Raquel

Con su nombre, más que con su apellido, Blaustein, ingresó en la literatu­ra hebrea una de las más notables poetisas modernas. Nació en Poltava (Rusia) el 20 de septiembre de 1890 y murió en Tel Aviv el 16 de abril de 1931. A los quince años com­ponía ya versos en ruso, aunque su mayor afición la constituyera entonces la pintura. Habiéndose trasladado en 1909 a Palestina, todavía ignorante del hebreo, vivió al prin­cipio en Rehovoth, donde aprendió de los niños del asilo la lengua de sus antepasados: vivió feliz) después, hasta 1913, en el «kibbuz» de Degania, donde brotaron sus prime­ros versos hebreos: A mi tierra [’El árzi], Sobre el aire [’Al ha-goren]. La sorprendió en Rusia la primera Guerra Mundial y vol­vió a Palestina en 1920, enferma de tuber­culosis. El presentimiento de un próximo fin, la sensación de la inutilidad de la vida dieron a su lira una nota de descorazona­miento y de tristeza, que determinaron que fuera definida por los críticos como «la poetisa del dolor». Algunas poesías de Raquel, a las que se les ha puesto música, corren hoy en boca de la juventud de Israel.

R. Elia

Años de Tuna, Jean Paul

[Flegeljahre]. Novela de Jean Paul (Jean Paul Richter, 1763-1825), en cuatro volúmenes, aparecidos los tres primeros en 1804 y el cuarto en 1805. Per­tenece a la mejor y más importante produc­ción del artista, y es sin duda su más ge­nial y rica obra humorística, alejada tanto de la sátira juvenil como de lo grotesco de la edad sucesiva. El joven notario Walt, hijo del alcalde de un lugar alemán, se en­cuentra, al abrirse el testamento del an­ciano señor von Kabel, heredero universal del mismo en perjuicio de los decepciona­dos parientes del difunto. Pero el testamen­to contiene varias cláusulas, a las que Walt debe someterse, antes de adquirir la pose­sión de la herencia. Deberá, entre otras co­sas, vivir una semana en casa de cada uno de los parientes desheredados, ejercer du­rante tres meses su profesión de notario, afinar pianos durante todo un día, revisar doce galeradas de una revista; y los errores que cometa en sus actas notariales y en las pruebas, tanto como las cuerdas que rompa al afinar los pianos, serán señalados por los ojos vigilantes de los parientes deshereda­dos del muerto, porque corresponderán a trozos de terreno y troncos de árboles que Walt deberá cederles. Además, de seducir a una muchacha, perderá una sexta parte del capital; y perderá además una cuarta parte si comete adulterio.

Walt, natural­mente, acepta. Sin embargo, la ejecución de las cláusulas sólo constituye la trama ex­terna de la novela. Su verdadera sustancia radica en la representación — a un tiempo emocionada y humorística, lírica e iróni­ca — de la vida alemana de provincias, re­cogida en torno a las relaciones personales entre Walt y su hermano gemelo Vult, que ha huido de su casa como tocador de flauta y de quien, desde hace tiempo, no se tiene la menor noticia. Éste reaparece inespera­damente, al iniciarse la novela, y tras haberse detenido en la taberna del Cangrejo Blando — donde se entera del testamento —, y haberse dirigido a su pueblo natal, Elterlein —donde, escondido entre las ramas de un manzano próximo a su casa, ve en la habitación iluminada a su padre, a su ma­dre, Verónica, y a Galdine, la hermosa jorobadita judía acogida por la familia, porque Walt solía decir que «era una pequeña joya» —, reemprende el viaje para prote­ger a Walt en el curso de sus experiencias. Walt tiene «alma de poeta, cándida e igno­rante», es el soñador ingenuo y sensitivo, y difícilmente saldría de los peligros de la vida si no le asistiese el «salvaje Vult», que con su experiencia del mundo — aun no habiendo conseguido moderar su sangre — se ha acostumbrado, sin embargo, a consi­derar la realidad con escéptica inteligencia y con mordaz ironía. Durante el viaje, en una taberna de pueblo, se produce el pri­mer encuentro: al ponerse el sol Vult toca la flauta: y los dos hermanos se reconocen y se abrazan. Luego el asunto de la novela empieza a transcurrir.

Y de cerca o de le­jos, la afectuosa y vigilante asistencia de Vult — ya manifiesta, ya oculta — cumple su función preservadora. Pero son natura­lezas que se integran y completan, por lo cual tan pronto se sienten atraídas entre sí como se rechazan de nuevo alejándose. De esto deriva en toda la novela un continuo fluctuar de distintos estados de ánimo, a menudo muy mixtos y compuestos. Basta la admiración de Walt por el hermoso y vacío conde Clotario para que el alma de Vult se suma en los celos más negros; pero estos celos son causa de bienes, porque su epílo­go es, sin duda, la escena más sugestiva y sabrosa, cuando los dos hermanos se recon­cilian junto a la ventana, a la luz de la luna y Walt está temblando de tierna emo­ción y también Vult siente que las lágrimas le asoman a los ojos y, para que no se dé cuenta, se coloca detrás del hermano, le trenza la coleta y le impide que se vuelva haciéndole tener con la boca el extremo de la cinta. Pero la causa de mayor turbación es, naturalmente, una muchacha, Vina, la dulce hija del general polaco Zablockl, a quien quieren ambos hermanos. Disfrazado con la máscara de su hermano, durante un baile, Vult se cerciora de que no es él el preferido por la muchacha, sino Walt. Y entonces decide marchar sin decir nada a nadie. «Vult tomó su flauta y salió, tocan­do, de la habitación, descendió las escale­ras, se alejó de la casa y se dirigió hacia el Correo. Aún desde la calle, Walt escuchó la lejana melodía; no se dio cuenta de que, con aquellos sones, era su hermano quien se alejaba». Así termina la novela; pero ningún resumen puede dar idea de ella, por lo variada que es de colores y tonos, imprevisible y multiforme en su desarrollo. El estilo de Jean Paul consigue, sin duda, la mayor finura de tintas; y la inspiración se manifiesta con la mayor facilidad. El mismo Jean Paul decía de la novela que «en ella todo le era familiar, como una habitación acogedora o un diván cómodo».

G. Gabetti

Porfirio de Tiro

Nació en Tiro en 233 y murió en Roma (?) en 301-304, es el fidelísimo Eckermann de Plotino, el más grande neo- platónico, autor de una interesante Vida de Plotino y de otros muchísimos escritos que revelan una fuerte personalidad intelectual y moral: «doctissimus philosophorum» (San Agustín). Fenicio de nacimiento, vagabun­deó por Oriente hasta que se afincó en Roma, en la escuela de Plotino, y agitó con su carácter entusiasta su silenciosa disci­plina, hasta el punto de impulsar a Plotino, que se mostraba reacio, a escribir las Enéadas (v.), la obra inmortal, de la que él mismo fue editor y exégeta después de la muerte de Plotino. Había sido precisamente Plotino quien alejó de sí a su fiel discípulo, porque éste, a causa del exceso de trabajo o por otros motivos, se había vuelto tan melancólico que pensaba en el suicidio. El maestro le había exhortado a que viajara. Porfirio obedeció y marchó a Sicilia, donde reci­bía periódicamente los manuscritos en los que se iba dibujando el cuadro de las Enéadas. Pero Porfirio no es solamente el filósofo neoplatónico.

Es también una personalidad compleja y vasta que dedicó sus afanes al estudio de la Gramática, de la Retórica, de la Historia, de la Astronomía y de la Me­dicina. En la Suda encontramos un reper­torio, aun incompleto, de sus obras. Bidez cuenta sesenta y siete. Plotiniano de espí­ritu, hasta el punto de poderse calificar como el primer comentarista de las Enéadas, es el Primer paso hacia los inteligibles, una especie de resumen en fórmulas de las ideas fundamentales de la escuela. De sabor pita­górico es el tratado sobre La abstinencia de carne dirigido a Castricio, que había vuelto al uso de la carne proscrita por el asce­tismo de Plotino; se expresa en esta obra un motivo más alto: la censura hacia los sacrificios cruentos. A nosotros nos interesa la obra por la parte doxográfica, que nos ilustra sobre las opuestas opiniones en la materia, y por el vigor dialéctico con que se manifiesta la personalidad del autor, que preconiza un culto a la divinidad total­mente espiritual. Pero la obra más famosa históricamente, fruto de su estancia en Si­cilia, como la anterior, es la Isagoge (v.), introducción a las categorías de Aristóteles, que dará origen, a través de Boecio, al problema medieval de los universales.

De su Historia de la filosofía en cuatro libros conservamos solamente fragmentos sobre Platón y el platonismo, en el que está en­cerrada toda la verdad para Porfirio, con un trozo importante, aunque mutilado, perte­neciente al primer libro sobre la Vida de Pitágoras (v.), motivo caro a los que más que platónicos eran teósofos, como Apolonio de Tiana, primero, y Jámblico más tar­de. Fragmentaria también nos ha llegado, a través de Eusebio, la Filosofía de los orácu­los que nos hace recordar los mucho más serios tratados píticos de Plutarco, y nos conserva algunos textos de los oráculos: con estas pretendidas revelaciones, dogmatizaba Porfirio una religión privada de dogmas en sí misma. De su gusto orientalizante da mues­tras la obra Sobre las estatuas, en la que defiende Porfirio el culto pagano e inicia una concepción de los dioses metódicamente en­lazada con aquel estoicismo ya orientado astrológicamente según una simbólica alego­ría de la Naturaleza. Siguen después obras que, como la juvenil Investigaciones homé­ricas, reflejan tal vez dos nuevos elemen­tos, la alegoría que Filón había aplicado a la Biblia y Porfirio aplica a Homero y la conci­liación entre Homero y Platón, que llegará a su ápice en Proclo, sellando, con esta aproximación simbólica, el final de un mun­do.

Igualmente El antro de las ninfas en la Odisea es una exégesis alegórica de la Odisea XIII w. 102-112: el antro ameno, oscuro, sagrado para las Náyades, que tejen telas purpúreas, entre fuentes perennes, es símbolo del mundo. Porfirio atribuye a Homero una filosofía propia en una obra perdida que tiene precisamente este título y, anticipándose en muchos siglos a Fenelón, es­cribió Sobre el provecho que los reyes pue­den sacar de Homero. En estas ingenuas exaltaciones del inmortal poeta, Porfirio reaccio­naba, en nombre del neoplatonismo, contra la severidad de Platón con respecto a los poetas. Una especie de testamento espiri­tual, muy humano, es la carta A Marcela, la prudente viuda, ya madre de seis hijos con la que Porfirio había contraído matrimonio: es una especie de breviario de vida moral y religiosa, basada en conceptos que tienen gran afinidad con el cristianismo: fe, ver­dad, amor y esperanza. Y sin embargo, este hombre sabio y piadoso fue un acendrado enemigo de los cristianos, y, quizá, un consejero de las persecuciones de Diocleciano.

La obra Contra los cristianos (v.) en quince libros (268) constituye la diana de las nue­vas y metódicas persecuciones; mucho más seria que el libelo de Celso y que las chan­zas de Luciano, será prohibida y destruida por el cristianismo triunfante y le valdrá al autor aquella rabiosa frase de San Jeró­nimo: «Sceleratus ille Porphyrius». En rea­lidad, Porfirio, a diferencia de su gran maestro Plotino, que deja a los cristianos severa­mente solos, fue un enemigo fanático de éstos. Aunque poseamos de Celso los frag­mentos extraídos de la gran respuesta de Orígenes (del que Porfirio fue probablemente dis­cípulo en Cesárea), no estamos en dispo­sición de completar, con los textos anticristianos de él, la apasionada figura de este filósofo y filólogo, oscilante siempre entre la dialéctica y la teurgia, entre la piedad y el odio, hijo de Plotino y hermano espiritual del emperador Juliano.

V. Cilento

Lucio Pomponio

Escritor latino, autor de Atelanas (v.)> nació en Bolonia. Vivió en­tre los siglos II y I a. de C. y es poco más antiguo que su colega Novio: su actividad literaria había comenzado ya alrededor del año 100. No han quedado noticias de su vida y también la obra se ha perdido total­mente, aunque las atelanas gozaron de gran popularidad hasta la época imperial y sólo podemos adivinar los temas mediante los setenta títulos que nos son conocidos. Pomponio trató asuntos muy variados, contrariamente a Novio, y tuvo quizá mayores ambiciones literarias.

F. Codino

Manuel Payno y Flores

Novelista mexicano nació en la ciudad de México en 1810 y murió en 1894. Uno de los continuado­res de Fernández de Lizardi, es realmente el introductor en México de la novela folle­tinesca, y pese a su truculencia y falta de medida, es un costumbrista ameno de sin­gular interés. Fue empleado de Hacienda y llegó a ministro (1850); desempeñó car­gos diplomáticos, luchó contra los invasores norteamericanos, sufrió la persecución de Santa Anna y la terrible enemistad de Altamirano, con motivo de su intervención en el gobierno de Comonfort. Fue acusado de conspiración con motivo de la intervención francesa y reconoció después al Imperio.

Su obra más representativa es Los bandidos de Río Frío (v.), que escribió y publicó en la última década de su vida; pero entonces era ya famoso por sus publicaciones ante­riores, sobre todo El fistol del diablo (1845- 1846), novela aparecida en la Revista Cien­tífica y Literaria, extenso folletín corregido y aumentado posteriormente; El hombre de la situación (1861), novela costumbrista que pierde en interés lo que gana en pre­tensión; y Tardes nubladas (1871), colec­ción de novelas cortas y cuentos. Lo pintoresco, lo ameno y lo exacto en el reflejo de las costumbres es lo que más interesa, y sigue aún interesando, de la obra narra­tiva de este curioso «ingenio de la Corte».

J. Sapiña