Polly

[Mr. Polly]. Protagonista de la novela Historia de Míster Polly (v.), del escritor inglés Herbert G. Wells (1866-1947). En míster Polly, Wells traza la apoteosis del pequeño burgués del siglo XX. «Cria­tura débil y obstinada, perpetuamente em­peñada en seguir espejismos por caminos absurdos — en aquel símbolo Mr. Polly po­día reconocerse a sí mismo y a todos los males de la humanidad».

En su caso par­ticular, los males son un modesto almacén de paños que no rinde, una digestión di­fícil y una esposa que no le comprende. Polly tiene algo de la frustración de Kipps (v.); hay en él un sentido poético que en su juventud le había impulsado a contem­plar las estrellas en las noches de invierno sin luna, pero que en su madurez sólo halla expresión en una caprichosa verbo­rrea. Es un soñador que siempre ha anhe­lado poseer cosas tiernas y abigarradas, por instintivo odio a la vida dura y labo­riosa. Las cosas que más ansia son la com­pañía y el goce, y precisamente ambas faltan por completo en el ritmo de su jor­nada de vendedor de paños.

Al final, las preocupaciones económicas y el desastre personal le llevan a pique de pegar fuego a su tienda y suicidarse en medio de las llamas. Pero un hombre como Mr. Polly no puede llegar a gestos definitivos, por lo que sólo logra poner en práctica la pri­mera parte de su plan, el incendio del al­macén, pero cambia de idea en cuanto al suicidio. Sin embargo, tras haber alcanza­do en esa forma la liberación de las cir­cunstancias que le abrumaban, le parece fácil dar el paso siguiente, o sea abando­nar a su mujer para ponerse a vagar por el campo en espera de los acontecimientos que no pueden dejar de producirse en una vida sin amarras. Pero al final, luego de no pocas aventuras, gustará precisamente de hallar una amarra tranquila y satis­factoria en el «bar» de un mesón campe­sino con cuya gruesa y afectuosa patrona ha logrado simpatizar.

M. Dodderidge, B. A.

Polonio

[Polonius]. Personaje de Hamlet (v.), tragedia de William Shakespeare (1564-1616). Es un grave hombre político, hábil expositor de consejos políticos y fe­cundo inventor de estratagemas, tan ena­morado de su arte de gobierno que con igual lealtad sirve al rey nuevo y usurpador que al antiguo y legítimo: lo que le importa es únicamente el juego político: «Sé fiel a ti mismo — dice — y como consecuencia se seguirá, como la noche sigue al día, que no podrás ser desleal para con nadie».

Para él la política rebasa la moral y la con­ciencia; sólo respeta el éxito. En el clima trágico del drama, ese prudente consejero de Estado está destinado a un papel grotes­co, por cuanto se entromete en un asunto demasiado por encima de su comprensión mundana y acaba lamentablemente atrave­sado por la espada de Hamlet (v.), detrás de una cortina. Pero Polonio permanece en nuestro recuerdo sobre todo como expre­sión de una cordura paternal característi­ca de un siglo totalmente dedicado a la clara y objetiva visión de las cosas. Su discurso a su hijo Laertes, en el momento en que éste se dispone a dejarle, reúne en una larga serie de consejos toda una experiencia de hombres y de hechos per­fectamente razonada e íntimamente rígida.

Son las palabras de un padre convencido de haber encontrado la razón de toda aven­tura humana, de poseer su más íntimo me­canismo y de poder por lo tanto ofrecer a su hijo la fórmula de la vida, límpida y precisa como una página del Príncipe (v.) de Maquiavelo. Tras tanta luminosa pre­visión, la muerte de Polonio asume un tono de comicidad más profunda, que roza la oculta tragedia de una cultura y de una época.

M. Praz

Polifemo

Hijo de Poseidón, pertenecía a la raza monstruosa de los Cíclopes salvajes, que en la mitología griega eran imaginados como gente aparte del mundo civilizado y entregada a una vida primitiva de pastores (y por lo tanto, distintos de aquellos tres hijos de la Tierra y del Cielo llamados también Cíclopes, que ayudaban a Hefesto en su fragua y que ha­bían construido las murallas «ciclópeas» que defendían algunas ciudades del Peloponeso).

En el libro IX de la Odisea (v.) los Cíclopes viven en una isla desierta de hombres, y Polifemo permanece apartado incluso de sus semejantes. Figura feroz y grotesca, Polifemo encierra en su caverna a Ulises (v.) y a sus compañeros, a algu­nos de los cuales devora. Es famosa la es­tratagema gracias a la cual Ulises logra escapar de él, tras haberlo embriagado y cegado: de ese modo los griegos pueden salvarse, ocultándose entre las ovejas que salen a pacer. El Polifemo homérico no ca­rece de algún rasgo humano, entre cómico y patético, cuando se dirige con tiernas y afectuosas palabras al mayor de sus car­neros, precisamente aquel bajo el cual se esconde Ulises.

De esa aventura, en la Odi­sea, derivan las sucesivas peripecias del protagonista, que es perseguido por Poseidón en castigo de haberle cegado al hijo. La figura de Polifemo, sea como fuere, con­servó siempre cierta comicidad y por ello fué un personaje favorito de la comedia antigua y del drama satírico. En El Ciclope (v.), drama satírico de Eurípides (480-406 a. de C.) que ha llegado hasta nosotros, se refiere la aventura de Ulises, renovándola y adaptándola a la escena mediante un desarrollo dramático más complejo y con la presencia de alegres y despreocupados sátiros. En esta obra Polifemo es más re­finado y mundano, más glotón que feroz y víctima digna del Ulises modernizado de Eurípides.

Hacia la misma época, el mito de Polifemo experimentó una modificación radical, sin duda bajo el influjo de nue­vas leyendas populares, y así en la come­dia nueva y en la poesía helenística le hallamos convertido en un personaje romántico, aunque grotesco, musical y ena­morado de la nereida Galatea. Especial­mente la literatura helenística se complugo en versificar los desdichados amores de Po­lifemo. En un idilio de Teócrito el cíclope se ha convertido en un pastor inocente y sentimental, embargado por su amor hacia Galatea, a la que intenta conquistar con sus dones o con otras artes propias de los amantes desdichados y tenaces. Otros poe­tas dieron a su historia un final trágico, en el que reaparecía algo del antiguo cíclope homérico, ya que Polifemo tenía un rival, el joven Acis, a quien daba muerte un día arrojándole una roca.

En los poetas latinos la historia de Polifemo es tratada a veces como un simple motivo literario, derivado de la poesía bucólica tradicional, pero otras veces se reaviva con elementos nuevos y populares, cada vez más alejados del mo­delo homérico. También se llamó Polifemo uno de los lapitas de Lar isa, en Tesalia, en­viado y amigo de Heracles, el cual tomó parte en la expedición de los Argonautas.

F. Codino

Polieuctes

[Polyeuctej. Protagonista de la tragedia de su nombre (v.) de Pierre Corneille (1606-1684), Polieuctes es el cris­tiano que asciende al martirio tras haber vencido los más tiernos afectos humanos.

Cuando, gracias al bautismo, su alma se abre por entero a las verdades de la fe, Polieuctes se entera de que vive todavía el hombre a quien su esposa amó antes que a él. Y aunque él sigue enamorado de aquélla, a quien quiere «mucho más que a mí. mismo», pero «mucho menos que a mi Dios», logra dominarse y dejársela a su rival, mientras él se dirige al martirio. Su amor por Dios comprende y absorbe su amor por Paulina (v.), y de hecho, la re­nuncia se cumple con el ardiente voto de que ella sea a su vez iluminada por la gra­cia y le siga, como en efecto acontece, ya que el afecto de Paulina se trueca en ar­diente amor ante el exultante espectáculo de la fe de su marido.

Completamente hu­mano, pero dominador de su humanidad por la virtud que le viene del Cielo y a la que se adhiere plenamente su lúcida vo­luntad, el Polieuctes corneliano se con­vierte en un personaje más tierno, más amoroso y menos decidido en el melodrama de Salvatore Cammarano, con música de Donizetti (1840), y en el de Barbier y Carré, con música de Gounod (1879).

Y. Lugli

Polidoro

Hijo de Príarno (v.) y de Laotea, y hermano de Licaón, aparece fugazmente en el canto XX de la Ilíada (v.), así como en otras leyendas de la poesía antigua.

En la Ilíada se narra que, a causa de su juventud, su padre le ha prohibido tomar parte en los combates, pero a pesar de ello sigue un día a las tropas troyanas y es muerto por Aquiles (v.). Ulteriormente, su historia recibió diversas elaboraciones, conservando siempre su ca­rácter patético y trágico, y la figura de Polidoro fué trasladada a Tracia, lejos del teatro de la guerra, junto a Polimnéstor, su huésped y más tarde su asesino.

Esta leyenda (que luego aprovecharon Pacubio, en la tragedia Iliona, hoy perdida; Virgilio, en la Eneida, III, y Ovidio en sus Metamor­fosis, XIII, etc.) desempeña un papel im­portante en la Hécuba (v.) de Eurípides (480-406 a. de C.). En esta tragedia Poli- doro es hijo de Hécuba (v.) y no aparece vivo en escena, sino que su cadáver es arrojado por las olas a las costas del Quersoneso de Tracia, donde se desarrolla la acción, y es llevado a Hécuba precisamen­te en el momento de la caída de Troya, después del sacrificio de Polixena. A la tragedia de Eurípides interesa sólo la te­rrible venganza de Hécuba que hace cegar a Polimnéstor y dar muerte a sus hijos.

Pero la sombra de Polidoro es la que pone en marcha la acción del drama, cuyo pró­logo recita, narrando lo ya acontecido y anunciando lo que ocurrirá en la tragedia, en la cual — dice — la madre verá los ca­dáveres de sus dos hijos. En realidad, el argumento de Hécuba no es más que esto: la desesperación y la venganza de la ma­dre. Mientras el Polidoro de la Ilíada, hé­roe desventurado de un solo combate, es una figura completa y autónoma en su aparición rapidísima pero llena de detalles piadosos y simpáticos (Polidoro es uno de los muchos héroes de vida breve y gloriosa, que perecen en seguida en la bata­lla), el personaje de Eurípides posee sólo el patetismo de su muerte cruel y com­parece ya como mera sombra para poner una nota lúgubre en una tragedia que no es la suya.

El destino de Polidoro como personaje poético, después de Homero, fue el de interesar sólo por los afectos que su fin suscita en otros. Así, en el famoso epi­sodio virgiliano (Eneida, III), la voz del difunto Polidoro es ante todo una invita­ción a Eneas (v.) para que reflexione sobre las consecuencias de la avaricia («¡Qué no cometen los hombres por tu culpa, maldita hambre del oro!») y para que se dé cuenta de la insegura soledad que le impulsa a buscar una nueva patria.

F. Codino