(Avancinus). Nacido el 1.° de diciembre de 1611 en Brez, en la diócesis de Trento; m. el 6 de diciembre de 1686 en Roma. Avancini es uno de los más notables representantes del teatro jesuítico en lengua latina que floreció en Austria y en Alemania meridional en el siglo XVII.
Las fechas de su vida señalan las etapas de una afortunada carrera eclesiástica. Ingresado en la Compañía de Jesús en 1627, enseñó en Graz y en Viena. A partir de 1664 fue rector de diversos colegios, entre ellos, el de Passau.
Tras un viaje a Roma, fue nombrado en 1672 visitador de la provincia de Bohemia. Volvió a Roma en 1682 para la elección del duodécimo general de la Compañía, y en esta ciudad quedó como asistente de alemania hasta su muerte.
Entre las misiones que se confiaban a los profesores de las clases superiores de las escuelas jesuíticas, había la de escribir dramas en latín, representados por los estudiantes con motivo de la clausura del año escolar o en grandes solemnidades, con intervención de los nobles benefactores del colegio, de los parientes de los alumnos y de otros invitados.
En Viena, en especial, por la presencia de la corte, adquirían el aspecto de auténticos acontecimientos artísticos y mundanos. Durante más de cuarenta años, Avancini pobló la escena con sus héroes acompañados del cortejo barroco de visiones, ballets y coros angélicos o demoníacos.
El éxito mayor lo consiguió con la Pietas victrix (v.); representada en Viena para los «ludi cesarei» de 1659, asistieron a la representación cerca de 3.000 espectadores, número verdaderamente extraordinario para espectáculos de tal género.
Además de numerosos dramas, veintisiete de los cuales se encuentran reunidos en cinco volúmenes de la Poesía dramática (1655-85), escribió odas latinas (reunidas en Hecatombe odarum, 1651), obras teológicas (Conclusiones theologicae, 1670) y hagiográficas, oraciones sacras y un libro de meditaciones que tuvo amplísima difusión: Vita et doctrina Jesu Christi.
Más que verdadero talento de poeta, poseía el genio del espectáculo: supo extraer del aparato teatral todos los posibles efectos de lo trágico y lo cómico, de lo horroroso y de lo maravilloso, adecuándolo a los fines de una conmoción edificante.
Su fantasía barroca tenía la virtud de transformarlo todo en representación: conceptos teológicos y políticos, virtudes y vicios, contrastes de sentimientos e ideas; a lo que añadía un lenguaje que sus contemporáneos calificaron de «mascula vivacitas».
M. Spagnol

