Porfirio de Tiro

Nació en Tiro en 233 y murió en Roma (?) en 301-304, es el fidelísimo Eckermann de Plotino, el más grande neo- platónico, autor de una interesante Vida de Plotino y de otros muchísimos escritos que revelan una fuerte personalidad intelectual y moral: «doctissimus philosophorum» (San Agustín). Fenicio de nacimiento, vagabun­deó por Oriente hasta que se afincó en Roma, en la escuela de Plotino, y agitó con su carácter entusiasta su silenciosa disci­plina, hasta el punto de impulsar a Plotino, que se mostraba reacio, a escribir las Enéadas (v.), la obra inmortal, de la que él mismo fue editor y exégeta después de la muerte de Plotino. Había sido precisamente Plotino quien alejó de sí a su fiel discípulo, porque éste, a causa del exceso de trabajo o por otros motivos, se había vuelto tan melancólico que pensaba en el suicidio. El maestro le había exhortado a que viajara. Porfirio obedeció y marchó a Sicilia, donde reci­bía periódicamente los manuscritos en los que se iba dibujando el cuadro de las Enéadas. Pero Porfirio no es solamente el filósofo neoplatónico.

Es también una personalidad compleja y vasta que dedicó sus afanes al estudio de la Gramática, de la Retórica, de la Historia, de la Astronomía y de la Me­dicina. En la Suda encontramos un reper­torio, aun incompleto, de sus obras. Bidez cuenta sesenta y siete. Plotiniano de espí­ritu, hasta el punto de poderse calificar como el primer comentarista de las Enéadas, es el Primer paso hacia los inteligibles, una especie de resumen en fórmulas de las ideas fundamentales de la escuela. De sabor pita­górico es el tratado sobre La abstinencia de carne dirigido a Castricio, que había vuelto al uso de la carne proscrita por el asce­tismo de Plotino; se expresa en esta obra un motivo más alto: la censura hacia los sacrificios cruentos. A nosotros nos interesa la obra por la parte doxográfica, que nos ilustra sobre las opuestas opiniones en la materia, y por el vigor dialéctico con que se manifiesta la personalidad del autor, que preconiza un culto a la divinidad total­mente espiritual. Pero la obra más famosa históricamente, fruto de su estancia en Si­cilia, como la anterior, es la Isagoge (v.), introducción a las categorías de Aristóteles, que dará origen, a través de Boecio, al problema medieval de los universales.

De su Historia de la filosofía en cuatro libros conservamos solamente fragmentos sobre Platón y el platonismo, en el que está en­cerrada toda la verdad para Porfirio, con un trozo importante, aunque mutilado, perte­neciente al primer libro sobre la Vida de Pitágoras (v.), motivo caro a los que más que platónicos eran teósofos, como Apolonio de Tiana, primero, y Jámblico más tar­de. Fragmentaria también nos ha llegado, a través de Eusebio, la Filosofía de los orácu­los que nos hace recordar los mucho más serios tratados píticos de Plutarco, y nos conserva algunos textos de los oráculos: con estas pretendidas revelaciones, dogmatizaba Porfirio una religión privada de dogmas en sí misma. De su gusto orientalizante da mues­tras la obra Sobre las estatuas, en la que defiende Porfirio el culto pagano e inicia una concepción de los dioses metódicamente en­lazada con aquel estoicismo ya orientado astrológicamente según una simbólica alego­ría de la Naturaleza. Siguen después obras que, como la juvenil Investigaciones homé­ricas, reflejan tal vez dos nuevos elemen­tos, la alegoría que Filón había aplicado a la Biblia y Porfirio aplica a Homero y la conci­liación entre Homero y Platón, que llegará a su ápice en Proclo, sellando, con esta aproximación simbólica, el final de un mun­do.

Igualmente El antro de las ninfas en la Odisea es una exégesis alegórica de la Odisea XIII w. 102-112: el antro ameno, oscuro, sagrado para las Náyades, que tejen telas purpúreas, entre fuentes perennes, es símbolo del mundo. Porfirio atribuye a Homero una filosofía propia en una obra perdida que tiene precisamente este título y, anticipándose en muchos siglos a Fenelón, es­cribió Sobre el provecho que los reyes pue­den sacar de Homero. En estas ingenuas exaltaciones del inmortal poeta, Porfirio reaccio­naba, en nombre del neoplatonismo, contra la severidad de Platón con respecto a los poetas. Una especie de testamento espiri­tual, muy humano, es la carta A Marcela, la prudente viuda, ya madre de seis hijos con la que Porfirio había contraído matrimonio: es una especie de breviario de vida moral y religiosa, basada en conceptos que tienen gran afinidad con el cristianismo: fe, ver­dad, amor y esperanza. Y sin embargo, este hombre sabio y piadoso fue un acendrado enemigo de los cristianos, y, quizá, un consejero de las persecuciones de Diocleciano.

La obra Contra los cristianos (v.) en quince libros (268) constituye la diana de las nue­vas y metódicas persecuciones; mucho más seria que el libelo de Celso y que las chan­zas de Luciano, será prohibida y destruida por el cristianismo triunfante y le valdrá al autor aquella rabiosa frase de San Jeró­nimo: «Sceleratus ille Porphyrius». En rea­lidad, Porfirio, a diferencia de su gran maestro Plotino, que deja a los cristianos severa­mente solos, fue un enemigo fanático de éstos. Aunque poseamos de Celso los frag­mentos extraídos de la gran respuesta de Orígenes (del que Porfirio fue probablemente dis­cípulo en Cesárea), no estamos en dispo­sición de completar, con los textos anticristianos de él, la apasionada figura de este filósofo y filólogo, oscilante siempre entre la dialéctica y la teurgia, entre la piedad y el odio, hijo de Plotino y hermano espiritual del emperador Juliano.

V. Cilento