Raffaello Borghini

Nació en Florencia en abril de 1541 y murió probablemente en 1588. Poco es lo que sabemos acerca de su vida. No fue pintor ni escultor, y de ello se ex­cusa en el prólogo al segundo libro de su obra El reposo (v.), en el que, sin embargo, da preceptos de escultura y pintura.

Docto escritor, la Academia de la Crusca juzgó favorablemente sus textos. Además del ci­tado, compuso varias poesías y comedias, entre ellas La mujer constante (1582).

A. Pallucchini

Francisco de Borja y Aragón

(prín­cipe de Esquilache). Poeta español. Nació en Madrid en 1582, murió en la misma ciudad el 24 de octubre de 1658.

Era hijo de Juan de Borja, mayordomo mayor de la emperatriz Ma­ría, y nieto de San Francisco de Borja. Fue gentilhombre de cámara de Felipe IV y vi- rey del Perú (1615-21). Al regresar a Es­paña pasó algunos años en Valencia; de nuevo en Madrid, residió en la casa lla­mada del Rebeque, que estaba situada en el pretil del palacio real.

Allí murió y fue sepultado en la capilla de los Borja o de San Ignacio de San Isidro del Real Como poeta es autor de una colección de Obras en verso (1648, v.) y de un poema heroico, Nápoles recuperada (1651, v.). Compuso también una Pasión (1638) en tercetos y tradujo las oraciones y meditaciones de Kempis.

Jorge Luis Borges

Escritor argentino n. en Buenos Aires en 1899. La admirativa sorpresa que despierta la brillantez y la fantasía del gran novelista español Ramón María del Valle Inclán, puede parangonarse con la que se experimenta ante la obra de este narrador y poeta argentino, quien pone, además, una honda inquietud filosófica en sus ensayos y una obsesión de renovación y aventura en su poesía.

Estudió primero en su país, después en Suiza, y completó su formación en España. Vuelto a su país en 1921, se convirtió en un empleado munici­pal dé Buenos Aires, sin que por ‘ ello su mente y su pluma dejaran de brillar, hasta que el peronismo le colmó de humillacio­nes y le obligó a abandonar su puesto; años difíciles’ que obligaron al artista a prodigar su actividad en clases, conferencias, traduc­ciones y trabajos editoriales diversos.

Caído el peronismo, Borges dirigió la Biblioteca Nacio­nal y la revista Biblioteca, y explicó Lite­ratura inglesa en la Universidad de Bue­nos Aires. Fue uno de los caudillos del ul­traísmo, primero en Madrid y luego en Bue­nos Aires: las revistas Gracia, Prismas, Proa, Nosotros y Martín Fierro contienen buena parte de su producción poética; pero su talento, su vigor lírico y su inquietud filo­sófica desbordaron pronto los estrechos cau­ces de una «parcialidad literaria» y lo lle­varon a una poesía más singular, más hon­da y más universal.

Las composiciones de Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de en­frente (1925) y Cuaderno San Martín (1929) están revisadas y recogidas con otras en el volumen Poemas de sus Obras Completas. Sin embargo, nuestro poeta no se encuentra a gusto en el campo de la poesía y salta al ensayo y al cuento.

Su prosa es ágil, bri­llante, creadora, acorde con lo deslumbran­te de su fantasía. Algunos consideran la Historia de la eternidad (1936) como su obra maestra en el ensayo; sin embargo, no son de menos interés El tamaño de mi es­peranza (1926) y Nueva refutación del tiem­po (1947); otros ensayos suyos son; Inqui­siciones (1925), El idioma de los argentinos (1928), Evaristo Carriego (1930), Discusión (1932), Las Kenningar (1933), Otras Inqui­siciones (1952) y Nuevas Inquisiciones (1960).

No se extraña en él la repetición o el des­arrollo ulterior de los mismos temas en di­versos libros. La grave afección que sufrió en la vista de su edad madura le obligó a dictar; sin decaimientos, ha seguido su pro­ducción adelante.

Y quizás lo más suges­tivo de su personalidad lo encontremos en sus narraciones, fantasías y realidades de una originalidad indiscutible que se agru­pan con los títulos: Historia universal de la infancia (1935), El jardín de los sende­ros que se bifurcan (1941), Ficciones (1944), El Aleph (1949), La muerte y la brújula (1951) y Cuentos breves y extraordinarios (1956).

Se le ha otorgado el Prix international des éditeurs en 1961 por su obra narrativa, y especialmente por Ficciones. También se le deben obras de erudición y crítica: índice de la nueva poesía ameri­cana (1926), con prólogo suyo, de Alberto Hidalgo y Vicente Huidobro; Antología clá­sica de la literatura argentina (1937), en colaboración con Pedro Henríquez Ureña; El compadrito: su destino, sus barrios, su música (1945), antología en colaboración con Silvina Bullrich Palenque; Aspectos de la literatura gauchesca (1950); Antiguas lite­raturas germánicas (1951), en colaboración con Delia Ingenieros; El «Martín Fierro» (1953), en colaboración con Margarita Gue­rrero, y Leopoldo Lugones (1955).

Borges poeta, ensayista y autor de cuentos, es una de las figuras más logradas y brillantes de las le­tras hispanoamericanas.

J. Sapiña

Giovanni Alfonso Borelli

Nació en Nápoles el 28 de enero de 1608, murió en Roma el 31 de diciembre de 1679. Hijo natural de un español, llevaba el apellido materno: y fue quizá el complejo de inferioridad pro­cedente de esto lo que hizo agresivo, rece­loso y pendenciero a un hombre de tan gran talento, llevándolo a un fin que no mere­cían ciertamente sus dotes intelectuales.

Acompañó a su padre a Roma, donde estu­dió probablemente medicina; pero sobre todo entró en contacto, mediante su maestro, Borelli Castelli, con Torricelli y la escuela de Galileo, de la que será uno de los más céle­bres exponentes.

Sus estudios matemáticos, la vivacidad de su ingenio y la dirección netamente galileana de su pensamiento cien­tífico le granjearon la estimación y la pro­tección de los ambientes de la Corte medicea de Florencia. Por ello, fue llamado desde la Universidad de Mesina, en la cual enseñaba matemáticas a partir de 1649, a desempeñar la misma cátedra en la Univer­sidad de Pisa en 1656; y al año siguiente, habiendo sido fundada la Academia del «Ci­mento», fue uno de sus primeros y más conspicuos socios (o, como se decía, «ope­radores»).

En este ambiente, rodeado de fama y de honores y en discreta posición económica, Borelli, además de una numerosa contribución a los trabajos del «Cimento», compuso y publicó dos obras de notable interés: Sobre la fuerza de la percusión (v.), publicada en Bolonia en 1667, y el trabajo, aparecido ya en 1665 con el seudónimo de Pier María Mutoli, Del movimento della cometa apparsa il mese di dicembre 1664, que por primera vez presenta la hipótesis de que también los cometas describen una ór­bita parabólica.

Aún más importante es una obra aparecida en Florencia en 1666, Theorica mediceorum planetarum ex causis physicis deducta, cuidadoso estudio (citado también por Newton) sobre el movimiento de los satélites de Júpiter descubiertos por Galileo, en la que Borelli adelanta la hipótesis de que la causa del movimiento de tales saté­lites radica en la atracción ejercida sobre ellos por el planeta.

Y ello, desde el punto de vista de la estricta ortodoxia galileana, constituía una herejía (porque la «atrac­ción» tenía el aire de una causa oculta) y provocó por ello polémicas entre Borelli y sus colegas. Pero no era ésta ciertamente la única causa de discordia: disputas persona­les habían puesto a Borelli en oposición con casi todos los miembros de la Academia del «Ci­mento», y particularmente con Viviani.

Éste fue uno de los motivos que acabaron (1667) con la Academia; mas también el motivo principal por el cual hubo Borelli de abandonar Toscana y volver a Mesina. Pero también de esta ciudad hubo de huir (1675) al en­contrarse envuelto en la famosa revuelta contra el Gobierno español.

Se refugió en Roma, donde vivió durante algunos años bajo la protección de la reina Cristina de Suecia. Murió en la miseria, como huésped del Colegio de San Pantaleón de los Escolapios. Por ello, ni siquiera pudo dar la última mano a la redacción del Movimiento de los animales (v.), que fue publicado póstumamente. Es obra de Borelli también la invención del helióstato.

G. Preti

Joseph-Pétrus Borel

Seudónimo de Jo­seph d’Hauterive, que n. en Lyon el 30 de junio de 1809 y murió cerca de Mostaganem el 14 de julio de 1859.

Llegado a París para estudiar arquitectura, pasó muy pronto al movimiento romántico, del cual aceptó las doctrinas más avanzadas con una truculen­cia antiburguesa que le llevó a escoger los argumentos más horripilantes y a adoptar el seudónimo «Pétrus le Lycantrope».

En 1832 publicó un volumen de poesías, Rapsodias (v.), y luego Champavert (v.), con­junto de narraciones en las que la violen­cia, la truculencia y ciertas extravagancias macabras ocupan un lugar mucho más am­plio que el reservado a la verdadera inmo­ralidad. Las mismas rarezas se encuentran, aún más acentuadas, en la novela titulada Madame Putiphar; el libro, empero, fue mal acogido por la crítica, y, tras aquel breve instante de notoriedad debido sobre todo a su actitud, Borel hubo de luchar durante lar­gos años contra la miseria en «una oscura actividad de traductor y colaborador anó­nimo.

En 1846 aceptó un puesto de inspec­tor en Mostaganem (Argelia); pero sus crí­ticas a los brutales procedimientos emplea­dos por la burocracia francesa contra los indígenas le valieron la destitución. Murió allí mismo poco después, en la más negra miseria y olvidado por completo.

Reciente­mente su nombre ha conocido una especie de vuelta a la celebridad, y sus obras han sido impresas de nuevo, a causa de la mis­ma corriente (desviación del existencialismo surrealista) que trata de reivindicar la producción del marqués de Sade.

M. Bonfantini