, continuada y abandonada innume­rables veces, para quedar incompleta cuan­do un síncope truncó de improviso la vida del científico-músico.

El arte más lírico que dramático de Borodin, subrayado por su fidelidad a los esquemas tradicionales de la ópera de fragmentos sin relación, evoca en El príncipe Igor la legendaria gesta de la más antigua epopeya nacional, a la vivida luz de una bárbara edad feliz que resonará lar­gamente entre los compositores rusos, has­ta Stravinsky.

E. Zanetti

Juana Borrero

Poetisa cubana n. en La Habana en 1877 y murió en Key West (Es­tados Unidos), en la emigración, en 1896.

Hija de Esteban Borrero Echevarría, mé­dico, escritor y patriota, dio muestras, des­de muy niña, de hallarse notablemente do­tada para el cultivo de las artes. Al lado de la poesía, que en ella fue pasión obse­siva, evidenció también un singular talento pictórico.

Todo quedó apenas en esbozo, pues muerta sin apurar la adolescencia, no fue posible alcanzar de ella los granados frutos que su energía creadora anunciaba. Julián del Casal influyó notablemente en su obra, y fue el primero en advertir la genialidad de la niña prodigio.

La musa de Juana Borrero es tierna, como conviene a quien da los primeros pasos en la vida, pero ya se advierten en ella el arrebato de fuego lí­rico, la intimidad sentimental y hasta gene­rosos sentimientos cívicos para con su pa­tria oprimida (El Ideal).

Su obra, en la que aparte la composición que acabamos de ci­tar, sobresalen Indomable, Sol y nieve, ín­tima, En el templo y Rêve, fue recogida en el volumen Rimas (La Habana, 1895) y figura también en Grupo de familia, obra aparecida el mismo año que la anterior y publicada por el padre de Juana.

Su her­mana Dulce María (1883-1945) fue también poetisa y publicó un único libro, Horas de mi vida (1914, v. Poesías).

Ludwig Börne

Nació el 13 de mayo de 1786      en el barrio judío de Francfort del Main y murió el 12 de febrero de 1837 en Pa­rís. Su nombre de origen fue Löb Baruch.

Estudió ciencias políticas y medicina, y en Berlín frecuentó a Henriette Herz y Rahel Varnhagen, y experimentó la influencia ra­cionalista de Moses Mendelssohn. Luego, cuando bajo el poder napoleónico se vie­ron libres los hebreos de Francfort de las restricciones y cargas que eran todavía el recuerdo vivo del ghetto medieval, obtuvo, en 1811, el cargo de actuario de policía; sin embargo, perdiólo a causa de su religión una vez restablecidas con la Restauración las antiguas leyes.

En 1818 Löb Baruch pasó al protestantismo, y a partir de entonces se denominó Ludwig Börne. Forzado a cam­biar de profesión, dedicóse a la actividad literaria, que inspiró siempre en un afán de justicia y libertad, pasional reivindica­ción de un espíritu oprimido; un genuino amor a la verdad y una sinceridad impe­tuosa constituyen los rasgos más fascinantes de su temperamento.

Fundó la revista Zeitschwingen (Offenbach del Main, 1817), y, suprimida ésta, otra, Die Waage (Francfort, 1818-21); para ellas escribió sobre temas literarios y estéticos, entre cuyas líneas asomaba la situación política del momento. En 1830 Börne emigró a París, donde había estado ya en 1819 como corresponsal del Allgemeine Zeitung; a partir de entonces volvió a la patria una sola vez, en ocasión de la asamblea democrática de Hambacher Fest, que pedía una alemania libre.

Fue el primer representante en su país de una «literatura comprometida», en contraste po­lémico frente al clasicismo y el romanti­cismo alemanes. Opuso al criterio estético el político, lo cual dio a sus juicios críticos un carácter tendencioso; en su opinión, la literatura, despertada como la Bella Durmiente en el bosque del romanticismo, ha­bía de convertirse en consciente instrumento de lucha para el progreso político, social e intelectual.

También la forma de su prosa aparece vinculada a sus objetivos progre­sistas; cuanto compuso presenta un carác­ter periodístico y folletinesco, y su estilo, vibrante de humorismo polémico y de viva­cidad satírica, resulta claro y elegante.

En sus Cartas de París (1832, v.) y en las Nue­vas cartas de París [Neue Bríefe aus París, 1833-34] se dan páginas donde el periodis­mo elevase a una verdadera forma de arte literario: así ocurre, por ejemplo, en los reportajes sobre la revolución de Julio en Francia o las polémicas contra la frivolidad de Heine o el chauvinismo de Wolfgang Menzel.

U. Seelmann Eggebert