Pozdnysev

Protagonista de la novela La sonata a Kreutzer (v.), de León Tolstoi (Lev Nikolaevič Tolstoj, 1828-1910). Por boca de este personaje, a quien el autor finge encontrar en un viaje en ferrocarril, nos es narrada la trágica aventura, acompañada de consideraciones que pretenden ser la justificación psicológica del uxorici­dio.

El autor atribuye a Pozdnysev sus pro­pias ideas sobre el matrimonio y sobre la moral sexual, negando la posibilidad de que existan valores espirituales en el amor car­nal: el matrimonio es, pues, un equívoco, por cuanto está fundado en impulsos sen­suales, apenas disfrazados por convenciona­les ficciones. A partir de ese modo de con­siderar las relaciones entre los sexos no tarda en llegarse a la condena de la con­cupiscencia: toda concesión a los sentidos es pecaminosa. La importancia del perso­naje consiste por lo tanto, sobre todo, en su calidad de expositor de ideas, y en su tendenciosidad polémica.

Con todo, de vez en cuando, especialmente en la última par­te, en la que el hilo narrativo es dominado por el sentimiento más fuerte y obsesio­nante del personaje, o sea los celos, el re­lato, a través del continuo análisis, ad­quiere un valor psicológico muy notable y se convierte en la historia de unos celos. El ideólogo va cediendo poco a poco su lugar al pasional, que si bien es capaz de introspección, y aun de cierta lucidez en la observación del progreso de sus senti­mientos, no logra dominar, en cambio, sus impulsos temperamentales.

El valor estético de este personaje, y, por consiguiente, de toda la novela, reside en este análisis de una pasión tan humana; y mientras es casi seguro que Tolstoi se proponía acentuar el aspecto ideológico de su obra, lo que ocu­rre en realidad es que la técnica del relato naturalista le lleva de la mano y le hace escribir algunas páginas excelentemente lo­gradas, desde el punto de vista artístico, acerca de los celos.

A. K. Villa

Potugin

Personaje de la novela Humo (v.), de Iván Turguenev (Ivan Sergeevič Turgenev, 1818-1883), es en cierto senti­do el portavoz del autor, en cuyas ideas está evidentemente inspirado.

La defensa que de él hizo el propio Turguenev, aun después de haberle llamado una vez «occidentalista limitado», confirma esa afirma­ción. «Potugin morirá como occidentalista empedernido, y todos mis esfuerzos habrán sido inútiles si no se siente en él ese fue­go sordo e inextinguible. Tal vez yo soy el único que le amo, pero me alegro de su aparición y me alegro de que se le cen­sure en medio de la embriaguez eslavófila que parece habernos enloquecido actual­mente a todos» (carta al crítico Pisarev).

Una diferencia — agudamente notada por el crítico Ovsianiko-Kulikovski — entre Po­tugin y Turguenev existía sin embargo en el hecho de que, mientras Potugin, como occidentalista, veía con optimismo a su país, Turguenev era fundamentalmente es­céptico y pesimista. Al igual que Litvinov (v.), Potugin fue atacado por la crítica rusa, pero no sin contradicciones: algunos le juzgaron figura fracasada e incoherente, mientras otros veían en él- la más fuerte personalidad de la novela, «uno de los úl­timos ‘mohicanos’ del occidentalismo irre­flexivo».

Demasiado «elocuente», más o menos a la manera de Rudin (v.) o, como se dijo, a la manera del «raisonneur» en la comedia neoclásica, Potugin, una vez apla­cadas las iras, sigue teniendo un valor do­cumental, no carente de mérito artístico, respecto a la oposición que reinaba en Ru­sia entre occidentalistas y eslavófilos, y que a un observador lejano debía parecerle a la vez grave y cómica.

E. Lo Gatto

Póstumo

[Posthumus]. Personaje de Cimbelino (v.), drama de William Shakes­peare (1564-1616). Corresponde al de Ber­nardo Lomellino, en el cuento de Boccaccio que sirvió de fuente al mencionado drama.

Su exaltado amor por Imogen (v.), conce­bida como la más perfecta de las mujeres, deja paso a un sentido no menos exaltado de abominación cuando cree que aquélla le ha sido infiel. Amante ingenuo, como Troilo (v. y también Troilo y Criseida), es, empero, mucho más torpe que éste; mien­tras Troilo, aun asistiendo al coloquio de Crésida (v.) con Diomedes, se resiste a creer a sus propios ojos, Postumo está dis­puesto a dar crédito a pruebas externas, aducidas por una persona de cuya buena fe podría con razón sospechar.

Y, desespera­do, prorrumpe en una diatriba contra las mujeres, maldiciendo incluso a su madre: « ¡Ah, si pudiera descubrir en mí aquello que me viene de mujer! Porque del hom­bre no hay impulso que tienda al vicio si no es procedente de la mujer: así la men­tira que, fijaos bien, viene de la mujer, como son de la mujer la adulación, el engaño, la lujuria, los pensamientos inmun­dos y la venganza. Las ambiciones, la co­dicia, las mudadizas vanidades, el despre­cio, los caprichos, las calumnias, la incons­tancia y todas las culpas que tienen nombre y aun todas cuantas conoce el infierno, to­das, sí, todas son por completo o parcial­mente procedentes de la mujer.

Y si no son todas, es porque las mujeres no son constantes ni siquiera en el vicio, porque siempre cambian uno, viejo apenas de un minuto, por otro la mitad más joven…». Podríamos ver en Postumo el típico misó­gino que, para enamorarse, debe ‘ imaginar a su amada por encima de toda perfección humana y que, al desilusionarse, la arras­tra sin más por el fango común. Pero la conciencia del crimen que cree haber co­metido le da de pronto acentos más huma­nos; y al principio del acto V le vemos ansioso de expiación, sin otro deseo que morir con el nombre de Imogen en los labios. Nacido en el siglo XIV ya burgués pero todavía místico, y renacido en el XVI sensual e idealista, Postumo parece perso­nificar así aquella incertidumbre, propia de su tiempo, en la forma de las relaciones amorosas, ora idealizadas, ora crudamente sensuales, ora dramatizadas en antagonis­mos y contiendas.

M. Praz

Porthos

En la célebre trilogía Los tres mosqueteros (v.), Veinte años después (v.) y El vizconde de Bragelonne (v.), de Alexandre Dumas, padre (1803-1870), Porthos representa la fuerza generosa e ingenua­mente fanfarrona.

Al lado del valeroso D’Artagnan (v.), del astuto Aramis (v.) y del noble Athos (v.), Porthos es un carácter elemental en el que el tipo del gigante bueno está animado por una ambición sin malicia que a veces le convierte en un tipo cómico, aunque sin alterar la limpidez de sus rasgos. Su creador le amó quizá más que a ningún otro de los personajes de la trilogía y, según narra su hijo, lloró cuan­do se vió obligado a hacerle morir, aplas­tado entre dos enormes moles de las que, a pesar de toda su fuerza, no logra libe­rarse. Como corresponde a su tipo, Porthos es el menos inteligente de los cuatro céle­bres compañeros, y se deja confiadamente guiar por ellos, prestándoles siempre gene­rosamente el auxilio de sus extraordinarias cualidades físicas.

Pero su cuerpo, de vez en cuando, adquiere una fuerza de expre­sión que le convierte en una de las figuras artísticamente mejor logradas de las tres novelas: así por ejemplo en Veinte años después, cuando, tras una tremenda carre­ra a caballo, le vemos dormido, con su enorme pecho jadeante en agobiado sueño. En sus últimos momentos, aparece en él un elemento nuevo: una sonrisa ligeramente burlona con la que reconoce su incapacidad para levantar el peso que habrá de aplas­tarle, y arrostra conscientemente la muerte. Este darse cuenta de cuanto puede haber de trágicamente humorístico en el morir aplastado, él, el más fuerte de los hombres, es tal vez un rasgo que el autor le presta «in extremis», pero que permanece en nues­tro recuerdo como una vena de agudeza siempre presente, aunque sólo se revele al final, en su tan imprevisible muerte.

U. Déttore

Porfirio Petrovich

La figura del juez Porfirio, en Crimen y castigo (v.), de Fedor Dostoievski (Fëdor Michajlovič Dostoevskij, 1821-1881), aun siendo una figura secundaria, representa hasta cierto punto la clave de bóveda de toda la novela.

Por­firio Petrovich es ante todo el comentarista de la aventura, aquel que la sigue y la intuye desde su principio y quien secreta­mente la preside hasta su inevitable desen­lace. Visto desde fuera, anticipa, en forma insuperable, el tipo de policía sereno y consciente que más tarde habrá de triun­far en la novela policíaca; pero ese aspecto teatral en que consiste su inmediato hechi­zo queda justificado y superado por una comprensión humana y conmovida de los espíritus y de los hechos. Porfirio se de­fine a sí mismo como un hombre fracasa­do: puede intuir que Raskolnikov (v.) es el autor del crimen que él está indagando, porque también él sintió un día latir dentro de sí a un Raskolnikov, esto es, a un joven sediento de superhombría y dispuesto a elevarse por encima de sus semejantes a fuerza de inteligencia y de introspección.

Y, si vio fracasado su sueño juvenil, en cambio logró una cordura, entre amarga y confiada, que le permite dar al desdichado homicida un consejo en el que se compen­dia toda la reacción ante el intelectualismo espasmódico finisecular: «abandónate al río de la vida, y a algún sitio te condu­cirá». Porfirio vive en esta frase; todo el resto es, en él, mero tópico acertado. Pero jamás tópico alguno ha logrado sacar me­jor a la luz aquello que indiscutiblemente debe haber de vivo y necesario en un per­sonaje. En el «río de la vida», en el aban­dono exhausto y, a pesar de todo, confia­do, a las inmediatas y naturales tendencias de cada uno, Porfirio ve el único camino para salir del círculo cerrado en que se agitaba un siglo que había intentado cons­truirse a fuerza de inteligencia y de vo­luntad.

Su actitud es una especie de natu­ralismo, apenas teñido de mística, al que llega el hombre positivo, el policía acostumbrado a escrutar la realidad de los he­chos; él no sabe si aquel camino le permi­tirá llegar a 1a. meta, pero confía en los recursos de la secreta inocencia del hom­bre: en aquella ignorancia está su fracaso, y en esta confianza su salvación. Porfirio Petrovich ha logrado ver aquello que hay de más decisivo dentro de la misma con­creción de los hechos y de las cosas, y su postura viene naturalmente a integrarse con aquella luz que Sonia Marmeladova (v.) sabrá indicar más allá y por encima de ambos.

U. Déttore