Averroes

(Ibn Rušd). Nacido. en Córdoba en 1126, m. en Marrakesh el 10 de diciem­bre de 1198. Su nombre fue deformado por los copistas españoles.

De familia muy dis­tinguida, su padre había sido cadí de Cór­doba durante cierto tiempo; su abuelo, que llevaba el mismo nombre que él, Abu l-Walid Muhammad, había desempeñado este cargo durante largo tiempo y había sido luego una autoridad en derecho malikita, consejero de varios soberanos y príncipes.

Averroes continuó la tradición jurídica de la fa­milia y alcanzó, siendo muy joven, fama de gran jurisconsulto, apoyada en el libro Pun­to de partida del jurista supremo y de lle­gada del jurista medio [Bidayat al-mugtahid wa nihayat al muqtasid].

Estudió al mismo tiempo teología y materias litera­rias. Hasta este momento no había salido de los programas ordinarios escolares de su tiempo; pero no paró aquí y se dio a cono­cer al mismo tiempo como médico de gran valor.

Con la medicina, estudió la astro­nomía en el Almagesto, del que hizo un compendio, y la filosofía, en la que le ini­ciaron, sobre todo, las obras de Ibn Bāŷŷa, el filósofo español muerto en 1139, conocido en Europa con el nombre de Avempace.

Conoció, pues, todo lo cognoscible en su tiempo y en su ambiente, y a lo largo de su vida no dejó de profundizarlo, no sólo con nuevas lecturas, sino también con refle­xiones y observaciones directas, tanto que uno de sus biógrafos dice de él que desde la edad de la razón hasta su muerte no cesó de estudiar, salvo el día de su boda y el de la muerte de su padre.

El primer califa almohade ‘Abd al-Mumin (1130-1163) le confió varias misiones; su sucesor Yusuf (1163-1184) lo tuvo en gran estima. El sobe­rano era entendido en filosofía y planteó problemas de esta disciplina a Averroes, cuando le fue presentado éste por el médico de la corte Ibn Tufayl, otro filósofo español conocido en Occidente por la novela místico-filosófica Hayy ibn Yaqzān (v.).

De primera inten­ción, se mostró Averroes reticente, porque sabía —    y debía hacer experiencia de ello al fin de su vida — qué riesgos suponía profesar la filosofía en un ambiente que tendía a identificarla con la herejía; pero cuando vio que el califa mismo planteaba un tema arriesgado, ya no vaciló y así conquistó con su doctrina el ánimo de su interlocutor, quien le regaló una gran suma, un sun­tuoso abrigo de pieles y una bella cabal­gadura, lo nombró médico de corte y le confió, en España y en Marruecos, una serie de misiones que culminaron en 1182 con el nombramiento de cadí de los cadíes de Cór­doba.

Bajo el reinado del sucesor de Yu­suf, Yaqub al-Mansur (1184-1199), conti­nuaron los honores; pero en 1195, el califa, cediendo a las presiones de los teólogos y de los canonistas, que veían en las ciencias profanas, y sobre todo en la filosofía, un peligro para la religión, publicó un decreto contra los cultivadores de estas disciplinas y confinó en Lucena, arrabal situado a poca distancia de Córdoba, a su protegido, que había sufrido el gran disgusto de ver cómo se quemaban sus obras en la plaza pública y de verse expulsado, juntamente con su amigo Ibn Zuhr (Avenzohar), de la mez­quita por la plebe fanatizada.

Tres años después, en 1198, el califa revocó sus edic­tos y volvió a llamar junto a sí, en el Mogreb, a Averroes, que murió pocos meses después en Marrakesh. Hemos mencionado el tra­tado jurídico de Averroes. Sobre astronomía, ade­más del comentario al Almagesto, escribió varios opúsculos reunidos en las traduccio­nes latinas con el título de substantia orbis.

De cuestiones médicas trató en las Generalidades sobre la medicina [al-Kulliyat fi-l-tibb], en oposición a las «particula­ridades» — es decir, a la medicina estudiada de un modo especial en los llamados Kananish, para cada uno de los miembros del cuerpo —, cuyo cuidado confió a su amigo Avenzohar: libro que pasó, en latín, a Oc­cidente con el nombre de Colliget (v.), de­formación de la pronunciación mogrebina y española de Kulliyet.

Escribió también un comentario a la Urgiuza de Avicena, peque­ño poema médico, traducido al latín con el nombre de Cantica, y dos opúsculos De spermate y De theriaca. En filosofía son famosos sus comentarios a Aristóteles: grandes (v. Gran comentario de Aristóteles), medios y resumidos — llegados solamente en traduc­ciones, por haber olvidado incomprensible­mente el Islam durante siglos a Averroes —, y el libro La irreflexión de la irreflexión [Tahafut at-Tahafut] — traducido con el título Destructio destructionis (v. Destrucción de la destrucción) — en el que refuta La irre­flexión de los filósofos [Tahafut al-Falasifah] — traducido por Destrucción de los filó­sofos (v.) — de Algacel, además de una paráfrasis de la República de Platón y un escrito con el nombre de De la bienaventuranza del alma (v.).

En La palabra decisiva [Fasl al-Maqal] concilio filosofía y religión y, con el mismo espíritu, trató de teología en Al-kashf an manahig al-adilla [traduc­ción libre: Luz sobre la metodología de la argumentación teológica]. Obras todas que demuestran que Averroes se encontraba muy lejos de la irreligiosidad que le atribuyeron sus adversarios en Oriente y en Occidente.

M. M. Moreno

Avicebrón

(Šĕlomó ibn Gabirol). N. en Málaga en 1020-21, m. en Valencia en 1058 (según otras fuentes en 1069-70), asesinado — dice la leyenda — por un poeta árabe envidioso.

Hasta el siglo pasado, Avicebrón, autor de la Fuente de la vida (v.), era con­siderado como un filósofo árabe cristiano español, pero en 1857, S. Munk, en Mélanges de philosophie juive et arabe, publicó una antigua versión hebraica parcial de Fuente de la vida (escrito originariamente en árabe y conocido a través de la versión latina de Domenico Gundissalino).

El tra­ductor hebreo, Sem Tob ibn Falachera, ci­taba como autor de la obra al gran poeta de Málaga, que con Judá Levita e Ibn Ezra forman el máximo triunvirato de la líricahebrea medieval. La escolástica latina, inte­resándose sólo por la obra filosófica y deformando en Avicebrón el nombre de Ibn Gabirol, había dado origen al curioso des­doblamiento, favorecido por la variedad de temas usados por Avicebrón y por la brevedad de su vida.

Muy joven, se había trasladado a Za­ragoza, donde obtuvo la amistad y la pro­tección de Semu’el ha-nagid; poseyó una inspiración precoz y melancólica, a causa de sus muchos dolores físicos y de las des­venturas familiares. A los 16 años se lamen­taba ya de su vejez y escribía algunas de sus mejores poesías, celebrando a la natu­raleza y cantando a sus amigos (sobre todo a Jekultiel ibn Hasan de Zaragoza).

Recla­mado de ciudad en ciudad a causa de su fama y de sus numerosas amistades, alter­naba la lírica — en la que también fue téc­nicamente un innovador, introduciendo en hebreo la variedad de metros árabes — con la producción gnómica y filosófica: en ára­be el Mukhtar al-Giawahir [Selección de perlas], colección de sentencias morales, el Kitab Islaln al-akhlaq [El perfeccionamiento de las cualidades del alma], y la obra prin­cipal, Fuente de la vida; en hebreo la Keter Malkuth (v. Corona real), en la que la poesía de los Salmos y la visión meta­física neoplatónica se funden en un lírico itinerario hacia Dios de profunda sugestión.

La muerte de Semu’el ha-nagid (1055) causó acerbo dolor a Avicebrón y a partir de entonces sólo escribió poesías religiosas, muchas de las cuales han entrado a formar parte de la liturgia sinagogal: recordemos, en el rito italiano, «l’Adon’ ólam» [Señor del mundo] y el llamado «Símbolo de Maimónides», poé­tica formulación de los 13 artículos de fe del judaísmo.

La autenticidad de algunas poesías y obras menores no es, con todo, muy segura. Su pensamiento filosófico, esca­samente judaico y estrechamente vinculado al de Plotino, tuvo amplia difusión en Occi­dente y nutrió la filosofía franciscana, que incorporó algunos de los temas esenciales del voluntarismo y de la inspiración mística de Avicebrón.

P. De Benedetti

Aviano

No poseemos ninguna noticia segura acerca de este autor de fábulas lati­nas. También ha sido objeto de controversia su nombre, y la variante de Avieno, que ha sido encontrada en algunos manuscritos, lo ha hecho confundir con Rufo Festo Avieno, el traductor de los Fenómenos (v.) de Arato.

Si el Teodosio a quien dedicó sus cuarenta y dos Fábulas (v.) es Macrobio Teodosio, autor de las Saturnales (v.), Aviano debió desenvolver sus actividades a finales del siglo IV y comienzos del siglo V d. de C. Su manera estilística y métrica corres­ponde, por lo demás, a un escritor de la decadencia latina.

Johannes Thurmair Aventinus

Nombre latino de Johannes Thurmair, n. el 4 de julio de 1477 en Abensberg (Baviera), m. en Ratisbona el 9 de enero de 1534.

Estudió en Ingolstadt, Viena, Cracovia y París; fue discípulo y amigo de Conrado Celtis. En 1507, él duque Guillermo de Baviera, hijo del difunto duque Alberto IV, lo llamó a la corte como preceptor de sus dos pequeños hermanos, Luis y Ernesto, y desempeñó esta misión durante diez años.

Durante aquel período escribió una elogiadísima Grammatica latina para sus alumnos (1512). En 1517, el duque Guillermo lo nombró historiador de corte y lo proveyó de cartas de reco­mendación para todos los archivos y biblio­tecas de su estado.

Pudo así compilar los Anales bávaros (v.) en latín, que no quiso dar a la imprenta; publicó, por el contra­rio, un breve resumen de ellos en alemán en 1522. Después de su muerte, apareció en 1566 la Bayerische Chronik, traducción ale­mana de los Anales, dirigida por el mismo Aventinus Los Anales, que son, a pesar de su título, una historia universal, pueden considerarse como la primera obra de la historiografía moderna alemana.

La Bayerische Chronik contiene notables valores estilísticos y el lenguaje de Aventinus anuncia ya el de Lutero: declara que quiere escribir en el viejo ale­mán y no en la prosa latinizante de los humanistas contemporáneos suyos.

Aventinus no se adhirió nunca a la Reforma de un modo abierto; pero sus simpatías se encaminaban en aquella dirección. Y por esta razón, en 1528, fue separado de su cargo por Guillermo de Wittelsbach; a continuación, le llamó el canciller Von Eck a Ingolstadt, pero murió antes de llegar a su nueva resi­dencia.

De sus obras son también dignas de recuerdo Chronícon, sive anuales Schirenses, una crónica del convento de Scheriern, escrita en 1517, pero que no se publicó hasta 1600, y la Imperatoris Henrici IV vita (1518).

C. Gundolf

Richard Heinrich Ludwig Avenarius

Nacido en París el 10 de noviembre de 1843, m. en Zurich el 18 de agosto de 1896. La vida de este típico profesor alemán de filosofía carece de interés anecdótico, y se concen­tra en la elaboración y difusión de aquel «empirocriticismo» del que Avenarius, al mismo tiempo que Mach, pero independiente­mente de éste, fue el fundador.

Estudió en Leipzig, donde logró y practicó la docen­cia desde 1876. Allí figuró entre los funda­dores de la Akademisch-Philosophische Verein (Sociedad académico-filosófica) y fue el primer director del Vierteljchrsschrift für wissenschaftliche Philosophie, que llegó a ser el órgano de su escuela. También en Leipzig escribió y publicó su primera obra, que le dio inmediatamente amplia notorie­dad, la Filosofía como concepción del mun­do (v.).

Llamado a la Universidad de Zu­rich en 1887, allí profesó hasta su muerte. En Zurich compuso, o dio la redacción defi­nitiva, a otras obras de mayor empeño, como la gran Crítica de la experiencia pura (v.), publicada entre 1888 y 1890, y El con­cepto humano del mundo (v.), publicado en Leipzig en 1891.

G. Preti