Ferdinand Avenarius

Nacido en Berlín el 20de diciembre de 1856, m. en Kampen el 22 de septiembre de 1923. Hijo de un actor y de una hermanastra de Richard Wagner, estudió ciencias naturales en las Universidades de Leipzig y Zurich.

Tras un largo viaje por Italia, se estableció en Dresde y fundó en 1887 la revista Der Kunstwart, que se proponía difundir el conocimiento de los problemas de la vida espiritual de la época y elevar el gusto artístico del público con reproducciones litográficas de cuadros célebres.

Avenarius es conocido en especial por dos antologías compiladas y publicadas siempre con los mismos propósitos didácticos y di­vulgadores que le valieron el festivo sobre­nombre de «praeceptor Germaniae»: Deut­sche Lyrik der Gegenwart (1881) y Hausbuch der deutschen Lyrik (1902).

La selec­ción revela un gusto burgués, de acuerdo con las corrientes de la época. Avenarius también es autor de un estudio sobre el escultor Max Klinger y de algunos escritos patrió­ticos. Intentó algunas veces la poesía, y con el poema ¡Vive! (1893, v.) quiso precisa­mente crear un nuevo género: la «gran forma lírica».

G. V. Amoretti

Avempace

(Ibn Bāŷŷa). Filósofo mu­sulmán español, n. en Zaragoza a finales del siglo XI d. de C., m. en Fez en mayo de 1139. Fue durante cerca de 20 años visir de Abu Bakr ibn Ibrahim, gobernador almorávide primero de Granada y luego de Zaragoza.

Marchó más tarde a Fez, donde, a consecuencia de intrigas de la corte, fue envenenado por instigación del médico Abu l-Ala ibn Zühr. La acusación de ateísmo que le fue hecha por sus enemigos, puede servir de punto de partida para explicar su pensamiento.

Introductor del aristotelismo en España, pero no exento de influencias neoplatónicas, sostiene en la Carta de des­pedida [Risalat al-wada] que sólo la filoso­fía puede poner al pensamiento humano en contacto con el intelecto activo; esta tesis fue desarrollada en el Libro de la unión del entendimiento con el hombre [Kalam fi ittisal al-aql bi l-insan], publicado por el eru­dito Asín Palacios, en el que son seña­lados los grados a través de los cuales llega el hombre a la unión con el entendimiento activo.

En éste, semejante al sol que todo lo ilumina, se anula la multiplicidad de los individuos. Ni necesita de la vida de socie­dad para tal proceso: Avempace pensó que el hom­bre podía desarrollar las propias facultades incluso en la soledad, y así lo practica en el Guia del solitario (v.) adelantándose a la obra más conocida de Ibn Tufayl (v. Hayy ibn Yaqzdn).

S. Moscati

Francesco Avelloni

Nacido en Venecia en 1756, m. en Roma en 1837. De familia no­ble, pero arruinada (era hijo de un conde napolitano), comenzó a componer trage­dias a los nueve años.

Para ganarse la vida hacía de poeta a sueldo en compañías dra­máticas y se casó con la actriz Teresa Monti, siguiéndola en sus viajes. Tocó toda suerte de géneros teatrales e hizo gala de una extraordinaria fecundidad (600 obras, de las cuales 200 fueron impresas: trage­dias y comedias, dramas y fábulas).

Com­ponía una obra teatral en poquísimo tiempo: hasta en dos o tres días. Natu­ralmente, tan rápida improvisación se tra­duce en la mala calidad artística de las obras, que sólo se salvan cuando acusan una transparente imitación de Goldoni, como El barbero de Güeldres (v.), imitación de Don Marzio, y Uno entre cuatro (v.).

De todas formas, fueron muy aplaudidas Contraddizione e puntiglio, Le vertigini del suolo, Giovanni e Arduino, L’omicida per punto d’onore, piezas de trama complica­dísima. Habiendo quedado viudo, aceptó re­presentar, por lo que entró en sociedad con Marta Colleoni, pero fue un actor medio­cre.

Vivió con De Marini, con Zuccolo, con Fabbrichesi, etc. A los 70 años se casó en segundas nupcias con la viuda de un apun­tador. Cansado de su frenética actividad se había retirado entonces a Roma, como hués­ped del autor de melodramas Giacomo Ferretti. Para ganarse la vida en los últimos años, se vio obligado a dar clases particu­lares.

Alonso Fernández de Avellaneda

Desde hace ya más de tres siglos se discute sobre la personalidad histórica de este es­critor del siglo XVI, que pudo n. en Tordesillas y compuso una apócrifa Segunda parte del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, aparecida en Tarragona en 1614 (v. Quijote). Siguen todavía en pie las palabras que, refiriéndose a Fernández de Avellaneda, escribía Cervantes en el prólogo de su Segunda parte y repitió al final de la misma: «Si por ventura llegares a conocerle…»

Es com­prensible, por lo tanto, que la crítica se haya entregado a conjeturas de toda suerte sin obtener resultados decisivos. No pode­mos aquí enumerar y discutir todas las diversas hipótesis, más o menos probables.

Según algunos, Cervantes debió de conocer su nombre, pero no quiso revelarlo, ya por­que se tratara de una persona poderosa o a fin de no darle fama; otros opinan, y se­guramente se equivocan, que el autor en cuestión fue el mismo Cervantes.

Lo único que parece cierto es el origen aragonés de Fernández de Avellaneda, y, quizá también, su pertenencia a la orden de los dominicos; de acuerdo con esta última circunstancia se habló del padre Luis de Aliaga, confesor de Felipe III.

En­tre las restantes y numerosas identificacio­nes aducidas cabe mencionar las que le con­sideran, respectivamente, Ruiz de Alarcón, Lope de Vega, Tirso de Molina, Juan Martí, fray Luis de Granada, fray Andrés Pérez, autor de La pícara Justina, Bartolomé L. de Argensola y Juan Blanco de Paz, enemigo de Cervantes.

Hay también quienes juzgan falsa la indicación del lugar de nacimiento, Tordesillas de Aragón, por cuanto en esta región no existe pueblo alguno así denominado, y, por otra parte, en Tordesillas de Castilla no fue bautizado ningún Fernández de Avellaneda en todo el siglo XVI según resulta de los registros correspondientes. El problema, pues, sigue todavía pendiente de solución.

P. Raimondi

Nicola Avancini

(Avancinus). Nacido el 1.° de diciembre de 1611 en Brez, en la dióce­sis de Trento; m. el 6 de diciembre de 1686 en Roma. Avancini es uno de los más notables representantes del teatro jesuítico en len­gua latina que floreció en Austria y en Ale­mania meridional en el siglo XVII.

Las fe­chas de su vida señalan las etapas de una afortunada carrera eclesiástica. Ingresado en la Compañía de Jesús en 1627, enseñó en Graz y en Viena. A partir de 1664 fue rec­tor de diversos colegios, entre ellos, el de Passau.

Tras un viaje a Roma, fue nom­brado en 1672 visitador de la provincia de Bohemia. Volvió a Roma en 1682 para la elección del duodécimo general de la Com­pañía, y en esta ciudad quedó como asistente de alemania hasta su muerte.

Entre las mi­siones que se confiaban a los profesores de las clases superiores de las escuelas jesuíticas, había la de escribir dramas en latín, representados por los estudiantes con mo­tivo de la clausura del año escolar o en grandes solemnidades, con intervención de los nobles benefactores del colegio, de los parientes de los alumnos y de otros invita­dos.

En Viena, en especial, por la presencia de la corte, adquirían el aspecto de autén­ticos acontecimientos artísticos y mundanos. Durante más de cuarenta años, Avancini pobló la escena con sus héroes acompañados del cor­tejo barroco de visiones, ballets y coros an­gélicos o demoníacos.

El éxito mayor lo consiguió con la Pietas victrix (v.); repre­sentada en Viena para los «ludi cesarei» de 1659, asistieron a la representación cerca de 3.000 espectadores, número verdadera­mente extraordinario para espectáculos de tal género.

Además de numerosos dramas, veintisiete de los cuales se encuentran reu­nidos en cinco volúmenes de la Poesía dra­mática (1655-85), escribió odas latinas (reu­nidas en Hecatombe odarum, 1651), obras teológicas (Conclusiones theologicae, 1670) y hagiográficas, oraciones sacras y un libro de meditaciones que tuvo amplísima difu­sión: Vita et doctrina Jesu Christi.

Más que verdadero talento de poeta, poseía el ge­nio del espectáculo: supo extraer del apa­rato teatral todos los posibles efectos de lo trágico y lo cómico, de lo horroroso y de lo maravilloso, adecuándolo a los fines de una conmoción edificante.

Su fantasía barroca tenía la virtud de transformarlo todo en representación: conceptos teológicos y polí­ticos, virtudes y vicios, contrastes de senti­mientos e ideas; a lo que añadía un len­guaje que sus contemporáneos calificaron de «mascula vivacitas».

M. Spagnol