La figura del juez Porfirio, en Crimen y castigo (v.), de Fedor Dostoievski (Fëdor Michajlovič Dostoevskij, 1821-1881), aun siendo una figura secundaria, representa hasta cierto punto la clave de bóveda de toda la novela.
Porfirio Petrovich es ante todo el comentarista de la aventura, aquel que la sigue y la intuye desde su principio y quien secretamente la preside hasta su inevitable desenlace. Visto desde fuera, anticipa, en forma insuperable, el tipo de policía sereno y consciente que más tarde habrá de triunfar en la novela policíaca; pero ese aspecto teatral en que consiste su inmediato hechizo queda justificado y superado por una comprensión humana y conmovida de los espíritus y de los hechos. Porfirio se define a sí mismo como un hombre fracasado: puede intuir que Raskolnikov (v.) es el autor del crimen que él está indagando, porque también él sintió un día latir dentro de sí a un Raskolnikov, esto es, a un joven sediento de superhombría y dispuesto a elevarse por encima de sus semejantes a fuerza de inteligencia y de introspección.
Y, si vio fracasado su sueño juvenil, en cambio logró una cordura, entre amarga y confiada, que le permite dar al desdichado homicida un consejo en el que se compendia toda la reacción ante el intelectualismo espasmódico finisecular: «abandónate al río de la vida, y a algún sitio te conducirá». Porfirio vive en esta frase; todo el resto es, en él, mero tópico acertado. Pero jamás tópico alguno ha logrado sacar mejor a la luz aquello que indiscutiblemente debe haber de vivo y necesario en un personaje. En el «río de la vida», en el abandono exhausto y, a pesar de todo, confiado, a las inmediatas y naturales tendencias de cada uno, Porfirio ve el único camino para salir del círculo cerrado en que se agitaba un siglo que había intentado construirse a fuerza de inteligencia y de voluntad.
Su actitud es una especie de naturalismo, apenas teñido de mística, al que llega el hombre positivo, el policía acostumbrado a escrutar la realidad de los hechos; él no sabe si aquel camino le permitirá llegar a 1a. meta, pero confía en los recursos de la secreta inocencia del hombre: en aquella ignorancia está su fracaso, y en esta confianza su salvación. Porfirio Petrovich ha logrado ver aquello que hay de más decisivo dentro de la misma concreción de los hechos y de las cosas, y su postura viene naturalmente a integrarse con aquella luz que Sonia Marmeladova (v.) sabrá indicar más allá y por encima de ambos.
U. Déttore

