Personaje del drama La malquerida (v.), de Jacinto Benavente (1866-1954). Raimunda quiere a su marido — su segundo marido — como a sí misma, y a su hija como a su marido, y su único gran dolor es que esa hija, Acacia, no quiera a su padrastro como ella desearía.
Por lo demás, gracias a Dios — continuamente repite—, las cosas van bien, el pan no falta y puede darse a quienquiera que lo necesite. Acacia ha rechazado a Norberto y piensa casarse con Ernesto. Evidentemente éste era el destino. En el alma tranquila de Raimunda, segura de su bondad y de la de quienes la rodean, no tiembla ningún presagio de desventura. Sin embargo, ésta llegará, fatalmente. Primero, es el asesinato del novio de la joven. ¿Quién fue el culpable Raimunda está horrorizada, pero como lo estaría quien viera muy lejos de su casa — de su pura y honrada casa — los impulsos impuros que pueden instigar a alguien a matar. Poco a poco, sin embargo, la voz del pueblo se encarga de despertar sus sospechas.
Raimunda empieza a dudar de la honradez de quienes la rodean. Su espíritu intachable, recto y bueno se resigna a revestirse de astucia para descubrir la verdad. Y la verdad se le presenta, espantosa, en los versos de una canción que circula entre la gente de su pueblo: «El que quiera a la del Soto / tiene pena de la vida; / por quererla quien la quiere / la llaman la Malquerida». A través de estas palabras, Raimunda vislumbra la terrible realidad: su marido está enamorado de su hija. Pero un tesoro de bondad no puede desvanecerse de golpe. Raimunda impreca y maldice a su esposo, pero al mismo tiempo, llena de compasión y de amor, le da con que satisfacer su hambre y su sed. ¿Qué puede hacer quien es presa de una pasión, de una locura, de una enfermedad? La ingenuidad de Raimunda le sugiere la más cándida de las soluciones. Esteban y Acacia son, al fin y al cabo, padre e hija, y si se aman como tales el pecado se desvanecerá como una pesadilla.
Y Raimunda les induce a abrazarse: pero este abrazo, que debería ser castísimo, se convierte en el primer abrazo de dos amantes. Todo, dentro y alrededor de Raimunda, se precipita. Fe, amor, esperanza, caridad… quisiera verlos morir juntos… Y cuando Esteban dispara contra ella, ella ya había muerto. Había muerto en el alma antes que en el cuerpo. «Bendita sea esta sangre que te salva, como la de Jesucristo», dice a su hija, que se arroja a sus pies. Y muere, contenta por haber evitado, a cambio de su vida, el último pecado que viera a su alrededor.
F. Díaz-Plaja

